El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

Bar de Rosa

Me encanta el café. No podría vivir sin él. Y mi tía lo hace de maravilla. Me lo tomo corto y sin azúcar. Ideal para despertarme al instante. Me da miedo ir al médico y que me diga que tengo la tensión por las nubes y que elimine el café de mi día a día. Por eso no voy.

La puerta del bar se abre y veo aparecer a don Emilio.

Jovial como siempre. Bajo de revoluciones.

Lento en sus movimientos, pero seguro en todo lo que hace.

Cuenta con más de setenta primaveras. Tan solo el pelo y una barba canosa de pocos días dan una ligera pista de su posible década de nacimiento.

Es fuerte. Yo diría que es natural del norte, aunque no estoy seguro.

Sé que es judío, o lo fue. Alguna vez me ha contado que sus antepasados lejanos más conocidos ya eran judíos.

Habla poco de su pasado. Supongo que prefiere no recordar.

Algo jodido tuvo que sucederle, o eso me imagino.

Yo solo conozco la parte de su vida que empieza cuando se mudó al barrio y conoció a mi abuelo Jordi, allá por la década de los sesenta.

Ahí donde lo veis fue profesor de filosofía en la Universidad de Barcelona, al mismo tiempo que hacía horas extras por las noches junto a mi abuelo y a don Alfonso, el relojero.

Poco antes de jubilarse como docente abrió la librería, por una parte, porque siempre había sido su pasión y, por otra, la más importante, para no caer en un soporífero aburrimiento tras dejar la enseñanza.

El hecho de tener un lugar seguro donde seguir con sus trapicheos también lo tuvo en cuenta, sin duda.

En la familia todos sospechamos que tiene un rollo con mi abuela Pilar.

Quizá solo sea platónico, un idilio atemporal entre amigos.

Yo creo que algo más hay entre ellos. Y si así es, me alegro por los dos.

Mi hermana Carla, que le ayuda con el papeleo de la librería cuando llega la hora de presentar temas oficiales, siempre le llama profesor. A él no le gusta, prefiere don Emilio, por eso siempre que puedo yo también le llamo profesor.

—Quimet... ¿Cómo estás?

A veces me llama Quimet. Cuando era pequeño me parecía gracioso, ahora lo veo pasado de moda, pero no seré yo quien le diga nada. Sé que lo hace porque siempre me verá como al nieto pequeño de su amigo.

—Profesor...

Clava sus oscuros ojos en los míos. Tuerce el morro en señal de disgusto, pero no protesta.

—¿Y Alfonso?

—Todavía no ha llegado.

Él es el único que le llama así. Para el resto es don Alfonso.

Los dos están un poco chapados a la antigua y les gusta creer que los buenos modales todavía no han muerto.

En realidad, todos en el barrio se refieren a ellos como el librero y el relojero.

Yo también lo hago muchas veces cuando no están presentes.

La puerta del bar se vuelve a abrir y aparece el bastón del relojero que forma parte de su cuerpo desde que le pusieron una prótesis de rodilla.

A pesar de ser un poco más joven que el librero, está más jodido.

Es bastante hipocondríaco, la verdad, y yo creo que eso le hace padecer más achaques de los que en realidad tiene.

Aunque sí que es cierto que desde hace algunos años la artritis no le da tregua alguna.

—Quim. Emilio.

Nos da la mano con firmeza. Como siempre. A la vez que nos mira con sus ojos grandes y oscuros. A pesar de su bastón y de sus constantes dolencias rebosa confianza y seguridad. Su alma quedó anclada en la década de los cuarenta.

—Don Alfonso. Te veo bien —le digo para animarlo.

—Gracias, Quim .

—¡Vaya tres patas pa un banco! —saluda mi tía Rosa.

—Sírveme lo de siempre, querida Rosa —indica el relojero—. Mejor nos retiramos a una mesa para poder relajar nuestros maltrechos miembros —nos dice harto de estar de pie. Y eso que acaba de llegar.

Don Alfonso, como ya os he contado, es el relojero.

Tiene una pequeña relojería junto a la librería de don Emilio y formó parte del trío Calavera, que así era como los llamaba mi tía Rosa.

Que yo sepa siempre ha sido relojero de profesión y además muy bueno, según se puede ver por la clientela que todavía mantiene.

Hace cuatro años que se jubiló, justo tras la operación de rodilla.

Ahora quien atiende a los clientes es un joven encargado que él mismo formó.

Uno de total confianza, como dice él. Todavía se pasea de vez en cuando por sus dominios a pasar el rato o a relajarse reparando piezas exclusivas para clientes selectos.

Pero como os podréis imaginar ese negocio no ha sido su principal fuente de ingresos.

En el sótano de la relojería, don Alfonso atendía los encargos que más tarde el trío Calavera llevaba a cabo.

Jamás reveló sus fuentes. Solo él sabía quiénes eran los clientes.

Su discreción siempre ha sido su mayor virtud.

—Aquí tenéis: un café corto —para mí y ya van cinco—, un carajillo de Torres —para el librero—, y el té con leche de las cinco —anuncia mi tía con ironía.

