Capítulo 28
Barrio de la Ribera
El ambiente a esta hora de la tarde es agradable.
Me alejo de la posada de ca la Joana para entrar en uno de los núcleos que nació a extramuros de la primera muralla que tuvo la ciudad, la de los romanos.
En cuanto el riesgo de invasiones musulmanas disminuyó, la ciudad se expandió creando nuevas villas o barrios que normalmente se alzaban alrededor de iglesias o monasterios.
Yo me dirijo a la vila nova del barrio portuario creado alrededor de la basílica de Santa María del Mar.
Hubo otros igual de importantes como el barrio de agricultores de Sant Cucufate, que hoy es la ciudad de Sant Cugat; el de Sant Pere, el de Santa Anna, el del Mercadal, el Raval, el del Pi…
Camino hacia el barrio de la Ribera, un lugar repleto de profesionales de diferentes gremios que abrieron sus talleres agrupándose en las mismas zonas.
Se encuentra dentro de la segunda muralla construida por el rey Jaume I.
En mi tiempo, estas calles todavía conservan el nombre del oficio que se lleva a cabo hoy en día.
Entro en la calle de Argenteria. Aquí predomina el comercio de metales preciosos y, por lo tanto, es una de las vías más transitada por gente de bien. Quizá por eso es una de las más amplias, además de ser una de las primeras en tener pavimento para el paso de carruajes.
Pocos metros después veo a mi izquierda la calle de Vigatans. Esta travesía, algo más estrecha y menos transitada, se llama así por ser muy frecuentada por comerciantes dedicados al comercio de las vigas .
Sigo caminando hacia el este, dirección al mar.
El olor de la playa comienza a mezclarse con infinidad de distintos aromas que dependen de la calle con la que te cruces.
Puedo oler a metal, a piel curtida, a carne y embutidos, a la humedad de la arcilla de los alfareros y, cuanto más cerca estoy del mar, más fuerte es el olor a pescado. A salitre. A naturaleza pura.
Ya diviso lo que andaba buscando.
Al final de la travesía puedo ver las dos torres de la basílica de Santa Maria del Mar.
Me acerco despacio, en silencio, respetuoso y maravillado ante la mole que se eleva frente a mí.
He disfrutado de este edificio cientos de veces, pero jamás como ahora.
Es la primera vez que la veo tan imponente.
Tan nueva.
Paso por delante de la puerta principal y me detengo a unos pasos de ella, justo donde en menos de una década se construirá la fuente de los Señores. Todavía se conserva en mi presente.
Miro con calma la catedral.
La admiro.
Se empezó a construir en el año 1329 y se acabó hace apenas ocho años.
Por eso la piedra que tanto costó transportar desde la cantera de Montjuic luce como jamás la había visto.
Tengo ante mí la primera iglesia construida con dinero del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.
La gente del barrio de la Ribera trabajó, luchó y pagó hasta el último rincón de esta basílica.
Multitud de personas pasan a mi lado y yo sigo embobado.
El ajetreo de comerciantes y trabajadores es constante, así como la gente que entra y sale de la catedral.
No puedo perder la ocasión de ver el interior en su máximo esplendor.
Subo las escaleras y me adentro a través de uno de los dos portones de hierro.
El interior es oscuro. Y amplio. Muy amplio.
Estoy acostumbrado a ver decenas de filas de bancos alineados.
Hoy solo hay unos pocos, lo que hace que la planta principal de la catedral me parezca más grande que nunca .
Huelo la cera quemada de las velas que pueblan cada uno de los pilares que sujetan los altos techos abovedados, ofreciéndome una luz tenue y nerviosa que deja a su alrededor sombras juguetonas.
Es una de las escenas más bonitas e impactantes que he visto.
Esta construcción espectacular contrasta con una época repleta de suciedad, enfermedades, hambruna y pobreza.
Paseo entre sus capillas y me detengo ante la que pertenece a los bastaixos de Barcelona, los hombres que se encargaron de acarrear en sus espaldas cada una de las piedras que forman esta construcción.
Hay varias personas rezando ante un cirio encendido.
El silencio es amo y señor del lugar. Tan solo el susurro de los pasos arrastrados se atreve a romperlo.
Dejo atrás el altar y me detengo ante una de las muchas vidrieras.
Me fijo en una del segundo piso y veo que falta, por supuesto, la cristalera que en mi tiempo contiene el escudo del Barça.
El club de fútbol de la ciudad fue uno de los patrocinadores que subvencionaron las nuevas vidrieras que sustituyeron a las dañadas durante la guerra civil.
Y, como agradecimiento, un pequeño escudo del club se puede ver en una de ellas.
Hoy no existe. Ni el club tampoco. Ni siquiera el fútbol.
