Capítulo 12 #2
La puerta del cuarto segunda se acaba de abrir y me ha pillado en el lugar equivocado.
Hoy no tengo el día. No quiero girarme. No sé por qué me da que me acaban de pillar con las manos en la masa.
Me hago el tonto. Mejor dicho, el colgado.
Por aquí no es extraño ver a drogadictos medio zombis sentados en los rellanos.
Hay un tipo en la puerta. Lo estudio sin mirarlo fijamente.
Es fuerte. Pelo corto y moreno. Barba de dos días.
Pómulos marcados. Cejas pobladas. Nariz aguileña.
No veo armas, pero las lleva. Estoy seguro.
Veo un bulto en su lado derecho que la chaqueta no acaba de disimular.
Sabe luchar, sin duda alguna. Aparece un segundo tipo detrás de él.
Mismo porte. La nariz y los ojos delatan que son hermanos.
El que tengo más cerca es más joven. Rondará los treinta y pocos.
El otro andará por los cuarenta y largos.
—Eh, tío, ¿tienes un cigarrito? —pregunto sin mirarle a los ojos. No levanto la vista del roñoso suelo. Apenas vocalizo. Alargo todas las palabras como si me costara horrores hablar. Cierro los ojos y me balanceo de un lado a otro esperando a que me tomen por un desecho y se larguen.
El más joven se acerca a mí y me mira. El otro cierra la puerta con llave y se la guarda en la chaqueta.
— Ahó! Ma che famo co‘sto cojone? —pregunta el más joven. Por el acento yo diría que es de Roma.
— Lascialo perde va! Ho fame. Annamosene —contesta el hermano. Son romanos sin duda alguna.
Me miran los dos. Lo noto. Siento sus ojos en mi cabeza. Yo no quiero mirar o me delataré.
—Cigarrito o un eurico pa un café, colega —les pido con la cabeza gacha. Intento no vocalizar en absoluto. No creo que me hayan entendido ni aunque hablen español.
Silencio. Veo de reojo como la punta de su bota tantea mi pierna. Me da varias patadas no muy fuertes, pero suficiente para que cualquiera levantara la mirada.
Yo no lo miro. Ladeo la cabeza como Steve Wonder tocando el piano, pero más lento. Emito un par de sonidos guturales más típicos de un australopiteco que de un sapiens.
Silencio. Algo no va bien.
Se agacha. Me coge del pelo y me levanta la cabeza para mirarme a los ojos.
Nuestras miradas no se cruzan porque yo cierro los míos.
No del todo, tan solo lo justo para no verle la cara.
Dejo caer un reguero de baba que mancha mi chaqueta y toso exageradamente, soltando miles de pequeñas gotas de saliva .
El tipo me suelta la cabeza con asco y me da una patada en el costado izquierdo que me deja casi sin aliento.
Joder, qué día llevo. Esta tampoco me la esperaba.
Toso más todavía y me doblo del dolor. Ahora no estoy haciendo teatro.
Aprovecho para dejarme caer por los cuatro peldaños que me separan del pequeño descansillo que hay entre el tercero y el cuarto y así alejarme de él.
Me gustaría levantarme y romperle la cabeza contra la vieja barandilla de madera, pero no quiero alterar el pasado. Estos dos deben largarse de aquí y pagar por lo que han hecho. Y, si puedo, seguirles a ver adónde me conducen.
Su hermano se está partiendo el culo, pero al más joven, que es al que le he tosido en toda la cara, no le ha hecho ni puta gracia.
El más mayor dice algo que no entiendo. Su voz es ronca y todo él apesta a tabaco.
Bajan los primeros escalones y me tenso esperando otra patada.
Pero no llega. En su lugar recibo una colleja que resuena por todo el edificio.
La madre que lo parió al hijo de la gran puta.
La rabia me inunda y a punto estoy de levantarme y tirarlo por el hueco de la escalera.
Pero no puedo. No debo. Podría acabar con estos dos mierdas en menos de diez segundos, no os quepa duda, pero no debo.
No os fieis de mi cuerpo desmadejado y delgado.
Soy un tirillas, como dice mi tía Rosa, pero un esmirriado que ha aprendido varios estilos de lucha y que ha entrenado durante años con los mejores en su campo.
Tuve que hacerlo tras un par de sustos que casi me cuestan la vida.
Es mi regla número uno de los saltos: saber la técnica de lucha del lugar al que voy.
Saltar a una época como la Edad Media, por ejemplo, sin saber usar la espada, el arco o poder recorrer montañas durante días sin perderse será, más pronto que tarde, una muerte segura.
No puedo darles lo que se merecen. Al menos no de momento. Los oigo bajar hasta que los pasos se pierden en la calle. Me levanto y vuelvo a notar dolor en el costado y en los huevos. La patada de aquella loca sigue coleando todavía en mi entrepierna .
Me acerco a la puerta por la que han salido los dos italianos.
No se oye nada en el interior. Me coloco unos guantes de látex para no dejar señales de mi visita.
Saco mi juego de ganzúas y empiezo a trabajarme la cerradura.
No es nada del otro mundo, es más, sería más fácil y rápido abrir la puerta de una patada, pero no quiero modificar el escenario en lo más mínimo.
Tras dos segundos de forcejeo abro la puerta y entro.
El ambiente está cargado, huele a tabaco, sudor y flota en el aire un aroma metálico que reconozco a la perfección: sangre.
Lo que parece ser la sala de estar está patas arriba.
No hay nada en su sitio. Seguramente han buscado hasta en el último rincón, literalmente, porque hasta las paredes han sido agujereadas.
Entro en la primera habitación y me encuentro con la fiesta.
En la esquina más alejada hay dos cuerpos sobre una cama que al parecer han arrinconado de cualquier manera.
Están tirados uno sobre el otro, manchados de sangre.
Son dos jóvenes, pero no les puedo ver la cara.
Tienen el pelo negro, pegajoso y manchado de sangre reseca y restos de sesos. Deben llevar ahí una hora por lo menos.
En el centro de la pequeña habitación hay una silla y en ella, sentado, atado de pies y manos, está el que debe de ser el amigo del librero. Aladín creo que dijo que se llamaba. Tiene una mano destrozada. Lo ha tenido que pasar muy mal, pobre.
—Lo siento chaval, pero este era tu destino. Yo tan solo soy un mero espectador —le susurro con todo el dolor del mundo.
Repaso la zona buscando alguna pista, pero allí ya no hay nada que me pueda servir de ayuda.
Lo que no está roto está saqueado. Esos dos cabrones no han dejado ni un solo palmo sin mirar.
Encima de una mesa está la libreta a la que se refería Pacheco.
Descansa rodeada de botellas de cervezas vacías y un cenicero con más colillas de las que puede contener.
Levanto la libreta con cuidado, no sin antes hacer una foto mental para dejarla tal y como estaba en cuanto acabe con ella.
En su interior solo hay apuntes escritos en árabe que no son más que nombres de objetos y de personas sin ningún tipo de sentido.
Posiblemente sean sus clientes, o una lista de pedidos, vete tú a saber.
Paso la página y entre otros muchos datos está el nombre y el teléfono de don Emilio, el librero. De ahí que Pacheco lo llamara.