Capítulo 18
Bar de Rosa
Entro en el bar y los veo sentados a la misma mesa en la que nos hemos reunido esta tarde. Mi tía me mira con recelo. Sabe que algo se cuece entre nosotros, pero no dice nada. Si tuviera que hacerlo cada vez que nos traemos algo entre manos apenas tendría tiempo para servir mesas.
—¿Otro café? —me pregunta muy seria—. ¿No deberías trabajar un poco más en tu negocio? —añade, cuando lo que realmente quiere decir es: «¿Qué coño estáis tramando vosotros tres? Aléjate de lo que sea esto y dedícate a tu tienda, atontao».
—No, tieta, solo un agua con gas bien fresquita, por favor.
—A tomar viento fresco os voy a mandar a los tres.
Me siento con el librero y el relojero.
Están serios.
Me miran.
—Ya sabemos quiénes mataron a Aladín —suelta el relojero, sin rodeos, directo como siempre.
Yo escucho. Todavía no he pensado cómo les voy a explicar lo que sé porque no puedo contar cómo he obtenido la información. Guardo silencio y espero a que siga hablando.
—Esta trama es mucho más grave de lo que pensábamos, amigo Quim.
Veo preocupación en los ojos del relojero, del hombre más frío que conozco. Y sé por qué es.
Don Emilio pone su mano sobre la mía. Me mira.
—Esta tarde, después de que nos viéramos, he recibido la visita de dos tipos. —Mi pulso se acelera. Ya han ido a ver al librero. No han perdido el tiempo—. Dos asesinos a sueldo que querían nuestro manuscrito. Me hubieran matado si Alfonso no llega a intervenir.
—¿Qué ha pasado? —pregunto con temor, aunque tranquilo a la vez, ya que veo que los dos están vivitos y coleando.
—Hemos procedido a su eliminación.
—¡¿Qué?! —exclamo sorprendido. Nunca me imaginé que fueran capaces de llegar a eso. A ver, no me cabe duda de que han sabido defenderse de todo tipo de escoria y situaciones a lo largo de sus agitadas y complicadas vidas, pero, ahora, a su edad, ya retirados…
—Me ha ido de poco. Nunca he estado tan cerca de la Parca —me dice el librero con semblante muy serio. Todavía no se ha recuperado del susto.
—Antes de liquidarlos los hemos interrogado, por supuesto —añade don Alfonso como si fuera algo de lo más normal. Me hago unos macarrones y después interrogo y le doy pasaporte a dos tipejos.
Me mira directo a los ojos. Su mirada me susurra que debo entender que la situación lo requería. En silencio me ruega que no le juzgue por esto.
—Lo entiendo —me limito a contestar.
Él asiente. Le parece suficiente.
—Hemos obtenido información de que eran dos profesionales de la muerte. Según sus pasaportes, residían en Roma, y puedo afirmar con certeza que eran de aquellos que ejercen su oficio bajo contrato.
Me percato de que se refieren a ellos en pasado.
—Aceptaron esta encomienda en las primeras horas de la madrugada. Poco después, surcaban los cielos en un avión privado desde la Città Eterna —añade el relojero.
Parece mentira la cantidad de información que puedes llegar a averiguar cuando tocas las teclas correctas. No quiero ni pensar cuáles han tocado para hacer cantar a esos dos criminales .
De momento todo cuadra con lo que ya sé, por lo que me quito un peso de encima, ya que no tendré que dar explicaciones de dónde he sacado mi información.
Por otra parte, menuda pérdida de tiempo la mía.
Tanto salto para nada. Estos dos han averiguado más que yo sin moverse del sitio ni en el tiempo.
Eso sí, con mucho más riesgo, claro está. Bueno, no sé yo…
—Lo cual significa que quien los haya contratado tiene recursos infinitos —añade el librero. Seguro que habla por experiencia. Con conocimiento de causa.
—¿Habéis podido averiguar quién los contrató? —Necesito información adicional para completar la que ya tengo en mi poder—. ¿Quién es el que busca los objetos de la cripta?
—Esos dos energúmenos no sabían quién les pagaba. Este tipo de menesteres se estipulan desde el abrazo de las sombras. Se hace todo por Internet. Sin nombres ni caras y con pagos indetectables —informa el relojero.
—O sea, que no sabemos quién nos acecha —resumo.
—Así es—confirma el librero—. Pero tenemos un número de teléfono.
