El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 30
42%

Capítulo 30

Sinagoga Menor

Noto de nuevo el peso de mi cuerpo. No me muevo.

No respiro. No me atrevo siquiera a abrir los ojos y a mirar hacia arriba.

Algo se me clava en el estómago. ¡Joder!

¡Qué dolor! Ruedo sobre mí mismo, despacio, en silencio.

Me quedo bocarriba. También siento pinchazos en la espalda.

No logro entender qué me pasa. Últimamente no hay salto sin sorpresa.

A pesar del miedo que tengo a ser degollado por la espada cátara, me incorporo poco a poco sin dejar de mirar a mi alrededor.

Hay silencio en el templo.

Oscuridad absoluta.

No sé cuánto tiempo habrá pasado desde que he saltado, pero no creo que sea más de una hora.

El banco tras el que estaba oculto está destrozado. Partido por la mitad. Y las decenas de trozos de madera esparcidas por el suelo eran lo que se me estaba clavando por el cuerpo. Observo el astillado asiento y me doy cuenta de que me ha ido de un pelo.

Como máximo de medio segundo.

Oigo ruido en la zona de la entrada. Alguien está junto a la puerta. Me agacho de nuevo y espero.

¡Otra vez!

Una tos seca que viene desde el otro lado del portón llega hasta mis oídos alto y claro.

Están haciendo guardia.

Debo irme de aquí lo antes posible. La verdad es que no me apetecen más sorpresas. Y mucho menos toparme de nuevo con esos hombres .

Viene a mi recuerdo el sello templario.

Y el cátaro.

Y de nuevo me siento perdido.

Había leído relatos que hablaban de posibles alianzas entre templarios y cátaros, entre templarios y judíos, incluso entre templarios y secretas estirpes asesinas de oriente, siempre a espaldas de la Iglesia, claro está.

Y ahora me encuentro con esta extraña y amistosa estampa de templarios y cátaros protegiendo mano a mano objetos de cultos para los judíos.

Es algo que me sobrepasa. Debo concentrarme en salir de aquí y ya me ocuparé de este misterio más adelante.

Camino por la zona con sigilo y estudio mis opciones.

Hay pocas. Muy pocas.

En realidad, solo hay una: salir por la misma ventana por la que entré. El problema es que, si me oyen, una fría espada de acero se clavará en mi culo en cuanto baje por el otro lado.

¿Cuántos tipos vigilarán la sinagoga? ¿Uno? ¿Una pareja?

En la puerta hay uno. Eso seguro. La tos ronca y enfermiza no ha dejado de escucharse y parece que está inmóvil ante la entrada.

Me acerco a la pequeña ventana por la que entré.

No veo cómo escalar y salir por ella. La pared a este lado del muro es más lisa.

Miro a mi alrededor y recuerdo los cachivaches tras los que me he escondido.

Hay muchos trastos por aquí, pero poco que pueda aprovechar.

Maderas, trapos, cuadros, algún candelabro roto…

Observo lo que tengo delante y mi instinto de McGyver, que tantas veces me ha salvado y otras tantas cicatrices me ha regalado, se pone a trabajar.

Ya sé qué debo hacer.

No será la mejor construcción del medievo, pero servirá para mi propósito.

Busco dos listones de madera lo suficientemente largos como para llegar hasta la ventana.

Los coloco en el suelo, paralelos el uno al otro.

Y ahora solo debo añadirles peldaños hechos de maderas más cortas y atarlos a los listones con los trapos.

Una jodida escalera de toda la vida, vamos.

Acabo de atar el último .

Creo que mi escalera está lista para ser usada. La apoyo contra la pared y me aseguro de que la base queda firme contra el suelo para que no resbale mientras subo.

Observo la situación.

En cuanto esté arriba abriré la ventana y saldré por ella. Bajar el muro por el otro lado será más fácil porque tiene más salientes a los que agarrarme. Aun así, debo hacer todo el proceso en el más absoluto silencio para no acabar ensartado como una sardina.

Coloco el pie en el primer escalón.

Espero que los listones aguanten mis setenta y pocos kilos. Todo irá bien. O eso espero.

Da igual. No tengo otra opción.

Mis manos se aferran a los puntales de madera. Tengo los dedos fríos, al igual que el resto del cuerpo. La humedad me ha calado hasta dentro.

Quiero una sopa caliente.

Sopita y a dormir.

Uno. Dos. Tres... Los peldaños aguantan.

El silencio sigue presente. Llego hasta la ventana sintiendo el dolor en mi costado. La abro. O eso intento, porque está bastante atrancada. El palazo que le dio Gargamel la cerró, pero que bien cerrada. Meto mi daga por la ranura y hago palanca. Cede. Poco a poco se va abriendo.

Espero un segundo antes de asomarme a la calle. Quiero cerciorarme de que estoy solo. Se oyen algunos perros ladrar. Chillidos agudos de ratas peleando. Y las toses que llegan desde la calle contigua y que parece que se acercan.

Me asomo un poco y vigilo la esquina.

