Capítulo 26
En la judería
Bernat espera a mi lado como si fuera mi sombra. Me mira. Algo no le cuadra a él tampoco o eso creo que dicen sus ojos. No lo conozco tan bien. Igual lo único que quiere es largarse de aquí y merendar algo. Vete tú a saber...
—Me trae suerte, señor Quim.
—¿Por qué?
—Lo acabo de conocer y ya tengo una familia.
—Ya te querían antes —le aclaro.
—Sí, puede ser, pero si no fuera por usted no me habría enterado de su partida y me hubiera quedado aquí.
Dicho esto, comienza a caminar.
Me alegro por él. Este pobre chaval era carne de cañón. Posiblemente hubiera muerto antes de la pubertad, como muchos de los niños de esta época. Quizá le hubiera tocado en cinco años, cuando llegue a la ciudad la próxima oleada de Peste Negra.
Me doy cuenta, nada más acabar mis divagaciones, de que acabo de plantar una semilla cuyas ramificaciones y efectos futuros serán impredecibles, cosa que no debería haber hecho jamás. Es de primero de saltos en el tiempo.
—¡Mierda! —exclamo en voz alta sin darme cuenta.
Bernat, que camina unos pasos por delante, se gira y me mira confundido.
—Tranquilo. Es que casi piso una mierda.
Se encoge de hombros, da media vuelta y camina. Seguramente piensa que pisar una mierda no es tan raro.
Ojalá que el tiempo que viva no joda el equilibrio del universo e implosionemos todos.
Según he comprobado más de una vez, sus años de vida no van a ser ni más ni menos que los que hubiera vivido en la ciudad.
Si el chaval hubiera muerto por la peste dentro de cinco años, también morirá allá donde esté dentro de ese mismo tiempo.
Quizá de una caída, de un robo o envenenado por comer alimentos en mal estado.
Lo que está claro es que su tiempo de vida será el mismo.
¿Por qué? No tengo ni la más mínima idea.
La clave es cómo emplee ese tiempo. La repercusión de ese cambio dependerá de la importancia de la huella que Bernat deje en su nueva vida o borre de la que debería de haber vivido aquí.
En fin… que ya no hay vuelta atrás.
Observo a mi alrededor y me empapo del lugar.
Quiero hacer un mapa mental del barrio que quizá dibuje y le regale a Lucía.
Seguro que le hará ilusión. Podría decirle que fue trazado por algún ingeniero judío de esta época, que me lo han vendido en la tienda junto a libros antiguos.
Para poder superar todos los controles de calidad del museo aplicaría lo que yo llamo el efecto Escondite: dejar un objeto oculto en el pasado y recogerlo en mi presente.
Esto mismo es lo que hago con todos los artículos que me llevo del pasado.
El paso del tiempo ha de ser testigo mudo y debe aparecer en todas las pruebas que les hagan, si no tan solo parecerían burdas falsificaciones modernas.
No es difícil llevarlo a cabo, lo importante es elegir muy bien dónde esconderlo.
Bernat se gira para mirarme antes de dejar la calle donde viven Ismael y su familia.
—Estamos en la Volta del Call —indica con sus pequeños brazos extendidos en cruz—. Y esa de ahí es la entrada de la sinagoga de Massot.
En la época medieval a las calles sin salida se les llamaba Volta.
Me acerco unos pasos hasta la puerta de la sinagoga.
Miro a ambos lados. Desde aquí no se ve el final de la calle, pero sé que hoy está cerrada por ambos extremos.
En mi tiempo está abierta y tiene dos nombres: la parte oeste que llega a Banys Nous se llama Baixada de Santa Eulàlia.
La otra, que llega hasta la calle del Bisbe, se llama Sant Sever.
Bernat sigue caminando en silencio .
—¿No echarás de menos a tu amigo Joan? —le pregunto.
Cualquiera le dice ahora al chaval que no se vaya de viaje y se quede aquí solo, pasando hambre. Mi cabeza sigue dándole vueltas a lo de la semilla plantada. Me siento sucio por el simple hecho de intentar que cambie de opinión.
—Sí, pero es lo mejor para mí. Él siempre tendrá a su padre. Yo no tengo nada.
¿De dónde ha salido este chaval?
En mi vida he visto un niño de su edad hablando con esa profundidad.
—¿Cuántos años tienes?
Bernat se encoje de hombros sin dejar de caminar.
—Joan cumplió once años hace poco, así que como somos igual de altos yo debo tener los mismos —me suelta sin más.
—Muy razonable, por supuesto.
