El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

Pasado

En el Raval

Vuelvo a sentir el peso de mi cuerpo. La intensa luz desaparece y los sonidos comienzan a cobrar vida.

Miro mi reloj y compruebo que son las once y cuarenta de la mañana.

Calculé que el anterior salto desde el balcón tuvo que ser sobre las once y treinta, o sea, diez minutos antes.

Y por lo que parece he acertado bastante.

Al final va a ser verdad eso que siempre decía mi padre de que trabajo mejor bajo presión.

No escucho a nadie. El olor a bacalao todavía flota en el ambiente.

Me levanto del suelo con sigilo y me asomo por encima de la cama.

En la habitación no hay ni un alma. Las cajas están vacías y tiradas de cualquier manera.

No han dejado nada, han sido como una manada de hienas hambrientas en busca de migajas.

Me asomo al comedor y me aseguro de que esté desierto.

Debo ir rápido porque no quiero estar aquí más tiempo del debido.

Entro en la habitación de los muertos, que siguen allí, y recojo la cámara que puse en la base de la lámpara del techo.

No tardo ni dos segundos en llegar hasta la mirilla de la puerta.

Observo, pero no distingo nada. Abro la puerta despacio.

Está vacío, por supuesto. Los vecinos saqueadores no van a aparecer en dos días, como poco.

No se oye nada en la escalera. ¿Habrán llamado ya a la policía?

No lo creo. Por aquí prefieren prescindir de sus servicios.

Pero antes o después alguien lo hará y Pacheco aparecerá por aquí para contactar más tarde con el librero .

Bajo de piso en piso sin encontrarme con nadie.

Me quito los guantes de goma, que todavía llevo puestos, y me los guardo en el bolsillo antes de salir a la calle.

El aire primaveral me devuelve al presente.

Camino despacio. Sereno. Atento a mi alrededor.

Concentrado para volver a escena, como un actor de teatro que debe saber en qué momento de la actuación se encuentra.

Respiro con calma.

Necesito hacerlo tras cada salto para ser consciente de dónde y cuándo estoy. Me encuentro en el barrio del Raval, en Barcelona. Son, según mi reloj, las once y cincuenta minutos de la mañana.

Ahora debo volver al presente.

Tengo dos opciones. Puedo elegir entre ir al presente real o al momento del primer salto. Lo sé. Es un concepto que al principio cuesta de pillar, pero luego lo ves todo más claro.

Yo salté por primera vez hoy desde el sucio lavabo del bar a las cinco de la tarde.

Y he estado danzando por el pasado durante un tiempo que, según mis cálculos, deben de ser un par de horas como mucho.

Ese lapso también ha transcurrido de donde yo vengo, de mi presente real, ya que el tiempo no se detiene por mucho que yo esté viviendo en el pasado.

Por lo tanto, puedo elegir entre volver desde las cinco hasta las siete de la tarde.

Un margen de dos horas que es el mismo que yo he vivido en el pasado.

¿Cómo puede ser? Un famoso físico con el coincidí me lo explicó una vez.

Me dijo: «Imaginemos que viajas en un tren muy largo donde la locomotora representa al presente y el último vagón al pasado.

En cuanto el convoy está en marcha, dejas la locomotora, es decir, tu presente, para ir al último vagón, el pasado.

Por mucho que te sientes allí a esperar jamás alcanzarás a la locomotora, ya que los dos vagones se mueven a la vez, por lo tanto, el tiempo que estés en el pasado será el mismo que transcurra en el presente del que vienes».

Y así debe ser. Yo no pongo las normas, pero si me lo dijo Einstein algo de verdad habrá en ello.

Espero que lo hayas entendido .

A mí me costó y eso que era yo el que viajaba.

Pues bien, después de dos horas danzando por el pasado, ahora mismo yo podría elegir entre volver a la hora del primer salto o al presente de la línea original donde serán las siete de la tarde como mucho.

Depende del tiempo transcurrido elijo saltar a una hora u otra. Hoy prefiero aterrizar en el último minuto posible de la línea original. ¿Por qué? Porque son solo dos horas.

Otro tema muy distinto es cuando me quedo mucho tiempo en el pasado, eso sí que es diferente.

Una vez estuve casi quince años en una pequeña aldea de Japón, allá por el año 1800, para perfeccionar mi japonés y aprender jiu-jitsu y kendo de la mano de un gran maestro.

