Capítulo 24
Call Mayor
La mañana ha pasado muy rápido, la verdad.
Caminar por la Barcelona medieval y descubrir sus maravillas ocultas, ya desaparecidas en mi presente, me ha cautivado.
He quedado con el carnicero en vernos para cenar en ca la Joana.
Joan, uno de los chavales, ya se ha marchado junto a su padre.
Bernat, el otro zagal, sigue a mi lado, mostrándome todos los rincones del barrio. Se lo conoce al dedillo.
El muchacho me ha llevado de nuevo, callejeando, hasta la plaza de Sant Jaume, pasando antes por delante de lo que será la catedral de Barcelona.
Nos hemos adentrado en el barrio judío a través de una enorme puerta doble de hierro forjado situada bajo un arco, en la calle Font del Call, lo que más tarde será la calle de Sant Honorat.
No me puedo creer que esté aquí.
A mi derecha queda una edificación más grande que las demás. Parece un palacete. Está dentro de la judería, lo que quiere decir que pertenece a algún judío importante.
—Esa es la casa de don Cabrit, el cirujano —me informa Bernat.
—Seguro que es una casa bonita —le contesto.
El chaval se encoje de hombros.
Supongo que nunca ha entrado. Si no me equivoco, esa construcción formará parte del futuro edificio que ocupará el Palau de la Generalitat.
Caminamos un poco y nos adentramos en el barrio.
Las calles son estrechas. Las casas no son muy altas y, como casi todas las que he visto, están construidas con gruesas piedras rectangulares unidas por una argamasa hecha a base de arena, cal y agua.
El ambiente es húmedo a pesar de la buena temperatura porque los rayos de sol apenas logran penetrar en estas estrechas travesías.
Poco después, Bernat se detiene ante una puerta.
—Aquí vive una familia que a veces me da de comer.
El chaval me mira fijamente y sin pestañear. Sus ojos cuentan más de lo que él mismo puede llegar a explicar.
Observo la entrada a esa casa. El marco de piedra es grueso y la puerta, que es de madera oscura y parece de buena calidad, queda encajada a la perfección.
En el pórtico derecho veo una mezuzá muy bella.
He visto varias en las puertas por las que hemos pasado, pero eran mucho más sencillas, tan solo una ranura en la piedra para encajar el rollo de papel.
Esta mezuzá es diferente. Es un trozo de madera cuadrado, clavado sobre el pórtico derecho, con dos listones verticales inclinados entre los que hay encajado un cilindro fabricado con la misma madera.
Algunos dicen que es una costumbre judía milenaria.
Yo no lo sé. Lucía tampoco estaba muy segura el día que me lo explicó.
Me lo apunto para averiguarlo antes de irme.
Bernat sigue de pie ante la puerta.
—Podemos almorzar aquí —dice sin más.
Yo asiento. También tengo hambre.
Bernat toca en la puerta varias veces.
Segundos después, una señora asoma la cabeza y me mira con recelo. Después mira a Bernat. Su rostro se relaja. Sonríe. Abre la puerta del todo, pero se queda bajo el pórtico.
—¡Bernat! Me alegro de verte.
—Señora Sarah, este es mi amigo, el señor Quim. Está de paso por la ciudad. Es una buena persona. Queremos comer, si es posible.
Bernat lo suelta todo de carrerilla sin dar tiempo a que la mujer diga nada más. Sarah me mira de nuevo. Su mirada no es hostil, pero sabe a desconfianza.
—Mi amigo tiene monedas para pagarle, señora Sarah.
La mujer mira a Bernat con ternura.
—Buenas tardes, señora. —La saludo para intentar romper el hielo—. Estoy de paso por la ciudad y Bernat me está guiando por sus calles. Me ha comentado que quizá podamos comer hoy aquí. Le pagaré como muestra de agradecimiento por todos los días que ha alimentado al chico.
—Esto no es una posada, pero Bernat siempre tendrá un plato en mi mesa. No es necesario que nadie pague por su comida —contesta a la vez que me estudia de arriba abajo sin ser consciente de ello—. Espere un momento.
Dicho esto, entra en su casa y cierra la puerta.
Bernat y yo nos miramos.
—Habrá ido a buscar al señor Ismael.
