Capítulo 25 #2
—Descuida. Te diré algo en cuanto arregle algunos asuntos familiares. —Miro también a Sarah y a Myriam—. Muchas gracias por vuestra hospitalidad. Ha sido un verdadero placer conoceros. Permitidme que pague gustosamente por tan exquisita comida.
Meto la mano en mi bolsa, pero no tengo tiempo de más.
Ismael me sujeta con fuerza el brazo. Noto la presión de su mano en mi muñeca. Es mucho más fuerte de lo que parece. El manejo de las herramientas y el trabajo manual se perciben en sus callosas manos.
—No queremos tu dinero, amigo Quim.
—Por supuesto que no —añade Sarah.
Ya me lo imaginaba, pero quería mostrar un poco de respeto por este agradable trato.
Aparto la mano de la bolsa del dinero y asiento con la cabeza.
—Os doy las gracias de nuevo. Sois muy amables .
—Lo acompaño y le enseño la ciudad —indica Bernat mirando a Sarah. Parece que le pide permiso. Ya se siente parte de la familia.
—Está bien, pero que sepas que esta tarde no te libras del baño —advierte la mujer.
Bernat sonríe. Un baño caliente en casa de su nueva familia antes de una suculenta cena no le suena tan mal.
Salgo de la casa seguido por el chaval. Ismael me despide desde el quicio de su puerta.
Camino un par de pasos y un destello hace que me gire.
—¡Ismael! —exclamo antes de que cierre la puerta del todo—. ¿Podrías explicarme el significado de este objeto, por favor? —señalo a la mezuzá de madera colocada en el marco de su puerta.
Lucía no tenía claro el motivo original. Igual yo lo averiguo ahora y le puedo enseñar algo nuevo. Punto extra para mí. Aunque no pueda decirle de donde proviene la información.
—Es una mezuzá —responde a la vez que la mira y repasa su contorno con los dedos—. Dentro de este pequeño receptáculo hay un pergamino en el que los judíos tenemos la costumbre de escribir ciertas palabras de la Torá.
—He visto que en otras puertas solo hay una ranura en la piedra de la pared y un papel en su interior —indico.
—Da igual como sea. Lo único que realmente importa es que esté presente en la entrada de nuestra casa.
—¿Es una tradición muy antigua? ¿Por qué se hace?
Yo lo que quiero es averiguar la historia sea como sea.
—Se remonta a los tiempos de Egipto, cuando mi pueblo marcó sus puertas para que las plagas pasaran de largo.
Algunos creen que colocando esto estarán a salvo —señala de nuevo hacia su mezuzá—.
Pero la vida nos ha demostrado que no es así.
Han quemado nuestras casas demasiadas veces como para creer en objetos mágicos y protectores.
Para mí es el punto que separa mi hogar del mundo externo.
—Hace una pausa mientras piensa—. Cada día cuando salgo, la beso y rezo para que Dios nos proteja.
Cuando acaba la jornada y vuelvo a casa, me recuerda que debo dejar mis preocupaciones junto a ella para que nada externo afecte a mi vida familiar.
Al igual que hacemos al entrar en la sinagoga.
Pues ya sé algo más.
Estoy a punto de decirle que gracias por la charla cuando levanta la mano con intención de seguir hablando.
—La colocamos en este lugar en concreto, inclinada, debido a la disputa entre Rashi y su nieto Rabeinu Tam, dos grandes sabios.
El primero decía que su posición debía ser vertical, pero el segundo opinaba lo contrario, así que tras los años se puso fin a la disputa colocando la mezuzá con esta inclinación que puedes ver.
Su dedo toca la parte superior, que está inclinada hacia el interior de la casa.
—Es muy curioso. Gracias por la explicación, Ismael.
—Tú sí que eres un hombre curioso —añade antes de despedirse.
El rostro de Ismael cambia de repente. Entorna los ojos y su mirada me traspasa y llega hasta más allá. Oigo unos balbuceos a mi espalda. Me giro. Veo llegar al trote a un hombre bastante alterado. Le falta el aire.
—¡Benjamín! ¿Qué te sucede, amigo mío? —pregunta Ismael, alarmado. Al parecer se conocen.
—Acabo de pasar por la plaza del Pi y no puedo creer lo que he vivido.
—El hombre se para a nuestro lado y se apoya en la pared de piedra, encorvado, con la respiración demasiado agitada—.
Aarón, el vendedor de fruta, y fray Tomás, el dominico, los dos desvanecidos en el suelo durante largo tiempo.
Semejaba que estaban muertos hasta que han despertado.
Esos son los dos personajes que Josep, el carnicero, creía que me estaban siguiendo.
—¿Aarón está bien? —quiere saber Ismael.
Creo que el fraile le importa un bledo.
Normal en estos tiempos.
—He podido hablar con él cuando ha recobrado el sentido y me ha relatado que lo último que recuerda es que estaba vendiendo fruta como cada día. Después, sin más, se ha despertado en la plaza del Pi junto al fraile y a otro dominico que estaba auxiliándolo.
Una sensación extraña y familiar aparece de nuevo.
Mi sentido arácnido se activa por segunda vez el mismo día y debido a la misma gente. Y eso no es nada normal.
—No me lo puedo creer —indica Ismael.
—Yo los he visto esta mañana en la plazoleta. A los dos juntos, charlando, como si fueran amigos —les cuento.
—¡Imposible! —replica Ismael.
—Yo también los he visto —confirma Bernat—. Sí que parecían buenos amigos.
—El fraile se encontraba tan mal o peor que Aarón. Tampoco recordaba nada de esa mañana —apunta Benjamín.
—Esto es un sinsentido —murmura Ismael—. ¿Dónde está Aarón en estos momentos?
—Lo he acompañado junto a su esposa. Aarón me ha pedido que, mientras se recupera, vaya a buscar su carro y su mercancía —informa Benjamín.
—¿Te ha contado qué estaba haciendo allí? —indaga Ismael.
—No lo sabe. Ninguno de los dos ha logrado dar explicación alguna. Si hubieras presenciado la sinrazón que hemos vivido… —El hombre agita las manos a la vez que niega con la cabeza—. En fin, que me voy a buscar sus pertenencias si es que todavía queda algo que recuperar.
Dicho esto, Benjamín arranca a caminar con paso rápido hasta perderse de vista.
—No entiendo absolutamente nada —balbucea Ismael a modo de despedida mientras cierra la puerta de su casa.
Supongo que su cabeza intenta dar una explicación a ese insólito encuentro y posterior situación. No sé si él podrá encontrar alguna. Yo de momento no.
Lo único en lo que puedo pensar es en este molesto cosquilleo que siento en la nuca y que normalmente no suele preceder a nada bueno.