Bernat sigue con su paseo. Bajamos por una callejuela que yo conozco con el nombre de Salomó ben Adret, pero que ahora se llama calle de la Carnisseria, ya que en ella están las carnicerías cashrut . Aunque, si no recuerdo mal, también era conocida por otro nombre.
—Esta es la calle de la Sinagoga Mayor —me informa Bernat como si me hubiera leído el pensamiento—. Ahí delante, donde está ese grupo de gente, está la sinagoga más importante del barrio.
Yo asiento complacido.
En mi tiempo no queda nada de ella.
El chaval gira a la derecha y entra en una calle algo más ancha. En mi tiempo es la plaza de Manuel Ribé. Aquí está la sede del Museo de Historia del barrio judío. Lo que darían por estar aquí ahora, viendo lo que yo.
—Esta calle se llama Estudi del Francesos —indica Bernat, deteniéndose y haciendo un gesto con la mano como si me la estuviera presentando.
Acierta de pleno.
Se llama así porque los judíos franceses instalaron una sinagoga a pocos metros de aquí, tras ser expulsados del reino franco a principios del siglo catorce .
Poco después, Bernat se detiene de nuevo y señala a su izquierda.
—Y esta es la calle de la Sinagoga de les Dones.
Veo a pocos metros la famosa sinagoga de las mujeres. No es nada especial por fuera, pero sí que debe de serlo por dentro. Lástima que no pueda entrar a verla. En mi tiempo, esta estrecha callejuela es la calle Marlet.
Bernat camina dando patadas a todas las piedras que sobresalen del camino. Sus maltrechas botas no van a aguantar muchos paseos más.
Un instante después nos cruzamos de nuevo con la calle de la Carnisseria. A mi izquierda queda la sinagoga Mayor. A mi derecha, al final de la calle, veo una de las dos puertas que dan acceso a la judería. Yo conozco esta parte de vía como la calle de Salomó ben Adret.
Sigue recto y entra en otra estrecha calle y me mira.
—Esta es la calle de la Fruita. Se llama así porque es donde se venden frutas —me dice con los brazos abiertos hacia dos carros atiborrados de fruta, como si fuera evidente. Si el chaval fuera un guía turístico con página en Internet le pondría cinco estrellas.
En mi tiempo se sigue llamando igual. El olor a fruta pasada flota en el ambiente. Observo que junto a uno de los carros está Benjamín, el hombre que antes hablaba con Ismael. Supongo que ha encontrado la mercancía de su amigo.
Bernat continúa caminando.
Yo lo sigo. Es un paseo agradable que hacía mucho tiempo que deseaba hacer. Estoy tomando nota mental de todo para informar a Lucía.
El chaval me mira cada dos pasos y me espera si me atraso.
—Voy a beber agua de la fuente —me avisa.
Se acerca a una fuente que está en el cruce con la siguiente calle, la misma por la que hemos entrado al Call hace unas horas.
Se acerca a ella y bebe.
Es la fuente de Sant Just .
La memorizo para dibujarla más tarde. No me costará recordarla por el efecto Pausa del que ya te hablé. Ni qué decir tiene que esta fuente ya no existe en mi presente. Una pena.
—Esta es la calle de la Font del Call —indica Bernat después de pasarse el dorso de la mano por la boca para secársela.
Acierta de nuevo. Llamada así por esta fuente construida en el año 1356 para que los judíos no tuvieran que ir a buscar agua a la fuente de Sant Jaume, ya que en muchas ocasiones en cuanto salían de la aljama eran atacados.
Por desgracia, la fuente desaparecerá en el siglo dieciséis y el nombre de la calle cambiará, cómo no, a la de un santo.
En este caso el honor será para Sant Honorat.
Bernat se gira y me mira.
No dice nada.
—¿Y ahora qué? —le pregunto.
—¿Dónde quiere ir? —me pregunta él.
Me gustaría entrar en la sinagoga menor y ver la cripta que tiene oculta, pero eso va a ser misión imposible. Me tendré que conformar con vigilar como pueda por las calles adyacentes e intentar pasar desapercibido, tarea complicada por lo que he visto hasta ahora.
Bernat me sigue observando en silencio.
—¿Quiere que le enseñe dónde está la posada de ca la Joana? —me pregunta.
—Buena idea. Así ya sabré cómo llegar.
Bernat comienza a caminar hasta que sale del Call y nos encontramos ante la puerta de la iglesia de Sant Jaume.
Desde aquí puedo oler el mar. La brisa marina llega hasta mí porque la playa está hoy muchos metros más cerca que en mi presente.
Disfruto de estos segundos.
Sigue caminando.
Nos dirigimos hacia el noreste. Dejamos atrás la calle del Bisbe, gira a la izquierda y se mete por la siguiente callejuela, creo que es la calle del Paradís.
