Capítulo 34
Ca la Joana
Ya estoy de vuelta en el sótano de ca la Joana.
Calculo que apenas habrá pasado un cuarto de hora desde que salté, por lo que nadie me habrá echado de menos.
Llevo la misma ropa, por supuesto. He añadido una pequeña bolsa de viaje hecha de tela oscura que llevaré cruzada sobre mi pecho y que es cómoda para largas caminatas.
En ella guardo una manta para dormir al raso, otra camiseta y unos calcetines de recambio.
También he pillado algo más de dinero por si acaso y las mismas armas de defensa.
Subo a la posada y el olor a comida me invade. A pesar de que ya he desayunado aquí mismo hace poco tiempo y que me he tomado dos cafés en el bar de mi tía, sigo teniendo algo de hambre.
—Por tu cara se diría que tienes hambre.
La señora Joana me mira. Está junto a uno de los pucheros.
Remueve el contenido con una larga cuchara de madera.
Me gusta esta mujer. Pase lo que pase no perderé el contacto con ella y más sabiendo que es una antepasada mía.
Es de esas personas que te dan calor y, aunque solo las conozcas de unas pocas horas, ya sabes que formará parte de tu existencia para siempre.
Tengo a varios amigos así. Hermanos de aventuras.
Compañeros de vida. E incluso algún que otro amor platónico…
Personas de las que no me podré separar hasta que la Parca venga a visitarme y cumpla con su cometido.
Debo aprovechar mi suerte, la opción de poder volver de vez en cuando a sus vidas.
A pasar horas o días junto a esa gente tan especial para mí.
Encuentros casuales que disimulo de mil maneras.
Instantes que para mí se convierten en unas minivacaciones que dan más sentido a mi vida.
Que me llenan por completo. Ya no puedo vivir sin esas personas a las que visito simplemente porque lo necesito.
—¿Tienes suficiente o te pongo un poco más?
La señora Joana me mira, cucharón en mano, a la espera de mi respuesta.
—Tengo más que suficiente. Gracias.
Me acabo todo el plato en pocos minutos y siento que ahora estoy a punto de reventar. No sé dónde meto todo lo que como, la verdad.
—Tiene buena cara esta mañana —me dice Montserrat mientras recoge mi plato y rellena el vaso de vino—. Y huele muy bien.
—Será por las especias que tiene tu madre en la despensa. Se me habrán pegado mientras dormía.
La joven, de pie a mi lado, inhala por la nariz a la vez que cierra los ojos.
—No. Es otro olor diferente... No lo sé distinguir, pero es muy agradable —contesta tras pensar unos segundos. Dicho esto, da media vuelta y se marcha sin más.
En ese instante un escalofrío me recorre de los pies a la cabeza. ¡Seré tonto! ¿Cómo se me puede haber pasado? Si es que tengo la cabeza en otro mundo…
Siempre, antes de cada salto al pasado, me ducho para eliminar cualquier olor que no sea natural.
Para ello uso un jabón neutro especial que no huele a nada.
Pero esta mañana se me ha ido la olla y me debo de haber duchado con el otro.
Y ahora mi pelo y mi cuerpo deben de oler a avena, miel, vainilla o coco con jazmines tailandeses…
a saber qué exótico aroma tendrá el último champú que metí en el carro de la compra.
Vigilando que nadie me vea, paso las manos por la mesa y las empapo de los restos de vino y sopa que aún habitan en la superficie de la gruesa madera. Después me toco el cuello y el pelo, como si me estuviera peinando. Esta mezcla podría ser perfectamente la antepasada de la gomina .
¡Qué asco!
Espero disimular así un aroma que no debería de estar aquí y ahora. Dejo la mesa libre para que otros comensales puedan disfrutar de la sopa. Al parecer hay gente esperando. Me acerco a la señora Joana antes de que se disponga a servir.
—Hoy marcho de viaje por unos días. Puede alquilar mi cama cuando quiera.
Si es que a dos mantas sobre un montón de paja se le puede llamar cama, claro está.
—Le agradezco mucho su hospitalidad —le digo con total sinceridad a la vez que le suelto más monedas de las que tocarían.
—Aquí hay demasiado dinero, joven Quim —me avisa, todavía con la mano abierta.
—Lo sé. Pero yo he comido mucho más que otros.
Le guiño un ojo y le cierro la mano con cariño para que se guarde las monedas. El contacto con sus gruesos dedos provoca una agradable sensación en mi interior.
—Espero que nos volvamos a ver —me dice con una sonrisa.
—De eso no tenga la menor duda.
Tras decir esto, se despide con la mano antes de alejarse hacia el nuevo cliente que ya ocupa mi mesa. Un maromo barbudo y ojeroso que nos mira con cara de pocos amigos, ansioso por empezar a comer y beber.
Tras despedirme también de Montserrat, salgo a la calle. Hoy el día está nublado. No hace frío, pero seguro que lo hará en cuanto caiga el sol.
Camino hacia el barrio judío en busca de Ismael.
Antes de llegar a la calle de la Font veo a Bernat a lo lejos. Está sonriendo. Lleva calzado nuevo y ropa limpia. Junto a él camina Ismael seguido de varias carretas, algunas tiradas por caballos, otras por asnos pequeños y robustos. No logro ver el final de la caravana.
—¡Señor Quim!
Bernat se acerca dando saltitos y me saluda contento por verme .
—Ya pensaba que no venías —comenta Ismael sin dejar de caminar.
Me coloco a su lado y trato de seguir el ritmo de sus pasos.
—No podíamos retrasar más nuestra partida —añade al cabo de unos segundos.
Está claro que tienen mucha prisa por salir de la ciudad. Demasiada, en realidad.
—Lo siento —contesto—. Al final se me ha echado el tiempo encima sin darme cuenta.
—¿Todo el mundo habla así con palabras tan extrañas en su ciudad? —pregunta Bernat.
Ismael sonríe.
Yo también.
De vez en cuando se me escapa alguna expresión moderna, o desconocida para el tiempo donde me encuentre en ese instante, aunque ponga mucho cuidado en ello. Por suerte, siempre puedo alegar que es algo típico del lugar de donde vengo.
—Me alegra tenerte con nosotros —dice Ismael.
—Y a mí —añade Bernat.
Sonrío.
Me giro para observar la caravana de nuevo.
Cuento una decena de carros y carretas. Algunas son abiertas; una simple caja de madera vieja con dos ruedas enormes a los lados y abarrotada de bultos enrollados en trapos, cestos y pertenencias varias.
Otras están cubiertas con telas de colores claros que impiden ver su interior.
Una veintena de hombres caminan alrededor de ellas y otros tantos niños corretean sin alejarse demasiado del grupo.
Y al final, cerrando la caravana, los veo.
Cinco hombres a caballo que no pasarían desapercibidos para nadie.
El mismo quinteto que estaba ayer noche en el interior de la sinagoga.
—¿Va todo bien? —pregunta Ismael.
—Sí —asiento con disimulo—. Solo comprobaba cómo era de grande la caravana. ¿Todos tienen el mismo destino?
—La primera parte del viaje la haremos todos juntos. En cuanto lleguemos a Perpegnan, algunos de los integrantes de la caravana tomarán otros caminos distintos .
Asiento de nuevo sin dejar de andar.
—Para ello todavía quedan varios días de viaje. Por el momento, esperemos llegar sin problemas a Girona, nuestro primer destino.