Capítulo 11
En el Raval
Mi cabeza no para de pensar. Necesito saber quién ha matado a esos chavales y por qué.
Si tiene algo que ver con la cripta y con sus objetos debo saberlo cuanto antes para ponernos en guardia.
Si no, al menos, sabré quién ha sido y le podré dar una pista anónima a la policía.
Sea cual sea el resultado es una información que nos sacará de dudas a todos.
Pacheco está en la calle junto a otros dos policías. Esos deben de ser los que llevan el tema del asesinato. Hablan entre ellos mientras los vecinos se paran a mirar, curiosos, morbosos por saber qué ha pasado.
Y eso quiero saber yo también.
Y para obtener respuestas tengo que volver atrás, justo antes del asesinato que, según Pacheco, ocurrió sobre las once de la mañana.
Me levanto del taburete cuando nadie me presta atención.
Camino hacia el lavabo. Es un antro sucio que huele a meados, cloacas y humedad, pero servirá para mi cometido.
Aquí puedo saltar al pasado sin que nadie me vea.
Cierro la puerta con pestillo y me coloco en el centro.
Miro mi reloj. Son las cinco y cinco de la tarde del lunes 21 de abril.
El asesinato ocurrió sobre las once de la mañana de hoy mismo.
Saltaré a las diez. Eso son siete horas antes. Me concentro para calcular el salto…
¿Que cómo lo hago? No te puedo decir como lo consigo, la verdad.
Es cuestión de práctica, muchos ensayos y un porrón de errores.
¿Qué fuerza debe aplicarle un futbolista a la pelota para que el pase llegue al pie de su compañero a cincuenta metros de distancia?
Pues tampoco lo sabe en el primer chute, pero después de cien intentos le sale un pase clavado, sin pensarlo y sin apenas esforzarse.
Eso mismo me sucede a mí.
Los primeros saltos fueron una cagada.
Cuando llevaba más de cien saltos cortos, y con cortos me refiero a viajar a unas pocas horas atrás, ya entraba en un margen aceptable de minuto arriba, minuto abajo.
Eso sí, los saltos a otros siglos eran la risa.
Pasó mucho tiempo hasta que logré no fallar por decenas de años de diferencia.
Y ahí estaba yo, dando saltos cada vez más pequeños hasta que llegaba a la fecha que quería.
Y la mitad de las veces me pasaba de largo y ¡venga!
, más intentos para volver atrás. Espero que este don no tenga un número tope de saltos porque la mitad de ellos los habré gastado en corregir errores de cálculo.
También hay que tener muy en cuenta el lugar del que quieres ir porque te puedes encontrar sorpresas de todo tipo.
Una vez salté al pasado desde un parque de Roma.
Mi intención era aterrizar en el interior del Circo Máximo ya que quería conseguir el gladius de Espartaco, pero por un error histórico en los mapas aparecí justo en la zona donde encerraban a los animales salvajes... Casi no lo cuento.
Eso sí, al final me llevé la espada, el escudo y el casco del gran gladiador y líder de la rebelión de esclavos. Y unos cuantos arañazos de regalo. Pero valió la pena. Todavía guardo esas reliquias con cariño.
Tampoco sé qué le sucede a mi cuerpo cuando viajo.
Me refiero a qué me ocurre fisiológicamente.
¿Me esfumo sin más? ¿Mis células se desintegran para luego volver a unirse?
Ni la más mínima idea. Solo sé que debo concentrarme mucho, vaciar mi cabeza, pensar en el momento al que quiero viajar y listo.
Cierro los ojos.
Respiro con calma.
Empiezo a sentir mis latidos.
Busco en mi interior y le digo a mi mente que vuele. Que se deje llevar a otro tiempo. Un salto pequeño…
El silencio ocupa todo a mi alrededor. Una luz brillante aparece frente a mí y es visible a pesar de tener los ojos cerrados.
Pienso en el tiempo al que quiero ir y me dejo llevar.
Noto que mi cuerpo ya no pesa. La luz brilla de forma más intensa durante unos segundos hasta que vuelvo a notar el peso de mi cuerpo.
El brillo desaparece poco a poco, así como el silencio absoluto.
Ahora escucho el goteo del grifo del lavabo y el barullo lejano del bar. Ya he llegado al destino...