El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

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Librería de don Emilio

El clic del martillo golpeando el armazón del revólver suena alto y claro.

Don Emilio abre los ojos al cabo de dos segundos y comprueba que todavía puede ver, que puede respirar y que sus sesos no comparten un estante junto a los libros que tiene a su espalda.

El italiano más joven lo mira con una sonrisa entre traviesa y desquiciada.

Tira hacia atrás del martillo percutor y vuelve a apuntarle a la cabeza.

A don Emilio le viene una imagen tarantina de sus pobres libros estropeados por la salpicadura de su sangre. Por un instante se extraña de no sentir miedo a la muerte.

—Te repito la pregunta, viejo: ¿Qué te ha vendido Akram esta mañana? —inquiere el hermano mayor. Está tranquilo, como si la cosa no fuera con él.

—Ya te lo he dicho. Esos tres libros viejos de la estantería. Le he dado diez euros por pena.

Don Emilio miente de nuevo. Jamás entregaría su tesoro a estos individuos, sean quienes sean. De todas formas, sabe que, aunque les dé lo que quieren, él ya está muerto.

El pistolero sonríe. Quizá porque sabe que en el siguiente disparo saldrá una bala del calibre 38 a unos 370 metros por segundo, lo que hará que la frente del librero desaparezca como por arte de magia.

Normalmente, Nicola, que así se llama el más joven de los dos, solo usa su revólver RT82 para divertirse con el juego de la ruleta rusa a costa de otros que no lo pasan tan bien .

El hermano mayor, cansado de tanto juego, le hace una señal con la cabeza a su hermano. No hay tiempo para tonterías.

Don Emilio ha entendido la orden a la perfección. Pero no puede hacer nada. Nicola no ha dejado de mirarlo sin un ápice de vida en sus ojos.

«Está enfermo de verdad», piensa don Emilio.

El dedo índice del italiano se tensa y el martillo retrocede un milímetro.

La campanilla de la puerta suena.

«Salvado por la campana, nunca mejor dicho» , piensa el librero, que no se puede creer la suerte que acaba de tener.

Nicola baja la pistola y se la mete en la chaqueta sin dejar de mirar a su víctima.

La puerta se abre del todo y el sol inunda parte de la vieja tienda.

Miles de motas diminutas flotan en el ambiente y danzan mecidas por el invisible aire fresco que irrumpe junto a don Alfonso y su inseparable bastón. Tras él entra su ayudante, Octavi.

—¡Me trae al fresco lo que demande ese pamplinero! En mi negocio no mandan los clientes, ya lo sabes.

Don Alfonso exclama en alto y gesticula con su mano libre. La cabeza erguida y el porte orgulloso, como siempre.

—Pero es un cliente importante, como usted ya sabe. No podemos decirle que no sin más —discute Octavi, que hace poco que ha sido ascendido a encargado de la relojería.

El hermano mayor de los dos italianos disimula con un libro en la mano, vigilante. El más joven le acaba de decir a don Emilio que le saque un libro del mostrador para verlo mejor. Quiere estar cerca del viejo librero para tenerlo controlado.

—Perdona, Emilio, no me había percatado de que te hallabas en plena actividad comercial —se disculpa el relojero, acercándose al mostrador—. Una consulta rápida y te dejamos con tus archiperres de nuevo. ¿Podrías convencer al inocente de mi ayudante de que …

Una descarga de cincuenta mil voltios recorre el cuerpo de Nicola sin que este sepa de dónde ha venido.

Cae desplomado al suelo antes de notar dolor alguno.

El hermano mayor tarda un segundo en reaccionar.

Sus ojos ven convulsionar con violencia el cuerpo de su hermano pequeño, pero su cerebro aún no ha unido los puntos.

No esperaba que aquel hombre de porte elegante y bastón en mano llevara una pistola táser en su bolsillo.

Mil eternos milisegundos que aprovecha Octavi para darle otra descarga por la espalda.

La oscuridad se adueña también de la mente del mayor de los italianos y el mundo se desvanece por completo.

Los dos asesinos abren los ojos tras casi diez minutos de oscuridad.

Notan la boca seca, la lengua rasposa y el cuerpo sudado y pegajoso.

El dolor que sienten en las articulaciones es casi insoportable.

Hace calor. Mucho calor. Están sentados en un banco de metal.

Tienen las manos atadas en la espalda con lo que parece ser cinta americana y aseguradas al respaldo del banco por dos bridas gigantes.

Cada uno de ellos tiene un pie encintado a una pata del banco y el otro entre ellos. Están amarrados a conciencia.

Frente a ellos están don Alfonso y don Emilio sentados en unas sillas de plástico plegables que parece que se van a romper en cualquier momento.

Este último con el revólver de Nicola en la mano.

Juega con su tambor. Sobre una pequeña mesa cuadrada que hay entre esos dos veteranos que ahora dominan la situación descansan las dos armas que portaban los italianos, junto a tres cuchillos y algún que otro cachivache nada amistoso.

