El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Según cuenta en su diario, la mesa estuvo en Roma hasta el año 410, cuando Alarico saqueó la ciudad y se llevó el botín al sur de Francia.

—Sigo con el dedo la línea escrita del puño y letra de mi padre.

Leer esta libreta siempre me acerca un poco más a él—.

De allí viajó hasta Toledo donde se le pierde la pista.

Pero al final de la página hay un garabato de su puño y letra que dice:

«¿Será la original u otra burda copia?».

Don Alfonso me mira atento.

—Tu padre relató demasiadas líneas y dedicó un tiempo precioso a borronear e indagar sobre esa mesa —comenta el relojero mientras señala la vieja libreta—. Le otorgó una atención meticulosa, como si fuera la joya más preciada.

—Así es —asiento pensativo—, pero viendo su comentario parece que no era la primera copia con la que se topaba.

Don Emilio sonríe.

—Yo puedo aportar un poco de luz a ese dilema.

Saca una hoja doblada por la mitad. Aparta su carajillo y la pone encima de la mesa.

Desdobla la hoja y la alisa pasando la mano por encima.

Me mira. Sin duda sabe algo importante que está a punto de desvelar.

Mira a su amigo. El tiempo pasa más despacio a su lado.

A veces es relajante; otras, como ahora mismo, exasperante.

—Por lo que he podido averiguar en el manuscrito hasta ahora, el detalle de la ubicación de cada objeto es simplemente perfecto. Los escribas sabían, supieron más bien, dónde estaba cada uno de ellos en cada momento de la historia, aunque estuvieran desperdigados a miles de kilómetros de distancia.

—Debo decir, amigo mío, que eso es harto complicado y más en aquella época —interrumpe el relojero—. A no ser que cada objeto estuviera bajo la protección de una persona de plena confianza que informara, de forma regular y eficaz, de la ubicación y el estado de la pieza custodiada.

—Y según el manuscrito así fue —sentencia el librero. Vuelve a mirar sus apuntes—. Y hay algo que te va a sorprender —avisa mirándome a los ojos. Esa mirada tiene mucho contenido—. El viaje de una de las copias de la mesa cuadra a la perfección con el seguimiento que hizo tu padre.

El relojero lo mira desconcertado.

Yo también estoy descolocado.

—¿La mesa de la que hablaba mi padre era una copia?

—Así es —señala el librero con seguridad—.

Te diré más, era una de muchas copias. En concreto, los guardianes de las reliquias del templo mandaron hacer seis copias, algunas hasta con gemas preciosas incrustadas para darle un gran valor económico.

Buscaban, ante todo, despistar la atención de la original.

Estoy seguro al cien por cien de que la mesa que llegó a Toledo era falsa.

Si los guardianes se tomaron todas esas molestias, el manuscrito le brinda tanta atención y los apuntes de mi padre mostraron gran interés en su recorrido a lo largo de los siglos, es porque la mesa es muy importante.

No me cabe la menor duda.

—El interés de tu padre por esa reliquia no era simple casualidad.

Seguro que él la consideraba la pieza más fascinante de todas.

Y créeme, cuando te digo que, si algo capturaba su atención, era porque poseía una gran valía y no había fuerza en este mundo que pudiera desviar su mirada.

—El relojero ojea de nuevo la libreta de mi padre a la vez que se toca la perilla con gestos repetitivos y automáticos—.

Y, por cierto, ¿qué diantres es ese objeto?

El librero deja de sorber su carajillo. Intercambia una mirada con su amigo y niega con la cabeza .

—Emilio, no me mires de esa manera. Sé que es una mesa, pero desconozco qué atributos especiales, sagrados o mágicos le conferisteis en el pasado.

Don Alfonso no cree en nada relacionado con la magia, lo místico, la religión ni otros entes. Y mucho menos en la Iglesia como tal. Es de izquierdas y republicano hasta la médula.

—La mesa de los panes de Salomón, que ese era uno de sus nombres, daba a su propietario el conocimiento absoluto porque contenía toda la sabiduría de Dios.

—¿A qué dios te refieres? —pregunta el relojero a la vez que su colega abre los ojos—. Porque existen unos cuantos...

—No me jodas, Alfonso. ¿Qué dios va a ser si era un rey judío?

El relojero sonríe travieso.

Nunca le he visto reír a carcajadas, pero he de decir que una expresión como esa es equivalente a que yo me parta de risa.

—¿Eso es todo? —pregunta de nuevo muy serio.

—¿Te parece poco? —responde su amigo—. Si tenemos en cuenta que Salomón fue considerado el rey más sabio que ha tenido Israel, algo nos indica.

—Me suena a otra fábula más como otras muchas creadas a lo largo de la historia alrededor de un objeto controlado por un ser supremo.

El librero no sonríe. Las bromas sobre temas divinos no son de su agrado. Yo sonrío por dentro porque la verdad es que el relojero ha tenido su momento de chispa. Ya no le toca hasta dentro de un lustro.

—Yo he leído que fue un objeto sagrado para varias religiones —les cuento, recordando conversaciones varias de épocas muy lejanas—.

