El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

Casa de Quim

Abro los ojos, sobresaltado al escuchar la alarma del móvil.

Me levanto y noto un ligero dolor de cabeza, una molesta pesadez sobre mis párpados, que sin duda se debe a que apenas he podido dormir.

Siempre me pasa lo mismo cuando tengo programado un salto al día siguiente.

Este mal se cura con cafeína y un ibuprofeno, o cualquier otra cosa parecida.

Pongo las noticias mientras saboreo el café.

Nada nuevo que destacar. Siempre es igual.

Cada día narran los mismos problemas porque cada noche se toman las mismas decisiones.

Y parece que nadie se da cuenta de ello.

Dejo la taza en el escurridor después de limpiarla.

Envío, antes de que se me olvide, un mensaje a Nadia, la asistenta que me ayuda con las tareas de casa, para que se pase esta mañana a dejarlo todo impecable.

Bueno, en realidad no es que me ayude, ella es la que se encarga de todo porque yo no hago nada de nada.

No es que sea vago, es que me da pereza.

Dejarlo todo impoluto es una manía que tengo, pero que a estas alturas de la vida me cuesta hacerme cargo de ello.

Me gusta que todo quede ordenado y limpio.

Supongo que es por si no vuelvo. No sé, es como morir con la faena hecha.

Ni idea. Solo sé que me siento mejor así.

A ver, que no pasaría nada porque yo la palmase y el piso estuviera hecho una mierda, pero no sé…

prefiero dejarlo todo ordenado. Igual que un notario tiene mis últimas voluntades por si me ocurriese algo.

Manías mías .

No nos engañemos, siempre cabe la posibilidad de morir allá donde vaya, y más cuando visito algunas épocas en concreto. Y la de hoy es una muy dura.

Salgo a la calle y el ambiente fresco de la mañana es agradable.

Ni calor ni frío ni todo lo contrario como decía mi padre.

Tecleo el código y la persiana de la tienda empieza a levantarse.

Parece que le cuesta tanto como a mí levantarme un domingo para ir a misa.

El chirrido rasga el silencio como si cien gatos esquizofrénicos en celo maullaran a la vez.

Detengo el escándalo a apenas un metro de altura, suficiente para colarme por debajo.

Vuelvo a teclear el código, esta vez en el panel interior, y la persiana baja con algo menos de estruendo.

Abro la puerta a través de otro teclado numérico.

«Esa cerradura es de las buenas; funciona sin llaves, solo se puede abrir con tu código» , me dijo el cerrajero cuando la colocó. «Haría falta un cañonazo para abrirla», añadió muy convencido.

Vete a saber, por si acaso también tengo una alarma de movimiento de esas que sueltan un chorro de humo para que el caco no vea nada.

«Es de las buenas», aseguró el que vino a colocar los sensores de movimiento y las cámaras. Debió ser el lema publicitario más usado ese año.

Bajo las escaleras que llevan al sótano.

Antes de llegar al último peldaño acciono el interruptor y se hace la luz.

Una iluminación agradable y acogedora que no deja ni un solo rincón a oscuras.

El sótano tiene la misma extensión que la planta superior, unos cincuenta metros cuadrados.

Todas las paredes están llenas de estanterías desde el suelo hasta el techo, excepto un par de metros libres que dejé alrededor de la escalera que da acceso a la tienda.

Cada uno de los estantes cuenta con diez baldas colocadas a la misma altura.

Me gusta la simetría. Me encanta, vamos.

En el centro de la sala tengo la mesa de trabajo.

Es grande, de casi tres metros de largo por uno y pico de ancho.

En ella reviso, reparo y limpio todos los objetos que más tarde vendo.

Bajo ella guardo los productos de limpieza.

En sus cajones, las herramientas. Todo en orden. Todo en su sitio. Como ha de ser.

Justo enfrente tengo una pequeña mesa con tres sillas y con un ordenador que a veces ni se enciende.

En ella recibo a las visitas especiales y charlamos con total confidencialidad.

Mi silla mira hacia las escaleras porque no puedo trabajar si no veo la puerta, me pone de los nervios.

En el cajón de la mesa de reuniones tengo una libreta como la que usaba mi padre para apuntar sus pedidos.

En el suelo, bajo la primera balda de la estantería que tengo a la derecha de mi silla, hay algo especial: una pequeña nevera con birras, refrescos, licores y hielo.

Ideal para cerrar buenos tratos. Ahora me apetece un chupito de tequila, pero no voy a tomármelo porque eso acentúa el mareo tras el salto. Lo digo por experiencia.

