Capítulo 25
Casa de Ismael y Sarah
Ismael me observa mientras su hija retira los cuencos de madera ya vacíos. Bernat acaba con las pocas migas de pan que hay a su alcance antes de que limpien la mesa. Estamos en silencio, pero no es incómodo. Sarah mira a su marido y veo por el rabillo del ojo como asiente con la cabeza.
—¿Sabes luchar? —me pregunta Ismael.
—Sí, señor. No he encontrado rival digno para mi espada.
La mujer me mira con los ojos entornados.
—¿Acaso también sois un caballero? —quiere saber Sarah—. No veo vuestra espada.
—No lo soy, salta a la vista. Pero aprendí su manejo gracias a un buen guerrero y mejor amigo.
No miento, pero mejor pensar antes de hablar para no meter la pata. A veces soy un bocazas.
—Eres un hombre muy completo, amigo Quim. Quizás esto te suene un tanto prematuro, pero si lo deseas, puedes viajar con nosotros. En un par de semanas marcharemos en caravana hacia el norte.
Ismael habla muy serio.
Bernat levanta la cabeza y lo mira.
—¿Puedo ir con ustedes, señor Ismael? —pregunta.
Su cara ha palidecido y en sus ojos veo una mezcla de miedo y esperanza.
—A mí no me importaría —señala Myriam mientras sonríe mirando a Bernat.
—No tengo a nadie aquí —indica Bernat, consciente del posible gran cambio que se avecina—.
Solo a mi amigo Joan, pero él tiene a su familia.
Ustedes y la señora Joana son los únicos que me han tratado bien.
En el orfanato ni se darán cuenta. Hay demasiados niños y por eso la sopa está tan aguada y no llega para todos.
No llevo equipaje. Como poco. Me puedo meter en cualquier rincón.
Soy fuerte. Puedo ayudar en lo que deseen…
—Está bien, Bernat, está bien —interrumpe Ismael con una sonrisa—. La verdad es que nos vendrá muy bien tu ayuda. Y quizá, con el tiempo, te conviertas en un maestro como yo.
—Y yo estaría muy contenta de que nos acompañaras. Ya sabes que te queremos mucho —añade Sarah.
Myriam sonríe.
Bernat más. Se levanta y la abraza con fuerza. Y con ese gesto queda firmada la adopción. En estos tiempos el papeleo necesario para cambiar de familia es tanto como ninguno.
Credenciales de posesión, qué tontería.
—También agradeceríamos tu compañía —añade Ismael retomando la petición de antes—. Unas manos como las tuyas, que tantas labores saben hacer, nos serán muy útiles durante el viaje. Si lo que deseas es conocer mundo ¿qué hay mejor que un viaje hasta Oriente?
No le falta razón. Sería toda una aventura si de verdad quisiera ver mundo. Pero mis metas son otras. Aunque me tienta muchísimo un viaje de esa magnitud.
Tengo claro que en cuanto encuentre lo que he venido a buscar me vuelvo a mi tiempo, pero no voy a darle una rotunda negativa, al menos de momento. Algo me dice que debo llevarme bien con esta familia y mantener los lazos.
—No son buenos tiempos, como usted bien ha dicho.
Para nosotros ha llegado la hora de emigrar —continúa explicando Ismael.
Noto la tristeza en sus palabras—. Este reino ha sido uno de los pocos lugares donde judíos y cristianos hemos podido debatir en lugar de luchar.
Pero es posible que todo esté a punto de cambiar.
Nuestros hermanos del sur lo están pasando mal y avisan de posibles revueltas que, más temprano que tarde, llegarán hasta el norte.
Su preocupación es acertada. En breve, las revueltas iniciadas en Andalucía llegarán hasta Barcelona y todo judío que todavía permanezca en la ciudad lo pasará muy mal. Pero yo no puedo decirle nada, por mucho que me cueste.
—Hemos vivido durante los últimos siglos en un territorio bastante seguro para nosotros.
A veces, incluso podíamos debatir con otras creencias y decir en voz alta lo que pensábamos.
—La imaginación de Ismael vuela lejos en el tiempo, melancólica—.
Aunque siempre hemos vivido con miedo de opinar con libertad.
El último gran debate lo protagonizó Nahmánides, un pilar de nuestra comunidad hace ya más de cien años.
Finalmente tuvo que huir por decir la verdad.
Recuerdo que Lucía me contó algo sobre esa disputa. El sabio judío fue condenado por publicar su versión de los hechos. El rey le aplicó un castigo no demasiado severo, pero supongo que, viendo cómo estaba el patio, decidió largarse de España y vivir el resto de sus días en Palestina.
—Seremos cinco familias. —Ismael retoma el tema del viaje tras finalizar sus divagaciones—. Diez carretas repletas de enseres, víveres, mujeres y niños.
—¿Cuál será vuestro destino? —pregunto.
—Cualquier tierra donde no nos marquen por ser lo que somos —contesta Sarah sin dudarlo un segundo.
Hago memoria del tiempo en el que me encuentro. Lo tienen bastante crudo si se quedan en Europa.
—En nuestra ruta hacia el norte pasaremos por Francia, pero no nos estableceremos allí —explica Ismael alternando su mirada entre Sarah y yo—.
Nuestra intención es llegar a Perpenyà. Tenemos un familiar que comercia con especias y que nos puede llevar en uno de sus barcos con destino a Oriente.
