El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

Caminamos por una explanada de tierra polvorienta bastante grande.

Me sorprende ver tanto espacio vacío sabiendo que en el futuro todo esto estará abarrotado de edificios.

Desde aquí puedo distinguir algunas de las ochenta torres de la muralla que Jaume I construyó en el año 1260 debido a la expansión y creación de nuevos barrios a extramuros de la ciudad.

Comienza en el mar, frente al convento de Framenors y sigue el dibujo de La Rambla, precisamente hasta la iglesia de Santa Maria del Pi, donde se levantó a su alrededor uno de esos nuevos barrios que lleva su nombre.

Una vez pasada la iglesia, gira al norte hasta llegar a Sant Pere de les Puelles.

Ojalá Lucía pudiera ver todo esto.

Seguimos caminando unos metros y me fijo en el grupo de casas que queda a mi derecha.

Al otro lado de ellas debería estar la sinagoga menor.

Rodeamos la destartalada edificación ante la mirada atenta de la gente con la que me cruzo.

Viendo sus ropas y la marca amarilla cosida en ellas deduzco que son judíos.

No sé si me miran mal porque voy siguiendo a dos críos o, simplemente, porque recelan de todo bicho viviente que no sea como ellos.

O una mezcla de todo. Quizá mi cara y mi pelo estén demasiado limpios.

Tranquilos, dadme un par de días y pareceré uno de los vuestros.

Los chavales caminan despacio, a mi ritmo.

Me miran cada cinco segundos para asegurarse de que no me pierdo.

Dejamos la esplanada de tierra y entramos en una calle algo más transitada.

El suelo está forrado con heno o algo parecido.

No lo distingo bien porque entre el barro y la mierda acumulada solo puedo ver una mezcla oscura y pastosa como el cieno.

Sigo sin reconocer nada de lo que observo.

Pero estoy bastante convencido de que estoy sobre la que será la calle Ferran porque a unos metros de donde me encuentro puedo distinguir la estrella de David que marca la entrada de la sinagoga menor.

—¿Qué es eso? —le pregunto a los chavales.

—Es donde rezan los judíos —responde Joan.

—¿Es usted judío? —pregunta Bernat. Sus ojos me examinan de nuevo.

—¿Acaso lo parezco? —pregunto .

—No, señor —susurra. Al segundo baja la cabeza en señal de sumisión. Cree que la pregunta me ha ofendido.

Joan le da un codazo con disimulo.

—No lo soy, pero no tengo nada en contra de ellos —le aclaro para su tranquilidad.

Bernat levanta la cabeza y veo un atisbo de sonrisa.

La sinagoga no es un edificio que destaque entre los demás. La actual iglesia que ocupa su lugar es mucho más llamativa. Observo los edificios que están justo delante. Cualquiera de esos tejados será una buena zona de observación.

Un par de hombres apostados en la puerta de la sinagoga me miran con recelo. Estoy dentro del Call Menor, una ampliación del territorio judío llevada a cabo en el 1257 debido a su expansión. Como prefiero no levantar sospechas les digo a los chavales que me lleven al mercado.

Seguimos por una estrecha callejuela que debe de ser la futura calle de Rauric.

Y así es. Lo corroboro porque desemboca en la calle de la Boqueria, que así la llaman en este tiempo también.

A mi izquierda puedo distinguir la muralla y la puerta que lleva su mismo nombre.

Es uno de los cinco portales que dan acceso a la ciudad durante el recorrido que la muralla hace por La Rambla.

Según me contó Lucía, se cree que la llaman Boqueria porque en esta travesía los judíos comercian con carne de chivo, boc en catalán, cosa que, por el olor tan fuerte que llega desde el fondo, deben de estar haciendo en este mismo instante al otro lado de la puerta, tras la muralla.

Vete tú a saber. Igual después me paso y lo compruebo.

Ya puedo ver la parte trasera de la iglesia de Santa Maria del Pi.

Joan me mira y señala a un grupo de puestos de comida que están en el lateral de la iglesia.

Reconozco este lugar, aunque lo recuerdo poblado de decenas de pintores, artistas que en mi tiempo usan este espacio para exponer y vender sus cuadros, rodeados de varias cafeterías y restaurantes.

Y tiendas de souvenirs y de carcasas para móviles, que son como una plaga.

Paseamos por los pocos tenderetes que hay. Bernat y Joan se paran en cada uno de ellos y aguardan en silencio sin dejar de mirarme. Parecen dos perrillos hambrientos esperando su comida.

—¿Qué queréis comer? —pregunto.

No responden. Se miran entre ellos y Joan me coge de la mano.

El tacto de su piel es áspero y seco. Me arrastra con fuerza hasta una mesa más alejada que se encuentra en lo que será la plaza del Pi, delante de la puerta de la iglesia.

En ella hay un hombre alto y fornido. Su barba es canosa y espesa, como su pelo.

Sus brazos son anchos como mis piernas, aunque no hace falta mucho para eso, la verdad.

Lleva unas muñequeras de piel oscura con más roña que el suelo que piso.

Observa a los dos niños con recelo, pero no con maldad.

Lo veo en sus ojos. En su parada hay hogazas de pan, tiras de tocino y multitud de pedazos de carne seca y ahumada.

