Capítulo 13
Presente
Librería de don Emilio
Don Emilio ojea con atención e interés un lote de viejos libros que compró en una subasta dos días antes.
De todo el extenso grupo tan solo le interesaba un ejemplar bastante especial que llevaba años buscando.
En cuanto se enteró de que se subastaban las existencias de una de las librerías más antiguas de Barcelona, debido a deudas con el fisco, agendó el día de la venta sin pensarlo dos veces.
El timbre de la puerta suena y lo devuelve a la realidad.
Don Emilio ha recordado esta vez echar el pestillo.
Guarda el ejemplar en un cajón bajo el mostrador y lo cierra con llave.
No es tan seguro como la caja fuerte del sótano, pero al menos no queda al alcance de cualquier cliente con las manos demasiado largas.
Se acerca a la puerta y descubre, tras los sucios cristales, que es Ramón Pacheco el que quiere entrar.
Un pequeño escalofrío recorre su espalda.
No es miedo, es tan solo una reacción innata que siempre le ha sucedido cuando ha tenido a un policía delante.
Durante su exitosa vida como ladrón de arte nunca cometió un error, ni él ni don Alfonso ni Jordi, el abuelo de Quim, pero siempre le queda ese resquicio de duda…
Quizá alguna prueba almacenada hace treinta años y que haya sido revisada de nuevo con alguna técnica novedosa pueda llevar a la policía hasta ellos.
No lo cree, pero esa incertidumbre siempre estará presente.
Respira en profundidad y abre la puerta.
—Buenos días, Emilio.
Pacheco no lo llama de don.
—Ramón. Siempre un placer verte —responde don Emilio a la vez que estrecha la mano del agente.
Se hace a un lado para que entre en sus dominios, aunque es algo que no le gusta demasiado.
No tienen mucho trato, pero se han visto varias veces a través de Laura.
El librero ha colaborado alguna vez con la Unidad, la última hace un par de meses, para evaluar algunos ejemplares de libros robados de diferentes museos.
—¿Tienes noticias nuevas sobre ese pobre chaval?
—Todavía no, Emilio. En la escena no había nada que delatara a nadie, al menos a primera vista.
Pacheco camina hasta el largo mostrador de madera oscura que queda perpendicular a la entrada y que delimita el paso entre la zona de los clientes y la privada.
Se queda mirando a través del cristal todos los libros y papeles que don Emilio tiene expuestos.
Éste, tras cerrar la puerta, lo ha seguido a unos pasos de distancia, mirándolo con atención.
Se ha quedado de pie junto a una pequeña estantería plagada de libros de segunda mano que vende a muy buen precio, para que, según él, todo el mundo pueda leer pese a la decadente economía actual.
Empezó como algo casual y ahora tiene un gran mercado de compra y venta de libros usados.
El policía se gira y lo busca con la mirada.
—Los de la científica ya han acabado de hacer su trabajo y en breve sabremos si eso aporta algo de luz. Pero de momento no tenemos nada.
Don Emilio observa con atención. Sabe que Pacheco es compañero de Laura y que ninguno de los dos tiene un pelo de tonto. El policía echa un vistazo a la tienda de nuevo y suspira.
—La cantidad de cosas que tiene usted aquí .
No lo llama de don, pero lo trata de usted.
—No puedo evitar comprar material antiguo. Ya sabes, lo viejo quiere a lo más viejo. Cuando tengo entre mis manos algo que es más antiguo que yo, me siento joven de nuevo.
Pacheco asiente con la cabeza.
Tiene mala cara, se nota que hoy no ha dormido bien y la barba oscura de varios días tampoco ayuda demasiado. Cada vez que discute con su exmujer, siempre por sus dos hijas que ya pasan de la veintena, duerme fatal, pero eso no impide que haga su trabajo de forma profesional y sin rechistar.
Ramón siempre quiso ser policía. Primero fue Guardia Civil.
Entro en el Cuerpo con apenas veinticinco años y estuvo destinado durante una década en su Cádiz natal.