Me viene a la memoria la llamada que hizo uno de los dos asesinos. Llamó al otro interlocutor sommo . Lo escuché alto y claro. Aun así, no creo que saquen nada de ese número.
—Será de prepago, seguro —opino.
—Así debería ser. Pero por si suena la flauta travesera, solicité a Octavi que averiguara todo lo posible sobre esa llamada y el resultado ha sido, como poco, llamativo.
El relojero saca una hoja de papel del bolsillo interior de su chaqueta impolutamente planchada.
Si Octavi ha indagado habrá sacado chicha de ello.
Este tío es una máquina con los ordenadores.
Debería estar trabajando para el CNI o el FBI una vez lo hubieran capturado, tal y como sucede en las películas, pero todavía no lo han logrado.
Es un genio. Y eso el relojero lo supo en cuanto se cruzó con él hace tiempo.
Y lo fichó, por así decirlo. Trabaja como su encargado, todo limpio y legal, porque como dice siempre don Alfonso, es importante cotizar para tener una merecida paga de jubilación.
Desde que trabaja con este dúo se dedica a investigar a los pocos clientes que solicitan sus servicios.
Aunque ya no están en activo como antes, siempre están dispuestos a posibles trapicheos.
Octavi investiga al cliente y se asegura de que no les tienda una trampa y, sobre todo, de que tenga los fondos necesarios para cubrir los gastos.
—¿Qué ha averiguado? —pregunto con intriga.
—El último dígito que pulsaron correspondía al único número con el que ese teléfono había tenido contacto.
Es lo usual en este tipo de quehaceres, un aparato de un solo uso para cada tarea.
En ocasiones, incluso para cada llamada.
No obstante, en este caso, lo último no ha sucedido —indica el relojero, que conoce de primera mano cómo funcionan estas patrañas—.
No se puede identificar al propietario, pero gracias a la geolocalización, sabemos que el receptor de la llamada se encontraba en Roma.
El relojero mira su papel y busca entre sus garabatos la información que necesita
—El individuo con el que hablaron se hallaba en la Ciudad del Vaticano, más concretamente en un radio de cincuenta metros de la majestuosa plaza de San Pedro.
Mis ojos se abren como los de un búho asustado. Esto no me lo esperaba.
Nos quedamos los tres en silencio, momento que aprovechan los dos veteranos amigos para darle un trago a sus bebidas.
Yo no tengo sed. Me gustaría preguntar qué ha pasado con esos dos tipos, pero no creo que sea necesario.
A mi memoria acude la imagen de la furgoneta de reparto y a dos currantes metiendo en su interior una enorme y pesada alfombra enrollada que jamás había visto en la librería.
Sobran las explicaciones.
—Y eso es todo —finaliza el relojero.
—¿Te parece poco? —respondo alzando las cejas.
—Yo tengo una idea bastante clara de por dónde van los tiros —indica el librero que siempre tiene respuesta para todo .
—Pues ilumíname porque yo estoy más perdido que un daltónico armando el cubo de Rubik —le digo.
El librero se ríe.
El relojero mueve un poco sus labios. Le ha hecho gracia. Hoy se está pasando de simpático.
—¿Quiénes son los que han ido tras las riquezas de los judíos desde que dictaron su expulsión de España? —pregunta el librero como si estuviéramos en un examen.
—La Inquisición —respondo.
—¿Y a qué poderosa entidad pertenecía esa rama de asesinos corruptos? —nos interroga de nuevo el librero, dejando claros sus ideales.
—A la Iglesia católica —expreso como si estuviera de nuevo en la escuela.
—Ahí lo tienes. Blanco y en botella —responde muy serio, sin inmutarse, como si no hubiera nada más que añadir y el veredicto del jurado estuviera visto para sentencia.
—La Inquisición, gracias a Dios, desapareció a principios del siglo XIX, amigo mío. Yo no veo esta historia tan clara como tú —opina el relojero.
—Que la rama más extremista de la Iglesia fuera abolida por las Cortes de Cádiz no quiere decir que desapareciera de la faz de la Tierra.
—Su dedo índice está tieso y apunta hacia el techo en modo acusador—.
La dictadura de Franco acabó en el 75, pero todavía, hoy en día, hay fascistas que ansían el retorno de otro caudillo.
En estos casos, la rabia no muere con el perro —opina de forma tajante.
Sin titubear—. No me cabe la menor duda de que dentro de la Iglesia existe alguna ramificación oculta que en la actualidad persigue oscuros intereses.
—Entre ellos los objetos del templo —añado.
