Capítulo 23
Plaza del Pi
Tan solo unos segundos después de que Quim se despidiera de Josep, el carnicero, y saliera de la plaza del Pi junto a los dos chavales, el judío y el fraile pierden el conocimiento al mismo tiempo.
Sus cuerpos desmadejados caen redondos sobre el fangoso suelo al unísono.
Las miradas inquisidoras de los que estaban observando el irregular comportamiento de esos dos hombres, se tornan incrédulas al verlos inertes junto a la pared de la iglesia.
Pasan un par de minutos hasta que uno de los presentes se interesa y se acerca para saber qué ha pasado.
Es Josep, el carnicero. Es el único que se preocupa.
Conoce a los dos tipos. Al fraile solo de vista.
Con el judío ha coincidido varias veces.
Sabe que algo chirría, pero no tiene ni idea de qué.
—¡Aarón! ¡Oye! —exclama el carnicero a la vez que da unos suaves golpes en la cara del hombre. La desgastada insignia que muestra a todos que es judío se ha ocultado tras el sucio barro que ahora cubre su vestimenta.
Un segundo hombre se acerca corriendo. Es un fraile dominico que acude a socorrer a su hermano.
La cara del religioso, roja como el tomate, es fruto de la inesperada carrera que acaba de hacer desde el convento de Santa Catalina.
En cuanto alguien le contó que fray Tomás estaba en la plaza junto a un judío y que parecían charlar amistosamente, salió al galope y no ha parado hasta llegar al lugar.
El fraile, caído en el suelo, está bocabajo. Su compañero dominico intenta darle la vuelta para comprobar si está muerto, pero no lo logra. La verdad es que apenas puede con su alma. Le cuesta respirar y cada bocanada de aire suena como la última. Josep lo mira de reojo.
—Respire, buen hombre, o le va a dar un patatús —le advierte.
El fraile asiente sin hablar.
Señala a su compañero de hábitos sin decir palabra. Son esas miradas que en un segundo dicen tanto que sería imposible verbalizar en tan poco tiempo. Josep se las imagina: «¿Qué ha pasado? ¿Qué hacía este desgraciado con un judío? ¿Quién ha empezado la pelea? Dale la vuelta, hombre».
Josep vuelve a la realidad en cuanto los dos tipos del suelo empiezan a convulsionar a la vez. Alguien entre la multitud grita exasperado.
—¡Ese judío le ha metido el diablo en el cuerpo!
Antes de que Josep levante la cabeza y averigüe quién ha gritado esa frase tan utilizada en aquella época, una lluvia de objetos cae sobre ellos.
—¡Están poseídos! ¡No los toquéis!
Josep se aparta de las víctimas y se aleja del chaparrón de toda la fruta podrida que los tenderos no habían podido vender durante los días anteriores y que guardaban para dárselas de comer a los animales. Entre tomates y lechugas mohosas cae alguna que otra piedra.
—¡Parad ya! —grita el fraile, arrodillado junto a su compañero, una vez recuperado el aliento y con restos de fruta en la cabeza. Su cara sigue roja como los tomates que chorrean sobre su maltrecho hábito.
El grito que ha dado, demasiado agudo para salir de la garganta de un adulto, arranca las carcajadas de los presentes.
El religioso los mira con odio. Se pone en pie.
Estira su espalda, se sacude los restos de fruta y los señala uno a uno con una mirada asesina.
Los aludidos dejan de reír al instante como si su dedo estuviera tocado por la gracia de Dios.
Pero no es por eso. No es que tenga poderes mágicos, es que tiene contactos con el inquisidor general de Zaragoza y el pueblo sabe que los dominicos no necesitan pruebas para llevar a cualquiera a la hoguera.
Tan solo han de sacarle una confesión que, tras unos cuantos días en las mazmorras, será obtenida.
El silencio tarda un segundo en aparecer y tres en ser sustituido por murmullos apagados.
