Capítulo 21
Barcelona
El peso de mi cuerpo reaparece. Mi espalda nota de nuevo la dura piedra del muro del convento.
La piel de mis brazos se eriza por el frío de la mañana.
Inspiro con ansia y me trago enterita una asquerosa y densa pestilencia que flota en el ambiente y que se podría masticar.
Hostia puta. Me lloran hasta los ojos. ¡Por el amor de Dios!
Algo se mueve bajo mi culo.
Apenas veo nada porque de verdad que tengo los ojos como si hubiera estado cortando cebollas con los parpados. Qué peste, por favor.
Por las quejas y los insultos que acaba de soltar alguien, diría que he aterrizado encima de un tipo que estaba durmiendo tranquilamente en esta esquina. Es que no hay salto sin sorpresa.
—Lo siento —susurro a la vez que me levanto lo más rápido que puedo.
La cabeza comienza a darme vueltas. Me apoyo en la pared y espero a que se pase. Es el mareo postsalto.
El tipo al que he despertado me mira. Apenas distingo sus ojos entre tanto pelo y suciedad.
Se ha sentado. Rebusca entre su ropa hasta que saca un cuchillo desdentado y oxidado.
Me lo muestra junto a una sonrisa llena de pústulas, huecos y oscuridades.
Esa daga te mataría solo con rozarte. Y un beso suyo, también.
—Lo siento —repito .
Aunque creo que decir lo siento en esta época no compensa que alguien se siente sobre tu culo mientras duermes.
Parece borracho o, como mínimo, resacoso.
Intenta ponerse en pie con mucho esfuerzo.
Esto no me va a traer nada bueno. No puedo llamar la atención.
Me acerco y le suelto un directo a la mandíbula que lo deja inconsciente.
—De nuevo, lo siento —le susurro. Ya sé que no sirve de nada, pero yo soy así de educado.
Me alejo unos pasos en dirección hacia donde estará mi futura tienda.
A mi izquierda queda una pequeña casa. Nadie diría que va a sobrevivir al paso de los años.
En mi tiempo, si no me equivoco, está considerada como la casa más estrecha de la ciudad.
Hoy la habita el verdugo y en este mismo lugar lleva a cabo su macabro trabajo.
La plaza no es tal y como yo la conozco.
El Palacio Real Mayor, que quedaría a mi derecha, no está porque no se comenzará a construir hasta el año 1546.
En el hueco que deja su ausencia debería verse la impresionante silueta de la catedral de Barcelona, pero todavía no es posible.
No existe tal y como yo la recuerdo. En su lugar se levanta la iglesia románica.
Si no me equivoco, el rey Jaime II ya habrá ordenado el comienzo de unas obras que durarán siglo y medio y que darán paso al nuevo templo.
A mi alrededor veo decenas de bultos tumbados en el suelo.
Gente durmiendo cerca de las escaleras que llevan al salón del Tinell.
En la puerta no hay nadie. Supongo que debe de estar penado con unas cuantas patadas del primer guardia que pase.
Esa zona está presidida por dos enormes antorchas que arden y a la vez arrojan algo de calor sobre aquella esquina.
Desde aquí no puedo ver la que será mi tienda.
Me lo impide un muro que en mi presente no existe.
Si no me equivoco, esta plaza es actualmente posesión real y el monarca y sus colegas la pueden cerrar cuando les plazca.
Tan solo se puede entrar y salir por una puerta que, por suerte, hoy está abierta.
Ese portón da a la que será mi calle, a pocos metros del que será mi local .
Cruzo la puerta y observo que en el lugar donde estará el edificio de los Mora hay una edificación de piedra de dos plantas, que ocupa casi toda la superficie del futuro inmueble.
Es una visión extraña y maravillosa a la vez.
El lugar que ocupará mi negocio parece ser una posada.
A estas horas ya hay gente entrando y saliendo y la verdad es que no huele nada mal.
Varias carretas irrumpen en la calle. Van en fila.
Una de ellas está tirada por un asno, el resto, por varios hombres.
Parece que van a levantar en breve sus paradas para vender frutas o carne.
Creo recordar que por esta zona montaban el Mercadal, uno de los espacios comerciales de la época.
Algunos me miran durante unos pocos segundos y después pierden el interés.
Me largo de aquí antes de que alguien se fije en mí más de lo debido.
La ciudad ya está despierta. Las calles han cambiado mucho más de lo que me esperaba.
Apenas reconozco la zona. Todo está embarrado y hay basura, ratas correteando y desperdicios allá donde miro.
Por suerte la última epidemia de peste fue en el año 1371 y la siguiente no llegará hasta el 1396.
Me lo he estudiado bien para no saltar en plena pandemia.
Ya tengo suficiente con las de mi presente.
Casi todas las casas son bajas, irregulares, fabricadas con piedra y adobe. La humedad del rocío matutino llora a estas horas por las maltrechas y sucias paredes de la ciudad.
