Capítulo 33
Presente
Tienda de Quim
El olor a incienso me indica que estoy en casa.
Adoro este olor y por eso quemo cada día una barrita tanto en el sótano como en la tienda.
También noto que la temperatura ha cambiado bruscamente.
El frescor del aire acondicionado contrasta con el calor húmedo y pegajoso que llevaba adherido a la piel.
Abro los ojos y compruebo que mi sótano es idéntico al de ca la Joana.
Las mismas piedras, aunque no todas, por supuesto, porque hay muchas nuevas, sobre todo en los lugares donde colocaron las columnas que soportan el peso del nuevo edificio, pero hay otras que siguen en su lugar, ajenas al paso de los siglos.
Todavía estoy impresionado.
Alguna de esas piedras será un buen escondite por si necesito transportar algo del pasado al futuro.
Un olor alerta mis sentidos. Es imposible, pero diría que huelo el sabroso café del bar de mi tía Rosa.
Quizá se filtra entre las paredes, los conductos de ventilación, o tan solo es mi imaginación.
Creo que necesito cafeína en vena. Pero antes quiero asearme y cambiarme de ropa.
Por suerte, tengo aquí mismo un pequeño lavabo con ducha.
Una buena inversión que hice, así no tengo que subir a mi casa en momentos como los de hoy que lo primero que me apetece, incluso antes de un buen café, es ducharme y quitarme de encima cualquier resto de una época nada higiénica.
Tras un remojón más rápido de lo que me hubiera gustado salgo de la tienda, después de comprobar que todo sigue en orden. No tiene por qué haber cambiado nada, la verdad, porque en realidad tan solo hace un par de horas que pasé por aquí.
Nada más pisar la calle aprecio algunos cambios.
Se ha esfumado ese olor a lavabo de gasolinera que flotaba en la vieja ciudad medieval. Ese tufo a meados, humedad, animales muertos y cien asquerosas guarradas más que no puedo descifrar.
Por otro lado, la temperatura es mucho más cálida ahora.
Incluso a esta hora de la mañana. El cielo es más gris, y no por las nubes, sino por toda la mierda acumulada en el ambiente.
El paso de los años ha traído comodidades que vienen acompañadas de desventajas.
Nunca llueve a gusto de todos. Quizá algún día logremos equilibrar la balanza entre nuestra evolución y la salud del planeta.
Si lo logramos, todavía quedará esperanza para nuestra raza.
Yo tengo mis dudas.
Camino hacia el bar de mi tía sin darme cuenta, como si una fuerza invisible me arrastrara hacia allí. Justo antes de entrar acude a mi memoria el pequeño Bernat cincelando su dibujo en la piedra del muro que pertenece a la capilla de Santa Ágata.
La curiosidad me puede más que la necesidad de café.
Vuelvo sobre mis pasos y cruzo la plaza del Rey directo hacia donde recuerdo haberlo visto hace apenas un rato.
Siete siglos atrás. Observo las piedras e intento encontrar la que estaba dibujando.
Paso el dedo por los pedruscos, que siguen alineados a la perfección a pesar del paso del tiempo, hasta que la encuentro.
¡Ahí está!
La galera de Bernat.
Apenas se puede ver porque la erosión de los siglos la ha difuminado hasta casi hacerla desaparecer, pero si te fijas bien todavía se ve.
Grande, amigo Bernat.
Al final sí que dejaste tu huella en esta ciudad.
Tengo los ojos humedecidos. Y el corazón a cien .
Qué tontería, pero me ha hecho mucha ilusión ver ese dibujo infantil. Esa huella atemporal de Bernat que podré visitar cuando quiera, cuando lo necesite, a tan solo unos pocos metros de mi casa. En mi tiempo.
Dejo la plaza lleno de buenas vibraciones y enfilo directo hacia el templo de la cafeína. Nada más abrir la puerta, mi tía sonríe. Me reconforta esta mujer. Saluda. El olor a bar me inunda. Mi tía Rosa deja una taza pequeña, blanca y humeante sobre la barra. En mi lugar.
Huele a vida, a despertar, a casa.
Me la bebo de un sorbo.
Mis pupilas se dilatan. El corazón palpita de nuevo. Mi boca arde y mi garganta parece el cono de un volcán a punto de erupcionar.
¡Joder! ¡Cómo quema!
Los ojos me lloran y tengo que apretar los dientes para no gritar.
—¡Pero mira que eres lerdo!
Ella se ha dado cuenta.
Deja un vaso de agua fría junto a la taza vacía, todavía humeante, y hace el amago de darme una colleja.
—Bebe, anda, que te vas a hacer daño tú solo. ¡Tontorrón!
El agua fresca aplaca el ardor, pero el dolor no desaparece. Mis ojos siguen lagrimeando.
En cuanto puedo enfocar la vista, veo a mi tía observándome a un metro de distancia, tras la barra, con los brazos en jarra.
Lleva el delantal negro, como siempre. Este en concreto lleva una flor roja bordada en el pecho.
Si no fuera por esos detalles que ella misma se cose, parecería que nunca se cambia de delantal.
Siempre son negros. Se los hace ella, como ya te conté.
—A ver cuándo espabilas, Quim.
No me quita ojo de encima, la tía. Nunca mejor dicho. Me ha salido un chiste tonto y se me escapa la risa.
—Y encima te ríes. Si es que es para darte collejas de aquí a mañana. ¡ Trastornao !
Sonrío todavía más y eso la exaspera. Se da la vuelta tan rápido que llega hasta mí una leve ráfaga de aire producida por ese impetuoso giro.
—Va, tieta, ponme otro café, que este lo saboreo.
