Capítulo 19
En la calle
La persiana de mi querida tienda baja entre chirridos de denuncia por abandono.
Debo ponerle grasa antes de que alguien me acuse por escándalo público.
Cada noche digo lo mismo y cada mañana lo vuelvo a recordar al oír sus quejidos de nuevo.
Doy por finalizada una jornada bastante movidita.
Estresante, emocionante y extraña a partes iguales.
¿Qué tuvo de importante esa mesa?
¿Qué sabía mi padre, que la siguió con tanto entusiasmo?
Necesito dar respuesta a todas estas preguntas, pero será una difícil y lenta tarea. Contestaciones que no salen en los libros de historia y que mi padre, si las sabía, no las dejó por escrito. Respuestas que tendré que buscar yo mismo.
No sé ni por dónde empezar.
De momento, por ir a cenar, que tengo bastante hambre.
Observo la plaza del Rey.
El ambiente es agradable a esta hora de la noche.
Voy en manga corta, soy de los pocos que ya se han atrevido a sacar el vestuario de verano.
La verdad es que tengo poca ropa que ponerme, independientemente de la estación.
Soy de piñón fijo: zapatillas deportivas, tejanos, camiseta y polar.
Si hace frío me echo una chaqueta encima del polar.
Y si hace mucho frío la chaqueta y el polar son más gordos.
En cuanto asoma la buena temperatura voy quitándome capas y acabo como ahora, que voy en tejanos y camiseta.
Cuando haga mucho calor cambiaré el tejano por unos pantalones cortos.
—¿Qué tal han ido las ventas hoy?
Esa dulce voz es inconfundible.
Una sonrisa bobalicona aparece en mi cara, rodeada de una barba descuidada de por lo menos tres días.
Así no voy a conseguir enamorarla. Bueno, con esta cara afeitada tampoco creo que lo lograra.
Por ella sí que sería capaz de preocuparme por el vestuario.
Al menos al principio, no vayamos a engañarnos.
—Hoy ha sido un día flojo —le informo.
Y tan flojo. Como que no ha entrado nadie, sobre todo porque apenas he estado en la tienda.
—Pero he hecho lo suficiente como para invitarte a cenar una pizza si quieres —le miento.
A ver si cuela.
Tic, tac, tic, tac, …
—Sería genial, pero hoy no puedo.
¡Zasca, en toda la boca!
—Tengo que estar en mi casa en veinte minutos. Mi hermana me ha llamado diciendo que el casero pasará hoy para ver unas goteras que aparecieron en el techo del comedor hace un par de días. Casi nos fastidia la tele.
Demasiados detalles. Eso es que debe ser verdad y no una excusa para darme puerta.
—Es lo malo de vivir en un ático —le digo con ironía.
—Ya sabes que solo es un último piso viejo en un edificio tan antiguo que no tiene ni ascensor.
—Pero disfrutas de una bonita terraza.
—Eso sí. —Sonríe y se hace la luz. ¿Acaso han puesto bombillas nuevas en las farolas de la calle? —Con vistas a la catedral del Mar. Por eso seguimos viviendo ahí. Las noches de verano son impagables .
La verdad es que a pesar de ser un piso antiguo y pequeño lo tienen muy cuco, como dice su hermana.
Viven en el Born, muy cerca del antiguo mercado de corte modernista, convertido hoy en un bien de interés nacional por ser un museo repleto de restos arqueológicos que van desde la época medieval hasta el final de la guerra de sucesión española.
Esto lo sé porque me lo explicó ella misma.
—Bueno, pues me comeré yo solo la pizza.
—Sí. Lo siento, Quim. Otro día sin falta —me dice como despedida.
La veo marchar y con ella se escapa un poco de mi alegría. Hoy me hubiera venido bien charlar con Lucía, pero no por ello voy a ponerme triste. Me apetecen tanto un par de porciones de pepperoni que no hay desamor que pueda con ello. Tengo antojo. Y pocas ganas de cocinar, para qué voy a mentiros.
—¡Quim!
Me giro hacia la voz. Lucía vuelve a paso ligero.
Esto pinta muy bien.
Sonrío, pero con control, no quiero parecer obsesionado ni lerdo. O ambas cosas a la vez.
—Se me olvidaba…
Saca una hoja doblada del bolsillo de su pantalón y la despliega. Me la enseña. No veo nada. Mi edad viene con vista cansada de fábrica. Pero me niego a ponerme gafas de abuelo. Todavía no.
—Esto que te voy a decir es secreto.
Me mira con seriedad.
La miro.
Asiento.
Cierra un poco los ojos como diciendo no te creo.
Asiento de nuevo, más serio si cabe.
Silencio.
—Lo prometo —le digo al fin para convencerla.
Parpadea varias veces y por fin habla.
—Laura ha encontrado una hoja en el vestíbulo de la cripta, junto a las columnas —me suelta sin anestesia .
Tardo dos segundos en asimilar esas quince palabras.
—Parece ser parte de un documento. Todavía no lo sabemos seguro. Apenas lo he empezado a estudiar —informa a la vez que señala con el dedo en un punto concreto de la hoja, casi a pie de página.
Miro la hoja. Es una fotocopia.
Si no me equivoco forma parte del manuscrito, aunque no recuerdo haberla visto esta mañana entre todas las hojas que me ha mostrado el librero.
—Esta tarde me preguntaste cuándo se pudieron llevar el tesoro de allí, ¿lo recuerdas?
Y tanto que lo recuerdo.
—Creo que sí —miento para quitar hierro al asunto.
—Pues aquí aparece una fecha del calendario judío que, según he comprobado, corresponde al 10 de junio del 1391.
Las cosquillas aumentan.
De repente hace mucho calor. Creo que estoy empezando a sudar. Mi pulso se acelera y en las piernas aparece un ligero cosquilleo que va desde los gemelos hasta el estómago. No quiero dar muestras de nerviosismo. Respiro en profundidad para calmarme y no gritar como un afilador histérico.
—¿Estás bien? —me pregunta.
Debo de tener la cara descompuesta.
Respiro.
—Sí, sí… Es mi cara de pensar —miento de nuevo para despistarla a ella y a mi estrés incontrolado—. Eso fue como un mes antes del asalto al barrio judío de Barcelona, según me contaste.
Mi voz suena temblorosa y aguda como si mis calzoncillos hubieran encogido seis tallas de golpe.
—Así es —asiente y sonríe.
Cierro la boca porque me acabo de dar cuenta de que la tenía abierta de una forma demasiado exagerada.
Parezco tonto, joder.
—Bueno, pues solo era eso. Quería que lo supieras, pero no le digas nada a Laura, porfa.
—Por supuesto —esta vez no miento .
Ella se aleja de nuevo, ahora con el paso más ligero.
Mi cabeza da vueltas persiguiéndote.
Me quedo mirando cómo gira la esquina y desaparece. Me ha soltado esta información como si no tuviera importancia. Y, si no me equivoco, debe de ser el ansiado punto de partida para poder seguir la pista a los objetos de la cripta.
Ya sé la fecha.
Conozco el momento exacto.
Disfruto de esa sensación extraña, mezcla de pánico y deseo que aparece cada vez que voy a saltar al pasado. Pero primero toca pizza porque tengo un hambre canina y en cuanto salte vete tú a saber cuándo volveré a comer algo decente de nuevo.