Capítulo 12
Pasado
En el Raval
Siento un dolor intenso en mi cara. Algo que nunca había experimentado en ninguno de los anteriores saltos.
Esto es nuevo. Duele mucho. Escuece. Quema.
Abro los ojos y veo pequeñas luces brillantes que se mezclan con una realidad todavía borrosa.
Mi cuerpo se zarandea de un lado a otro hasta chocar con la pared.
Caigo al suelo sin saber lo que está pasando.
Intento concentrarme, pero no lo consigo.
Todavía no puedo ver nada. Tengo el pulso acelerado y me cuesta respirar con normalidad.
Con cada bocanada de aire aspiro el olor a cloaca del lavabo.
Estoy a punto de potar. Esta vez las luces brillantes me han dejado más ciego de lo normal.
No tengo ni idea de qué me está sucediendo.
Una punzada aguda y brutal estalla en mi entrepierna sin previo aviso.
¡¡Qué dolor de huevos, por favor!!
Escucho unos gritos histéricos muy cerca de mi oreja.
—¡Pervertido! ¡Cerdo! ¡Asqueroso de mierda! ¡Así aprenderás a no meterte en el lavabo de las mujeres!
¡Joder!
¡¿Qué coño está pasando?!
Cómo me duelen los huevos.
Enfoco la vista por fin.
Veo a una mujer que me mira con odio. Sale del lavabo como si la persiguiera el demonio en persona.
Menuda paliza me ha dado la puta loca esa en menos de un minuto.
Debo haber saltado justo en el momento en el que ella estaba meando.
Me cagaría en la madre que la trajo, pero es que aquí el único culpable soy yo.
Debería haber tenido en cuenta esa posibilidad.
Joder, Quim, es que piensas con el culo.
Me pongo en pie. Los restos del maltrecho espejo del lavabo me devuelven mi cara de dolor.
Y tanto que me duele. Siento los latidos de mi corazón en los huevos.
Y en mi cara. La tengo roja. Me parece ver los dedos de esa loca marcados en mi moflete derecho.
Respiro para recuperar el control de mi cuerpo.
Cuando aterrizo de un salto siempre tengo pequeños vértigos que duran unos pocos segundos, pero hoy me los ha sacado de golpe esa desgraciada.
Miro el reloj y me alegro al ver que son las diez y cinco minutos de la mañana del 21 de abril. El mismo día, horas antes. Salgo del lavabo y me dirijo a la calle sin mirar a nadie. No sea que la loca me vea y la liemos parda.
—¡Eh, tú! ¡El lavabo es solo para clientes!
—Ahora vuelvo que tengo el coche mal aparcado.
Salgo a la calle dejando atrás las protestas del camarero que no acabo muy bien de entender, pero casi seguro que van dirigidas a algún miembro de mi familia.
Camino para que el aire fresco de la primavera me acaricie la cara y me calme el dolor.
Aunque para curar esto último es más cuestión de tiempo que de aire fresco.
Paso delante de la portería y todo está tranquilo, al menos por el momento.
Nada de ambulancias ni policía ni chafarderos mirando una escena criminal como si estuvieran viendo un capítulo de CSI.
Solo tengo que esperar aquí y grabar a todo el que entre en la portería.
No puedo hacer nada más.
No debo intervenir para salvar la vida de esos pobres chavales, por más que me pese.
Si lo hiciera no serviría de nada. Sus destinos están escritos.
Deben de morir hoy. Aunque yo los salvara no llegarían a mañana.
Morirían de un disparo casual, los atropellaría un coche o caerían tiesos por un derrame cerebral.
Ya lo he visto otras veces. La vida tiene fecha de caducidad y es imborrable.
Debe estar relacionado con el equilibrio del universo o alguna mierda parecida.
Algún día saltaré para hablar con Stephen Hawking a ver si me puede aportar datos fiables para entender cómo funciona esta jodienda del destino y sus pormenores.
Ya son las diez y media. Y aquí no entra nadie. Solo han salido varios chavales jóvenes con pinta de todo menos de estudiantes aplicados. Pero al salir han saludado al de la tienda de al lado y eso me indica que son vecinos de la escalera.
Un momento…
He oído un grito.
Alguno de los viandantes también lo ha escuchado porque se han parado y han mirado hacia arriba.
Justo hacia el bloque de pisos que estoy vigilando.
Mierda… No he pensado que igual ya estaban dentro.
¡Claro! Si la hora de la muerte fue sobre las once y los torturaron, es muy posible que ya estén en la casa y que ese grito sea de uno de ellos en plena agonía.
Quim, despierta, tío, porque estás que no das una.
Cruzo la calle y sin pensarlo dos veces entro en la portería.
Es muy pequeña, oscura y con unas paredes descascarilladas que me chivan que no las han pintado desde los años setenta.
