Capítulo 21 #3
Echo un pequeño trago al vino y noto como me quema en la garganta. Intento mantener la compostura, aunque me cuesta. Es amargo, caliente y me deja un sabor ácido en la boca. Está malísimo de cojones.
Parto un pedazo de pan con la mano y lo mastico para asesinar el sabor del vino. Al menos el pan está decente.
—Bueno, ¿verdad?
De lo peor que he probado nunca.
Yo asiento para darle la razón.
No hablo porque no puedo. Mis cuerdas vocales se han achicharrado. Posiblemente, desintegrado.
—Muchas gracias. Es usted muy amable —digo pasados unos segundos, carraspeando por la quemazón que todavía siento en el cuello. Pese a todo siempre me gusta ser agradecido.
—No hay de qué. Esos dos son buenos chavales a pesar de que la vida no los trata bien.
Joan vive con su padre, un aprendiz que trabaja en el taller de don Armando, el curtidor.
Bernat duerme en el orfanato, pero por el día se pasea junto a su amigo por la ciudad en busca de comida.
—Su mirada está clavada en los niños—. Cada vez hay más hambruna, el trabajo escasea y es casi imposible aprender un oficio, a no ser que seas familiar del maestro.
No estoy seguro de que haya venido en la época indicada.
—Solo estoy de paso —le digo. No es mentira—. Quizá me quede un par de días.
—¿Tiene dónde dormir? —me pregunta.
—Todavía no. ¿Alguna recomendación?
—Yo siempre que tengo que hacer noche en la ciudad me quedo en ca la Joana. —Señala con la manaza hacia la zona de la catedral—. Tiene varias camas y un pequeño mesón donde se puede comer decentemente.
—Pues no se hable más. —Me gusta la idea de dormir seguro y comer bien—. Dígame cómo llegar hasta la posada para avisar de que me quedaré una noche .
—No hará falta —contesta. Y seguidamente se gira hacia los chavales que ya han dado buena cuenta de su almuerzo y están intentando trepar a un árbol—. Nanos !
Los dos niños giran la cabeza al instante. Dos segundos después están junto al puesto de comida.
—Id a ca la Joana y decidle de mi parte que un amigo llamado Quim se quedará a dormir esta noche.
Corta un pedazo de pan, lo divide en dos y le entrega un trozo a cada niño como agradecimiento por el favor.
Ellos sonríen de nuevo. Hoy van a comer casi bien.
Los pequeños se marchan dando saltitos después de guardarse el pan, supongo que para más tarde. Son previsores.
—Si no acaba sus quehaceres a tiempo y debe quedarse otra noche más no habrá problema. La señora Joana siempre atiende a la buena gente que está de paso —me advierte.
—No lo sé todavía. Tan solo he pasado para ver la ciudad donde nací. Para recordar. Después marcharé hacia el norte.
—¿Irá usted solo o se llevará a esos dos tipos que lo siguen desde que ha entrado en la plaza? —me suelta sin esperarlo.
Miro a Josep sin entender.
Sus ojos observan con disimulo hacia otra dirección.
La sigo y mi mirada acaba sobre dos individuos que parecen charlar cerca de la iglesia.
Están de perfil y tan solo puedo ver bien a uno de ellos justo en el instante en el que se le escapa una mirada hacia mí.
Lleva la cabeza tonsurada y un hábito de capa oscura sobre una túnica bastante sucia y que, probablemente, algún día fue de color blanca.
—¿Los conoce? —pregunta el tendero.
—No.
—Yo sí —informa.
No dice nada más. Solo los observa.
—¿Cree, de verdad, que me están siguiendo?
—Han llegado detrás de usted y no han dejado de observarle en todo este tiempo —indica sin un atisbo de incertidumbre en sus palabras—. Menudo somormujo está hecho ese monje. No se fíe ni un pelo de él, amigo mío.
—¿Es un fraile dominico? —pregunto .
—Así es. Es fray Tomás, del convento de Santa Catalina. Conocido por sus charlas antijudías y por ser un incondicional de la Inquisición.
—¿Debo tener precaución de ellos?
No es que tenga miedo, pero no está de más saber a lo que atenerme.
—Conozco a toda la mala calaña de esta ciudad y esos dos no forman parte de ella, si bien el fraile te puede mandar a sus amigos inquisidores si le miras mal —contesta sin más ante mi sorpresa.
No entiendo entonces el porqué de esa preocupación. Observo al tendero y de nuevo a la pareja. Ahora puedo ver mejor al segundo tipo. Lo miro con detenimiento y descubro una insignia amarilla en su ropa.
—¿El otro hombre es judío? —pregunto atónito.
Decir que un religioso dominico y un judío son amigos sería lo mismo que decir que se puede tocar la luna con la mano. Algo imposible, vamos.
—Es comerciante de frutas. Y le puedo asegurar que esos dos se llevan a matar desde hace años —me cuenta el carnicero.
Es una situación bien extraña. No creo que sea conveniente para ninguno de esos dos tipos estar charlando en medio de la plaza como dos buenos amigos.
Mi mirada y la del fraile se cruzan durante un par de segundos que se me hacen eternos. Sus ojos negros y sin vida se me han clavado hasta el alma. Mi reflejo arácnido se activa, cosa que hace menos veces de las que yo querría, ya que nunca se equivoca.
El tendero sigue observando atónito y me doy cuenta de que muchos de los presentes en la plaza también tienen la vista fija en esa extraña pareja, cosa que a ellos no les importa en absoluto. Tan solo charlan, ajenos a todo, y me dedican alguna que otra esquiva y oscura mirada de vez en cuando.