El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

El mayor de los dos italianos le devuelve la mirada. Reconoce a este tipo de personas y no le gustan en absoluto. Los viejos, pero firmes dedos del relojero giran la pequeña rueda negra hasta la marca de color naranja.

Los dos hermanos se estremecen y sus cuerpos se tensan tanto como las ligaduras permiten. Esta vez la descarga dura algo más que la anterior. Para ellos se hace interminable. Es una descarga potente, dolorosa, pero no como para que se desmayen.

La rueda vuelve a la posición de apagado.

Ambos hermanos babean sin control. Nicola da patadas al suelo e intenta saltar de forma descontrolada.

Su cabreo es monumental. El dolor lo alimenta como la gasolina al fuego.

Su hermano lo mira y, por primera vez en muchos años, teme por su vida.

Sabe que en cualquier momento le puede dar un ataque al corazón si no se calma.

Pero Nicola no se va a calmar. Nunca lo hace.

Ni siquiera cuando su madre lo medicaba.

En su cabeza hay cables que se desconectaron el día que nació y no hay medicación ni electricista que los pueda unir.

—Para ya —dice sin apenas poder abrir la boca.

Nicola lo mira y lo traspasa con unos ojos demasiado rojos y salidos de su órbita. La mandíbula está tensa, hay espuma en la boca y los dientes le rechinan como una tiza en la pizarra.

— Non abbiamo niente da fare —le dice el hermano mayor casi en susurros.

—¿Para quién trabajáis? —repite don Alfonso.

—No nos pagan lo suficiente como para morir sufriendo —informa el italiano.

Está respirando de forma acelerada. La última descarga ha sido demasiado potente—.

No tenemos nombres. Un tipo nos llamó por teléfono y nos contrató.

No lo hemos visto nunca. Todas las instrucciones llegan a través de correos electrónicos cifrados.

—¿Cómo os han pagado? —quiere saber don Emilio.

—Bitcoins.

—¿Algún número de teléfono? —inquiere ahora don Alfonso, aunque ya sabe de sobras la respuesta.

—Prepago anónimo que no se puede localizar.

—¿Dónde tenéis que dejar la mercancía? —quiere saber don Emilio.

—En un almacén cerca de la iglesia del Mar.

—¿Dónde exactamente? —insiste ahora el relojero.

Su mano se acerca de nuevo a la temida rueda.

—¡Espera!

Nicola no habla. Solo babea y mira con rabia.

Don Alfonso no deja de observarlo. Su hermano es el que piensa, sin duda. Él tan solo es el que aprieta el gatillo sin tener el más mínimo remordimiento de las muchas vidas que seguramente habrá quitado.

—Calle Vigatans. En un local que está delante de una cabeza de mujer de piedra que hay esculpida en la pared.

—Debe ser la carassa de Mirallers. Hace esquina con Vigatans —informa don Emilio, que conoce bien el lugar.

—Explícame paso a paso, sin obviar ningún detalle, cómo debéis proceder —exige don Alfonso. Sabe que deben tener unas órdenes claras y concisas.

—¿Cómo qué? —pregunta el italiano.

—¿Qué pasos debéis seguir para dejar el pedido en su destino final? —aclara Emilio.

La mano del relojero no se aleja de la rueda y los dedos empiezan a tamborilear sobre ella, nerviosos .

—Hay un candado. Combinación: 1992. Como las Olimpíadas de Barcelona. Debemos entrar, dejar el material dentro de una caja de madera, salir y cerrar. Nada más.

—¿Cómo sabrán que ya habéis finalizado el trabajo?

—Al salir debemos pintar una X dentro de un círculo en la persiana… con un espray rojo que ellos habrán dejado en el interior.

—Y si el encargo ha ido mal, ¿cuál es la señal? —inquiere el relojero.

Don Alfonso sabe que en este tipo de intercambios siempre hay dos formas de actuar dependiendo de cómo haya ido el trabajo. Es perro viejo. Y listo.

—No hay ninguna otra señal.

—Respuesta incorrecta —objeta el relojero.

Sin tiempo ni para coger aire, la rueda vuelve a girar hasta la marca de color naranja. La paciencia del relojero tiene un límite con muy poco recorrido y está a punto de acabarse.

Don Emilio observa lo mucho que a su amigo le gusta jugar con la máquina. Él siempre ha sido algo más aprensivo para estos menesteres. Pero su colega no. Jamás dudó en hacer lo necesario para salvar sus vidas.

Esta vez los italianos quedan semiinconscientes.

Sobre todo, Nicola. Por unos segundos el relojero piensa que su cuerpo no ha resistido y lo ha matado.

En el fondo no le importa en absoluto, pero debe tener cuidado de no pasarse, tiene muy claro que si el hermano mayor lo cuenta todo es más por evitar el sufrimiento de su hermano pequeño que por él mismo.

Si el pequeño muere, jamás desvelará nada por mucho que le hagan sufrir.

En cuanto los ojos de los dos mercenarios vuelven a cobrar algo de vida consciente don Alfonso pregunta de nuevo.

—Joven, espero que no subestimes nuestra experiencia. Con los años hemos aprendido a reconocer las señales de peligro y a manejarnos con astucia en situaciones complicadas. No somos unos novatos en esto, así que ten la certeza de que sabremos afrontar cualquier contratiempo que se presente .

El relojero habla directamente con el mayor de los hermanos. Al pequeño ni lo mira. Nicola babea de nuevo. Apenas puede mantener los ojos abiertos y la boca cerrada.

—Un círculo con una A dentro si todo ha ido bien... Si algo sale mal un círculo con una X dentro.

Se gira y mira a su hermano Nicola con pena.

Sabe que esta tortura está a punto de acabar.

En el fondo se siente tranquilo. Saber que los dos morirán a la vez le proporciona algo de paz.

Mira hacia los dos vejestorios que tiene delante y suspira.

No siente las manos desde la segunda descarga.

Puede ver como su hermano apenas se mantiene despierto. Se ha meado encima.

Don Alfonso y don Emilio se ponen en pie y suben al piso de arriba.

Octavi, el ayudante, los ve llegar. No dice nada, solo observa.

Ya lleva varios años junto al relojero y sabe de qué va todo esto.

Le debe mucho a ese hombre como para juzgar lo que hace y deja de hacer.

Si no fuera por su jefe ahora mismo estaría muerto.

—Préstame tu móvil —le dice Alfonso a su amigo el librero. El relojero abre el arcaico teléfono y marca un número de memoria.

—Diga —contesta alguien al otro lado.

—Necesito desinfectar mi local.

—¿Cuántas ratas ha visto?

—Dos.

—¿Vivas o muertas?

—Siguen vivas.

—En veinte minutos estamos allí.

Ambos interlocutores cuelgan sin despedirse.

—¿Y ahora qué? —pregunta don Emilio.

Octavi los mira sin saber el fondo de todo este asunto. Tampoco le importa. Don Alfonso tiene la vista perdida. Su mirada traspasa el escaparate y muere en el muro de piedra que se vislumbra al otro lado de la calle y que pertenece al Museo de Historia de Barcelona.

—Primero averigüemos a quién pertenece ese local.