Por supuesto es para el relojero, al que solo le falta el monóculo para completar ese porte aristocrático que pasea con total naturalidad junto a su leve cojera.

Las gafas redondas, el bigote, la perilla y el pelo engominado, todo aderezado con unas pocas, pero atractivas canas, también van en el paquete.

—Amiga Rosa, nunca pierdas esa gracia que te caracteriza y te hace ser tan especial como eres —indica el relojero con seriedad. A veces cuesta saber si lo que dice es un cumplido o una ironía .

—Anda, calla y tómatelo antes de que se enfríe, no sea que te pille una pulmonía —se limita a contestar ella para chincharlo, conocedora de su forma de ser y de todos sus males. Tanto los reales como los imaginarios.

—¿Y bien? ¿Qué me puedes relatar acerca de esa cripta y sus pormenores? —curiosea el relojero sin preámbulo alguno—. ¿Es realmente lo que tanto habéis ansiado tu padre y tú?

El dibujo de Lucía vuelve a mi mente. Unas pocas líneas que me transmiten mucho más que la mejor pintura del mejor pintor de todos los tiempos.

—Lo es. Sin duda —me limito a contestar.

—¿Qué has podido averiguar? —quiere saber el librero. Seguro que me ha visto hablando con Laura y con Lucía. En este barrio todos se enteran de todo.

Cojo una servilleta y dibujo con un boli el plano de la cripta y la distribución de los objetos tal y como estaban antes de desaparecer.

—Esa cripta es una réplica exacta de la heikal , la cámara principal y más importante del templo de Salomón —suelto sin más—. Y, según las fotos que me han enseñado, en su interior albergó en algún momento dado siete de los tesoros que en su origen se guardaban en el templo.

—Realizaron una reproducción idéntica del tabernáculo en Barcelona —susurra el relojero impresionado—.

Debieron de ser unos fanáticos de Salomón, tal y como lo fue Felipe II del que dicen que edificó El Escorial imitando los planos del templo.

También recuerdo haber visto allí mismo un par de cuadros en los que se representaba a Salomón con la cara de Felipito el Prudente.

Otro mamarracho vividor al que hemos tenido que alimentar.

—¿Por qué lo han construido aquí y no en otra parte de su territorio? —pregunto. Es algo que no acabo de entender.

—Has de tener en cuenta que lo que tú llamas su territorio ha cambiado de manos demasiadas veces —comenta el librero.

Da un sorbo a su carajillo antes de continuar hablando—.

Los judíos hemos sido asediados, derrotados, conquistados…

y casi exterminados por Adriano durante la rebelión de Bar Kojba .

Él mismo asiente como si se diera la razón. Su mirada se pierde por un instante, recordando historias de su pueblo. Ya os he comentado que el librero es judío. No sé si practicante, pero que lo lleva en la sangre y así lo siente, no me cabe la menor duda.

—En aquel fatídico episodio murieron más de medio millón de judíos. Adriano quiso acabar con las rebeliones contra el imperio romano y para ello decidió erradicar la identidad judía. Muerto el perro, muerta la rabia, debieron pensar.

—Fue una auténtica masacre. La magnitud de la tragedia es difícil de asimilar —añade el relojero.

—En esa revuelta se quemaron los rollos sagrados en el monte del templo, si no recuerdo mal —comento como si tal cosa.

Me acuerdo perfectamente. Yo estuve allí.

Y no volvería a vivir aquellos días por nada del mundo. La crueldad flotaba en un aire denso y sucio con sabor metálico de tanta sangre derramada. Quise salvar aquellos escritos, pero me fue imposible.

Pero eso ellos no lo saben.

—Así es —confirma el librero. Hay tristeza en sus palabras—. En aquella revuelta la mayoría de la población judía fue asesinada, esclavizada o exiliada.

—Lo que queda claro es que, ya sea antes o después de aquella insurrección, trasladaron los objetos en cuestión a un destino más protegido. La seguridad de esos tesoros era primordial —afirma el relojero.

—He mirado en los antiguos apuntes que mi padre dejó en la caja fuerte —informo a la vez que saco un viejo diario y lo coloco encima de la mesa.

Tiene las tapas de piel color marrón oscuro.

Recuerdo haber visto a mi padre escribiendo en él cientos de veces—.

Solo he encontrado pistas de uno de los objetos del templo: la mesa de Salomón.

Del resto no hay nada, cosa que me extraña mucho, la verdad .

—Opino que, si tu padre tomó notas solo de ese objeto en concreto, hay que tenerlo muy en cuenta. Era muy bueno en lo suyo y sus instintos solían ser certeros. No deberíamos ignorar sus conclusiones en absoluto —indica el relojero. En sus ojos veo cariño hacia la memoria de mi padre.

Don Emilio asiente en silencio. Me mira. Sus ojos me cuentan que opina lo mismo que su colega. Y que sabe algo más que todavía no me ha contado.

—¿Qué apuntó tu padre sobre esa mesa? —me pregunta el relojero volviendo a mi comentario anterior.