A los pocos pasos veo una casa con un gran patio.
Hay piedras enormes en una esquina que reconozco al instante.
Pertenecen a las columnas del templo de Augusto, descubierto durante unas excavaciones a finales del siglo XIX.
Se encontraron los restos de tres columnas, la cuarta estaba expuesta por aquel entonces en la plaza del Rey.
En mi presente se puede visitar este mismo lugar y admirar las cuatro columnas rehabilitadas.
Lucía fliparía ahora mismo.
Al llegar al final de la callejuela me fijo en que, a mi izquierda, a unos quince metros de distancia, puedo ver una de las cinco puertas que dan acceso a la catedral de Barcelona.
Sobre ella echo en falta el relieve de la Piedad rodeada de símbolos de la Pasión.
Creo que hasta finales del siglo quince no lo instalarán.
Estudio la distancia que hay desde mi posición hasta la catedral y me percato de que estoy pisando un suelo que en mi tiempo será ocupado por un edificio que abarcará toda esta zona hasta casi tocar el templo.
La estrecha calle que quedará entre medias será la calle de la Pietat, como no podía ser de otra manera.
Los que eligen los nombres no se calientan mucho la cabeza.
Unos cuantos pasos después puedo escuchar la algarabía que sale de algún lugar a pocos metros de distancia.
—Es allí —indica Bernat.
Un cosquilleo despierta en mi interior.
No puede ser.
Bernat se detiene y señala hacia un lugar en concreto.
Estamos en el edificio que está frente a la plaza del Rey.
No me lo puedo creer.
La posada es la que he visto nada más llegar. Yo diría, por lo que veo, que sobre los cimientos de este inmueble se construirá el edificio de los Mora dentro de unos siglos.
Estoy flipando.
No creo en este tipo de casualidades, por supuesto.
Observo el lugar al que todavía señala Bernat.
Es una ventana abierta de par en par. A través de ella puedo ver que el local es bastante grande.
Ocupa toda la superficie del que será mi negocio más el bar de mi tía.
Cuento unas quince mesas, todas ellas atiborradas de jarras de vino y platos de comida a medio consumir, con más comensales de los que cada mesa puede admitir.
Aquí el aforo máximo se lo pasan por el arco del triunfo, al igual que mi tía Rosa, que aprovecha todo el espacio que puede y más.
—Espere aquí —dice Bernat.
Yo sigo de pie, junto a la ventana abierta. A través de ella observo a Bernat que se adentra en el local y se escabulle hasta desaparecer por una puerta.
A los pocos segundos reaparece de nuevo seguido por una mujer.
Su forma de caminar es firme y decidida.
Se abre paso entre la muchedumbre casi sin esfuerzos.
Bernat sale del mesón y la mujer lo sigue, secándose el sudor de la frente con lo que parece un delantal con más mierda que el palo de un gallinero.
— Mare de Déu! —exclama nada más llegar a mi lado. Levanta la cabeza como si buscara aire fresco—. ¡Qué calor que hace en esa endemoniada cocina!
Tiene el cuello ancho como sus brazos. El delantal también se lo debe de hacer a medida, como mi tía. La verdad es que me recuerda bastante a ella.
—Este es el señor Quim, del que le he hablado esta mañana, señora Joana. Se quedará a dormir hoy y es posible que alguna noche más. Es un buen hombre. Tiene dinero para pagarle.
La mujer me mira con unos ojos pequeños y oscuros, a juego con su enmarañado pelo. Me observa durante más segundos de los que mi paciencia admite.
—Buenas tardes —saludo para romper el silencio.
—¡Así que tú eres Quim! —exclama la mujer.
Me repasa de arriba abajo durante un tiempo interminable. Yo me quedo quieto como si un oso me estuviera acechando. Una osa, más bien.
—¿Es verdad que tiene dinero? —inquiere entornando aún más los ojos.
—Sí, señora.
Echo mano a mi bolsa y la muevo haciendo sonar las monedas en su interior .
Siempre me ha hecho gracia este gesto cuando lo he visto en las películas, es como si la otra persona supiera cuánto dinero llevas escuchando el sonido.
—¡La cena se sirve al anochecer! —exclama antes de darse la vuelta y dirigirse de nuevo hacia el local sin más dilaciones.
El tintineo de las monedas ha funcionado. Deben de tener el oído muy entrenado en este tiempo.
Bernat sigue a mi lado. En silencio.
Yo observo desde la ventana como la mujer atraviesa la posada sin que nadie se atreva a cruzarse en su camino y se pierde de nuevo en lo que me imagino que es la cocina.