El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Calle del Veguer

Camino unos pasos hasta que noto el viento en mi rostro. Apoyo la espalda en la pared del museo y respiro. Los transeúntes pasan ante mí sin presarme atención. Yo tampoco a ellos. A mi cabeza regresan lejanas y añoradas conversaciones con mi padre.

¿Por qué no estás aquí, papá?

Tengo ganas de llorar.

En momentos como este me doy cuenta de cuánto lo echo de menos.

Ya hace ocho años que desapareció. Si estuviera aquí fliparía en colores.

Siempre quiso desvelar este misterio. Su última aventura fue, precisamente, para estudiar unos restos que aparecieron cerca del templo.

Nunca regresó de aquel viaje. Nunca encontraron su cuerpo.

Ni siquiera yo. Lo he buscado cientos de veces en distintos lugares, pero jamás he podido dar con él. Aunque no ceso de intentarlo.

No es fácil.

Yo continuaré intentándolo hasta que no quede un minuto de tiempo por revisar. Echo de menos conversar con él. Ahora me odio por no haberle prestado la suficiente atención. Por no haber pasado más tiempo con él. Tenía tanto que enseñarme…

Contaba que en algún momento de la historia los levitas, que eran los encargados de vigilar el Sancta Sanctórum, dieron el cambiazo. Sus palabras resuenan en mi mente con demasiada claridad:

«Quim, te lo digo yo, hijo. Dieron el cambiazo. No sé cuándo, pero lo hicieron. Juraría que incluso antes de la invasión de los Babilonios. Nadie se enteró. Todos los objetos que dejaron expuestos fueron réplicas perfectas, pero falsas y carentes de valor histórico».

Ahora le creo más que nunca.

¿Cuándo trasladaron las auténticas piezas del templo?

¿Adónde las llevaron?

No tengo la menor idea. Y es posible que jamás sepa las respuestas. La jugada más inteligente es seguir indagando sobre la nueva cripta aparecida. Puedo volver a cualquier tiempo antes de que la vacíen y hacerme con alguno de esos objetos. O con todos. No hay nada que desee más.

Mi mente no para de darle vueltas al asunto.

La cripta estará muy vigilada, al igual que lo estaba el templo de Salomón. Cabe la posibilidad de que me maten o de que fracase en el intento y por mi culpa vuelvan a mover los objetos, perdiendo así la única pista que tengo.

Respiro. Pienso.

La gente sigue pasando a mi lado con sus ojos clavados en diminutas pantallas que nublan sus mentes.

Creo que lo más seguro es esperar a saber cuándo vaciaron la cripta. Ese será, sin duda, el instante en el que los objetos estarán más a mi alcance. Si los trasladaron a otro lugar lo hicieron a través de caminos solitarios que me darán la oportunidad de hacerme con ellos. Los quiero.

Se lo debo a mi padre.

Historia viva en mis manos. Magia entre mis dedos.

Qué droga tan adictiva.

Eso no es robar. Lo puede parecer, pero no lo es.

Y si lo fuera no tendría remordimientos.

Soy un filántropo.

He rescatado del olvido cientos de objetos que ahora se exponen en los museos más importantes de todo el mundo. Objetos perdidos que jamás hubieran visto la luz. Tesoros abandonados a su suerte; otros, los que más, saqueados para deleite de poderosos y egoístas coleccionistas.

Las exposiciones que se hacen de los artículos que cedo son siempre a través de un par de organizaciones sin ánimo de lucro, que pertenecen a una entramada red empresarial tan complicada que jamás podrá relacionarse conmigo.

Lo que me interesa de verdad es que al final esos objetos se puedan ver y estudiar.

Y, lo más importante: todos son míos. Y siempre lo serán.

Los presto para que el mundo pueda disfrutar de ellos por un tiempo, pero después los quiero de vuelta en mi lugar más secreto, en mi trocito de historia particular.

Entonces, en esos momentos, es cuando paseo por mi paraíso terrenal y palpo, acaricio y disfruto en silencio de los objetos más deseados del mundo.

Me lo merezco. Por algo me curro su búsqueda. Para eso he puesto mi vida en peligro cientos de veces.

Es mi droga. Mi vicio.