Dice algo por lo bajini que no puedo entender.
La puerta del bar se abre y por ella aparecen el librero y el relojero. Vaya par de dos.
—¡Quimet!
—Don Alfonso —le respondo a modo de saludo. Va directo hacia la mesa en la que siempre se sientan. Se deja caer en una de las sillas como si viniera de hacer un triatlón. Veo por el rabillo del ojo que el librero se me acerca.
—¿Cómo vas? —me pregunta a la vez que pone su mano en mi espalda y me da unos golpecitos.
—Vamos. Que ya es mucho —respondo.
Él asiente. Me aprieta el hombro sin dejar de mirarme.
—Ven, anda, que te contamos lo que hemos hecho esta mañana. —Dicho esto, camina hacia la mesa y se sienta junto a su colega de aventuras.
Cojo el café que me acaba de dejar mi tía sobre la barra. Le doy un beso en la distancia. Ella me mira. Sonríe un poco. Me acerco hasta el dúo dinámico y me siento con ellos.
El relojero está en silencio. Se seca el imperceptible sudor de su frente con un pañuelo blanco.
¿Quién lleva todavía pañuelos de tela en el bolsillo?
Mi tía les sirve lo mismo que toman siempre a esa hora de la mañana y se va.
—¿Y bien? —pregunto.
—Ya está hecho —responde el relojero—. Hemos sembrado la semilla y ahora hemos de esperar a que crezca.
Miro al librero y este levanta las cejas. Los que lo conocemos sabemos que hay que tener paciencia con el relojero.
—Quiere decir que ya hemos ido al punto de encuentro, tal y como nos indicaron los dos matones, que hemos dejado el cebo y que ahora hay que esperar a que ellos muevan ficha para averiguar quiénes son —traduce el librero.
—Ya me imaginaba que quería decir algo así —contesto .
—Octavi está controlando el cebo.
Eso me da tranquilidad. De Octavi me fío.
—Pues ya me iréis contando. Hoy salgo de viaje hacia una nueva excavación —les miento sin compasión—, y estaré fuera unos pocos días. No sé si allí habrá cobertura, pero vosotros me vais enviando mensajes y ya los leeré en cuanto pueda.
Ambos asienten sin hacer más preguntas.
Así da gusto mentir.
—¿Así que te vas de picos pardos varios días? —dice mi tía recogiendo los vasos de nuestra mesa—. ¡Anda que avisas!
—Es como un adolescente: libre e independiente, pero que siempre vuelve al nido en busca de alimento —ironiza una voz a mi espalda.
Esa voz.
Me giro y veo a Lucía sonriente. No la he oído entrar. Está sentada en un taburete y apoyada en la barra. Hoy lleva tejanos grises. También le quedan genial.
—Disculpadme.
El dúo dinámico asiente con la cabeza. Sobran las explicaciones. Dos segundos después ocupo mi lugar en la barra, junto a Lucía.
—¿Así que te vas de paseo por ahí?
Pero que sonrisa tan bonita, por favor.
Asiento.
Me encantaría llevármela conmigo y que viera la realidad en la que vivo, pero no es posible.
—¿Se puede saber dónde?
Mi mente vuela. Un lugar que pueda tener una excavación con restos que me interesen, al que tarde en ir y volver unos tres o cuatro días, en el que no haya mucha cobertura…
—Al sur de Francia —le suelto.
Le doy un pequeño sorbo al tercer café que mi tía me acaba de servir. Está caliente. Ardiendo. Mi tía me observa a ver si me vuelvo a quemar. Soplo. Parece disgustada por no haber podido meterme otra bronca por atontao , como dice ella .
—A ver si me llevas algún día a una de esas excavaciones. Me encanta el trabajo de campo —cuenta Lucía.
Ojalá pudiera enseñarte mi realidad.
—No lo dudes. Algún día te enseñaré lugares en los que fliparás en colores —le suelto sin darme cuenta.
Ella abre los ojos sorprendida. A ver qué lugar le explico yo ahora que es ese… ¿He dicho fliparás en colores? ¿Quién dice eso todavía? Si es que soy un lerdo, como dice mi tía.
—Espero ese día ansiosa, la verdad —contesta.
La miro.
Parpadeo varias veces.
Ella bebe de su cortado.
No tengo sintonía con las mujeres a la hora de ligotear y no sé si esa frase esconde algo en su interior o no. Yo, como siempre, me callo y me pregunto si he hecho lo correcto o, por el contrario, si acabo de perder una oportunidad única de acercarme a ella.
—Pues ya me contarás como te ha ido —dice mientras baja del taburete—. Ten mucho cuidado, ¿vale? Nos vemos a la vuelta.
Me planta un beso en la cara y sin decir nada más se marcha del bar. En cuanto se cierra la puerta siento de nuevo esa sensación de vacío en mi interior.
Mi tía me mira. Niega con la cabeza.
Se acerca a la vez que pasa el paño por la barra, aunque ya está limpia.
—A ver si espabilas, nene. Se te está pasando el arroz.
Veo por el rabillo del ojo que el librero me observa como si estuviera viendo una película en el cine. Solo le faltan las palomitas.
El relojero está junto a él, pensativo. Me mira.
—Querido amigo, solo te diré, en base a mi extensa experiencia mujeril, que solo se vive una vez —me suelta don Alfonso muy serio—. Y que los trenes que dejes marchar siempre acabarán en otra estación.
Cierto. Solo se vive una vez .
—Solo se vive una vez —repite mi tía, a dúo con la voz de mi conciencia.
Me inclino sobre la barra y le planto un beso en la mejilla.
—Nos vemos en breve —les digo a todos antes de salir del bar.