Apenas hay luz en la calle por lo que no hay sombra alguna que me avise de que alguien se acerca.

Aun así, puedo ver una figura que aparece a lo lejos.

Un bulto oscuro. Se acerca sigiloso. Tose como si fuera a escupir el bazo.

Ya no es tan sigiloso. Camina pegado a la pared de la sinagoga.

Yo observo desde las alturas. No me puede ver porque la oscuridad me ampara.

Pero, si ahora sacara medio cuerpo para bajar, me vería sin duda .

El bulto tose de nuevo.

Eso vuelve a delatar su posición. Está mucho más cerca de lo que pensaba.

El muy zorro se ha deslizado entre las sombras.

No creo que me haya visto, pero seguro que algo se huele o no estaría aquí.

Por suerte, desde su perspectiva no puede saber si la ventana está abierta o cerrada.

Queda muy hundida en la pared como para ver la cristalera desde su posición.

Lo único bueno de esta situación es que estoy casi seguro de que solo hay un vigilante.

Pienso. Respiro.

Solo se me ocurre una cosa.

Bajo los peldaños con cuidado. Los trapos y cuerdas que abrazan los travesaños protestan cada vez que se tensan.

De momento aguantan. Me acerco de nuevo hasta el montón de cacharros del que he sacado las maderas y me hago con todo lo metálico.

Formo un paquete de hierros, candeleros, clavos enormes y trozos de viejas menorás.

Los envuelvo con los trapos como si fueran un caramelo gigante.

Un par de nudos más y listo. Dejo el paquete a los pies de la escalera. Le ato un trozo de cuerda que me llevo conmigo mientras subo de nuevo hasta la ventana. Parece que tengo en mi mano la enorme mecha de una bomba que descansa junto a la temblorosa escalera.

Una vez arriba escucho con atención, pero sin sacar la cabeza. No quiero que una flecha siseante me atraviese las sienes. No sería bueno para mi cutis.

Una tos apagada resuena en la esquina, a medio camino entre la puerta y la ventana. Desde aquel lugar debe de estar vigilando los dos puntos. Algo se huele para estar ahí. He de largarme antes de que avise a cualquiera de sus colegas.

Cierro el ventanuco con cuidado para que no me escuche.

Apoyo medio culo sobre el quicio de la ventana para que la escalera no soporte todo el peso que voy a subir.

Estiro de la cuerda áspera y reseca y elevo la bola de chatarra con sigilo.

Sube paralela a la pared. Lenta, pero segura.

No pesa demasiado porque casi todos los cachivaches son de metal hueco.

Una vez la tengo arriba, espero .

Algo me huele mal.

No puedo esperar más.

Me aseguro de que la ventana está bien cerrada.

Necesito hacerlo para llevar a cabo mi plan.

Agarro el primer metal que encuentro. Es un trozo de candelabro de medio metro.

Lo lanzo hacia la zona de la puerta de entrada de la sinagoga, o lo más cerca que puedo.

El escándalo del cobre rebotando por el suelo es magnificado por el eco de las paredes y escapa hacia la calle por el único hueco abierto: el resquicio que queda entre la puerta de la entrada y el suelo.

Espero.

No se oye nada.

No quiero darle tiempo a que avise a otro colega.

Lanzo otro objeto. Y otro. Y otro más.

El estruendo debe ser parecido al que haría el elefante en la cacharrería del refrán ese. Se debe de oir con nitidez en media Barcelona. ¿Está sordo este tipo o qué? Las toses reaparecen esta vez junto a la puerta. Pegadas a ella. Seguro que está escuchando. Esperando.

Me lo imagino con la oreja pegada a la puerta. Una mano en la espada y la otra en la llave, aguardando al momento oportuno para sorprenderme.

Lanzo todo el arsenal que tengo. Hasta el último clavo.

Dos segundos después escucho cómo gira la ruidosa y vieja cerradura. ¡Ahora sí!

Abro la ventana.

Un segundo giro de llave.

Saco medio cuerpo.

Otro giro más.

Empujo la escalera con los pies para que caiga junto al resto de maderas. Espero que quede disimulada entre el resto de los trastos el máximo tiempo posible.

Tercer giro de llave.

Saco el cuerpo a la calle. Aseguro los pies en los resquicios que quedan entre piedra y piedra. Me agarro con la mano izquierda a un saliente y con la derecha dejo la ventana lo más cerrada posible .

Veo a través de ella que algo de luz entra por una puerta que ya se ha abierto del todo. Desciendo rápido. Ahora no puedo cagarla. Mis pies buscan apoyo. Una escalera natural entre los salientes del muro. Cuando me queda un metro para llegar al suelo salto. Me agacho y espero. No hay nadie.

Salgo corriendo hacia el descampado que hay tras la sinagoga.

Recorro el terreno y solo me detengo cuando entro en la plaza y paso por delante de la iglesia de Sant Miquel.

No hay casi nadie en la calle. Al menos, nadie despierto.

Las esquinas están plagadas de bultos inmóviles que pasarán la noche a la intemperie como suelen hacerlo día tras día.