—¿Quién es?
—Su marido.
Al instante, la puerta se abre de nuevo y aparece un hombre alto, delgado, de rasgos afilados y ojos claros. Me repasa durante unos segundos y se detiene al llegar a la daga. Creo que no le gusta.
—Se la puedo dar, si lo desea.
Saco la daga de su funda, despacio, y se la entrego sobre la palma de mi mano.
La mira.
—Es una pieza muy bonita —me dice sin más—. Se la puede guardar. Si viene con Bernat es porque es de fiar. Me llamo Ismael ben Abraham. Bienvenido a mi casa.
Nada más entrar la temperatura sube unos cuantos grados y un olor a sopa me envuelve.
Me recuerda la sopa de verduras de mi tía Rosa, hecha a conciencia durante horas.
La estancia no es muy alta, pero suficiente para que mi metro ochenta y dos no se sienta agobiado.
Ante mí se abre un espacio bastante cuadrado.
A la izquierda, casi pegada a la pared, hay una mesa de madera con muchas herramientas.
Sobre ella hay una ventana por la que entra bastante luz.
Debe de ser una de las pocas casas de la zona en las que entre tanta luz.
Está orientada al este. En el quicio de piedra de la ventana hay una menorah con las velas apagadas.
Es una estancia amplia, agradable, limpia y bien conservada.
—Vayamos arriba —dice el hombre, señalando hacia la escalera .
Nada más llegar al piso superior el olor a sopa se hace más intenso. La mujer que nos ha abierto la puerta está retirando un mantel de punto y un jarrón de colores vivos de una gran mesa rectangular.
En esta época es común que la planta baja se use como lugar de trabajo y la planta superior sea la vivienda en sí.
—¿Está usted de paso? —quiere saber Ismael, el dueño de la casa.
—Así es. Nací aquí, a unas pocas calles de distancia, pero de bien joven me llevaron a Valencia. —No quiero mentirle, pero no le puedo contar la verdad—. Solo estaré en la ciudad unos días. Después marcharé hacia el norte.
—¿Qué o quién le espera allí? —me pregunta.
Me quedo pensando un segundo. No sé muy bien qué contestar a eso, pero mi boca habla antes de que mi cabeza pueda acabar de razonar.
—No tengo rumbo fijo. Tan solo quiero ver mundo.
El hombre se sienta frente a mí. Estamos los tres en la esquina de la mesa que preside Bernat.
Me observa extrañado.
—Hay mucho mundo ahí fuera —contesta sin dejar de mirarme a los ojos—. Puede estar toda su vida de viaje y, aun así, no llegará a verlo todo.
—Me he pasado todo este tiempo ayudando a mi padre en su oficio.
Hemos viajado mucho, sudado y trabajado como el que más.
Aun así, sigo sin tener nada. —Espero que esta historia le convenza—.
Ya soy mayor, no tengo familia y no quiero pasar el resto de mi vida en un solo lugar.
Necesito seguir viajando. Es lo que más me llena.
Aprender de la gente. Enriquecerme de sus experiencias y de las diferentes costumbres que encuentre a mi paso.
—Decir en voz alta que quiere aprender de algunas culturas puede acarrearle más de un problema —me avisa con seriedad—. Muchas de ellas no están muy bien vistas en según qué lugares.
Yo asiento. No le falta razón .
Sarah aparece en ese momento para dejar un enorme caldero de sopa sobre la mesa. Poco después entra una mujer joven. Sin decir palabra deja una hogaza de pan, reparte cinco cuencos de madera, muy bonitos, la verdad, otros tantos vasos y deja una cuchara para cada uno.
—Si no les importa, comeremos con usted —me dice Sarah a la vez que deja una jarra de agua en el centro, junto a la sopa.
—Por favor. Será un placer compartir mesa con una familia tan agradable —les digo. Esta vez no miento.
La sopa está muy buena. Se nota que lleva condimento y buenos vegetales.
Mientras Bernat come, no habla. Apenas respira.
Por lo que he podido comprobar es bastante callado y solo habla cuando alguien le pregunta.
Al igual que la hija de Sarah e Ismael. Myriam, según he entendido, es una joven de pocas palabras y menos miradas.
