El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

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Tienda de Quim

Nada más entrar cierro la puerta con llave y coloco el cartel de cerrado.

Tengo claro que hoy no voy a vender nada, pero la verdad es que me da lo mismo.

Como habréis podido imaginar mi negocio de antigüedades es tan solo una tapadera para llevar a cabo mi verdadera fuente de ingresos.

La verdad es que con lo tengo acumulado no necesitaría trabajar el resto de mi vida, ni mis hijos ni mis nietos, si los tuviera.

Pero no lo puedo aparentar. Ni quiero. No va conmigo eso de ser un multimillonario arrogante que muestra todo lo que su fortuna puede comprar.

Prefiero vivir aquí, en mi barrio, junto a mi familia, enfrente de donde trabaja Lucía, también lo admito.

Casi todo lo que gano lo invierto en ciencia y tecnología, apuesto por ayudar a esas empresas con un prometedor futuro para que triunfen y nos aporten calidad de vida.

También destino una gran parte a varias fundaciones sin ánimo de lucro.

Y todo ello con una premisa: nadie debe averiguar de dónde viene el dinero.

A ver, que tengo mis caprichos, no os lo voy a negar, pero más que antojos son actos necesarios para conseguir nuevas metas.

Y no me refiero a más dinero. Si, por ejemplo, tengo que viajar mañana a Estambul para conseguir una reliquia, pues mire usted, perdón por hacerlo en un avión privado que en la lenta y apretada clase turista.

Por una parte, es más cómodo, claro está, pero, sobre todo, lo hago porque salir de un país y entrar en otro con según qué antigüedades es infinitamente más sencillo si lo haces de esta forma.

Pero estos detalles no los conoce nadie porque todo el mundo se haría demasiadas preguntas.

Conecto a mi ordenador la cámara que dejé en la lámpara de la habitación de los pobres chavales.

Dos segundos después aparece la primera imagen.

Le doy al play y espero. Al tener conectado el sensor de movimiento, la cámara solo graba cuando alguien está a pocos metros de ella.

Lo primero que veo es a un joven entrar.

Se quita la ropa que lleva y se tumba en la cama.

Le doy para que la imagen pase más rápido.

El tipo trastea con el móvil durante unos minutos hasta que se queda dormido.

Son las diez y cinco de la mañana. La cámara deja de grabar pasados tres minutos desde la última detección de movimiento.

Se conecta algo más tarde y puedo ver a los dos italianos entrando en la habitación.

Aladín sigue durmiendo. Son casi las diez y media de la mañana.

Le inyectan algo en el cuello. El chaval ni se despierta.

Todavía no han pasado los tres minutos necesarios para que se desconecte la cámara cuando entran de nuevo.

Cada uno de los italianos arrastra un cuerpo inerte al interior de la habitación.

Apartan la cama hasta dejarla contra la pared, como recuerdo haberla visto.

Colocan la silla en medio de la sala y sientan al amigo del librero en ella.

Le encintan los pies y las manos, además del pecho para evitar que el cuerpo, bastante sedado, por lo que parece, se vaya hacia delante.

A los otros dos los dejan tirados en el suelo, a un lado, con las manos encintadas a la espalda.

Lo han hecho todo en perfecta sincronía y completo silencio.

Se adivina a la legua que no es la primera ni la décima vez que lo hacen.

Uno de los italianos saca algo de su bolsillo y se lo acerca a la cara al de la silla, que da un cabezazo hacia atrás y se despierta de golpe.

Mira a los dos tipos sin entender lo que sucede.

Balbucea algo que parece un insulto. No lo llego a entender del todo, aunque me defiendo bastante bien en árabe.

Intenta zafarse de sus ataduras, pero desiste rápidamente.

Otra sarta de insultos que, esta vez, entiendo alto y claro.

Acaba de darse cuenta de que sus colegas están tirados en el suelo, a su derecha.

Más insultos mezclados con preguntas. Su voz es pastosa.

Con miedo. No puedo ver sus ojos porque el ángulo de grabación es desde arriba, pero me los puedo imaginar.

—¿ Qui coño estáis hasiendo ? —pregunta esta vez en español, aunque con acento—. ¿ Qui queréis de mí? ¿Quiénes sois?

Las preguntas siguen. Una tras otra, hasta que un guantazo las detiene. La cabeza del chaval se ladea con fuerza y queda inmóvil. Tarda varios segundos en volver a levantarse. Esta vez no pregunta nada. Solo observa.

—Ayer por la noche robaste algo de una iglesia. ¿Qué era y dónde está? —pregunta uno de los italianos. El otro espera a unos pasos de distancia. Lleva algo en la mano, pero no puedo ver con claridad lo que es.

—Yo no hi riobado niada . Yo no sé niada —contesta el chaval. Cuando levanta la cabeza para mirar al italiano a la cara puedo ver que su ojo izquierdo está muy hinchado.

