Capítulo 10 #3
Me mira, con la frente altiva, y parece que me estudia a través de los ojos. A veces pienso que ese hombre conoce mi secreto. En ocasiones sus palabras sugieren que sabe más de lo que cuenta.
—¿Puedes detallar el viaje de esos objetos? —le pregunto. Tomo un sorbo del agua y noto las cosquillas de las burbujas en mi garganta.
—En cuanto acabe de traducir el manuscrito al completo.
—¿Qué tienes pensado hacer con esa información? —me pregunta el relojero.
—Quiero encontrarlos, por supuesto.
¿Qué voy a querer si no? Es obvio.
Estamos ante algunas de las piezas más deseadas por cualquier arqueólogo e historiador.
Quiero tenerlas en mi poder. Exponerlas por todo el planeta para que todo el mundo las disfrute.
Pero, al igual que con el resto de los artículos que cedo a los museos, necesito que en el fondo sean míos. Eso quiero.
—¿Acaso vosotros no queréis lo mismo? —Los miro y algo me dice que sí, pero no. No entiendo—. ¿No queréis buscar algo tan preciado ?
—No es que no queramos, querido Quim, es que ya no estamos para según que lances —me contesta el relojero con algo de nostalgia en su mirada.
—Quimet, yo me encargaré de pasarte toda la información del manuscrito y ayudarte a encontrar toda la que necesites extra, de eso no te quepa ninguna duda —añade el librero.
En sus ojos atisbo una chispa de ilusión contenida—.
Estar al tanto de todo lo que descubras será una forma de vivir esta aventura contigo.
No puedo creer lo que escucho. Se retiran de la partida. Así como si la cosa no fuera con ellos. A ver, que no tienen por qué participar, eso lo sé, pero han sido ladrones de arte.
—Nos tendrás aquí para lo que precises, Quim.
—Siempre vamos a echarte un cable cuando sea necesario. Ya lo sabes —me dice el librero poniendo su manaza huesuda en mi hombro con cariño.
En ese instante suena su teléfono.
Me cuesta creer que ese modelo que usa, que debe ser del siglo pasado, tenga música.
—No sé quién es. —El librero se queda mirando la minúscula pantalla de su teléfono, aunque no ve absolutamente nada de cerca sin sus gafas—. ¿Diga?
—Cómo va a saber quién es si ese aparato no debe tener identificador de llamada. ¿Eso es una antena? No me lo puedo creer —me regodeo sin poder dejar de reír.
—¡Callad, que no escucho! —susurra tapando el auricular con la mano.
—Dudo mucho que ese móvil pueda trabajar con los operadores actuales —ironiza el relojero.
—Mira quién habla… Tú ni siquiera tienes uno.
—Tengo el teléfono de la relojería. Todo el que desee puede llamarme a cualquier hora y dejar un mensaje en mi contestador.
—Supongo que todavía tendrás un contestador de cinta de casete. Vaya par de carcamales —susurro para no molestar al librero, que sigue escuchando a su interlocutor.
El relojero me mira. Hay cariño en sus ojos .
—Quim, no dudes en demandar nuestra ayuda para lo que necesites. Este hecho debes tenerlo bien claro —me dice volviendo a un tema que noto que le preocupa—, pero entiende que ya tenemos una edad…
Yo asiento.
Él señala al bastón y pone cara de que le duelen hasta las pestañas. Yo vuelvo a asentir.
Tienen una edad, además de un pasado.
Lo comprendo. Por supuesto.
Nunca han sido arrestados. Jamás los pillaron.
Solo hace falta que ahora caigan por una tonta jugada que los ponga en el punto de mira.
Y que eso lleve a un registro de sus sótanos, de sus casas o de sus pertenencias...
Estoy seguro de que tirarían de un hilo demasiado largo y suculento que llevaría a la policía hasta una información que a la edad que tienen no sería buena. Ni necesaria.
Esa es la verdad.
No lo necesitan.
Ellos ya han vivido sus aventuras. Esta es la mía.
—Gracias por la información, Ramón. Te agradecería que me mantuvieras al tanto de todo y si te puedo ayudar en algo me lo comentas, por favor —indica el librero, todavía con el teléfono en su oreja y los ojos como platos.
Pliega su teléfono arcaico y me mira con seriedad. Después mira a su amigo.
—Era Ramón Pacheco.
