El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 31
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Capítulo 31

Ca la Joana

Despierto de una pesadilla justo en el instante en el que el caballero templario hundía su espada en mi estómago.

Apenas la noté, ya que el cátaro me había herido de muerte antes de que yo pudiera sacar mi pequeña daga.

Mientras moría, los otros tres guardianes de la cripta bebían vino, besaban a mujeres semidesnudas y reían a carcajadas cada vez que Gargamel aporreaba mi cabeza con un candelero.

De vez en cuando, uno de ellos se acercaba hasta mi cuerpo moribundo y clavaba su espada sobre mí como un torero clava las banderillas a un toro agonizante.

—¡Señor Quim! ¿Está despierto?

Bernat me llama desde la escalera.

No sé cuánto rato debe de llevar ahí.

—Me ha enviado Ismael para que le diga que en diez minutos pasará a hablar con usted. Que esté preparado porque partirán hoy mismo.

Vaya. Esa noticia no me la esperaba. Pensaba que tendría un par de días más.

—Y también dice la señora Joana que suba ya a almorzar antes de que se llene la posada de enegrúmenos .

Dicho esto, se pierde escaleras arriba.

En mi pastosa y adormecida clarividencia van desapareciendo las imágenes soñadas y reaparecen los hechos reales del día anterior. Uno de los días con más sorpresas que puedo recordar .

Por la mañana me encuentro a un judío y un franciscano conversando amistosamente a plena luz del día, que parecen seguirme, y que acaban desfallecidos en medio de la plaza.

Por la noche me topo con tipos que portan sellos templarios junto a simbología cátara en el interior de una sinagoga judía que esconde una cripta con los tesoros del templo del rey Salomón.

Y antes de dormir me entero de que estoy en una posada milenaria regentada por una mujer cuyo apellido es Mora y, por lo tanto, mi antepasada. Que tiene una despensa que será mi sótano y una cripta romana que será mi guarida secreta dentro de siete siglos.

Toda esta información no la puedo digerir antes de tomar un café bien cargado. Cosa que no voy a poder hacer porque el café no llegará a España hasta el siglo dieciocho y eso hace que mi paladar salive por la falta de cafeína.

Dejo de lado esa idea y me concentro en todo lo acontecido en el día anterior.

De nuevo, un cosquilleo aparece por mi nuca.

Ese cosquilleo.

Esa sensación que es como el olor a humedad creciente en el ambiente que te avisa de que va a caer una buena tromba de agua.

Esa sacudida que te inunda cuando tu pareja te dice: tú mismo...

Mi sentido arácnido grita a los cuatro vientos que algo va a suceder y que me va a pillar de lleno.

No sé qué es todavía, pero algo muy extraño está pasando ante mis ojos y yo ando muy perdido.

Perdido como un quinto en día de permiso, como un santo sin paraíso, como el ojo del maniquí.

Nada más llegar arriba, el olor a pan recién horneado hace rugir mi estómago. La señora Joana me ve.

Sonríe.

—Buenos días, hombretón.

Parece de buen humor. Me cae bien esta mujer.

—Buenos días —respondo—. Huele muy bien.

—Anda, siéntate que te sirvo. —Señala una mesa que está en el rincón, dentro de esa misma sala que hace las veces de cocina y despensa—. Josep te manda recuerdos. Hoy se ha marchado a vender más temprano de lo habitual.

Montserrat aparece por la puerta que lleva al salón principal de la posada. Se oyen voces, silbidos y golpes en las mesas. La joven los debe de llevar a todos como locos.

Me mira y sonríe.

—Buenos días, señor Quim.

—Buenos días, señorita Monserrat.

La señora Joana, que está de cara a la pared removiendo los calderos, se gira en redondo.

Me mira.

—Está comprometida. No lo olvide —me dice apuntándome con un cucharón humeante que gotea restos de sopa.

Yo sonrío.

—Puede estar tranquila, señora Joana. Yo solo estoy de paso. Pero tengo que admitir que su hija es una bellísima mujer y que el hombre que comparta su vida será muy afortunado.

Me mira.

Sonríe de nuevo.

Asiente con la cabeza a la vez que observa a su niña, ahora de cuclillas, aireando la leña que prende y dando calor a los pucheros.

—Eso espero. Porque como yo me entere de que su marido le pone la mano encima, iré a buscarlo y le arrancaré de cuajo su tesoro más preciado.

—Eso espero yo también —dice su hija. Se pone en pie y le da un sonoro beso.

La señora Joana la sigue con la mirada. En cuanto la joven entra en la sala reaparecen los silbidos. La posadera niega con la cabeza.

—Menudo guirigay se monta cada vez que sale. Si no fuera porque cuando está ella se sirve el doble de vino, no la dejaría estar aquí —me dice.

—Seguro que se sabe defender sola. No se preocupe.

Es triste, pero en este tiempo el marido es el que decide, ordena y manda.

