El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—En aquella época todo giraba en torno a la religión.

La intolerancia entre los tres cultos del momento era el pan de cada día y, en cuanto el cristianismo ganó poder, se quitó de en medio a todos los que no profesaban como ellos.

Los judíos tenían mucha importancia social y eso los puso en el punto de mira.

Los cristianos los culparon de casi todo, desde ser los artífices de las crisis económicas hasta de envenenar las aguas y traer la peste negra.

Se apoya en la pared del museo, junto a mí.

Su mente vuela.

Me mira de nuevo.

—Mete todo eso en una batidora y ya conoces el resultado: revueltas y persecuciones que acabaron con un conflicto social extremo hacia ellos. Saqueos, asesinatos, incendios… Solo aquí, en Barcelona, a escasos metros de donde estamos, mataron a más de trescientas personas.

Su dedo señala hacia el oeste, hacia el lugar donde se encontraba el barrio judío .

—Hasta que llegó el fin de la reconquista en el año 1492, momento en el que se buscó unificar al reino bajo una única religión —añade con la voz apagada—. Para ello los Reyes Católicos firmaron un decreto en marzo de ese año que venía a decir algo así como: conversión o expulsión.

—Viendo lo que han sufrido a lo largo de la historia, todavía entiendo menos cómo pueden tratar así a sus vecinos palestinos.

Lucía me mira.

—Como dijo Ramón de Campoamor: «En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con el que se mira».

Yo también asiento.

Cuánta razón tenía ese hombre fuera quien fuese, pero no le voy a preguntar.

No quiero quedar mal.

Luego lo miraré por Internet.

—No tuvo que ser nada fácil vivir en aquella época.

—Para nada. Dios era el rey. La Iglesia y el Estado eran uno.

Y judíos y musulmanes estaban condenados a convertirse o desaparecer.

Ya se veía venir desde que se creó la Inquisición en el 1480 —me alecciona Lucía, aunque yo ya lo sabía.

Sé más de lo que ella cree, pero prefiero que ella piense que no porque le encanta contarme historias.

Y a mí más—. Promovieron una ola de odio que puso de relieve las diferencias entre cristianos y judíos.

A los españoles se les conocía como los malos cristianos por la convivencia y la mezcla de sangre con árabes y judíos durante siglos, y la Inquisición tuvo muy claro que había que poner fin a eso.

Todo arde si le aplicas la chispa adecuada.

—La de vidas que nos hemos cobrado en el nombre de algún dios. No hemos aprendido nada porque siete siglos después seguimos igual. No me extrañaría que, en España, tarde o temprano, volvamos a eso de que la Iglesia y el Estado vayan de la mano…. —le digo negando con la cabeza.

A veces me gustaría poder viajar al futuro solo para saber en qué fecha nos exterminaremos, porque si de algo no tengo duda es de que lo haremos y que seremos nosotros mismos los que acabaremos con la humanidad.

Ni meteoritos ni pandemias. Nos sobramos solitos para cumplir con ese cometido.

Pero no puedo ir al futuro. Nadie es perfecto, lo sé.

—¿Cuándo crees que pudieron colocar esos objetos en la cripta? —le pregunto.

—Vete tú a saber…

Pues si ella no lo sabe, mal vamos. Yo no tengo ni pajolera idea.

—Se tiene constancia de judíos viviendo en las afueras de Barcelona desde el año 850. Y de Kahal dentro de las murallas de la ciudad desde el siglo XI, donde se cree que ya había una población superior a cuatro mil.

—¿ Kahal ? —No quiero parecer inculto, pero de verdad que no tengo ni idea de qué es eso.

— Kahal, depende de a quién le preguntes, quiere decir gueto, calle estrecha, callejón, lugar de reunión... Se cree que de ahí viene la palabra Call que usamos hoy para nombrar al barrio judío, sobre todo aquí, en Catalunya, y también en Baleares y en la Comunidad Valenciana.

Yo asiento.

Sé bastante de historia, no lo voy a negar, pero siempre aprendo datos nuevos con esta mujer.

—Aunque no estoy muy segura, la verdad. Algunos dicen que Call puede provenir de Cal Juich …

Si alguna vez viajo a esa época indagaré y la sacaré de dudas.

—Hay quien apunta que los primeros judíos llegaron a Barcelona en el siglo I.

Quizá tras la invasión de Tito a Jerusalén en el año 70.

—Lucía enreda su pelo entre sus dedos, lo que me confirma que su mente está volando lejos—.

Y sobre todo con las revueltas que se llevaron a cabo en Judea, contra el imperio romano, sobre el año 135.

—Quién sabe si alguno de ellos trajo consigo todos los objetos que en su día estuvieron en el templo de Salomón…

—En algún momento los tuvieron que trasladar. De eso no hay duda .

Laura aparece por la puerta del bar.

Nos mira.

Se acerca y me observa.

—Lo que hemos hablado no puede salir de aquí.

—Lo sé —contesto sin titubear.

Tengo claro lo que Laura se juega.

—Ya sabes lo que me juego. Confío en vosotros.

—Puedes dormir tranquila —le digo con sinceridad.

—Confío en ti, Quim. Por eso te lo hemos contado. Pero te lo recalco para que quede claro.

Laura me agarra la mano y la aprieta con cariño. Me da un beso y un abrazo lleno de sentimientos.

—Si tengo alguna duda más te contacto, ¿vale?

—Por favor.

Laura le da otro beso a Lucía y se despide. Debe volver al trabajo. Le quedan muchos días de estudio en aquella cripta, ahora vacía.

Lucía me mira y después observa su reloj.

—Tengo que irme. He de hacer un tour en veinte minutos.

—Claro. Yo voy a tomarme un café y volveré al curro también. Espero que sea un grupo divertido.

Lucía sonríe. Sabe que los grupos divertidos son poco frecuentes.

Sus oyentes suelen ser turistas más interesados en que los lleven de paseo que en la historia en sí.

Otras veces son grupos de estudiantes. A veces se encuentra algún que otro profesional del tema que quiere ampliar sus conocimientos.

Con estos últimos sí que disfruta de lo lindo.

—Ya nos veremos, Quim. Que tengas un buen día. Si necesitas algo me llamas.

—Descuida…

La veo caminar hacia la entrada del museo y perderse tras sus puertas. Me gustaría decirle tantas cosas que no sabría ni por dónde empezar. Pero siempre pasa lo mismo: se marcha sin que me atreva a lanzarme. Y en el fondo eso me entristece.

No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió .

La calle está vacía a estas horas de la tarde y el silencio es envolvente. Me gusta. Me calma.

Hasta que suena mi móvil.

Leo el mensaje que acaba de llegar. Es el relojero:

«Nos vemos en el bar con Emilio en cinco minutos».

Voy a ir pidiendo el café.