Y esto es todo lo que se encontraría cualquier ladrón o cliente que bajara al sótano. Un lugar atestado de objetos, nada de mucho valor y todo bastante monótono y aburrido. Y esa es la idea, claro está.

Camino de nuevo hacia la escalera que sube hasta la tienda y me detengo antes de pisar el primer escalón.

Pongo mi mano sobre el marco derecho de la puerta.

Los ladrillos son de color rojizo y sueltan arenilla al pasar la mano por ellos.

Una excelente imitación de los originales que pueblan el resto de la sala.

Si alguien mirara con mucha atención se daría cuenta de que en uno de ellos hay una marca redonda que podría pasar por un fallo de fabricación.

Pero no es así. Pulso justo encima y el ladrillo se aleja de la pared unos centímetros.

De su interior aparece una pequeña pantalla de cristal que deja a la vista el dibujo brillante de una huella dactilar.

Coloco mi dedo índice encima.

Pasan unos segundos y una luz verde me dice que todo está correcto.

Al instante aparece en la misma pantalla un teclado numérico.

Tecleo los diez dígitos que tengo como contraseña, la pantalla baja y el ladrillo vuelve a la pared, como si nada hubiera sucedido.

Dos segundos más tarde, toda esa esquina, desde el suelo hasta el techo, pivota hacia el interior y desaparece en la oscuridad dejando en su lugar un rectángulo negro como la noche.

Al instante, una serie de luces comienzan a encenderse de forma automática dibujando el contorno de una escalera con forma de caracol que gira hacia la derecha hasta que se pierde de vista.

Entro en la penumbra y bajo los tres primeros escalones.

Hace más frío. Nada más pisar el cuarto escalón la puerta se cierra a mi espalda sin hacer el menor ruido.

Me encantan los sensores de movimiento. Soy el fan número uno de estas chorradas.

Sigo bajando hasta que llego a una sala el doble de grande que la de arriba.

Abarca toda la superficie de mi local más la que ocupa el bar de mi tía, además de la escalera de vecinos que nos separa.

Esta estancia es distinta, parece sacada de una peli de Star Trek .

Aquí las luces son blancas y brillantes, sin llegar a ser molestas.

Las paredes y toda la zona del centro están llenas de vitrinas de cristal transparente.

Irrompibles. Antibalas. «Los mejores que hay en el mercado», según el cristalero.

Aquí guardo parte de mi vida. De todas ellas.

Artículos por los que mucha gente mataría. Objetos legendarios que pertenecieron a personajes famosos de distintas épocas y culturas.

Camino hasta el fondo, hasta una vitrina que contiene ropa perfectamente colgada y ordenada por fechas.

No tengo vestimentas para todas las épocas, claro está, pero combinando esto y lo otro siempre puedo cumplir con el objetivo.

Hoy toca ponerse atuendo para pasear por la Barcelona de finales del siglo catorce.

Busco hasta que llego a la época que me interesa.

Voy a ponerme algo con lo que pasar desapercibido por las calles de la vieja Ciudad Condal.

Elijo un pantalón de color negro. Están desgastados, aunque solo en apariencia.

El tejido es cómodo y dispone de varios bolsillos ocultos.

Es hecho a medida. Toda esta ropa está confeccionada por un sastre que no hace preguntas si le pagas bien.

Tengo buenos contactos. Para la parte de arriba elijo una camiseta ajustada, hecha con tejido elástico y transpirable.

También es de color negro. Los calzoncillos son del mismo material.

Ya sé que estas prendas no pertenecen a la época a la que voy a ir, pero no me importa.

No se van a ver porque encima llevaré otra que parece un saco de patatas con mangas y pasará desapercibida.

Es ruda, marrón, con cuello en forma de pico y unos cordeles para ajustarlo.

Parece sucia y no tiene pinta de ser nada cómoda.

Pero de nuevo tan solo lo parece, porque el tejido es agradable y apenas pesa.

Como calzado elijo unas botas de piel cosidas a mano.

La estética es fea y da la impresión de que te vas a clavar todos los guijarros del camino si das un solo paso con ellas, pero, de nuevo, nada es lo que parece.

Ya sé que en las pelis y en los libros siempre se dice que no debes llevar al pasado nada que pueda alterar el futuro.

Yo también estoy de acuerdo, ojo, pero hay objetos y objetos.

No me llevo el móvil, como es lo lógico, ni mis nuevas Air Jordan, faltaría más.

Me matarían en la primera esquina solo para tocarlas.