Me costó mucho convencer al viejo para que me admitiera como alumno, la verdad.

Tardé dos duros años, en los que solo hacía los trabajos más rastreros, para llegar a ser su aprendiz.

En aquella ocasión no volví al presente de la línea original por dos motivos: el primero, porque me hubiera perdido década y media de mi vida.

El segundo, que hubiera sido como estar desaparecido quince años y volver de la nada, con un porrón de explicaciones que no hubiera podido dar.

Por eso, cuando viajo al pasado durante meses o años, siempre vuelvo a minutos después del instante en el que salto.

Camino hasta uno de los cientos de callejones que hay en la parte antigua de la ciudad y compruebo que no haya nadie mirando.

Me acerco a un portal y disimulo como si esperara a que un vecino tuviera que abrirme la puerta para subir.

Intento abrir, pero la puerta está cerrada.

Tendré que saltar desde aquí. Lo prefiero a hacerlo de nuevo desde un lavabo.

Me pego a la puerta tanto como puedo. No hay apenas espacio, pero lo suficiente como para que mi cuerpo no se vea desde la calle.

Miro al interior de la portería y veo que está vacía.

Me concentro en el momento al que quiero ir.

Esta vez no me costará ningún esfuerzo porque solo deseo llegar a mi presente.

No necesito cálculos ni nada por el estilo.

Es como saltar al fondo de un pozo. No importa el impulso, el fondo es el límite.

Aunque aquí no voy a acabar con mis sesos estampados contra el suelo, claro está.

Como mucho con alguna patada en los huevos y un par de hostias.

Respiro.

El silencio aparece.

El frescor en el ambiente se esfuma poco a poco.

No percibo ni frío ni calor. En los saltos desaparecen las percepciones de todo lo que me rodea.

Por unos segundos ni siquiera pienso. Solo espero que no haya nadie en el destino.

Eso acelera un poco mi pulso, pero lo controlo.

La luz brota. Dos segundos de intensidad hasta que los sonidos vuelven a la vez que el peso de mi cuerpo.

Lo noto en las piernas. Es como apoyar los pies en la orilla de la playa después de haber flotado en el agua durante un largo rato.

Abro los ojos y no veo a nadie. Miro mi reloj. Son las seis y cincuenta y tres de la tarde. Mis cálculos eran bastante acertados. Estoy en el presente de mi línea original de tiempo.

Camino unos metros hasta la calle Hospital, poco después la dejo y cruzo La Rambla.

El trayecto más directo a mi tienda sería tirar por la calle Ferran, pero en el camino está la iglesia de Sant Jaume y en ella, casi seguro, estarán Laura y medio cuerpo de policía.

No quiero que me vea pasar por allí porque no se creerá que voy de paso.

Aprovecharé el paseo para explicarte un par de cosas extrañas que me suceden durante el tiempo que estoy en el pasado. Una es sobre el tema de envejecer; otra es sobre mi memoria.

Al parecer, y no sé muy bien por qué, mi cuerpo no nota el paso del tiempo. O, si lo hace, es de una forma muchísimo más lenta que en mi presente, tanto, que en los quince años que estuve en Japón apenas noté cambio alguno en mi cuerpo. Ni una sola cana. Ni siquiera una pequeña arruga de más.

Además, tengo una memoria fotográfica de todo lo que me sucede durante los saltos, como si mi mente absorbiera todo lo que veo y siento y lo grabase a fuego en alguna zona del cerebro que está en una especie de estado de suspensión temporal, por así decirlo, porque digo yo que si no envejezco debe de ser porque algo, lo que sea, está en modo pausa. O casi.

Podría averiguar el porqué, pero, tal y como me dijo un neurólogo al que consulté, debería hacerme demasiadas pruebas. Y eso sería un rastro que no quiero dejar. Al menos no de momento. Ya veremos cuando esté a punto de palmarla.

Creo, y esto es pura suposición barata de cuñado de barra de bar, que el tiempo se detiene para algunas de las funciones de mi cuerpo y por eso tengo estas dos grandes ventajas.

En fin, que a esta curiosidad la llamo el efecto Pausa: es el tiempo transcurrido en el pasado en el que no envejezco y donde todo lo que veo y escucho queda grabado en mi memoria para siempre.