—Te advertí, y con razón, de que el botón del pánico nos salvaría la vida algún día —susurra don Alfonso, sin dejar de observar a los dos hermanos.

El librero asiente.

Su amigo tiene toda la razón.

Hace ya algunos años que don Alfonso decidió colocar bajo el mostrador de las dos tiendas un pequeño dispositivo al que llamaron el botón del pánico.

Al pulsarlo, la luz de una pequeña bombilla roja se encendería en el establecimiento del otro, acompañada por una molesta alarma, señal inequívoca de que algo malo estaba sucediendo.

El librero lo accionó nada más meterse tras el mostrador.

El relojero, que andaba montando un reloj de bolsillo del siglo XIX en su solitario y silencioso sótano, vio el reflejo rojo de la bombilla y escuchó la alarma.

Lo dejó todo al instante. Jamás se había usado esa señal, pero hoy, precisamente hoy, tras el asunto de la cripta y del asesinato del joven amigo del librero, su colega la usaba por primera vez en años.

Sin perder un segundo subió al piso de arriba y habló con su ayudante para que lo acompañara, no sin antes llevarse la pistola táser que guardaba junto a la caja.

La otra siempre la lleva encima. Juntos se asomaron por una esquina del sucio y añejo cristal del escaparate y vieron el espectáculo del interior.

Don Alfonso sumó dos más dos y en seguida comprendió lo que ocurría.

Planificaron la estrategia en menos de un minuto y entraron.

—¿Dónde está Octavi? —quiere saber don Emilio.

—Guardando la puerta. Hemos de vigilar que no se apunte nadie más a esta extraña e inesperada fiesta.

Don Emilio asiente satisfecho.

Los dos asesinos forcejean un poco con las bridas y la cinta, pero enseguida se percatan de que están atados sin posibilidad de escape. El banco en el que están sentados ni se ha movido.

—¿Os gusta vuestro asiento? —pregunta don Emilio con calma.

Sabe que lo peor ya ha pasado y ahora le toca a él llevar la batuta—.

Es una antigüedad de La Rambla. Lo iban a tirar a la basura, ignorantes de la historia.

Yo lo rescaté y lo restauré para mi deleite personal.

A veces me siento en él y me imagino la de vidas que ha visto pasar ante sí este viejo trozo de hierro forjado.

Don Emilio se levanta y camina de un lado a otro de su sótano. Añade :

—Tenía una pata un poco doblada y a pesar de intentarlo nunca conseguí reparar esa leve, pero molesta cojera. Por eso lo anclé al suelo. Para evitar que se moviera.

Los hermanos lo miran. No están amordazados, imaginan que allí abajo no hay nadie que los pueda oír.

—¿Qué quieres, puto viejo loco? —pregunta Nicola, ahora despojado de su pistola, su revólver y sus cuchillos.

El italiano lo mira con odio. Mucho odio y locura.

Le escupe. O al menos lo intenta, porque después de la descarga su boca se ha quedado demasiado seca.

Don Alfonso se gira hacia la mesa que hay entre él y su amigo.

Se agacha, abre una puertecita y saca una pequeña caja negra.

Nicola lo mira sin perder detalle. Su hermano también.

Aparta a un lado las armas de los italianos.

Coloca la caja sobre la mesa, asegurándose de que quede paralela al borde, manías personales del relojero que no puede evitar.

Se agacha de nuevo, recoge dos cables del suelo y los conecta a la caja.

Acto seguido presiona un interruptor. Una luz naranja se activa y un suave zumbido se deja escuchar en el ambiente sin llegar a ser molesto.

El mayor de los italianos observa los dos cables que salen de aquel aparato.

No se había percatado antes de ellos. Los cables son negros y el suelo demasiado oscuro.

Los sigue con la mirada y descubre que cada cable está conectado a la pata trasera del banco en el que están sentados.

Un banco de hierro que, como bien saben los dos tipejos, es un excelente conductor de la electricidad.

El relojero gira la rueda hasta la primera señal de color amarillo sin previo aviso. Los dos hombres emiten un quejido largo, aprietan los dientes de forma involuntaria y la mandíbula se tensa debido a la descarga que reciben.

La cara de Nicola muestra la mirada de un psicópata muy cabreado. Comienza a insultar en voz alta. Su boca balbucea palabras incompresibles para don Emilio y don Alfonso, que no necesitan traductor para imaginar lo que dice .

—Esta era la posición uno de cuatro. Solo estamos al veinticinco por ciento de diversión. No seas cenutrio y cavila tus palabras.

Don Alfonso mantiene un tono sereno y sin rastro de temor. Si ha habido alguien en la historia de los suburbios de Barcelona con más sangre fría que él, es porque ya estaba muerto

—¿Para quién trabajáis? —quiere saber el relojero.

—Para la puta de tu madre —responde Nicola sin pensárselo dos veces. Le ha costado vocalizar, aun así, su frase ha sido alta y bastante clara.

Don Alfonso lo mira.

Sonríe. No mucho, solo un leve movimiento en la comisura de sus labios.