Entonces se separó y su ex se vino con sus hijas, y su nueva pareja, a Barcelona.
Acabó en los Mossos d’Esquadra para estar cerca de ellas.
Y ahora, varios cursos de especialidad y algunos años después, es el cabo Ramón Pacheco que trabaja junto a la sargento Laura Vera en la Unidad Central de Patrimonio Histórico.
El policía pasea la mirada por la tienda.
Le encantaría poder ojear todos los rincones, pero no puede.
Sus ojos verdes miran a don Emilio. Conoce a la familia Mora y lo que se cuenta por los bajos fondos de la ciudad.
Pero en el barrio son muy respetados, entre otras cosas porque en el bar de Rosa siempre se ha puesto un plato de comida caliente al que lo haya necesitado.
Hasta hoy nadie ha presentado jamás queja alguna contra ellos, ni han sido denunciados y, por lo tanto, nunca se ha podido investigar si comercian con género robado o si han cometido algún otro delito.
Pero Pacheco no es tonto. Laura y él han hablado mil veces de lo que se tienen que traer entre manos en este particular edificio, pero nunca han intentado indagar más de la cuenta. No hay evidencias a las que agarrarse. Y Laura no quiere.
Laura le debe mucho a esta familia, sobre todo a Rosa y a su madre, Pilar.
Su infancia hubiera sido muy dura sin ellas dos.
Y el mosso eso lo respeta, primero porque Laura está por encima en la cadena de mando y segundo porque son muy amigos; incluso en algún momento, durante unos pocos meses, fueron algo más que colegas.
Y Pacheco todavía le tiene un gran cariño.
Jamás haría nada que la pudiera perjudicar.
—¿Qué me puedes contar entonces? —curiosea don Emilio mientras ordena un poco los libros de segunda mano.
—Nada más. Quería saber si me puede aportar algo de información sobre ese chaval… —el cabo saca una pequeña libreta del bolsillo interior de su cazadora negra, la misma que lleva siempre, y la abre—. Akram. Así se llama según el testimonio de un vecino.
—Solo lo he visto unas pocas veces. La última, precisamente, esta mañana a primera hora.
El librero, que ya sabe cómo funciona una investigación, debe decir que lo ha visto porque la geolocalización del móvil de Aladín lo cantará tarde o temprano.
—Ah, ¿sí? —miente el cabo de los Mossos, que ya estaba al tanto de ese dato—. ¿Y qué quería?
—Venderme un libro que él creía que era antiguo, pero no se lo he comprado porque no era más que un ejemplar viejo sin valor alguno.
Don Emilio sabe que tiene que aportar algo más. Calcula que el chaval estuvo en la tienda unos quince minutos y ese tiempo da para mucho.
—Le enseñé un par de trucos para que supiera diferenciar un libro antiguo de verdad de uno viejo y desgastado por el mal uso. Ya sabes… fecha de impresión, número de edición y datos así.
Pacheco asiente con la cabeza.
—El pobre chaval solo quería ganarse la vida—añade don Emilio para darle más veracidad al asunto—. Le informé que muchas veces en Los Encantes de Glorias se pueden encontrar verdaderos tesoros entre toda la morralla que hay tirada por el suelo.
El policía vuelve a asentir.
Se pasa la mano por la nuca y la siente un poco húmeda por el sudor. Aun así, le gusta el tacto del pelo corto. Se lo corta él mismo desde hace años .
Por el cristal del escaparate aparecen un par de cabezas que miran hacia el interior. Parecen dos viandantes curiosos que observan los centenares de viejos libros que se dejan ver desde la calle. Uno de ellos está fumando.
—Si me entero de algo más se lo comentaré —indica el cabo tras unos segundos en silencio. Le cuadra la historia de don Emilio. Podría ser verdad.
—Por supuesto. Y si puedo ayudar en algo cuenta conmigo cuando quieras.
Don Emilio acompaña al policía hasta la puerta y lo ve alejarse.
Eso le da cierta tranquilidad. En este instante solo piensa en volver a ojear su nuevo viejo libro.
