Capítulo 22
Presente
En la Calle
Puntuales como siempre, don Alfonso y don Emilio se encuentran frente a sus negocios a la hora acordada: las ocho y media en punto.
Ambos comienzan a caminar hacia la plaza del Ángel.
Alfonso le quiere contar a su amigo toda la información que Octavi ha conseguido reunir sobre los dos italianos y el local al que ahora se dirigen.
—¿Has podido conciliar el sueño, viejo amigo? —curiosea don Alfonso antes de explicarle nada.
—Me costó, pero tras un par de capítulos soporíferos de un aburrido libro que reservo para días de insomnio, como el de ayer, lo conseguí. ¿Y tú? —le pregunta.
—He dormido a pierna suelta.
—Hombre, con esas pastillitas que te tomas yo también dormiría como un lirón —le suelta don Emilio, con media sonrisa.
—Casi nunca las tomo. Además, si te las recomienda un hombre ducho en medicina, con carrera de varios años y pedigrí familiar, no deben de ser nocivas—argumenta don Alfonso.
—Ya… ¿Algo nuevo sobre los matones? —pregunta don Emilio cambiando de tema.
—Nada relevante. Exmilitares expulsados del ejército que se pasaron al sector privado. Ningún vínculo político o extremista. Perdonavidas a sueldo y poco más…
—¿Y del local? —curiosea don Emilio .
—Este punto es algo más interesante y escurridizo, parece fruto de una película de suspense —señala don Alfonso a la vez que llegan a la plaza del Ángel—.
Antaño fue una zapatería que cerró tras la última crisis y se lo agenció la misma empresa que ya había adquirido parte del edificio.
Desde entonces está cerrado. Lo curioso es que esa compañía pertenece a otra que lleva a otra y así hasta el fin de los tiempos.
Don Emilio se detiene. Su amigo lo imita.
—¿Una empresa fantasma?
Don Alfonso asiente.
Caminan unos pasos y esperan a que el semáforo cambie para poder cruzar Vía Layetana.
—Octavi no ha podido llegar al final del hilo, al menos de momento. Necesita más tiempo.
—No creo que descubra nada nuevo. Como mucho dará con alguna empresa con sede en Panamá o algo por el estilo.
—Eso mismo dijo él.
Los coches se detienen y un nutrido grupo de viandantes cruza la amplía calle, entre ellos, los dos amigos. Unos pocos pasos después entran en la calle de la Argenteria. Al llegar a la primera intersección, giran a la izquierda para entrar en la calle de Vigatans.
—En cuanto lleguemos al destino, yo me encargo de vigilar desde fuera y tú accedes al interior.
Toma esto, debes depositarlo en la caja.
Octavi lo ha modificado a su gusto para que nos sea de buena utilidad—indica don Alfonso mientras se saca una vieja libreta del bolsillo interior de su chaqueta y se la entrega a su amigo—.
Mi joven ayudante ha colocado un dispositivo de localización.
Lo ha ocultado entre la tapa y la última hoja —añade, orgulloso de su pupilo—. Un trabajo excepcional, sin duda.
—¿Qué hay escrito en ella?
—Ni lo sé ni me importa. Es una vieja libreta que se hallaba entre un lote sin importancia que compré en una subasta. Hace una década que habita en mi sótano. Está toda repleta de garabatos en latín. No tiene valor alguno, pero seguro que los entretendrá un buen rato .
A don Emilio le ha parecido ver un atisbo de sonrisa traviesa en la cara de su amigo.
Dejan a su izquierda la calle del Esquirol.
Apenas cinco metros más adelante llegan al cruce con la calle Mirallers, donde antiguamente se encontraba el gremio del mismo nombre, que se dedicaba a fabricar espejos.
En la esquina este, a unos tres metros de altura y sobresaliendo del perfil del edificio, se puede apreciar la cabeza de piedra de la que hablaba el italiano.
—Ahí la tienes —indica don Emilio—. La carassa de Mirallers. Hay varias por aquí. Se colocaban en las esquinas de los edificios donde antiguamente había prostíbulos.
Don Alfonso mira la figura y asiente.
—Se asemeja a una gárgola huérfana de iglesia.
Justo delante de la efigie está el local que buscan.
Parece que la cabeza de la mujer lo vigila desde las alturas.
Los dos amigos disimulan como si tan solo fueran dos turistas callejeando.
O dos jubilados que caminan sin destino fijo.
