El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

Sinagoga Menor

Tengo un poco de frío. El ambiente en el interior de la sinagoga es húmedo y más fresco de lo que me esperaba.

No estoy a gusto. El golpe que me he dado tampoco ayuda, la verdad.

Empieza a dolerme demasiado. Cuando se enfría duele más; siempre se ha dicho eso.

Pues es verdad. Preferiría estar ante una buena sopa en ca la Joana y acostarme sobre las cuatro mantas roñosas que me ha dejado preparadas en su sótano.

Pero antes debo acabar con esto.

Me concentro. Respiro un par de veces hasta que noto las pulsaciones en mi pecho, señal de que empiezo a controlar la situación.

Para, respira, piensa y actúa.

Si estoy en lo cierto, bajo mis pies están varios de los objetos más codiciados por el ser humano. Uno de ellos, el Arca, el más venerado por toda la comunidad judía. Y por los nazis, según Indiana Jones.

Sonrío.

Soy un Indi de pacotilla, lo sé, pero aquí estoy, tras uno de sus objetos preferidos.

La sinagoga no se parece en nada a la futura iglesia de Sant Jaume, que ocupará su lugar y que tan bien conozco. Si mis cálculos no fallan, ahora debo de estar sobre lo que será el altar mayor. Por lo tanto, la capilla en la que apareció el boquete está unos metros a mi izquierda.

Camino despacio, vigilando no tropezar con nada para no romperme otras dos o tres costillas.

Sorteo los pequeños muros y las columnas de piedra que dividen las secciones de la sinagoga.

Por lo poco que puedo ver, gracias a la tenue luz que todavía entra por las cristaleras, los techos son muy altos.

De ellos penden decenas de lámparas que tienen forma de maceta.

Las columnas son redondas, sin filigranas, y se unen entre ellas formando amplios arcos que llegan hasta casi tocar el techo.

Llego hasta la pared este.

Está más lejos de lo que me pensaba.

Tanteo.

Paso la mano por la piedra y la acaricio para dibujarla en mi mente.

No creo que haya ninguna entrada en la pared.

Sería muy difícil conectar un pasadizo desde aquí hasta la cripta, que está como a cuatro metros de distancia y dos más bajo tierra.

Me inclino más por una trampilla en el suelo que descienda hasta ella.

Tal y como funcionaría la entrada de un submarino.

Vuelvo sobre mis pasos.

Me detengo cuando calculo que estoy de nuevo sobre la cripta. Me pongo de rodillas para notar el suelo con mis manos. Tanteo la superficie, con las palmas abiertas, y acaricio el polvo acumulado. La tierra. Las piedrecitas. Pero no noto ninguna ranura que pueda señalar una entrada.

Un momento.

Estoy junto a una de las muchas columnas. Es justo donde antes se ha parado Gargamel durante un par de minutos.

Hay algo diferente junto a su base. Noto una separación que me huele a premio. Dibujo el contorno con mis dedos. Tanteo cada resquicio o saliente. Mis yemas rozan la piedra en busca de un resorte que la abra.

Premio otra vez.

Está en el centro y es redondo. Con un diámetro de unos tres dedos.

Intento hacer palanca en el surco para levantarlo, pero no se mueve.

Limpio la superficie para notar mejor su contorno.

Soplo con vigor como el lobo del cuento.

Aprieto sobre la marca con fuerza. No pasa nada.

No es un pulsador. No es una pequeña trampilla que pueda levantarse para dejar a la vista una argolla de la que tirar, que es lo que yo me imaginaba que podría encontrarme .

No sé cómo se abre. Pero esta es la entrada.

Sin duda.

Me siento en el suelo.

Respiro de nuevo. Eso siempre me ayuda.

Me sacudo las manos para eliminar el polvo de ellas. Fuera parece que ha empezado a llover. Oigo repiquetear las gotas sobre el tejado de la sinagoga y cómo los canalones empiezan a desaguar.

Tengo hambre. Y sueño.

Y cada vez más frío.

Debo pensar como si fuera uno de ellos.

Veamos…

He escondido un tesoro. He ideado una trampilla que lleva hasta él.

Dicha entrada está a plena vista y solo camuflada por el polvo y la arena natural que se deposita a diario en el suelo del templo.

Decenas de hombres pasan sobre la entrada cada día.

La pisan. Arrastran sus pies por encima de ella.

No quiero que se abra por error, por un mal paso o porque alguien se ponga a brincar sobre el resorte.

Quiero que sea algo más complicado. Y, sobre todo, quiero que, cuando pase sobre ella, una señal me chive si alguien ha intentado abrirla.

Algo llamativo para mí, el guardián de la cripta, pero que pase desapercibido para el resto de la comunidad judía.

Pasan un par de segundos.

Decenas de ideas locas giran ante mis ojos como los rodillos de una tragaperras hasta que se detienen con el mejor de los premios: la respuesta.

Una solución tan obvia como sencilla.

