El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 35
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Capítulo 35

Camino a Girona…

Apenas he podido pegar ojo. La mayoría de los emigrantes están muy bien preparados para la travesía y al caer la oscuridad montan unas rudimentarias tiendas que al menos los mantienen alejados de la maldita humedad nocturna.

Otros duermen en el interior de las carretas, como Bernat e Ismael.

Yo me conformo con hacerlo junto a una de las hogueras, tapado con mi manta de viaje, que he comprobado que no acaba de ser suficiente para dormir más de tres horas seguidas sin despertarme por el frío y la humedad.

Tomo nota mental para la próxima vez.

Estamos a medio día de camino de Girona. Queda poco para que salga el sol, momento en el que el campamento entero despertará y, tras una breve pausa para desayunar algo caliente, nos pondremos en marcha.

Me pongo en pie.

Mi cuerpo cruje como una rama vieja. Estiro la espalda y la cadera para intentar eliminar el dolor que me persigue desde que comencé el viaje.

Mierda de artrosis. Uno de los hombres que hoy está de guardia me observa.

No dice nada, solo mira. Segundos después sigue con su cometido, que no es otro que vigilar uno de los flancos del campamento.

Cada día, al anochecer, ocho hombres se quedan de guardia y velan por el resto.

A las cuatro horas, ocho más los relevan y así hasta el amanecer.

A mí me tocó hacer ayer el último turno.

Además de estos, dos de los cinco que estaban en la sinagoga patrullan por su cuenta.

Los otros tres no se separan del último carro, el más grande de la caravana. Por la noche duermen a su alrededor.

No he podido acercarme a ellos.

No hablan con nadie. No saludan ni me han contestado una sola vez en las pocas ocasiones que he intentado mantener una conversación con alguno de ellos.

Son como bloques de hielo. Sordos, mudos y con cara de pocos amigos.

Parece que siempre están enfadados, con el ceño fruncido y los ojos muy abiertos en una alerta perpetua.

Y la verdad es que no me extraña que sean así, si en esa carreta transportan lo que sospecho.

Ayer le pregunté a Ismael por ellos. De pasada.

Una curiosidad normal que no levantó sospecha ninguna.

Le comenté que había intentado hablar con alguno de esos hombres que iban a caballo cerrando la caravana y que me habían ignorado por completo.

Me contestó que no me lo tomara como algo personal, que en realidad no hablaban con nadie.

Según me dijo, el grupo los había contratado para proteger la caravana durante el viaje.

Al parecer venían recomendados por miembros de su comunidad, que ya habían viajado con ellos en anteriores ocasiones.

Por supuesto solo lo creí a medias. Sí que es cierto que estaban allí para proteger, pero a nadie en concreto. Esos cinco darían su vida con tal de salvaguardar lo que hay en el interior de la última carreta.

Un escalofrío recorre mi espalda.

Echo un par de leños a la hoguera, que ya está casi apagada, para entrar en calor.

El ambiente huele a barbacoa de domingo.

Me envuelvo con la manta y espero a que el fuego se avive y proporcione esa sensación placentera que ha acompañado al ser humano desde que se sentó junto a las primeras hogueras.

Lo que daría ahora mismo por tener una cafetera humeante sobre este fuego.

Uno de los cinco vigilantes pasa a mi lado.

Me mira de reojo y, sin decir nada, sigue su camino.

Es el que portaba aquella noche la espada templaria.

Es moreno, con el pelo largo y la barba poblada.

Es un poco más alto que yo, pero mucho más corpulento.

Juraría que bajo su raída ropa lleva una cota de malla.

Si no fuera por el hecho de que la Orden del Temple despareció hace unos ochenta años, diría que este tipo es uno de ellos.

Muchos caballeros dejaron la orden tras años de guerras, muertes y miserias.

Hombres valientes que se alistaron con grandes ideales, de los cuales se cumplieron muy pocos o ninguno.

Guerreros que cuando se percataron de que eran el brazo ejecutor de una empresa que tan solo velaba por sus intereses, sin importar el resultado ni el daño infligido, desertaban en silencio, con nocturnidad y alevosía, para no ser señalados, perseguidos, torturados y asesinados.

Quizás es descendiente de uno de ellos, heredero de la espada de su valiente bisabuelo el guerrero.

Quién sabe. Aun así, es flipante.

Otro tema es que esas dos espadas estén juntas en esta contienda. Eso es algo que todavía no llego a comprender. Tiempo al tiempo…

Justo cuando el madero que acabo de echar al fuego empieza a arder con fuerza y el bendito calor me invade, uno de los hombres que vigila el flanco norte grita como poseído por el demonio. Dos segundos después, cae al suelo con una flecha atravesada en su pecho y otra en la garganta.

En apenas diez segundos todo cambia a mi alrededor.

Veo cabezas que asoman entre los arbustos y otras que aparecen tras los troncos de los árboles.

