El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 27
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Capítulo 27

Ca la Joana

El olor en el interior del lugar es una mezcla indescriptible de aromas rancios, sudor, humedad y algo parecido al cocido, que debe de ser el plato del día.

Casi sin darme cuenta, me he visto arrastrado por Bernat entre las mesas del local y los bultos sucios y andrajosos que las ocupan.

A cada paso que doy mis suelas se enganchan a un suelo pegajoso y lleno de todo tipo de restos.

La posada de Joana es, sin duda, un próspero negocio. Las mesas son robustas, de madera bien tratada. Resisten sin problema los duros golpetazos de jarras y las embestidas de estos bárbaros carentes de higiene. Las sillas tienen pinta de ser todavía más resistentes por la cuenta que les trae.

Bernat me lleva hasta la estancia contigua.

La posadera está junto a otra mujer. Las dos se encuentran frente a un enorme fuego a tierra que en este instante está ardiendo con energía.

Sobre el fuego hay una barra de hierro que va de pared a pared.

De ella cuelgan tres cadenas con unos eslabones que podrían servir para levantar el ancla del Titanic.

Al final de cada una de ellas hay un gancho en forma de ese que soporta el asa de los calderos humeantes, que se mecen como un péndulo sobre el fuego.

El humo escapa por el enorme agujero que llega hasta el tejado de la casa.

La mujer joven remueve uno de los pucheros.

Nos mira. No dice nada y sigue a lo suyo.

Esta zona está mucho más limpia que la sala anterior.

La señora Joana se acerca a nosotros.

—Esta es Montserrat, mi hija —me dice.

—Encantado —saludo sin más .

Es muy guapa. Su cara está llena de chorretones de sudor que acaban en un bigote oscurecido a causa de la roña acumulada. Aun así, tiene una belleza natural que llama la atención.

—Montserrat está comprometida, señor Quim.

A esta mujer no se le escapa ni una. Aunque estoy seguro de que mi cara de bobo y una mirada más larga de lo normal no hubieran pasado desapercibidas para nadie.

—Me alegro por ella. Espero que sea muy feliz con su futuro esposo —le suelto sin darle demasiada importancia.

La joven sonríe.

La señora Joana se agacha y remueve un poco más el puchero. Saca el palo de madera y lo chupa. Asiente con la cabeza. Parece que está satisfecha con el sabor. Deja de nuevo el palo chupado en el interior del caldero y se levanta. Si la viera Chicote se le caería el pelo.

—Huele muy bien —le digo para romper el hielo. La verdad es que no miento.

—Ya puede oler bien, ya. Buenos productos, paciencia y un buen fuego. No hay más secreto —me contesta.

—¿Es para la cena de hoy? —pregunto.

—Y si sobra algo será el desayuno y la comida de mañana. Aquí no tiramos nada.

Se limpia las manos en la especie de delantal que lleva. Me hace un gesto con la mano para que la siga y comienza a caminar.

—Todas las habitaciones de arriba están ocupadas.

Estos días de mercado siempre llegan muchos forasteros.

Pero le he podido hacer un hueco en el sótano, junto a los barriles de vino.

—Se detiene en seco antes de bajar las escaleras.

Se gira y me mira muy seria—. Porque viene de parte de Josep, sino le puedo asegurar que no lo dejaría toda la noche aquí abajo con el vino.

Espero que mañana no tenga que arrepentirme.

—No se preocupe, señora Joana, no me gusta el vino.

Es una mentira a medias. Me gusta un buen vino tinto como al que más, pero no el vino agrio que beben en estos tiempos.

—¡Mejor! —me suelta.

Seguidamente comienza a bajar la escalera .

Tras llegar al final salimos a un sótano amplio y oscuro.

Está iluminado por un par de velas que se consumen en un candelero de hierro, fijado a una de las columnas de piedra.

La señora Joana camina hasta el fondo sombrío de la habitación y prende otro par de velas que iluminan poco a poco el resto de la estancia.

Veo que hay varias cajas de madera con cebollas, patatas y otras verduras.

Hay sacos grandes que supongo que estarán llenos de arroz o trigo. Observo con detenimiento.

Este es mi sótano.

Sin duda.

Palmo más, palmo menos, pero es el sótano de mi tienda.

—No veo las garrafas de vino que decía —le digo.

—Están en la bodega, abajo. —Señala un hueco oscuro en una de las paredes—. Se baja por ahí, pero no lo haga. Allí solo hay vino y grano. Es un lugar fresco, pero demasiado para dormir. Acabaría enfermo por la humedad.

Esa zona a la que se refiere es una antigua cripta romana que ella ha transformado en bodega y que en unos pocos siglos yo transformaré en mi sala secreta.

—Es un buen lugar para dejar el vino. Seguro que la temperatura lo mantiene muy bien. ¿Construyó usted esa bodega o ya estaba cuando llegó? —le digo para darle conversación.