—Tengo las imágenes de una cámara de seguridad en las que se puede ver que tú y tu amigo, ese de ahí, entráis a robar y salís con un paquete poco después.

El que no hace las preguntas se acerca al amigo y lo arrastra hasta ponerlo delante del que está en la silla. Le da a oler el mismo producto hasta que se despierta. Está boca arriba. Este joven, además de tener las manos encintadas a la espalda, tiene la boca amordazada.

—Yo no sé niada —repite Aladín. Mira a su amigo.

Intuyo que debe de haber pánico en sus ojos.

El tipo que tiene al lado saca un martillo.

Estira la pierna derecha de su amigo y se agacha clavando la rodilla en el muslo.

Un grito de dolor quiere salir de la boca del chaval, pero no puede. La cinta americana se lo impide.

—Voy a romper las rodillas de tu amigo —dice el que hace las preguntas. El otro, más joven, espera con el martillo en la mano como si fuera Thor, aunque más feo y con más mala leche .

—Yo —Aladín mira a su amigo y este le suplica sin hablar—… No sé niada, si lo juro.

Apenas ha acabado de pronunciar la última sílaba cuando el martillo destroza la rótula de su amigo.

El grito hubiera sido aterrador si hubiera podido escucharse.

Se me pone la carne de gallina al ver tal despropósito y una quemazón nace en mi interior.

Nunca he podido ver imágenes de gente pegando a otra gente indefensa.

Siempre me han sentado fatal. Y esta vez me está pasando lo mismo.

Tras cada pregunta con respuesta incorrecta un martillazo cae en alguna parte concreta del cuerpo de su amigo. Cuando este se desmaya, siguen con el otro, despertándolo con algo que supongo que deben de ser sales de amoniaco.

Uno de los italianos amordaza a Aladín. El grito que ha dado cuando le han machacado un dedo coincide con el que yo escuché desde la calle.

Nada más acabar, sigue golpeando el resto de los dedos de su mano derecha sin previo aviso.

Sin preguntas de por medio. Nadie le oye gritar.

No se deja ni un dedo por martillear. El pobre chaval se desmaya antes de que el agresor acabe su faena.

Pasan un par de minutos hasta que lo despiertan de nuevo. Mira a su alrededor y ve a sus colegas tirados en el suelo. No ha sido una pesadilla. Aquello es tan real como el intenso dolor que palpita en sus manos.

Si tenía alguna duda de si uno de sus dos compañeros de piso estaba verdaderamente muerto o no, queda aclarada tras los dos disparos en el pecho y un tercero de gracia en la cabeza. Acto seguido, levantan los dos cuerpos inertes y los tiran sobre la cama.

Aladín sabe que su destino está sellado.

Solo debe elegir la opción de hablar y morir rápido para que se acabe ese sufrimiento.

Se acabaron los días de hambruna y de pena.

Su triste aventura en busca de una vida mejor en Europa acaba aquí y ahora.

Supongo que pensará que por fin ha llegado el momento de descansar.

Tras hacer varios movimientos de cabeza le quitan la cinta de la boca.

— Istá bien. Hablaré.

—¿Qué robaste ayer? —pregunta de nuevo el italiano.

—Un libro viejo.

—¿Dónde está ese libro?

—Lo hi vendido esta miañana .

—¿A quién? —el que hace las preguntas lo está grabando con el móvil.

—Si lliama Emilio y tiene una librería jiunto a la Pliaza del Rey. Yio no he hecho niada malo.

El de la pistola lo mira y entrevé que dice la verdad.

—¿Qué más había allí abajo? —pregunta el otro. Saben lo de la cripta, de eso no me cabe la menor duda.

— Niada más. ¡Os lo juro!

Pasan dos segundos de silencio. Solo se oyen los sollozos y los moqueos de Aladín.

—Aquí hemos acabado —le dice un hermano al otro en italiano, con el mismo acento romano que noté en la escalera cuando me crucé con ellos.

—Daré parte de ello —contesta el mayor de los dos, a la vez que toca la pantalla de su teléfono.

Mientras que uno espera, teléfono en mano, el otro dispara dos veces al pecho de Aladín más un tercero de regalo en la cabeza. Se queda mirando su obra maestra sin decir nada, como si el tiempo se hubiera detenido.

— Sommo , en el Tabernáculo solo encontraron el manuscrito. Sí, sabemos dónde está. Iremos a por él hoy mismo.

Ha vuelto a hablar en italiano, pero esta vez sin tanto acento. Era un italiano más limpio, casi neutro.

Tras esa escueta conversación comienzan a buscar por toda la casa.

No dejan un palmo sin revisar. Poco después desaparecen de la escena y durante tres interminables minutos en la pantalla de mi ordenador tan solo veo el cuerpo muerto de Aladín junto a sus dos amigos.

Varios puntos quedan claros después de ver estas imágenes: esos tipos buscan los objetos de la cripta, saben lo que son, conocen su importancia y, sobre todo, que don Emilio está en peligro.