—Ramón, ¿el policía? —pregunto completamente perdido. Pacheco, que así lo llamamos todos cuando no está él delante, es compañero de Laura en la Unidad Central de Patrimonio Histórico de los Mossos.
El librero asiente.
—El chaval que me vendió el manuscrito ha sido asesinado hace un par de horas.
—Menudo contratiempo... Lo siento mucho —susurra el relojero—. ¿Era un buen amigo tuyo?
—No éramos amigos, pero me caía muy bien. Es una pena. Era demasiado joven, pero vivía cada día al filo de la navaja. Tenía bastantes números para acabar mal, pero no de esta manera.
—Me surge una pequeña duda… ¿Por qué te llama a ti directamente? —quiere saber su amigo. Y yo también, la verdad. No es algo muy común—. Pacheco no se ocupa de este tipo de delitos. Su labor se centra en otras cuestiones distintas.
—El caso lo llevan otros. Pero a él lo han llamado tras descubrir que en el lugar había fotos de varios objetos robados en estos últimos días en algunas iglesias de la ciudad.
—Por lo visto a tu amigo le atraía el arte —apunta el relojero.
—¿Y qué tienes que ver tú en todo esto? —quiero saber.
—Al parecer mi teléfono estaba apuntado en una libreta que tenía en su casa —informa cabizbajo, pensativo—. Me ha llamado por si tenía alguna información sobre él. Para la policía es un inmigrante indocumentado y no tienen ni idea de a quién avisar.
Deja de hablar. Respira y piensa.
Algo no cuadra. Parece angustiado.
—Lo han asesinado después de torturarlo. Han arrasado con el piso donde vivía y se han cargado a los dos chavales que compartían vivienda con él.
Lo explica muy serio, visiblemente dolido y preocupado. Lo cuenta a unas revoluciones lentas, pero normales para él. A su lado yo parezco Flash en plena carrera para apagar un fuego.
—¿Lo han torturado? —quiere asegurarse el relojero como si no hubiera escuchado bien—. El deceso del chaval no es una buena noticia, pero la forma en la que ha sucedido lo es todavía menos.
—Pacheco dice que estaba atado a una silla, amordazado y con varios dedos de su mano chafados a golpes de martillo.
Algo pasa por la cabeza de este par y todavía no sé qué es.
—¿Y el punto final cuál ha sido? —pregunta de nuevo su amigo.
Yo sigo perdido, pero creo que ellos saben muy bien de lo que hablan .
—Dos disparos en el pecho y otro en la cabeza.
—¡Maldición! —exclama el relojero. Se remueve inquieto como si la silla le quemara el culo.
—¿Se puede saber qué pasa? —pregunto.
Quiero saber lo mismo que saben ellos.
—Es muy posible que el que se lo ha cargado buscara el manuscrito —me contesta el librero—. Es demasiada casualidad que lo ejecuten de esta forma tras encontrar algo tan valioso, Quimet. Y yo no creo en las casualidades.
El relojero tiene la vista perdida en la calle. Su mente ya está planificando algo que yo soy incapaz de imaginar.
—¿No lo habrán matado por algún tema de drogas o por culpa de sus otros trapicheos? —pregunto para dejar claras todas las opciones.
—Se lo han cargado unos profesionales. Y esos solo matan por encargo —afirma el librero.
El librero no tiene duda alguna. Parece ser que el relojero tampoco. Y yo ya estoy empezando a creérmelo.
—Si esos individuos han sido torturados, querido amigo, te puedes imaginar los acontecimientos que vendrán a continuación —añade el relojero, apurando un té que debe estar frío como el hielo—.
Debemos apresurarnos y tomar precauciones ahora mismo.
No te quepa la menor incertidumbre de que te van a visitar tarde o temprano, como un resfriado en un frío invierno.
Se pone de pie con un suspiro debido al esfuerzo y al dolor en sus articulaciones. Coge su bastón y encara hacia la calle. Pero antes de dar un solo paso se gira y me mira.
—Creo que no nos vamos a poder librar de este lance, querido Quim.
Al menos por el momento. Debes proteger tu espalda y, de paso, la nuestra.
Los que ansían el dichoso manuscrito y, por ende, el resto de los objetos que hubiera ocultos en la cripta, saben muy bien cómo proceder.
Son capaces de cualquier acto con tal de conseguirlos.
La sombra del peligro nos acecha y debemos estar preparados para lo que se avecina.