Es tímida y desconfiada, pero muy educada.
Algo raro de ver en los adolescentes de mi tiempo.
Aprovecho la oportunidad para saber algo más de ellos.
—¿A qué se dedica usted, señor Ismael? —pregunto.
—Nada de señor, por favor. Prefiero Ismael, sin más.
—Así será, Ismael —contesto—. Te agradecería el mismo trato entonces.
Sarah sonríe. Cada vez está más a gusto.
Acaricia la cabeza de Bernat. Observa su pelo sucio y algo me dice que el chaval no se va a ir de aquí sin pasar por un baño de agua caliente.
—Myriam, cuando acabes de comer prepara el barreño con agua caliente. Bernat necesita un baño.
El chaval deja de sorber su segundo plato de sopa y la mira. Sus ojos están muy abiertos.
—Bernat, solo será un poco de agua limpia para ese pelo tan sucio.
El mozalbete tarda dos segundos en entender que no tiene escapatoria. Asiente varias veces y vuelve a meter la cuchara en la sopa para seguir comiendo .
—Soy comerciante —responde Ismael, al hilo de la pregunta que le había hecho—. Compro y vendo metales preciosos.
Lo que yo pensaba. Esta es una casa de bien para esta época. Quizá por eso la sopa tiene tanta consistencia. Bernat no es tonto, sabe a qué puertas llamar.
—Un oficio muy respetado —contesto.
—Y peligroso —añade él al segundo—. En estos tiempos de hambruna los comerciantes como yo estamos en el punto de mira. Por suerte, la judería se cierra por las noches y nuestras casas quedan un poco más seguras que en el resto de la ciudad.
—Corren tiempos difíciles —vuelvo a murmurar entre una cucharada y otra. El pan también está delicioso.
—A veces me hubiera gustado ser cartógrafo, como mi hermano, y viajar para conocer mundo —añade.
—Entonces no hubieras encontrado una familia como la que tienes —indica Sarah con retintín—. Además, ya sabes que te mareas en cada barco que subes.
—Esa fue una de las razones por las que no me fui con mi hermano a Mallorca —aclara, apenado.
—Y usted, señor Quim, ¿tiene algún oficio? —me pregunta la mujer. No me tutea. Quiere mantener las distancias. Ella quiere saber de mí. Su mirada me recuerda a la de Laura. No ha dejado de evaluarme desde que entré.
—Ayudé a mi padre a comerciar hasta que murió.
A partir de ese instante decidí probar suerte con otros oficios y puedo decir que he tenido muchos.
—No le miento, la verdad. En cada uno de mis viajes al medievo he adoptado una personalidad distinta.
Desde mozo de cuadra hasta caballero—. Siempre me ha interesado aprender nuevos quehaceres.
Me adapto. Diría que, con tiempo y estudios, podría ser casi cualquier cosa.
—¿También médico cirujano? —pregunta la hija hablando por primera vez. Su pregunta ha sonado un tanto irónica.
Sus padres la miran, pero no dicen nada .
—Todo es cuestión de cultivarse... Hace tiempo fui ayudante de uno. Me enseñó algunos remedios. Conozco unas pocas medicinas e incluso he ayudado en lesiones menores.
No es mentira.
Estando en tierras de Grecia durante un salto al pasado, a principios del siglo XI si no recuerdo mal, tuve la suerte de acoplarme a una caravana de comerciantes que viajaban hacia occidente.
El ayudante del médico de turno murió al segundo día de viaje bajo el cuchillo de un ladrón.
Me ofrecí para echar una mano al único cirujano de la caravana.
Cosimos, curamos, amputamos un par de miembros e hicimos otros tratamientos típicos de esa época.
A partir de aquel día y durante el resto del viaje aprendí de uno de los mejores, o al menos eso decía él.
Según me contó, fue aprendiz durante algo más de una década de un maestro llamado Ibn Sina.
En aquel momento volvía a su Londres natal, ya que su maestro había fallecido.
Cabalgamos juntos hasta París y allí nuestros caminos se separaron.
—Eso sí —añado muy serio—, jamás practicaré una sangría. El cirujano que conocí tenía muy claro que tan solo eran beneficiosas una de cada cien veces.