No es un nombre muy original, pero es pegadizo y directo.

Enfilo por la calle de la Boqueria hasta llegar a la del Call.

Salgo a la plaza de Sant Jaume, repleta como siempre de gente protestando con pancartas caseras, excepto cuando hay un partido de fútbol importante.

En ese momento el pueblo ni se manifiesta ni colapsa las salas de urgencias de los hospitales.

Cruzo la plaza y el olor de los bocadillos del Conesa me recuerda que es la hora de merendar, pero no me detengo, hay demasiada cola.

Camino por la calle de la Llibreteria y en cuanto llego a la del Veguer, giro a la izquierda.

Desde allí veo que una furgoneta de reparto está parada enfrente de la librería.

Paso por delante de la relojería y veo a Octavi tras el mostrador.

Le saludo sin detenerme. Me asomo al cristal de la librería, pero no veo al librero.

La verdad es que apenas veo nada. Este hombre siempre tiene las luces medio apagadas, dice que ese ambiente de penumbra da un encanto especial a sus libros antiguos. Quizá no le falte razón.

Mi tío Mario me saluda cuando paso por delante de su local. Siempre está llena de gente que intenta vender sus trastos viejos, comprar gangas para revender en internet o empeñar algún objeto a cambio de un préstamo a corto plazo. Son tiempos duros .

Mi tía Rosa me ve al pasar por delante del bar y me hace señas para que entre. No tengo ganas, la verdad, pero no le puedo hacer ese feo.

—¿Dónde te habías metido, alma de cántaro?

—He ido a casa de un cliente que quería vender trastos antiguos de su abuelo —le miento, por supuesto, porque ella no sabe mi secreto ni se lo pienso contar nunca. No me dejaría salir de casa el resto de mi vida.

—Ha pasado Lucía hace una media hora y se ha extrañado de que tu tienda estuviera cerrada —informa mi tía con tono de regañina a la vez que pasa con brío un paño húmedo por la barra—. Y te ha llamado al teléfono y salía el contestador. A ver si dejas una nota en la puerta, aunque sea.

Es verdad. Podría dejar un papel que diga: «Estoy saltando en el tiempo. Vuelvo al presente en cuanto pueda» .

Eso me hace sonreír.

—¿En qué piensas que tienes cara de bobalicón? —señala mientras me prepara un café sin que yo se lo pida. Me lo pone para llevar, como diciéndome que ya es hora de que empiece a trabajar—. Aquí tienes, a ver si te despiertas un poco.

—Gracias, tieta. Nos vemos después.

Salgo a la calle y al mirar hacia la derecha me fijo de nuevo en la furgoneta que hay pegada al muro del museo, aparcada delante de la librería.

Dos tíos vestidos con un uniforme azul están metiendo una alfombra enrollada en la parte de atrás.

No recuerdo que el librero tuviera alfombras, aunque seguro que las tenía guardadas en el sótano.

Ese es como mi tía, allí debe haber mierda de la Primera Guerra Mundial. O incluso de antes.

Llego a mi tienda con más de dos horas de retraso, pero me da igual.

Tecleo un código en un pequeño panel que hay en la pared y la persiana comienza su lento ascenso.

Hace un par de años que cambié mi vieja persiana por una con motor eléctrico y es lo mejor que he podido hacer en la vida.

El chirrido metálico me recuerda que debo engrasarla cuanto antes.

Mientras se levanta observo a la gente haciéndose fotos en la plaza del Rey, sobre los escalones que llevan al Salón del Tinell.

Lucía me contó una vez que, sobre esos mismos escalones, un día de abril de 1493, los Reyes Católicos recibieron a Cristóbal Colón tras volver de su primer viaje por el Nuevo Mundo. Y debe ser verdad porque Lucía de estos temas sabe un huevo.

La persiana llega a su tope. Escucho como la furgoneta arranca.

Me giro y veo al librero y al relojero en la puerta de la librería.

Me miran. Están serios. Algo pasa. O algo ha pasado.

El relojero levanta la mano y me hace un par de gestos que yo traduzco al instante: En quince minutos en el bar.

Seguro que tienen noticias nuevas. ¿Serán buenas?

Yo también tengo novedades que contarles.

Y ese cuarto de hora será tiempo suficiente para ver las grabaciones que he hecho.