Josep vuelve a sacudir a Aarón, sin dejar de vigilar a la muchedumbre.
No es que el judío sea amigo suyo, pero lo conoce de muchas jornadas de ventas ambulantes y largos viajes en común por desolados caminos polvorientos.
Aaron es vendedor de frutas y recorre los mercados de todas las aljamas cercanas y de alguna que otra más lejana, como la de la ciudad de Girona y sus alrededores.
Josep es otro comerciante ambulante que vende la carne y los embutidos que su mujer y él mismo preparan desde hace más años de los que recuerda.
Tiene una masía, herencia de familia, muy cerca del monasterio de Sant Cucufate, a pocos kilómetros de Barcelona.
Ambos vendedores se han encontrado decenas de veces en el camino y han recorrido juntos cientos de kilómetros bajo el sol, el frío o la lluvia.
Josep sabe que es una persona decente y trabajadora.
Y eso es suficiente como para preocuparse por él.
Después de varias sacudidas, cada vez más fuertes, Josep opta por la maniobra más común a la hora de despertar a un desmayado. La bofetada con la mano abierta resuena por toda la plazuela, amplificada gracias a las paredes de la iglesia del Pi.
—¡Está loco! ¡Bestia! —le dice encolerizado el fraile.
Aarón, con la cara cada vez más roja por la caricia, abre los ojos. La mirada está perdida en algún lugar de su mente. Sus ojos miran sin mirar. Se mueve. Balbucea. Poco a poco fija la vista en los dos bultos que tiene delante. Están borrosos.
—¿Qué ha pasado? —susurra casi sin fuerzas el frutero.
—¡Aarón! ¿Estás bien? —pregunta Josep.
El fraile, de rodillas entre las dos víctimas, al ver que el judío ha vuelto de la muerte tras el sopapo del tendero, prepara su mano y le propina tremenda bofetada a su hermano dominico con tal mala puntería que aterriza más en la oreja que en su cara. El sonido es fuerte y apagado. Sin eco .
Josep mira de reojo al fraile y niega con la cabeza. Mucho se teme que, si fray Tomás sale de esta, quedará sordo de ese oído por el que ya empieza a salir un hilillo de sangre.
Por el contrario, Aarón está cada vez más despierto.
Empieza a enfocar la vista y lo primero que logra ver es la cabeza rapada de un fraile que lo mira a menos de dos palmos de su cara. Parece que está diciéndole algo, pero no logra escuchar nada.
—¡Hijo de Satán! ¿Qué le has hecho a mi hermano?
El dominico no cesa de gritar al mismo tiempo que agarra a Aarón por la pechera y lo zarandea como puede.
Josep observa. Aguanta. Pero no demasiado.
Cuando ya no puede más se levanta, agarra al fraile por los hombros, lo levanta como a un muñeco y lo deja al otro lado del cuerpo de fray Tomás.
Si pudiera le soplaría otro sopapo todavía más contundente, pero sabe que no debe propasarse con los dominicos.
—¿Qué ha pasado? —pregunta Aarón.
En ese instante aparece un hombre que se agacha junto al vendedor de frutas. También porta una insignia en su pecho. Es mayor, según indican sus arrugas.
—Aarón, soy Benjamín. ¿Qué ha sucedido?
—No lo sé —balbucea—. Me duele mucho la cabeza y los ojos. La luz me hace daño. Lo último que recuerdo es estar junto al carro vendiendo fruta.
—¿Qué hacías aquí hablando con fray Tomás? —quiere saber el hombre. Josep lo mira con atención. No lo conoce, pero al parecer le preocupan más los hechos que la salud de Aarón.
—¿Con quién? —el frutero apenas puede hablar—. No entiendo qué me dices.
Josep se levanta y se acerca hasta su puesto de carne. No le ha quitado ojo en ningún momento, aun así, nota la ausencia de algún que otro trozo de tocino. El hambre no entiende de compasión. Agarra su bota de vino y se vuelve hacia otro tendero amigo y también asiduo compañero de caminos.