La mujer es una mera espectadora, un barco de papel que se mece bajo las órdenes del capitán sin que pueda hacer nada por evitarlo.

Pero en este caso no tengo ninguna duda de que Montserrat tendrá una buena vida.

La señora Joana velará por ella y más le vale al maromo de turno que se la proporcione.

Bernat acude en mi búsqueda.

—¿Puede salir un momento? El señor Ismael quiere comentarle un asunto.

—Dame un minuto, que me acabe el desayuno.

Bernat asiente. Sale corriendo hacia la calle.

—Dile a ese judío que aquí puede entrar todo el mundo siempre y cuando tenga la bolsa llena —exclama la posadera sin dejar de mirar a Bernat hasta que sale por la puerta.

En cuanto dejo seco el cuenco me levanto para salir.

La posada está bastante llena a pesar de lo temprano que es. Aquí la gente no entiende de horas. Cuando sale el sol es tiempo de trabajar; cuando se pone, momento de descansar. O de beber hasta caer redondo, depende de las monedas que lleves encima ese día.

No veo a Ismael. Sí a Bernat, que está junto al muro de la capilla de Santa Ágata, de puntillas sobre las escaleras que llevan al Salón del Tinell. Parece que está rascando algo en una de las piedras.

—¿Qué haces? —le pregunto.

No me contesta. Sigue a lo suyo. Está cincelando sobre uno de los cantos. Sus pequeñas manos agarran un trozo de hierro que a duras penas deja un surco visible.

—Es una galera. Me gustan los barcos. Llevo semanas dibujándola.

Ahora que lo dice sí que parece una galera.

—Es muy bonita —le digo. No lo es, pero no quiero herir sus sentimientos.

—La quiero acabar para dejar mi huella en la ciudad antes de partir de viaje —añade con algo de melancolía.

No recuerdo haber visto ese dibujo en mi tiempo, pero volveré a contemplarlo para ver si de verdad Bernat dejó su impronta a través de los siglos.

—Buenos días, Quim .

Ismael acaba de llegar.

—Me alegro de verte, Ismael.

Tiendo mi mano y él la estrecha con fuerza.

Lo veo nervioso. Tiene más ojeras de las que ya tenía ayer mismo. Algo pasa por su cabeza.

—Nos vamos esta misma mañana —me informa sin más.

Lo miro perplejo.

Bernat se coloca a su lado.

Hoy lleva ropa limpia. Bajo la luz del sol su pelo es más rubio de lo que me pensaba. En su cara han aparecido, como por arte de magia, decenas de graciosas pecas alrededor de la nariz, fruto de una buena enjabonada en casa de su nueva familia.

—Nos vamos ya —me dice el chaval, por si no me había quedado claro.

—¿Y a qué viene tanta prisa? ¿Ha ocurrido algo? —pregunto, alarmado.

A ver, ya sé que una matanza se acerca, pero todavía faltan semanas para ello. No hay escritos de ataques en estas fechas, al menos que yo sepa. Aunque es posible que ya se hayan producido revueltas en el sur y las noticias de malos augurios hayan llegado hasta aquí más rápido de lo que pensaba.

—Nada especial —contesta Ismael. Su mirada es esquiva. Miente—. Solo que hemos de adelantar nuestra partida. Al final seremos dos carretas más y le agradecería mucho su compañía.

No sé cómo decirle que no tengo ninguna intención de largarme de aquí y que cuando le dije que estaba de paso hacia el norte era mentira.

Mi cabeza busca una excusa.

—Mira, Ismael, todavía tengo asuntos que atender en Barcelona…

En ese instante aparece un hombre por su espalda e interrumpe la conversación.

—Todo está preparado. Saldremos en dos horas.

Ismael asiente.

—Perfecto. Allí estaremos —susurra .

El hombre me mira antes de dar media vuelta.

Es uno de ellos.

Sus ojos claros se clavan en los míos durante un segundo, pero parecen mil. Sin añadir nada más, se marcha por donde ha venido. Yo lo sigo con la mirada. Lo observo caminar hasta que desaparece tras una esquina.

—Disculpe la intromisión, amigo Quim —me dice Ismael, sacándome de mis pensamientos.

—¿Quién era? —quiero saber—. Me suena de haberlo visto antes —miento a medias.

—Es uno de los mercaderes que se ha apuntado a última hora a nuestra caravana. Viajará con nosotros hasta Perpenyà.

Mis ojos escrutan a los de mi nuevo amigo judío.

Ismael esquiva mi mirada.

Miente como un bellaco.

Juega con el pelo del chaval y le dice algo que no escucho.

Bernat sale corriendo de la plaza después de decirme adiós.

En mi mente solo cabe la mirada penetrante de ese hombre que ayer por la noche empuñaba una espada templaria en el interior de la sinagoga.

—¿Qué me dices entonces? ¿Puedes venir con nosotros?

Sin duda.

—En dos horas estaré listo para partir.