Todavía quedan varios siglos para que los señoritos ingleses comiencen a patear balones.
Observo en silencio.
Saboreo el momento.
Tengo el gran placer de ver las imponentes vidrieras originales. Lucía sería feliz aquí y ahora. Respiro hondo y me concentro para retenerlo en mi memoria.
Camino hacia la salida. Antes de cruzar la puerta me giro y contemplo de nuevo la basílica en todo su esplendor.
Al salir compruebo que el sol todavía ilumina la ciudad con fuerza.
Dejo atrás la catedral. Esquivo unas cuantas carretas llenas de pescado y me adentro por las estrechas calles de las últimas casas de la ciudad antes de llegar al mar.
En casi todas ellas viven pescadores, marineros o los bastaixos , los estibadores encargados de descargar los barcos que arriban hasta la ciudad.
Paso por delante de una construcción en la que solo se vende pescado.
Debe de ser la lonja. Está plagada de gente.
Desde aquí ya puedo ver el mar y un edificio solitario a pie de playa.
Me acerco hasta la puerta y observo el reguero de público que entra y sale.
Sé muy bien qué es. Es el Consulado del Mar, una cofradía de armadores y comerciantes creada a mediados del siglo trece.
Según leí, desde aquí se encargan de regular el comercio marítimo y las leyes portuarias.
Establecieron su propia legislación mercantil que más tarde se convirtió en el primer código marítimo que se conoce en el mundo y que sentó las bases del comercio por mar en todo el Mediterráneo.
Es un lugar importante, no solo para la ciudad, sino para el resto del mundo.
Aquí se tomaron y se tomarán decisiones que cambiarán la historia.
Y no solo en lo referente al comercio marítimo.
En tan solo una década se abrirá en este mismo edificio una Taula de canvi.
El objetivo de esta mesa de cambio será ayudar con el cambio de moneda en las relaciones comerciales y servir de depósito para todos los capitales públicos y judiciales.
Se convertirá en el primer banco público de Europa.
Historia viva ante mis ojos.
Debería traerme aquí a Lucía. Nunca he probado a viajar con otra persona. Quizás es mejor que pruebe primero con un ratón, como hacen con las vacunas. Aunque me da miedo. Siempre que pienso en esto me viene a la memoria la película de La Mosca . Pobre Goldblum, qué mal lo pasó.
Camino unos pasos más y noto la arena de la playa bajo mis pies.
El aroma a sal invade mis sentidos. El aire es cálido y pegajoso, pero limpio.
Hasta aquí no llegan los malos olores de la ciudad.
Solo huelo el intenso aroma a pescado y a marisco que sale de las barcas y de la multitud de redes esparcidas por la playa.
Mallas que ahora están siendo reparadas y cosidas de forma artesanal por las mujeres de los pescadores.
Es un olor natural. Intenso, pero aceptable.
Me encanta el mar.
A mí enterradme sin duelo, entre la playa y el cielo, cerca del mar porque yo nací en el Mediterráneo .
Forma parte de mi ciudad.
De mi ser.
De mi vida.
En el horizonte puedo ver cinco veleros fondeados.
Barcelona carece de puerto en esta época y los barcos no se acercan demasiado a la costa para no encallar en los bancos de arena.
En su lugar, pequeñas barcas repletas de bastaixos se encargan de navegar hasta los veleros y transportar toda su carga hasta la playa, donde otros la distribuyen hasta su destino final.
Según me contó un buen amigo historiador de una época no muy lejana a esta, Barcelona goza desde hace un siglo de buenas relaciones comerciales con los principales puertos del mundo.
Gracias al efecto Pausa recuerdo todo lo que me dijo y eso me sirve para ser un poquito más ilustrado, don que uso a veces para impresionar a Lucía, claro está.
Mi buen amigo Cristóbal, un marino del que ya te hablaré en otro momento, aunque puedo adelantarte que su vida es sencillamente apasionante e increíble, me contó que en estos tiempos la ciudad mercadea con todo aquello que deje dinero, cómo no.
Con Túnez y Argel se comercia con oro y esclavos.
De Sicilia y Cerdeña se importa trigo y sal.
Especias de Damasco, Alejandría y Constantinopla.
Con esta última, además, se comercia con algodón y también con más esclavos.
Me contó también que, Jaime I, rey de Aragón y Conde de Barcelona, favoreció especialmente la economía de la ciudad vetando la carga de mercaderías en barcos extranjeros mientras hubiese naves catalanas disponibles.
También otorgó la libertad de negocios con Mallorca y dictó que el comercio barcelonés estuviera exento de cualquier imposición real en los territorios de la Corona.
Todo esto ha ayudado a que la Ciudad Condal rivalice hoy en día con puertos tan importantes como los de Génova o Florencia, aun careciendo de puerto como tal.