Capítulo 28 #2
Barcelona tardó demasiado en tener un puerto en el que los veleros pudieran atracar a salvo de temporales y los estibadores pudieran hacer su trabajo de forma decente y menos peligrosa.
Otras ciudades con recovecos protegidos de forma natural no tuvieron tantos problemas.
Aquí tan solo se aprovechó el recodo que va desde la falda de la montaña de Montjuic, que ahora queda a mi derecha, hasta la desembocadura del río Besós como sucedáneo de puerto.
La colocación de la primera piedra del puerto artificial no llegó hasta el año 1477. Se aprovechará la isla de Maians, una pequeña isla natural que puedo ver desde aquí, para crear el espigón del futuro puerto.
Sigo caminando a la vez que observo el ajetreo que se vive sobre la arena.
Cientos de familias se alimentan gracias al mar y muchas de ellas están trabajando ante mis ojos.
Al fondo puedo ver el convento de Framenors en todo su esplendor.
Apenas lleva siglo y medio construido. Me acerco para admirarlo con más detenimiento.
Nadie diría que lo derribarán en el año 1837 tras una serie de motines y saqueos.
Nada dura para siempre.
Para siempre es demasiado tiempo.
El sol ha bajado bastante y, aunque todavía no se ha ocultado tras la montaña, las sombras ya ocupan gran parte de las estrechas callejuelas de la ciudad. Es un buen momento para ir hacia la sinagoga a ver qué puedo averiguar.
Dejo la playa para adentrarme de nuevo en la villa a través de la puerta de Framenors.
Camino junto a la muralla por un terreno abarrotado de matorrales y aún sin edificar.
Poco después paso por delante de la puerta de Trenta Claus.
Algunos dicen que se llamaba así por los treinta clavos que presiden dicha puerta.
Y ya que estoy aquí por qué no comprobarlo.
¡Treinta! Ni uno más ni uno menos.
Aquí tenemos, de nuevo, un claro ejemplo de otro genio que no se comió la cabeza al ponerle nombre a algo. En este caso a la puerta. ¿Cómo llamaremos a esta puerta? ¿Cuántos clavos tiene? ¡Treinta! Pues ahí tienes. ¡Otra cerveza!
Unos pasos después bordeo un par de edificios. Tras ellos, puedo ver la sinagoga menor. Apenas hay cuatro almas a su alrededor. Me dirijo hacia la parte trasera del pequeño templo con la cabeza gacha, sin llamar la atención.
Es un buen momento para indagar.
No pienso entrar por la puerta principal.
Primero, porque seguro que está cerrada.
Segundo, porque si lo que se esconde aquí es tan valioso estará vigilada las veinticuatro horas del día, todos los días del año.
Prefiero no levantar sospechas y para ello entraré por una pequeña ventana que he visto en el lateral de la pared norte y que da a una calle estrecha y solitaria por la que ahora mismo camino.
Observo.
Vigilo a un lado y al otro.
Solo escucho silencio acompañado de semioscuridad.
Nadie a la vista.
Me siento en el suelo. Disimulo. Apoyo mi espalda en el edificio que queda delante de la sinagoga.
Desde aquí observo la pared norte del templo y su ventanuco.
No me gustaría romperlo para entrar, aunque tampoco van a durar mucho más, que digamos.
Pero si lo puedo evitar, no lo haré porque no quiero dejar rastro de mi visita.
No está a demasiada altura. Aceptable.
Vuelvo a mirar a mi alrededor.
Una figura se acerca desde un extremo de la calle.
Me hago el dormido. Viene directo hacia mí.
No voy a correr riesgos, si es necesario lo noquearé.
Dos segundos después pasa por delante y sigue su rumbo como si yo no existiera.
No soy más que otro pobre desgraciado que no tiene dónde dormir.
Un desecho que no despierta ningún tipo de preocupación.
En mi tiempo pasa exactamente lo mismo con los que viven en la calle.
Qué poco hemos evolucionado en siete siglos.
Mierda de humanidad.
Tras un rato de espera, me levanto y comienzo a trepar por el muro de la sinagoga.
No hay tiempo que perder. La construcción irregular de las piedras me facilita el apoyo de pies y manos.
Trepo hasta casi tres metros de altura. Me agarro al quicio de la ventana.
No es muy grande. Creo que mi cuerpo delgaducho puede pasar a través de ella .
Empujo la ventana y esta se abre hacia el interior.
Respiro con dificultad.
La escalada hace mella en mis músculos. Necesito hacer más ejercicio.
Tomo nota.
Apoyo el pie en el saliente de una de las piedras y me doy impulso.
Me asomo al interior. No hay luz alguna, todo es oscuridad.
Introduzco medio cuerpo con mucho esfuerzo.
Cuando noto que mi torso ha entrado, intento darme la vuelta para sentarme sobre el quicio de la ventana.
Tanteo con mis manos por encima de esta, pero no encuentro dónde agarrarme para asegurar una buena posición.
No quiero caer de espaldas desde esta altura.
No sé si el suelo de la sinagoga está al nivel de la calle o más abajo.
Encuentro un punto de apoyo y me aferro a él con las dos manos.
Hago más fuerza de la que tengo para arrastrar mis piernas hasta que las consigo meter por la ventana y asentarlas en los salientes de la pared.
Por fin.
Desciendo un poco por el muro.
Me queman los antebrazos y los gemelos se tensan hasta doler.
Mis pies resbalan poco a poco. Noto como la piedra se descascarilla bajo mis suelas.
Mis dedos tiemblan. Todo mi cuerpo pende ahora de cuatro dedos agarrados a un par de centímetros de saliente arenoso que va a romperse en cualquier momento.
Mis pies buscan, pero no encuentran. No aguanto más. Noto como me resbalo. Intento escalar con los pies como un dibujo animado, pero solo consigo rascar la pared.
Me caigo.