Presiento que, tras la noche, vendrá la noche más larga.

Dejo atrás la iglesia de Sant Jaume y no aflojo el paso hasta que veo las luces anaranjadas que flanquean los ventanales de ca la Joana.

Huele a sopa. O quizá solo es mi imaginación.

Al pasar por delante de la ventana, ahora cerrada, apenas veo a dos o tres comensales.

Entre ellos está Josep dando buena cuenta de un cuenco humeante.

Envidia cochina.

Recupero el resuello durante unos segundos.

Nada más entrar el aroma de comida, sudor y vino rancio golpea de nuevo mis sentidos, pero me da igual. La lumbre de la chimenea está prendida y el ambiente es agradable. Necesario para reponer fuerzas. Josep me ve y alza su manaza.

Sonríe. Parece cansado.

Agarro un cuenco y lo relleno.

Huele bien y está caliente. No necesito más. Bueno, sí, una hogaza de pan y algo de ese vino asqueroso que siempre será más sano que el agua de un cubo comunitario del siglo catorce.

—¡Quim! ¿De dónde sales a estas horas?

—He ido a visitar a unos amigos de la familia que viven en el barrio de la Ribera —le miento, por supuesto.

—Buenos individuos pueblan ese lugar.

—Gente muy trabajadora —le digo.

—Me he encontrado con Bernat a media tarde. Estaba muy contento —informa entre cucharadas de sopa—. Me ha dicho que se queda con una familia judía .

—Así es.

Lo miro y veo que esa noticia le agrada.

—Bernat es un buen chaval que necesita una familia y esa familia necesita un hijo que algún día prosiga con su oficio.

—¡Por supuesto que sí! —exclama Josep—. Es listo como el hambre y llevará la profesión mejor que su maestro.

Ríe a carcajadas.

—No tengo ninguna duda.

Yo también río. Pero por otra parte vuelve ese gusanillo que me dice al oído que he cambiado el pasado.

Sorbo la sopa con cuidado. Quema mucho. El pan está bueno y, tras la segunda copa, el vino no sabe tan mal.

En mi cabeza revolotea Bernat.

No debería preocuparme tanto, la verdad.

En realidad, cada salto al pasado ya es una manera de cambiar algunos hechos.

Da igual lo que haga, siempre habrá una nueva ramificación por mi culpa.

No puedo comerme tanto la cabeza, he de conformarme con que los actos que modifiquen el pasado sean los mínimos posible.

Ondas sin importancia que mueran por sí solas en el río del tiempo sin llegar a crear nuevos afluentes ni futuros alternativos.

Sin darme cuenta la cuchara de madera rasca el fondo del cuenco. Quiero más.

—Está buena, ¿verdad? —dice la señora Joana que ha aparecido sigilosa en el comedor y se ha plantado delante de nuestra mesa.

—¡Exquisita! —responde Josep.

—¿Puedo repetir? —pregunto. Sigo canino—. Creo que es de las mejores sopas que he probado.

Ella sonríe.

Agarra mi cuenco y lo rellena hasta el borde. Lo deja en la mesa junto a otra hogaza de pan. Yo meto la cuchara, soplo y para adentro.

—Muy buena —repito—. De las mejores, sin duda.

Rellena los vasos con vino y me mira .

—Eso es porque lleva los mejores productos y en abundancia. Un caldo consistente y con cuerpo. No como el de mi abuela, que lo aguaba tanto que le daba pa cuatro días.

El tiempo se detiene por un instante. Al igual que la cuchara antes de llegar a mi boca.

Acabo de ver a mi tía Rosa en ella. La misma pose. Idéntica forma de hablar. De mirarme.

Esos ojos…

Otra cucharada más.

Estoy demasiado cansado para pensar en según qué cosas. Mi cerebro necesita desconectar.

—Me está sentando de maravilla —le digo con sinceridad.

Ella me mira y asiente.

Se la ve encantada de que me guste.

—¿Cuánto tiempo hace que es usted la dueña de esta posada? —pregunto sacando fuerzas de flaqueza.

—Desde siempre, hijo mío. Ya era de la abuela de mi abuela.

La pobre Rosita siempre decía que el primer día del año 1000 de nuestro señor Jesucristo se sirvió la primera comida en este lugar.

—La señora Joana se queda en silencio, pensativa—.

Y de eso ya hace mucho. Haz tú los cálculos que eres joven y listo.

Desde entonces sabe Dios que en esta casa siempre se ha proveído de cama y comida a gente de paso.

—Y bebida. Mucha bebida —añade Josep.

—Eso también —sonríe la posadera—. Los borrachos dejan muchas monedas.

Flipo que esta posada lleve casi cuatrocientos años sirviendo a los demás. La miro. Algo en esta mujer me atrapó desde el primer día y ahora creo que sé lo que es.

Cómo no lo he visto antes.

—Cualquier comerciante que haya parado alguna vez en Barcelona conoce la posada de los Mora —añade la posadera sonriente, a la vez que un escalofrío recorre mi cuerpo.