Unos dicen que era una mesa, otros un espejo, incluso hubo algunos que aseguraban que era un espejo con patas.

Lo que sí es seguro es que fue una reliquia perseguida por romanos, visigodos, musulmanes y algunos más que no recuerdo.

Tenía, según se cuenta, un gran poder espiritual y mágico.

Incluso se rumoreaba que podías ver en su reflejo el pasado, el presente y el futuro .

—Contaban las quimeras que quien poseyera la mesa conquistaría el mundo gracias a su poder —añade el librero.

—Incluso Himmler, el nazi líder de las SS, la buscó en Toledo y alrededores en 1940 —les digo al recordar algunas imágenes que vienen a mi mente—. También estuvo en Montserrat buscando el Santo Grial.

—Menudo bellaco descerebrado —apunta el relojero negando con la cabeza.

—Según creo, y esto corroboraría el interés de tu padre por ella —me dice el librero muy serio—, la mesa fue el objeto más importante tanto para Salomón como para los guardianes de los objetos.

—¿Más que el Arca? —pregunto incrédulo.

—Eso creo…

Lo dice en voz alta, pero tampoco está muy convencido.

—No entiendo entonces porque el Arca estaba en el lugar más santo y la mesa no —expongo sin pensar.

—Solo saco conclusiones de lo que cuentan los escribas. Y no uno solo, sino todos los que han participado en la creación del manuscrito desde su inicio.

—Para que te hagas una idea de lo precavidos que eran, según he leído, cuando los babilonios arrasaron el templo en el 586 antes de Cristo, todo lo que se llevaron era falso —informa el librero.

—Tal y como aseguraba mi padre —añado recordando sus palabras de nuevo.

El librero asiente, orgulloso.

—¿Y qué fue de los objetos verdaderos? —pregunta el relojero curioso.

—Todavía no sé el destino final de cada uno. Aún no he acabado de estudiar el manuscrito.

—Yo no me puedo imaginar a los mandamases espirituales de la comunidad judía transitando en grupo a la vez que defendiendo a capa y espada sus preciados tesoros de los malhechores.

—El relojero sopesa sus palabras para no dañar la sensibilidad de su amigo—.

Entiéndeme, Emilio, que en sus quehaceres diarios no dudo que fueran los Messi de la época, pero para combatir a muerte contra hambrientas almas desalmadas, a través de solitarios y polvorientos senderos, se necesita algo más que fe y la bendición del dios que esté de guardia esa jornada.

El librero le dedica una mirada de reprobación, cosa que al relojero le resbala como si fuera aceite.

—Por eso, según cuenta el manuscrito, tiempo antes de la destrucción del primer templo se instruyó a doce hombres elegidos por los sacerdotes para proteger esos objetos.

—Recuerdo haber leído algo de eso —interrumpo sin querer. No lo leí, en realidad lo escuché durante uno de mis viajes, pero este punto no lo aclaro—. Algunos llamaban a este grupo el clan de los doce apóstoles.

—Eso no lo pone, pero sí dice que la tarea fue encomendada a los descendientes de los propios constructores del templo, familias de plena confianza.

—Emilio habla ahora de memoria, resumiendo parte de lo que ha descubierto en algunas páginas del libro que tanto hemos perseguido—.

Ese grupo de jóvenes bien entrenados se encargó de trasladar y proteger los verdaderos objetos.

El librero se detiene un momento.

Coge su vaso casi vacío y lo apura de un sorbo.

Va a seguir hablando y por eso el resto solo esperamos. Hace señales a mi tía Rosa para que traiga otra ronda de lo mismo. Pero yo no quiero otro café o me voy a subir por las paredes.

—Para mí un agua con gas, tieta .

Ella me mira y asiente antes de ponerse manos a la obra.

—Esos hombres, con el tiempo, se encargaron de transmitir los conocimientos necesarios, adiestrando a nuevos miembros para que la misión no finalizara tras su muerte.

Mi tía aparece en escena, reparte la comanda y se marcha llevándose los vasos vacíos. No dice nada, ella sabe que no es el momento.

—Menuda forma de reírse de la Historia. Todo lo que cuentan los libros sobre que el general Tito se llevó los objetos es una burda mentira —digo en voz alta casi sin darme cuenta .

—Así es. A los encargados de contar la Historia siempre se les ha escapado algo.

Pero es normal porque muy pocas veces se ha escrito al momento.

Demasiados siglos de información transmitida de palabra de unos a otros…

—El librero hace una pequeña pausa antes de seguir hablando—.

No todo lo narrado es mentira, pero tampoco es la verdad absoluta.

De ahí se alimentan las fábulas, los cuentos, las tradiciones, las historias ocultas.

—Tal y como sucede con la Biblia y el resto de los cómics que narran las increíbles y tortuosas aventuras de distintas deidades —interrumpe el relojero.

El librero lo mira con los ojos encendidos. Respira un par de veces conteniendo su opinión y añade:

—En este manuscrito no hay divagaciones ni lugar a errores causados por el boca a boca. Todo lo escrito está perfectamente documentado.