Observan de reojo la persiana del local.
Es pequeña. Apenas dos metros de ancho por dos de alto.
Se nota que ha sido pintada y repintada varias veces.
—No creo que sea la primera vez que se utiliza para intercambios como este —indica don Emilio.
—Ya me he percatado —corrobora su amigo—. No hay cámaras, o al menos yo soy incapaz de avistarlas. Tampoco veo nadie en los balcones. Ni siquiera las madrugadoras cotorras locutoras de radio Patio que habitan inevitablemente en cada uno de los barrios de la ciudad —añade.
—Pues vamos a ello antes de que la calle cobre más vida.
Dicho esto, don Emilio se arrodilla y coloca la combinación en el único candado que habita al pie de la persiana: 1992. Tal y como les chivó el italiano.
El candado se abre.
Don Emilio lo saca de su lugar y comienza a levantar la persiana con cuidado. No quiere hacer ruido. Sabe que es muy posible que haya alguien vigilando .
Apenas han levantado poco más de un metro, cuando ven el picaporte de la puerta de entrada. Don Emilio lo gira y entra. El interior está oscuro y la luz natural no ayuda. Los rayos del sol no llegan todavía hasta los bajos de los edificios de estos callejones antiguos, tortuosos y estrechos.
Don Emilio entra en el local mientras su compinche aguanta la persiana para que no caiga estrepitosamente.
Cualquier ruido se multiplicaría por cinco en esas callejuelas.
Ha tenido que dejar el bastón apoyado en la pared para ayudarse con las dos manos y eso hace que la rodilla le comience a palpitar.
—¿Qué tal vas? —susurra don Alfonso sin dejar de vigilar los alrededores.
Pero no hay respuesta por parte de su colega. O al menos él es incapaz de oírla. Espera unos segundos y vuelve a preguntar.
—¿Emilio? Apresúrate. Ya no estoy para estos trotes.
—¡Voy! —se oye en la lejanía—. Ya casi he acabado.
Don Emilio lleva encendida una pequeña linterna con la que alumbra el interior.
No hay demasiada cosa en el local, apenas unas estanterías con cables, interruptores y otros enseres típicos que podría usar un electricista.
Justo delante, a un par de metros, está la caja de madera, tal y como dijo el italiano.
Don Emilio se acerca hasta el arcón.
Lo mira con recelo. Lo abre.
Está vacío.
Pasan dos segundos y deja la libreta en el interior.
—¡Emilio! —escucha desde fuera.
—¡Voy, pesado! —replica todo lo alto que puede, pero sin llegar a gritar.
Agarra el espray de pintura que hay junto a la puerta y un instante después sale del local pasando por debajo de la persiana con mucho más esfuerzo del que desearía. Nada más ponerse derecho, la espalda cruje en señal de protesta.
—¡Listo! —indica a la vez que muestra el bote de pintura a su colega. Bajan la persiana con cuidado .
Mientras don Emilio coloca de nuevo el candado en su lugar, moviendo los números para ocultar la combinación, don Alfonso pinta el símbolo que, según los matones, debían de dejar una vez finalizado el trabajo.
—Menudo churro te ha quedado —protesta don Emilio nada más ver la obra de arte.
—El arte es particular, como el patio de mi casa —sentencia su amigo antes de comenzar a caminar.
Los dos veteranos se escabullen por la calle Mirallers sin volver la vista atrás. Van más lentos de lo que querrían, pero la edad y los achaques de don Alfonso marcan el ritmo de una evasión callejera a cámara lenta.
A unos pocos metros, en un primer piso bajo el que acaban de pasar, unas cortinas se mueven.
Entre ellas se asoma la cabeza de un hombre mayor que observa con atención la persiana del local y el grafiti que alguien ha pintado sobre ella.
Coge un teléfono móvil con manos temblorosas y marca el único número grabado en el aparato.
Espera con paciencia a que su interlocutor conteste, mientras inspecciona la calle arriba y abajo.
Le ha parecido ver a dos hombres alejándose, pero no está seguro del todo.
Tampoco le importa. Él solo ha de avisar cuando el símbolo aparezca sobre la persiana.
Alguien descuelga sin decir nada, como siempre que llama. Solo hay silencio.
—El paquete ha sido entregado.
El hombre cuelga sin esperar contestación. Deja el teléfono sobre un cuenco, conectado al cargador, y se sienta en el sofá para seguir viendo la televisión.