¡Es un lacre!

Mi pulso se acelera.

Esa pieza redonda es, ni más ni menos, como el lacre de una carta. Si el lacre está roto es que alguien ya la ha leído. Si el sello redondo se ve roto, es que alguien ha intentado entrar.

Sencillo. Elegante y con una alarma visual que nadie, excepto el guardián de la cripta se pararía a mirar.

Pienso qué debo hacer .

Si rompo el sello mañana saltarán todas las alarmas. Si no hago nada, dejaré que la historia siga su curso, pero me quedaré sin ver los tesoros y con un montón de preguntas sin respuesta. Y eso no puede ser.

¡Joder!

Voy a intentar sacar el sello sin romperlo. Es la única forma de bajar sin que nadie sepa que he estado aquí. Necesito algo que haga palanca. Debe ser fino porque la ranura es de apenas unos milímetros.

Saco mi daga del cinto y repaso el contorno del sello que hace las veces de lacre.

Rasco la arena hasta dejarlo limpio, como nuevo.

No lo puedo ver con claridad, pero noto que el sello es como una O mayúscula.

Paso mis dedos y distingo que tiene un relieve.

Es una estrella de seis puntas. Intento hacer palanca con la daga, pero no salta a pesar de la fuerza que hago.

Es imposible levantarlo.

No está ideado para ser alzado. Está hecho para romperlo.

Esta es la voz de mi conciencia. A veces me habla y me muestra lo que yo no veo. Tiene razón.

Tengo razón, quiero decir.

No puedo romperlo. No pueden saber que alguien ha estado aquí. Quiero sacarlo intacto y para eso necesito luz. Aunque sea una triste vela. El candelabro que llevaba Gargamel lo apagó antes de salir a la calle. Es posible que lo haya dejado cerca de la puerta.

Camino hacia aquella zona.

Pocos pasos después llego hasta el otro extremo de la sinagoga, cerca de la entrada. En esta zona hay algo más de luz, ya que hay dos ventanales a cada lado. No es que sea la bomba, pero hay luna llena, está despejado y eso me facilita bastante la búsqueda.

Me acerco a la puerta y lo veo. Está sobre una mesa redonda, junto a la pared. Es un pequeño tubo de cobre que se divide para poder llevar tres velas en línea. Toda una modernidad para estos tiempos. Busco con qué prender las velas, pero no encuentro nada. No había pensado en este pequeño detalle.

Desde las entrañas de la puerta emerge un sonido que rebota entre las paredes de la sinagoga y me acelera el corazón haciendo que palpite a doscientos por minuto.

Un gemido que rompe el silencio.

Alguien quiere entrar.

Dejo el candelabro sobre la mesa y corro hacia la pared norte, la misma por la que entré, pero no voy a llegar.

Me duelen las costillas y las rodillas al trotar.

Menuda mierda de ladrón artrósico que soy.

Desde aquí escucho las bisagras chirriar.

Me detengo al instante. Me agacho tras un banco de madera.

Decido tumbarme para camuflarme mejor con las sombras.

Oigo pasos. Voces apagadas.

Miro desde la lejanía. Estoy a unos diez metros de distancia, quizás quince. No lo sé. Espío entre las patas del banco al tipo que acaba de entrar. Tras él entra otro más. Y otro.

Y otro.

¡Madre del amor hermoso!

¿Van a montar una fiesta nocturna o qué?

El quinto y último en entrar cierra la puerta con llave de nuevo. Esto pinta mal.

Prenden las velas con otras que ya llevaban y puedo ver sus caras.

Uno de ellos se desprende de la capa oscura que lleva echada por encima y la deja junto a la puerta.

Es grande y fuerte. De su cinto sobresale una espada enorme.

La empuñadura, forrada con piel oscura, acaba en un pomo redondo que brilla con la luz de las velas.

Lo reconozco al instante a pesar de la distancia.

Es un sello templario.

¡Hostia puta!

El pomo de ese espadón lleva encastrado un jodido escudo de la Orden del Temple.

Estoy un poco perdido en este momento.

No entiendo nada .

La orden de los Caballeros Templarios desapareció hace más de ochenta años. Aun así, no me cabe la menor duda de que esa espada perteneció a uno de ellos.

El portador del arma habla en voz baja con el resto. No consigo escuchar nada de lo que dicen, tan solo susurros que se desvanecen antes de llegar.

Los observo.

Veo que lleva un peto de malla bajo una camiseta oscura y raída. Es moreno. Pelo largo a juego con su barba. Este tipo es peligroso. Si me pillan aquí me destripan fijo.

Uno de ellos se queda en la puerta más tieso que un palo congelado mientras los otros cuatro caminan hacia el fondo de la sinagoga. Desde mi posición puedo verlos con claridad.

Llegan hasta la zona en la que yo he estado hurgando. Se detienen ante la trampilla. Acercan la luz de las velas y la observan. Se miran entre ellos.