No ha dado tres pasos cuando la puerta se abre de nuevo.
Se ha vuelto a olvidar de cerrarla con el pestillo.
Se gira, algo hastiado, y observa a los dos hombres que acaban de entrar.
Un súbito escalofrío recorre no solo su espalda, sino todo su cuerpo.
Don Emilio es perro viejo y sabe reconocer a los de su calaña y a los de una peor.
Y esos dos pertenecen a la segunda. Camina hacia el mostrador y se coloca detrás para mantener una barrera entre ellos.
Los dos hombres siguen sus pasos; son fuertes y están en buena forma física.
A juzgar por sus rasgos don Emilio juraría que son hermanos.
Uno lo mira fijamente, el más joven.
El otro no deja de observar la tienda.
—¿En qué os puedo ayudar? —pregunta, intentando que su voz no suene nerviosa ni desesperada. Ya es mayor y no tiene edad para pelear con individuos jóvenes y lozanos como estos dos.
El más joven saca un revólver y lo pone encima del mostrador sin dejar de mirar al librero a los ojos.
Don Emilio entiende que el interrogatorio va a ser rápido.
—Queremos lo que te ha vendido Akram —ordena el hermano mayor, que tiene una fea cicatriz en la mejilla derecha.
El librero los observa. Son extranjeros, aunque hablan bastante bien el español .
—No conozco a ningún Akram —contesta con seriedad sin dejar de observar el arma, que no ha parado de girar sobre el cristal como si el portador quisiera jugar a la ruleta rusa.
Tras la respuesta de don Emilio el joven levanta el revólver, abre el tambor y deja caer todas las balas en su mano.
Se las mete en bolsillo trasero del pantalón.
Despacio. Sin prisas. Sus manos no tiemblan en absoluto.
La pierna derecha del librero sí. Muestra el tambor vacío a don Emilio e introduce, a cámara lenta, una sola bala. Lo cierra y lo hace girar con rapidez.
Al parecer sí quieren jugar a la ruleta rusa.
Apunta directamente a su barriga mientras el otro tipo se acerca y le dice:
—Queremos lo que te ha vendido Akram.
«Esto no va a ser rápido», piensa don Emilio.
—Ya os he dicho que no conozco a ningún Akram. ¿No tenéis una foto? —pregunta para ganar algo de tiempo.
El de la cicatriz saca su móvil y le enseña un corto vídeo de unos pocos segundos.
En él se ve al pobre chaval atado en una silla, con las manos ensangrentadas y rogando por favor que lo dejen en paz.
Se oye preguntar a uno de ellos que dónde está lo que han robado de la iglesia y se escucha, y don Emilio también lo hace de primera mano, como su ladronzuelo lo delata con pelos y señales.
Anuncia claramente que se lo ha vendido a un tal Emilio que tiene una librería junto a la plaza del Rey.
El más joven de los hermanos lo mira sin parpadear. Levanta el arma y apunta esta vez a su cabeza. El librero ve a dos palmos de su frente el agujero oscuro del cañón.
—Voy a repetir lo mismo por tercera vez. Si no nos gusta tu contestación mi hermano te disparará y aquí acabará tu aventura.
Don Emilio siente como un reguero de sudor cae por su columna vertebral.
—Queremos lo que te ha vendido Akram.
El librero lo mira a los ojos. No tiene miedo de morir, pero sí que siente rabia por hacerlo así, sin poder defenderse .
—Me ha vendido tres libros —responde sin titubear. Señala hacia el lugar en el que descansan ejemplares de compraventa de segunda mano—. Son los tres de abajo, los que están sueltos.
Los dos hermanos se acercan a la estantería y observan los tres tomos que el librero ha señalado. Son libros viejos y manoseados sin valor alguno.
El más joven lo mira.
Don Emilio aprecia por la mirada de ese tipo que hay varios cables sueltos en su cabeza.
El italiano se acerca hasta el mostrador, levanta el revólver, apunta de nuevo a la cabeza del librero y tras dos interminables segundos, dispara.