No hay ascensor ni podría haberlo, aunque los vecinos quisieran colocar uno.
Miro hacia arriba a través del estrecho hueco de la escalera.
Unas cuantas luces no vendrían nada mal.
Esto parece el pasaje del terror. Agudizo mi oído, pero no escucho nada.
No tengo ni idea de en qué piso viven. Pachecho solo le dijo al librero el número de la calle.
Saco del bolsillo interior de mi chaqueta una de las pequeñas cámaras que he traído para grabar la cara del asesino.
Es redonda, de apenas dos dedos de anchura.
En su interior lleva una tarjeta de un terabyte de capacidad.
Suficiente para lo que quiero. La coloco sobre la puerta de salida a la calle, justo en el marco oscuro para que quede bien disimulada, y presiono el botón de grabar tan solo cuando se active el sensor de movimiento.
Así me aseguro de que no grabará media hora de aburrimiento sin necesidad .
Subo por la escalera. El pasamanos es de madera.
Es bonito y parece labrado a mano. Quizás en su día fue elegante y hasta valioso.
Ahora la mayor parte está repleta de nombres grabados a base de torpes navajazos y con cientos de astillas deseando clavarse en mi mano.
Llego al principal y me planto en el rellano, entre las dos únicas puertas.
No se oye nada. Subo al primer piso y repito la misma acción.
Huele a comida india, escucho algunos sonidos lejanos, pero nada sospechoso.
Subo al segundo piso y un olor a sardinas fritas lo inunda todo.
Cómo odio ese pestazo. Escucho a una mujer gritar.
Me acerco y pego la oreja a la puerta. Las voces llegan lejanas, acolchadas por la gruesa puerta de madera que seguramente es de la misma época que el pasamanos.
Por lo que he visto es de las pocas que quedan originales.
El resto son puertas endebles, baratas y cada una de un color distinto.
—¡Que te levantes, vago de los cojones! ¡Coge la escoba y barre el piso de una vez o te corro a hostias! ¡Todo el puto día tirado en el sofá sin hacer nada o en el bar gastando lo que no tenemos! ¿Quién te piensas que soy? ¿Tu criada? ¡Pues te pego un guantazo que te giro la cara!
Menuda bronca. No sé si se la está metiendo a su hijo o a su marido, pero el que sea está bien calladito porque me imagino que como abra la boca le cae la del pulpo. Y algún que otro diente también.
Continúo hasta el tercer piso y sigo sin oír nada fuera de lo normal, excepto a la sargento del segundo que todavía grita. Menudo chorro de voz que tiene esa mujer. Ni la Caballé, que en paz descanse.
Acabo de oír otro grito. Este sí que era de dolor.
Creo que ha salido de detrás de esta puerta.
La del tercero primera. Me acerco con cuidado.
Según mi reloj ya son las once menos cuarto.
Se oyen golpes. Y un murmullo apagado tras cada porrazo.
Pueden ser los martillazos que les dieron para chafarles los dedos.
Mi piel se eriza y un escalofrío en el estómago me estremece.
La adrenalina se dispara. Nunca tengo claro si es por miedo o porque me pongo tenso y alerta. Quizá sea por ambos motivos .
Más gritos. Esta vez han sido desgarradores.
Pobre gente. No se merecen esto. Pero no puedo intervenir.
Solo puedo prometerles que los culpables irán a prisión.
O eso espero después de que envíe la grabación anónima a la policía.
Saco otra cámara y la pego en la puerta de enfrente.
Cuantas más imágenes tenga, mejor. La conecto también para que grabe solo si hay movimiento.
Entre una puerta y otra hay apenas unos tres metros de separación por lo que el registro será bastante bueno a pesar de la poca luz que hay.
Subo y me quedo esperando en las escaleras que llevan al cuarto piso, agazapado, por si a los del tercero les da por salir. Quiero averiguar lo máximo posible. Pasan los minutos y nadie sale del piso. Ya son casi las once de la mañana.
Sigo sentado en el último escalón, mirando entre las barandas de la escalera hacia el tercero primera. He puesto un trocito de papel pegado en las mirillas de las puertas del cuarto piso. No sé si hay alguien dentro, pero no quiero curiosos chafardeando y que más tarde me puedan reconocer.
Hay demasiado silencio. El relojero dijo que los asesinos eran profesionales.
Y si él lo dice será así con toda seguridad.
Si ya han usado la pistola está claro que va con silenciador.
Aunque pensándolo bien sería lo más normal.
El estallido de tres tiros a cada uno, o sea nueve disparos, hubiera alarmado a medio barrio.
Escucho voces y el crujido de la madera de alguno de los pisos, pero no puedo distinguir con exactitud de cuál de ellos viene.
Otro ruido. Un tintineo de llaves. Parece que viene de…
Unas bisagras poco lubricadas suenan a mi espalda.
¡Mierda!