Desde allí viajaremos hasta Jerusalén que, si Dios quiere, será nuestro destino final.
Ismael toma la mano de su esposa y ambos asienten. Se percibe esperanza en sus caras, pero también restos de tristeza. Dejar atrás una vida como la que llevan, conseguida a base de esfuerzo, no debe de ser fácil para ellos. Ni para nadie.
—No nos quedaremos mucho tiempo en Francia.
Espero que haya algún barco disponible nada más llegar.
Ese reino no es un buen destino para los judíos desde principios del siglo pasado.
—Las manos de Ismael juegan ahora con las pocas migas de pan esparcidas por su parte de la mesa—.
En el reino franco prohibieron y quemaron nuestro Talmud.
Así lo dicto el Papa y así obraron los franciscanos y los dominicos.
Recuerdo esa historia. Corría el año 1240 cuando el Papa Gregorio IX se las ingenió para convencer a los príncipes europeos de que secuestraran todos los Talmud posibles. Los convenció para que lo hicieran el primer sábado de Cuaresma, cuando todos los judíos estuvieran en sus sinagogas.
—El Talmud es un libro importante para nosotros. Reúne, entre otras cosas, nuestras leyes, tradiciones, narraciones, historias y leyendas —me aclara Sarah. Acaba de dejar una tetera con vasos para todos. Me sirve uno.
—Lo sé —digo sin pensar—. Un antiguo código religioso y civil, repleto de discusiones rabínicas elaborado por sabios de Babilonia hace muchos siglos.
Sarah e Ismael me miran con los ojos muy abiertos.
Mi pulso se acelera.
Ya he vuelto a hablar más de la cuenta.
—No dejas de sorprenderme —indica Ismael. Esta vez sí hay algo de ironía en sus palabras.
—Sé un poco de casi todo. Mi abuelo decía que era aprendiz de todo y maestro de nada.
Sonrío. Es verdad.
Respiro antes de hablar. No quiero quedar mal con esta familia.
—Como ya os he comentado, he viajado bastante y eso me ha mostrado mucho mundo —añado con toda la seriedad que puedo—. Mi padre comerciaba con productos exóticos, labor que nos llevó a lugares remotos. Me permitió conocer infinidad de pueblos que piensan de forma distinta, cada uno a su manera.
Bebo el té que Sarah ha servido. Está muy bueno.
—Esté té es delicioso —le digo con sinceridad.
Dejo pasar unos segundos y tras otro sorbo continúo hablando. Creo que están esperando una aclaración .
—Estoy al tanto de que la opinión generalizada era que el Talmud contenía unos pocos fragmentos que, a lo sumo, se podían considerar blasfemos. Aun así, en lugar de censurarlo, optaron por destruir todos los ejemplares que encontraron.
No he dejado de mirarlos a los dos. Quiero que vean que no miento. Que no escondo nada.
Bernat me observa en silencio.
—No comparto en absoluto la idea de que, entre todas las creencias, tan solo una es la buena. Tener una mente abierta es una de las tantas lecciones que se aprende viajando.
Mis palabras salen solas y directas del corazón.
Ellos lo notan.
—Estoy de acuerdo contigo, Ismael. Francia no es el lugar ideal para instalarse. Un país cuyo rey dijo una vez que el mejor modo de discutir con un judío era hundirle una espada en el abdomen, no puede ser un buen destino para vosotros.
—De eso hace más de cien años —indica Ismael haciendo memoria, pero sin encontrar la fecha indicada. Se nota que es un hombre culto—. Luis IX fue un cruzado que odiaba a nuestro pueblo.
—Espero que algún día haya paz entre todas las religiones del mundo —suspira Sarah con tristeza en su mirada—. Que cada cual rece a quien quiera y que podamos darnos la mano como buenos creyentes.
Pues lo tienes claro.
Durante un segundo dudo de si tan solo lo he pensado o lo he dicho en voz alta.
—Entonces, ¿ya puedo dormir esta noche con ustedes? No tiene sentido volver al orfanato.
Bernat va a lo suyo. Es de piñón fijo. Me encanta.
Ismael suelta una carcajada sincera.
—Claro que sí, Bernat —indica Myriam—. ¿Verdad, madre? —añade mirando a Sarah, a la que se le cae la baba con el niño.
—Faltaría más —confirma la señora de la casa.
Bernat me mira y sonríe .
Tiene en su mano una pluma con la que garabatea en un par de hojas que le ha dado Myriam. Me fijo en ellas y veo que hay letras y hasta palabras completas.
—Ya sé escribir, señor Quim. Myriam me ha enseñado. Voy a ser el escriba que relate este gran viaje al que ahora estoy invitado.
Sonríe de nuevo. Hay bondad en sus ojos azules.
Le acaricio el sucio pelo. Hace tan solo unas horas que lo conozco, pero ya le tengo un gran cariño. Supongo que es feliz por primera vez en mucho tiempo.
—Vas a ser un gran narrador de aventuras —le digo.
—¿Y tú, amigo Quim? ¿Tienes dónde dormir?
—Sí, puedes estar tranquilo, Ismael. No te preocupes.
Ismael asiente. Se pone en pie.
Yo lo imito y Bernat también.
—Es hora de seguir con mis labores —indica para dar por acabada la sobremesa—. Piensa en nuestra oferta, por favor. Tú no viajarías solo y nosotros añadiríamos un par de valiosas manos a nuestra escueta caravana.