Camino hacia la plaza de Sant Jaume y en cuanto llego a ella descubro que en el lugar que ocupará el Palau de la Generalitat hay varias casas que hoy pertenecen a la judería mayor.
Frente a ellas, en lugar del Ayuntamiento, me encuentro con la iglesia de Sant Jaume, la que dará nombre a esta futura explanada.
Es muy bella. Estar aquí viendo esta joya que data del siglo X me hace sentir especial.
Sobre todo, porque en mi tiempo nada de esto existe ya.
Detrás de la iglesia debe de estar el Saló del Consell de Cent.
Ahí se reúne el órgano que dirige los destinos de la ciudad.
O lo harán, no lo recuerdo bien. Creo que están en ello en esta época.
Camino unos pasos a la vez que intento alejarme del tumulto de gente.
Cada vez hay más. Los niños corretean a sus anchas con las caras negras llenas de chorretones y los mocos resecos bajo la nariz.
La mayoría de los hombres visten bastante peor que yo.
Las barbas descuidadas y sucias parecen estar de moda.
La ropa de casi todos ellos está raída como si las ratas se hubieran dado un festín durante la noche.
La llevan remendada hasta la saciedad, al igual que las botas.
Me queda claro que esta es una época muy dura.
Un par de niños se me acercan con cara de no haber comido algo caliente en días. Tienen los ojos apagados por la tristeza y el hambre. Me duele en el alma, pero no puedo hacer nada por ellos. No debo hacer nada por nadie porque eso podría cambiar de forma drástica el futuro.
Unos metros después aparece por mi izquierda la fachada de la iglesia de Sant Miquel.
Mi piel se eriza al verla. Según me contó Lucía es de las más antiguas de Barcelona y fue construida sobre restos romanos.
En mi presente el único recuerdo que queda de ella es una plaza en ese mismo lugar que lleva su nombre.
Lo que no destruyeron las guerras y el odio se lo cargó la expansión de la ciudad y las ansias de ladrillo y dinero.
La moraleja es la misma: somos un virus sin cura conocida; al menos de momento.
Justo delante tengo un edificio de dos plantas. Jamás hubiera imaginado que aquí habría algo así. La calle Ferran todavía no existe. En mi tiempo atraviesa este edificio por la mitad en su andadura hacia La Rambla. A la derecha queda la calle del Call que en mi presente se sigue llamando igual.
Desde aquí puedo ver el paso elevado que lleva hasta la fortaleza del Castell Nou, lugar en el que se refugiarán muchos judíos durante la noche del asalto que tendrá lugar en breve. La fortaleza se quebró tras el terremoto de 1428 y, por supuesto, en mi tiempo tampoco existe.
Rodeo el pequeño edificio por su izquierda y nada más hacerlo paso por encima de los restos de la primera muralla romana de Barcelona. No queda casi nada, pero si sabes dónde mirar puedes ver vestigios de su existencia.
Oigo cuchicheos a mi espalda.
Noto la presencia de alguien .
Son los dos niños que antes se me acercaron. Me están siguiendo, supongo que para ver si cae algo. O porque no tienen nada mejor que hacer. Calculo que tendrán unos diez años.
—¿Qué queréis? —les pregunto.
Me miran y no dicen nada.
Repito la pregunta en catalán ya que, en esta época, en la ciudad y en gran parte de Cataluña se hablaba catalán en el día a día. Este idioma ya tenía una rica tradición literaria y era utilizado en la administración.
— Qué voleu? —vuelvo a preguntar.
Al cabo de unos segundos uno de ellos se encoge de hombros como si no supiera que decir. Ahora sí me han entendido.
— Teniu gana? —pregunto de nuevo. Quiero saber si tienen hambre, aunque no me cabe la menor duda.
Los dos asienten con energía, como si les hubieran aplicado descargas eléctricas en el cogote.
— Com us dieu?
No debería interactuar con nadie, pero no puedo evitarlo. Saber sus nombres y que hoy tengan un desayuno gratis tampoco hará que el universo explote.
—Joan —contesta uno. Su pelo es negro, como sus ojos. Tiene cara de pillo.
—Bernat —dice el otro. Este parece el más tímido de los dos, pero también creo que es el más listo. Lo observa todo. Sus ojos azules destacan entre la suciedad de su rostro. Su pelo parece castaño, tirando a rubio, pero no lo puedo asegurar con certeza. Está reseco y lleno de tierra.
—¿Dónde puedo comprar algo de comer?
—En el barrio del Pi —contesta Joan. Es el más despierto de los dos. O el que más hambre tiene.
—No sé dónde está —les miento—, acabo de llegar a la ciudad.
—Nosotros le llevamos, señor —se ofrecen ambos, con una sonrisa, supongo que por la esperanza de poder comer ellos también.
Se ponen en marcha con decisión. Me va bien ir hacia allí porque de camino pasaremos por la sinagoga menor .