Capítulo 32
Ca la Joana
Declino otro plato de sopa con la excusa de que ya estoy lleno y bajo al sótano a recoger mis pertenencias.
Mi cabeza no ha dejado de pensar qué relación une a Ismael con los guardianes de la cripta.
¿Y qué coño hace ese tipo con una espada templaria?
Puede que solo sean ladrones y se la hayan agenciado, además de otros objetos, y que no tengan ni idea de la simbología que llevan en los pomos de sus armas...
Aunque no lo creo. Ni lo más mínimo, vamos.
Hay una relación entre todos ellos. Le ha hablado como si fuera alguien a tener en cuenta.
Lo conoce. Y una sospecha empieza a asomar para susurrarme que Ismael también sabe de la cripta y de sus objetos.
En la soledad del sótano mi mente busca desenredar este entramado sinsentido.
Ismael ya tenía pensado hacer un viaje en un par de semanas para instalarse en la otra punta del mundo, pero ahora lo ha adelantado súbitamente.
Una migración en la que has de cargar con toda tu vida no se prepara en un par de horas a no ser que te vaya la vida en ello.
Gracias a mi memoria fotográfica, esponsorizada por el efecto Pausa, busco en mis recuerdos la conversación que tuvimos ayer mismo en su casa:
«Eres un hombre muy completo, amigo Quim...
Quizás esto te suene un tanto prematuro, pero si lo deseas, puedes viajar con nosotros...
En un par de semanas marcharemos en caravana hacia el norte...
Unas manos con tanta destreza nos serán muy útiles durante el viaje…
Seremos cinco familias. Diez carretas repletas de enseres, víveres, mujeres y niños…
Nuestra intención es llegar a Perpenyà. Desde allí viajaremos hasta Palestina…
Piensa en nuestra oferta, por favor. Tú no viajarías solo y nosotros añadiríamos un par de manos a nuestra escueta caravana».
Algo no cuadra.
El viaje se adelanta dos semanas de la noche al mañana, justo al día siguiente de que los guardianes se percaten de que alguien, yo mismo en realidad, ha encontrado la entrada a la cripta, de que su secreto ha quedado al descubierto.
¿Es posible que el viaje se avance para salvaguardar el tesoro y que yo sea el culpable de que los objetos del templo de Salomón abandonen su cripta?
Algo en mi interior me dice que sí.
Mi subconsciente grita que, si yo no hubiera entrado a la sinagoga, los objetos no abandonarían su actual lugar de reposo. Y eso me preocupa porque quiere decir que algo cambiará por mi culpa. Otra vez. Y este sí es un cambio brutal en el tejido del pasado que no debería producirse.
Y si así es… ¿Será para bien en este caso?
Es otra de las incertidumbres que me corroe.
Si no sacaran hoy los objetos de la cripta cabría la posibilidad de que durante el asalto al barrio judío quedaran al descubierto.
Y si eso sucediera, serían destruidos por la alocada multitud.
O, lo más probable, requisados por la Inquisición y trasladados a Roma para ser ocultados junto a otros muchos objetos a la vista de unos pocos elegidos.
Es una duda que no podré responder.
Nada puedo hacer ya.
Si Ismael tiene conexiones con los guardianes es que él también lo es. O lo ha sido. Y que ya tenían pensado largarse de aquí. Él mismo lo dijo. Se huelen revueltas en breve y por eso querían marcharse. Espero que mi entrada a la sinagoga solo haya adelantado sus planes unas pocas semanas.
Quiero convencerme de eso.
Y punto.
Mierda de efecto Mariposa.
Necesito tranquilizarme.
Esto se iba a hacer sí o sí.
Si me lo repito varias veces más me lo creeré .
Bajo hasta el sótano de ca la Joana para saltar a mi tiempo.
Todavía me parece increíble que este lugar también sea mi sótano en el futuro.
Y que ella sea una antepasada lejanísima de la familia ya es la repera.
Me encantaría decirle a mi abuela que el oficio de hostelería de los Mora es mucho más antiguo de lo que ella cree.
Que no lo montó el abuelo de mi tatarabuelo allá por el siglo diecinueve, sino que ya era una taberna el primer día del año mil.
Si esto se pudiera probar, y ya te digo yo que lo voy a intentar por todos los medios, el bar de mi tía Rosa se convertiría, con sus más de mil y pico de años de historia, en el negocio abierto de forma ininterrumpida más antiguo del mundo.
Que tiemblen los de Can Cullaretes, que llevan abiertos desde el año 1786 y se anuncian como el restaurante más antiguo de Barcelona.
Hago un resumen mental de mis deberes que incluye vestirme para un largo viaje, coger armas y algo más de dinero.
Me siento sobre las mismas mantas donde he dormido. Vuelvo a calcular mentalmente las dimensiones del sótano para verificar que no voy a saltar y acabar emparedado en mi presente.
Respiro.
Me concentro.
Desecho el ruido que llega desde arriba. Relajo los músculos. Controlo la respiración. Bajo las pulsaciones.
Recibo la brillante luz y salto.