Pero esto que llevaré puesto está dentro de lo que yo califico como permisible.

Prefiero ir cómodo que llevar esos fardos de esparto a los que llaman ropa.

Si alguien me atraca, me mata y se queda con mi ropa interior tan solo flipará si se atreve a ponérsela.

No la va a comercializar en serie ni pervivirá hasta nuestros días ni, mucho menos, alterará el pasado y, por lo tanto, mi presente.

El siguiente paso es llevar dinero. Como no conozco de memoria todas las monedas del mundo ni sus épocas busco información en varios libros que me ayudan a decidir qué y cuánto llevar.

Tras repasar algunas páginas, hoy voy a llevarme varios florines de oro aragoneses y otros tantos croats de plata catalanes por si me meto en líos.

Nunca se sabe a quién deberás sobornar. Y añado unas cuantas monedas de menor valor por si necesito comprar algo en algún mercado, aunque espero que no.

Y, la última parada, como no podía ser de otra manera, es en la vitrina de las armas.

Para este viaje voy a elegir un par de dagas con empuñadura de madera noble.

Ligeras para el cuerpo a cuerpo y excelentes para lanzar.

Una la llevaré en una funda de piel al cinto, para que se vea; la otra, escondida en la pantorrilla.

Me encantaría llevar una espada, pero vistiendo de esta guisa daría mucho el cante.

Seguro que acabaría ahorcado, acusado de haberle robado el arma a un noble caballero.

Me desvisto y dejo mi ropa doblada en una estantería, justo al lado de un espejo de pie que tengo colgado en la pared. También dejo el reloj, un anillo que siempre llevo que era de mi padre y el móvil.

Me visto con la que he elegido y, una vez he acabado, me coloco delante del espejo.

Parezco sucio, pero no demasiado. Del montón.

La bolsa de piel con las monedas está colgada al cinto junto a una de las dagas.

El resto de las monedas de más valor las llevo en un bolsillo interior del pantalón. Todo parece en su sitio.

Estoy listo.

Nada más subir las escaleras que van al sótano un sensor activa el cierre de la puerta de mi sala secreta.

Me encanta. Apago las luces antes de ascender a la tienda.

El reloj de pared que tengo tras la caja registradora marca las seis y cuarenta de la mañana.

Buena hora para saltar. Abro la puerta de la calle y salgo.

Hace fresco y huele a pan recién horneado.

La puerta de la entrada se bloquea de forma automática en cuanto la cierro.

«Es de las buenas». Tecleo el código y la persiana se levanta entre cantos de sirena afónica y trastornada.

Me arrastro de nuevo para salir. No quiero llamar la atención y menos vestido con estas pintas, aunque creo que, a estas horas, con la jauría de borrachos que hay por aquí, pasaría desapercibido. Tecleo el código y la persiana baja.

Camino unos metros hasta la plaza del Rey.

Para dar este tipo de saltos debes hacer un estudio previo y saber desde dónde saltar.

Si me equivoco puedo aparecer emparedado en el pasado.

O en medio de un río. O con algo peor que una patada en los huevos.

Un repentino cosquilleo aparece en ese mismo lugar al recordar a la loca del lavabo.

La plaza del Rey es un lugar ideal y apenas tengo que caminar veinte pasos vestido de esta guisa.

Esta plazoleta ya existía en el año 1391.

Y las escaleras que llevan al salón del Tinell también, ya que se acabaron de construir en el año 1370.

Todo esto lo sé porque me encanta la historia de mi ciudad y también porque me he empapado durante la noche para este salto, no os voy a mentir.

Doy un vistazo al lugar. A mi izquierda queda el palacio de Lloctinent que antiguamente era conocido como el palacio Real Mayor.

No me sirve. Demasiado nuevo. El mejor lugar para saltar queda a mi derecha.

Una esquina oscura junto a la capilla de Santa Ágata, que lleva ahí desde el año 1302.

Me acerco hasta ella. Me siento en el suelo, donde las sombran me ocultan, con la espalda apoyada en la vieja pared de piedra medieval y respiro.

Mi pulso está acelerado y debo controlarlo antes del salto.

Voy a repasar el plan, eso siempre me calma: saltar, caminar hasta la cripta y vigilar. Punto.

Misión sencilla.

O eso espero.

Inspiro. Expiro…

Me concentro en la fecha: 9 de junio de 1391.

La brisa matutina desaparece.

Dejo de notar el peso de mi cuerpo y el tacto de la piedra en mi espalda. El silencio ya está aquí y tras él, aparece la intensa luz que me transporta a otra época.