Joan y Bernat apenas sobrepasan la altura de la mesa y observan la mercancía de puntillas, aupándose con la ayuda de sus pequeñas manos. Al hacerlo, puedo ver cómo sus botas sufren el esfuerzo y se abren para dejar a la vista parte de sus pies negros y desnudos. Siento mucha pena por ellos.

—Hoy habéis venido demasiado pronto —les dice el tendero de forma amistosa. Los observa atento.

Ellos me miran a mí y de rebote noto como el grandullón también me presta atención.

—Buenos días tenga usted —saludo sin más.

La verdad es que hasta que no escucho a la gente hablar nunca sé muy bien cómo actuar. Pero creo que, independientemente de la época en la que me encuentre, siempre es mejor pasarse de educado.

—Buenos días —responde—. ¿Quiere probar la mejor carnsalada de la ciudad?

—¡Yo sí! —responde al instante Joan mientras me mira.

—Ya me lo imagino, chico. Pero ya sabes que necesito vender para ganar dinero y así poder mantener mi granja.

Los conoce.

Supongo que son asiduos de todas las paradas de comida.

—Yo pago —le indico—. Póngale un trozo y un pedazo de pan a cada uno .

Lo que llaman carnsalada , carne salada en catalán, no es más que tocino curado. Si no me equivoco, y por la mirada que han puesto los chavales así lo parece, es un alimento muy codiciado en este tiempo.

—Yo no la he probado nunca —informa Bernat corroborando mis sospechas—. No sé si me gustará.

—Chaval, este pedazo de carne es manjar de dioses.

—Ah, ¿sí? —pregunta Joan inquieto.

El tendero ríe mientras corta con un enorme y afilado cuchillo dos pedazos de tocino que pone junto a dos trozos de pan. La verdad es que tiene muy buena pinta, pero prefiero no arriesgarme a pillar la triquinosis o alguna otra cosa.

—Le haré precio de amigo —me informa el tendero antes de repartir las viandas—. Un sueldo por todo.

—Me parece algo exagerado, señor. Apenas van a poder saciar el hambre con esos dos tristes pedazos de tocino. Haga bien las cuentas —indico muy serio con la bolsa de dinero a la vista.

La verdad es que no tengo claro si el precio que me pide por el tocino es caro o no, pero existe la regla no escrita que dice que nunca debes pagar lo primero que te piden.

—Dejémoslo todo por diez diners —anuncia.

Según pude leer en el libro de monedas, en esta época un sueldo equivale a doce diners, al igual que un croat de plata. Pero esa información es una simple pista porque aquí el valor del dinero cambia como el clima. Lo mejor, como siempre, es escuchar al pueblo.

—¿Tú qué dices, Bernat? —pregunto ante el estupor del tendero y del chaval que abre los ojos, casi asustado diría yo.

Prefiero preguntarle a Bernat porque creo que me dirá la verdad a pesar del hambre que tiene.

Joan hubiera tardado medio segundo en decir que pague el triple de lo que pida el fornido carnicero con tal de comer algo y ganarse el favor de tendero.

El chaval mira los dos trozos de carnsalada acompañados del suculento pan que todavía está caliente y humeante. Debe esforzarse para no babear.

Hace sus cálculos mentales, me mira y dice :

—Yo no pagaría más de seis diners, señor.

Este chaval es especial, sin duda.

—Pues no se hable más.

Pongo la pequeña bolsa de piel sobre la mesa del tendero y saco las monedas. Seis diners tal y como me ha aconsejado Bernat. Ni uno más.

—Sabe usted rodearse de buenos consejeros —contesta el carnicero con una sonrisa—. Acepto el trato.

Los ojos de los chavales han recobrado la vida.

La sonrisa de Bernat me cautiva.

—¿Viene de muy lejos? —quiere saber el tendero.

—De Valencia —miento—. He vuelto a mi ciudad, ya que nací aquí. Me fui siendo un crío como ellos. Esto ha cambiado mucho.

Miro a los dos chavales que se han alejado para sentarse bajo la sombra de uno de los árboles que pueblan la plaza. No hablan. Solo se miran mientras comen.

—Tenga. Esto va de regalo.

Para mi sorpresa, el hombre deja un pedazo de pan sobre la mesa junto a un odre de piel ennegrecida.

—Me llamo Josep —anuncia limpiándose su manaza en el delantal antes de tendérmela.

—Quim —le contesto.

Mi mano cruje bajo el fuerte apretón del tendero.

—Eche un trago de vino y coma algo. Tiene cara de cansado —me advierte sin reparos—. A esta invito yo porque me ha caído bien.

El pan me apetece, para que nos vamos a engañar, pero el vino huele a rancio que tira de espaldas. Unas cagaleras en esta época serían una experiencia difícil de olvidar. Por suerte siempre llevo algún medicamento escondido en mis pantalones. No para todo, pero sí para lo más común.

Agarro el pellejo y lo miro con recelo. Esto debe de ser el antepasado de las clásicas botas de vino.

—Las hago yo mismo —me dice orgulloso—. Cualquier día de estos me pongo a venderlas. Son mucho más manejables que las calabazas de peregrino .