—Los objetos del templo y otros artículos de su interés que no somos capaces ni de imaginarnos —responde recostándose en la silla. Mira su bebida, pensativo—. ¿O acaso piensas que todo lo que hay en los archivos del Vaticano se ha conseguido por vías legales y amistosas?
El relojero asiente, su amigo casi lo ha convencido .
Yo no sé si el que hizo el encargo pertenece a una rama de seguidores de Torquemada, pero que algo se cuece en Roma sí me lo puedo creer. Por mi cabeza resuena de nuevo la palabra sommo que el italiano dijo al llamar por teléfono.
Según he podido averiguar, sommo significa más alto o supremo. Y se utiliza para describir algo que está en la posición más alta o que es lo máximo en su categoría. Il Sommo Pontefice sería el Sumo Pontífice...
Si hacemos caso al fraile franciscano Guillermo de Ockham, en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla es la más probable. Esto sí que parece blanco y en botella. Me encantaría contarles mi punto de vista, pero no puedo decirles nada de lo que he grabado.
—Seguiremos indagando sobre este tema porque yo no lo tengo claro —insiste el relojero atusándose la perilla—. De momento nos centraremos en averiguar quién es el contacto de esos dos baladrones de tres al cuarto.
—¿Cómo lo haréis? —pregunto curioso.
—Según esos dos, debían dejar el manuscrito en un punto en concreto para que alguien lo recogiera —me informa el librero, para mi sorpresa.
—Bueno, eso quiere decir que tenemos una posibilidad de saber quiénes están detrás de esto —les digo entusiasmado.
—Podría ser —reconoce el relojero cauteloso—. Mañana a primera hora nos pondremos con este asunto. Octavi está preparando algo para poder seguirles la pista.
Don Alfonso no dice nada más.
Aprovecho el silencio que se ha creado para saber más sobre lo que esconde el manuscrito.
—¿Has podido averiguar, al menos, nuevos datos sobre el destino de los objetos? —pregunto al librero, aunque no sé si habrá tenido mucho tiempo entre quitar el polvo de los libros, matar a unos mafiosos y deshacerse de los cuerpos.
—Un dato que te va a gustar, Quim.
No aparta su mirada de mí. Cuatro, cinco, seis segundos… Estoy a punto de gritarle cuando parece que sus labios se abren .
—He podido averiguar que la mesa fue la única reliquia que no viajó junto con los doce guardianes que protegían el resto de los objetos.
—Guarda unos segundos de silencio ante mi estupor y mi atenta mirada—.
La mesa siempre estuvo oculta bajo el templo en una serie de profundas y secretas cavidades naturales, junto a gran cantidad de oro y piedras preciosas —el librero da otro sorbo a su carajillo, con calma, como si el paso del tiempo no fuera con él—.
Según se relata, el único que podía hacer uso del poder de la mesa era el propio Salomón, que bajaba a menudo hasta las cuevas para disfrutar de ella en soledad.
Tras su muerte, se tapió la entrada de la caverna ya que, según contaban, la mesa era demasiado poderosa para que estuviera al alcance de cualquier hombre que no fuera el sabio rey.
—La mesa o espejo que tenía el conocimiento absoluto y que venía directamente de manos de Dios —indica el relojero muy serio, con la cabeza alta, como si hubiera pronunciado una frase divina y sagrada.
—Esa mesa, sí. —El librero lo mira de reojo, espera unos segundos y al ver que no hay ninguna contestación repleta de ironía continúa con su información—. Estuvo oculta y a buen recaudo hasta el año 1130, momento en el que fue desenterrada.
El librero me mira.
Parece que está esperando a que yo aporte algo. Creo que me está poniendo a prueba.
—Año 1130… —digo en modo pensativo.
Lo miro y en sus ojos veo una chispa de algo que podría ser felicidad. Orgullo quizás.
—¿Desenterrada has dicho? —repito.
Un cosquilleo aparece en mi estómago, el pulso se acelera y mi mente comienza a volar muy lejos
—¡No me jodas! —voceo sin poder evitarlo. Mi tía me mira desde la barra con el morro torcido—. No será lo que me estoy imaginando, ¿no?
Sonríe.
Sabe que lo sé .
Que es una de mis tramas preferidas. Y también de mi padre. Sabe que forma parte de mi infancia. De mi vida.
—¿Vais a compartir vuestras intrigas conmigo o debo esforzarme en adivinarlas? —demanda el relojero con el ceño fruncido tras apurar su té.