—Sancho, échale un ojo a mi mercancía que algún espabilado ya se ha agenciado comida —le pide. El otro asiente .
Josep vierte el vino en la boca de Aarón. El líquido caliente dilata sus pupilas. Se incorpora como por arte de magia para toser con fuerza. El fraile, que no deja de observar con recelo y algo de miedo a Josep, le pide la bota por señas.
—Por favor —añade.
—¡Aarón! ¿Sabes dónde estás? —pregunta Josep después de pasarle la bota al fraile.
Por más que lo intenta, el frutero no entiende lo que ve. Su cabeza observa a la multitud apiñada a su alrededor.
—¿Estoy en la plaza del Pi? ¿Qué hago en el mercado? ¿Dónde está mi carro? —con cada pregunta aumenta el volumen y la tensión de sus palabras—. ¿Quién está vigilando mi mercancía?
Se gira hacía el otro lado y lo que descubre acaba por rematar lo poco que hay de despierto en su cerebro.
Está junto a dos frailes. Uno está tirado en el suelo, sangra por la oreja y tiene la cara llena de vino.
El otro está a su lado, de rodillas, rezando a la vez que acuna una bota de vino entre sus brazos como si fuera un bebe.
—¡Tranquilo, Aarón! —le grita Josep para que lo oiga entre las voces de locura e incomprensión que casi seguro danzan por su cabeza.
—¿Está muerto? —pregunta sin saber por qué. No es que le importe, es que todavía no entiende qué hace junto a su cuerpo.
Josep se encoje de hombros. No lo sabe.
—¿He sido yo? —quiere saber.
—No. No has sido tú, Aarón —indica esta vez Benjamín.
—Os habéis caído los dos a la vez. Como dos marionetas a las que se les cortan los hilos. Como si un carro invisible os hubiera atropellado —intenta explicar Josep lo mejor que puede—. Estabais hablando aquí mismo, charlando como dos personas normales y, de repente, os habéis desplomado.
Aarón no consigue entender ni una sola palabra.
¿Cómo es posible que estuviera hablando con el dominico?
Los odia con todo su ser, aunque no lo demuestra públicamente. Los culpa por tanta persecución y tanto odio. Jamás en la vida podría estar hablando con uno de esos adoradores de la Inquisición.
En ese momento, el fraile al que ya daban por muerto se pone en pie de un salto como si una enorme mano invisible lo levantara del suelo.
Su compañero de credo no puede reprimir un grito más agudo que el anterior, debido al susto. El resto de los presentes no ríen esta vez. Hay miedo en sus miradas.
—¡Está poseído! —suelta alguien desde la segunda fila para no ser visto—. ¡Ahora es un hijo del demonio!
El fraile no lo oye.
Sus ojos están clavados en fray Tomás. Está de pie, recto como un palo, con los brazos caídos y los restos de vino cayendo por su sotana. Mira al judío que tiene al lado. Intenta levantar un brazo, pero no puede. Apenas tiene fuerzas para respirar.
—¡Tomás! ¡Hermano! ¡Qué te ha pasado?
El fraile se gira hacia la voz hasta encontrar los ojos de su dueño. Es un hermano. Lo reconoce. Respira de forma entrecortada. Tose y las babas agrias del vino manchan la sotana de los dos.
—¡Tomás! —le grita con todas sus fuerzas, zarandeándolo por los hombros—. ¡Di algo por el amor de Dios!
Sin dar tiempo a nada, fray Tomás vomita sobre su hermano un chorro de líquido caliente y de color burdeos, acompañado de tropezones de fruta, pan y otros alimentos que el público allí presente no logra reconocer. Aarón lo sigue, esparciendo por el suelo su última comida.
Fray Tomás clava la mirada en la de su hermano, que tiene la cara descompuesta por la situación. Se acerca, apoya su barbilla húmeda en el hombro y le susurra llorando al oído:
—Acabo de ser poseído.