—¡Para construir estoy yo! Ahí abajo hay unas vasijas enormes donde guardo el grano que, según me dijo una vez el tipo que me lo vende, que de eso sabe bastante, son de la época de los romanos. Es posible que lleven ahí desde los tiempos de Cristo.

Me lo creo.

Dicho esto, saca unas mantas roñosas de una caja de madera y las extiende sobre una zona en la que hay un manto de paja. Mucho me temo que esta va a ser mi cama.

—Aquí dormirá esta noche. Estará tranquilo. Y no tenga miedo. Aquí no hay ratas —me advierte.

—Eso suena bien.

No había pensado en las ratas, pero, ahora que lo ha dicho, en mi mente puedo ver mi rostro mordido por decenas de roedores mientras duermo .

¡Joder!

Un escalofrío me recorre la columna y hace temblar mis hombros.

—Le dejo las velas encendidas y usted haga lo que quiera cuando se vaya a dormir —me comenta.

Yo asiento con la cabeza. Miro de nuevo el hueco de la pared. Todavía flipo por estar en un lugar que algún día será mío. Esto no puede ser una casualidad. Ya te he dicho antes que no creo en ellas.

—Si llega muy tarde se pone usted mismo la cena. En la cocina hay cuencos, cucharas y pan. Con el precio de la habitación está incluida toda la comida que quiera comer.

—Muchas gracias —le comento.

Bernat aparece por la puerta.

—Por eso ca la Joana está siempre lleno de comerciantes de buen renombre —dice el chaval.

—Eso sí, solo la comida y el agua. El vino no está incluido en el precio —me advierte de nuevo.

—Solo beberé agua —le digo.

Y si lo puedo evitar ni agua.

Subimos de nuevo a la cocina.

—El pago es por adelantado —me informa.

Le doy las monedas que me pide. Ella se las guarda en algún lugar entre el vestido y su cuerpo, tan rápido que ni lo veo.

—Le dejo con sus cosas que yo tengo trabajo con todos esos borrachos de ahí.

Veo como se pierde entre las mesas y comienza a recoger jarras y platos vacíos. Su hija también está fuera echándole una mano.

—¿Llevan la posada ellas dos? —le pregunto a Bernat.

—Ellas y otro hijo que ahora debe de estar comprando comida en los mercados —me comenta el chaval—. La señora Joana es viuda desde hace algunos años. Solo tiene dos hijos: Montserrat y Jaume.

—Parece una buena mujer —digo con sinceridad .

—Lo es. La echaré de menos cuando me vaya porque siempre se ha portado muy bien conmigo. Yo le traigo clientes y ella me da comida —me cuenta Bernat.

Este chaval es un superviviente nato.

—¿Y tus padres? —le pregunto.

—No lo sé. —Se encoge de hombros y comienza a caminar hacia la calle—. Me dejaron en el orfanato al nacer, o eso me contaron, pero he sido fuerte y no me ha ido tan mal…

Qué vida tan dura para un chaval tan joven.

Yo sonrío con él, pero por dentro siento su dolor. Como siempre me pasa en los saltos a estas épocas, intento apartarlo de mí y pensar que esto, en este tiempo y lugar, es normal. Que no debo hacer nada para evitarlo.

Este pensamiento me vuelve a recordar que Bernat se irá con Ismael y su familia por mi culpa. Y de nuevo aparece ese cosquilleo acompañado de escalofríos.

—¿Quiere que le lleve a algún otro lugar? —me comenta Bernat, ya en la calle, alejados del follón de la posada.

—No te preocupes. Ya puedes irte, yo caminaré un rato hacia la playa. Tengo ganas de ver el mar.

Es verdad. Pero también quiero volver a pasar por la sinagoga y echarle un ojo, si puedo.

—Pues entonces, si le parece bien, yo vuelvo con Ismael y Sarah. Esta noche ya dormiré en su casa.

Bernat sonríe y su cara refleja una felicidad abrumadora.

—Espero que estés bien con ellos.

—Lo estaré, señor Quim.

Bernat se aleja dando saltos. Es feliz.

—¡Señor Quim! —me grita antes de doblar la esquina. Lo miro—. Esté preparado para la partida. Seremos compañeros de viaje.

—Lo intentaré —le digo.

Él sonríe de nuevo. Se despide con la mano y desaparece tras los muros de la catedral.

Yo meto la mano en el bolsillo izquierdo de mi pantalón de forma instintiva.

No llevo el móvil encima, claro está. No sé la hora en la que vivo, pero yo diría, por la luz que hay, que debe ser entre las cinco y las seis de la tarde.

Me pasaré por la sinagoga en cuanto oscurezca, pero hasta entonces tengo que hacer tiempo. Y sé muy bien hacia dónde quiero ir.