—Alguien ha hallado la entrada —dice el portador de la espada templaria.

Mi sangre se hiela.

El cuarteto que estaba sobre la trampilla se dispersa hacia cada uno de los cuatro puntos cardinales. El que vigila la puerta sigue en guardia, tenso. De vez en cuando tose de forma contenida. Tiene mala cara, parece enfermo.

La mano derecha del hombre que parece ser el jefe se posa sobre el cuero oscuro de la espada templaria, que emite un sonido agudo y limpio al desenvainarse y que resuena hasta el último rincón del templo judío hasta clavarse en mi alma.

Al instante cuatro ecos idénticos lo acompañan.

¡Mierda!

Apenas respiro.

Creo que mi corazón se ha detenido.

No me lo puedo creer. Son los guardianes del tesoro.

¿Y uno de ellos es templario?

¿Estamos locos o qué?

¿Qué coño hace un templario en una sinagoga judía casi un siglo después de desparecer la Orden del Temple ?

No tengo tiempo para formularme estas preguntas y mucho menos para intentar responderlas. A pocos metros de mi posición aparece la sombra de uno de ellos. Está buscando algo, a alguien, a mí.

No respiro, no parpadeo.

La oscuridad y el silencio son mis únicos aliados.

El tipo que tengo delante es ancho como un mueble ropero.

Sostiene su espada con las dos manos mientras camina con cautela.

Mira hacia todos los lados. Vigilante. Porta un hierro largo que sobrepasa el metro de viejo acero, pero bien cuidado.

La guarda es ancha y bella. Brilla. Está labrada con esmero.

Sé que corro peligro, pero mis ojos de historiador y mi corazón de arqueólogo no pueden dejar de observar esa maravilla.

La empuñadura también está forrada con piel.

Y el pomo es grande, algo más que el del otro tipo.

Pero este no lleva un sello templario. Tiene…

Miro con atención para cerciorarme de lo que ven mis ojos.

Distingo un símbolo, pero no puede ser lo que creo que es. Debería largarme de aquí ahora mismo, pero mis ojos están clavados en ese bello pomo labrado como tan solo un maestro armero sabría hacer.

Quiero saber.

Necesito confirmar lo que creo haber visto.

¡Sal de aquí ya, Quim! Grita mi conciencia.

Tiene razón. Como siempre.

—Nada por aquí—dice una voz lejana que rebota entre las paredes del templo.

El armario ropero está a dos metros. No me ha visto.

Relaja su postura. Destensa sus brazos y el brillo del pomo de su espada se impregna en mi retina.

¿He visto lo que acabo de ver?

Sin duda.

Una cruz occitana engarzada en el pomo.

Eso es lo que acabas de ver, Quim .

Tienes a metro y medio a un tipo que porta una espada con simbología cátara luchando junto a otro que empuña una templaria en el interior de una sinagoga judía en la que está escondido el tesoro del rey Salomón.

Apaga y vámonos.

Quiero echarme a dormir.

Necesito desconectar y pensar en lo que tengo ante mí.

El tiempo se ha detenido. Creo que hace segundos que no respiro y mi diafragma se percata de ello.

Me avisa con un espasmo. Sigo tumbado en el suelo, tras un banco.

El movimiento involuntario de mi músculo me hace inhalar más de lo que me hubiera gustado.

No necesito mirar al cátaro para darme cuenta de que me ha escuchado.

Tengo un segundo de tiempo para desaparecer.

Respiro.

Cierro los ojos para no ver cómo se acerca.

Me concentro.

Solo pienso en desaparecer.

La espada de guarda labrada y pomo con cruz occitana dibuja un arco tan rápido que apenas ha sido visible a simple vista. El impacto parte en dos el banco de madera y el estruendo se mezcla con el de un trueno que rompe sobre la cabeza de los cinco guardianes de la cripta.

—¿Has hallado algo, Marcel?

—Eso creía. Habrán sido las malditas ratas —contesta a la vez que aparta los restos de madera del suelo con la punta de su afilada arma.

—Alguien ha estado aquí —anuncia el hombre de la espada templaria, parado junto la entrada de la cripta. Guarda su arma en la funda y el resto lo imita—. La bóveda ya no es segura. Hemos de cambiar de lugar los objetos con prontitud.

El resto asiente.

El hombre esparce tierra, piedras y polvo sobre la trampilla descubierta por Quim hasta que el sello queda bien disimulado .

Pocos minutos después los cinco guardianes se marchan cerrando de nuevo la puerta de la sinagoga.

Uno de ellos, el que no se ha separado de la entrada ni un segundo, se sienta en el húmedo suelo de la calle, apoya su espalda contra el portón y se tapa con el manto raído y oscuro que lleva. Tose de vez en cuando.

Desde lejos parece otro borracho más, pero entre los sucios ropajes, aunque no se pueda apreciar, hay dos ojos oscuros que vigilarán la zona hasta el amanecer.