Oigo flechas silbando sobre el campamento que avisan del terrible daño que van a causar.

Observo que dos de los caballeros que están de guardia esta noche desenvainan sus enormes espadas y gritan para avisar a los que todavía duermen.

Y no es hasta este instante, que mi mente comprende la situación.

Me parapeto tras el árbol más cercano mientras estudio lo que sucede a mi alrededor.

Las flechas caen del cielo y se clavan sin miramiento ni compasión por todo el terreno.

Hay varios tipos que aparecen por el perímetro con cara de pocos amigos.

Todos llevan espadas y, dos de ellos, además, portan hachas.

Yo solo tengo un par de dagas. Ahora echo en falta mi espada.

Está colgada en mi sala secreta, muy bonita, sí, pero para esta contienda no me sirve de un carajo.

Las voces de los hombres dando órdenes se mezclan con los gritos de las mujeres y los niños.

Espero que Bernat esté bien escondido. Uno de los asaltantes viene hacia mí.

Está a poco más de cuatro metros cuando le lanzo mi daga con fuerza.

Un segundo después cae al suelo inerte. Uno menos.

Me acerco hasta el cuerpo sin vida y le saco la daga de su ojo, ahora vacío.

Se me da muy bien esto de lanzar cuchillos, quizá sea porque tuve al mejor maestro, el mismo que me adiestró en el manejo de la catana.

Agarro la espada oxidada del muerto y voy a por el siguiente, que apenas está a dos metros de mí.

No me cuesta esquivar su golpe. Es lento y patoso.

No es un guerrero. Juraría que no son más que hambrientos ladrones de caminos que se aprovechan de los pobres peregrinos.

Detengo su segundo golpe y con una media vuelta rápida le hago un profundo corte en la carótida.

La sangre brota de su cuello en abundancia.

Agarro la espada del moribundo y con una en cada mano voy a por el siguiente.

Cae sin remisión. Como el cuarto y el quinto.

Me acerco poco a poco hasta la carreta de Ismael.

Estoy preocupado por ellos. Sobre todo, por Bernat.

Me quito de encima a todo el que se cruza en mi camino.

Son muchos, quizá demasiados, pero no dan mucha guerra.

Aun así, no paran de aparecer cabezas entre los árboles, a través de la negrura del bosque.

Veo a Ismael fuera de su carro. Lleva una espada en la mano e intenta detener a dos tipos que quieren lo que él defiende.

Uno de ellos lo tiene casi acorralado. Levanta su arma mientras el otro intenta pincharle por el costado.

Ismael está perdido. A pesar de que están a más de seis metros, lanzo mi daga con todas mis fuerzas.

Esta se clava en el costado del que tenía la espada en alto.

No es un golpe mortal, pero sin duda le ha atravesado el pulmón derecho y eso lo elimina de la ecuación.

Deja caer el hierro al suelo y se toca allá donde el dolor le traspasa.

Nota que tiene un cuchillo clavado. Busca de dónde ha llegado y me ve.

Pero ya estoy demasiado cerca. Saco la daga y grita tanto que me duele.

Su colega se gira y se percata de todo. Tarde también.

La sangre de su amigo se mezclará con la suya en cuanto entierre mi cuchillo en su pecho. Serán hermanos de sangre en estos últimos segundos de vida.

Pero no puedo.

Ha esquivado mi golpe. Y no solo eso, se ha colocado en guardia de forma instintiva y veloz.

Levanta su espada y me golpea. Me cubro.

Golpea de nuevo. Yo esquivo a la vez que doy un paso atrás, lo suficiente para poder ponerme en guardia y estudiarlo.

Este tipo no es solo un ladrón. Vuelve a atacarme y detengo su golpe con más esfuerzo del que esperaba.

Su roñosa hoja queda a unos pocos centímetros de mi cabeza.

La mantiene ahí, presionando con toda la fuerza de su brazo.

Veo que mete la mano en su ropa y saca un cuchillo.

Quiere apuñalarme mientras me defiendo. Giro en redondo y me alejo.

Su espada se clava en el suelo embarrado, ayudada por la inercia de la fuerza que estaba haciendo sobre mí.

En tan solo un segundo, giro de nuevo mientras levanto la espada para que quede a la altura de su cuello.

El rápido giro, unido a la fuerza de mi brazo, corta de cuajo el sucio pescuezo del atacante.

Su cabeza cae a mis pies y queda mirando hacia el cielo con los ojos todavía abiertos. Este tipo sí que sabía luchar.

Ismael me mira con los ojos desorbitados.

Está extenuado. Deja caer su espada como si esta pesara cien kilos. Me acerco y le toco en el hombro para tranquilizarlo.

—Quédate dentro de la carreta junto a tu familia. Yo me ocupo de ellos —le digo.

No contesta. Solo asiente.

Veo a través de sus ojos el peligro en mi espalda.

Me giro. Vienen más.

—¡Sube! —le apremio.