Capítulo 28 #3
Me tenso y me preparo para la caída. No veo nada. No distingo el fondo y no sé cuándo flexionar mis piernas para no romperme en pedazos. Aunque tampoco sé si estoy cayendo de pie o de lado.
Nada más notar el impacto me doblo y protejo mi cabeza con las manos. Intento rodar por el suelo, tal y como aprendí en mis clases de jiu-jitsu , hasta que me detengo de golpe contra una columna .
El impacto es tan fuerte que me quedo sin aire.
Abro la boca para conseguir vida, pero mis pulmones no responden. El leñazo me ha dejado tieso. Me quema el pecho. Me arde la espalda. Y para colmo, aparece una luz por la puerta principal.
Me concentro en respirar.
Sin aire en mis pulmones no hay futuro.
Consigo dar pequeñas bocanadas que parecen más los últimos estertores de un moribundo y empedernido fumador que las respiraciones de un ser vivo.
La luz titilante de un candil se acerca cada vez más.
Me incorporo como puedo, en silencio.
La llama levita como un fantasma curioso.
Se dirige hacia la pared donde está la ventana por la que he entrado.
Sigue abierta, tal y como la he dejado. La verdad es que no estaba yo como para cerrarla.
Por el hueco aparecen dos palomas. O dos cuervos.
No lo tengo muy claro. Miles de lucecitas brillantes flotan todavía ante mis ojos a causa del golpe y me impiden ver con claridad.
Me arrastro hasta esconderme tras unas maderas y unos trapos o cortinas, no puedo distinguirlos bien.
Observo en silencio.
Tras la luz de las velas distingo a un hombre.
Lleva ropas claras que centellean con el vaivén de las llamas.
El resplandor deja entrever una cara delgada que, al amparo de las sombras, ofrece un aspecto cadavérico.
Enseguida viene a mi memoria un personaje de mi infancia.
Este individuo es como Gargamel, el villano de los Pitufos, pero con treinta kilos menos.
Y con algo de chepa. Bastante, ahora que lo veo mejor.
Está mirando hacia el hueco abierto de la ventana y a las aves que revolotean entrando y saliendo de la sinagoga. Son cuervos, sin duda.
El hombre grita algo en voz alta que no entiendo, pero que no suena nada bien.
Se agacha y deja el candelabro en el suelo.
Agarra un objeto que estaba apoyado en la pared, un palo muy largo.
Lo levanta con las dos manos con bastante esfuerzo.
Ahora parece un atleta a punto de hacer un salto con pértiga.
Gargamel en las olimpiadas. Si estuviera solo me reiría de mi propio chiste.
Apoya el palo contra la ventana y la cierra con un gesto firme y rápido que delata que no es la primera ni la segunda vez que lo hace. Deja la pértiga en el mismo lugar que estaba. Recoge de nuevo el candelabro y se gira en redondo.
Estoy a tan solo dos metros de él.
No sé muy bien dónde estoy escondido, solo sé que me he parapetado entre maderas, trapos resecos, cuadros viejos y trastos por el estilo. Espero que sea camuflaje suficiente.
El hombre camina con calma y pasea la luz por la zona.
Busca algo. Quizá otro cuervo. O un buitre como yo. Está tan cerca que ahora puedo ver con claridad su pelo canoso, la nariz y la barbilla puntiagudas hasta casi tocarse la una con la otra, los pómulos salidos y unos ojos pequeños y hundidos, rodeados de un halo oscuro.
Aparenta tener ciento sesenta años como poco.
Yo diría que le quedan dos telediarios.
O, como dirían aquí, dos lunas.
Arrastra los pies sin dejar de mirar a un lado y al otro. Si me descubre tendré que pegarle y mucho me temo que como le dé un poco fuerte le desmonto la cara como si fuera el señor Potato.
No me muevo.
Apenas respiro. Y aun así noto el pinchazo en mi costado con cada pequeña inhalación. Creo que me he roto una costilla en la caída. O dos, por el mismo precio.
Pasa de largo.
Camina hacia el fondo y se detiene junto a una de las columnas.
Observa con calma todo a su alrededor. No parece tener prisa por largarse de aquí.
Tras un tiempo demasiado largo arrastra sus pies de nuevo en dirección a la puerta de la entrada.
Debo ver dónde se mete. Si se va o si se queda aquí dentro, acechando en la oscuridad. No quiero más sorpresas.
Me levanto en silencio, vigilando no tirar ninguno de los cachivaches que tengo a mi alrededor. La luz se ha alejado dejando oscuridad. Tanteo el suelo con la punta de los dedos de las manos.
El reflejo inquieto de las velas llega hasta la puerta y a los pocos segundos se apaga. Se hace un silencio absoluto durante un tiempo eterno, hasta que la tenue luz de la tarde inunda aquella lejana zona a través de una ranura.
La puerta se ha abierto.
Veo a contraluz como Gargamel sale a la calle y vuelve a cerrar el portón metálico.
Oigo el crujir de la llave y como se detiene tras dar tres o cuatro vueltas.
Si algo tengo claro es que por esa puerta no voy a poder salir sin su llave correspondiente.
Pero eso será otro problema que solucionaré a su tiempo.
Me dejo caer en el suelo e intento respirar en profundidad.
Me duele con cada inspiración, pero lo necesito.
Mis pulsaciones bajan y mi percepción se serena.
Ahora debo encontrar la cripta.