No soy un ladrón. Soy un rescatador de reliquias porque solamente me llevo aquellos objetos que ya están fuera de la historia.

Lejos del alcance del público. Y estos que estaban en la cripta son un claro ejemplo.

¿Por qué no están expuestos hoy en un museo para que todo el mundo pueda verlos y estudiarlos?

Imagínate la cantidad de visitas que recibiría el Arca de la Alianza.

Yo los recuperaré.

Ladrones son los que ya han sacado de nuestra historia otras muchas reliquias y las han escondido al resto del mundo. Delincuentes son esos coleccionistas que poseen antigüedades únicas, ocultas en sus lujosas casas, tan solo accesibles a ojos de otros ricos y poderosos amigos.

Eso sí es robar.

El ser humano ha de disfrutar de todas esas riquezas históricas.

Se deben recuperar para ser expuestas y que todo el mundo las contemple.

Las saboree. Deben estar al alcance de expertos para que las analicen, las estudien y las cataloguen.

Para que se reescriba la Historia si es necesario.

Aunque este es el principal motivo de que muchas reliquias estén al amparo de las sombras.

Hay historias que no se pueden reescribir porque desestabilizaría nuestro presente de formas inimaginables.

El pasado de la humanidad forma parte de todos nosotros y los objetos que lo vivieron son una forma ideal para poder revivirlo. Y eso es lo que yo consigo cuando los recupero de las sombras. Cuando los rescato del olvido. O cuando me los llevo de la sala secreta de un avaricioso acaparador.

Te quedarías pasmado si supieras qué personajes públicos, admirados por muchos, adquieren antigüedades en ostentosas y secretas subastas para luego especular con ellas.

En esos momentos en los que saco a la luz una pieza sumida en las sombras durante siglos doy un sentido a mi poder, me siento realizado. Y mucho.

Lucía me observa desde la puerta del bar.

No se acerca, tan solo espera al momento oportuno.

La miro.

La veo borrosa porque mis ojos todavía contienen restos de lágrimas que no he notado salir. Respiro. Deshecho de mi cabeza todo lo relacionado con mi padre y pongo mis ideas en orden.

Sé lo que debo hacer.

Necesito averiguar el cuándo y el dónde.

Lucía me mira sin decir nada. Sabe lo que me afecta este tema. Sobran las palabras.

Y allí, en mitad de la nada, en la intemperie se encuentran, queda la calle desierta cuando cruzan la mirada.

Se acerca.

—Perdona por haber pedido tu consejo. Debería haberlo averiguado yo sola.

Me agarra de la mano y siento de nuevo el calor de su piel. Es reconfortante. Adictivo.

—No pienses que estoy muy triste si no me ves sonreír. Es simplemente despiste…

—Maneras de vivir, no te jode —me interrumpe con una sonrisa—. Que yo también escucho a Rosendo.

Sonrío.

En el fondo somos tal para cual.

—¿Cuándo crees que sacaron de allí los objetos? —le pregunto. Quiero saber .

Ella sopesa su respuesta. Sabe mucho de este tema, por algo es una de las guías del museo más demandadas por sus conocimientos sobre el barrio judío.

—Supongo que antes de la revuelta que tuvo lugar la noche del 5 de agosto del 1391 —comenta sin mucha convicción—.

Quién sabe. Pudo ser en cualquier momento anterior, claro está, pero si presuponemos que ahí estaban seguros y a buen recaudo, no tenía demasiado sentido sacarlos a la luz sin un motivo de peso.

Yo asiento.

Es una respuesta muy lógica.

—Quizá los sacaron en cuanto se enteraron de que Fernando Martínez, de la diócesis de Sevilla, clamó por destruir todas las juderías y matar a cualquier judío que se resistiera al bautizo católico.

Y eso ocurrió en la primavera de 1391. El movimiento empezó en Écija, después en Sevilla, más tarde en toda Andalucía hasta que se extendió por todo el reino.

Lucía habla como en uno de sus paseos guiados.

—Y a Barcelona llegó a principios de agosto —le digo.

—Exacto. La historia dice que fueron perseguidos por sus creencias, pero eso tan solo era la punta del iceberg. Al menos aquí, en nuestro país.

Vuelve a poner su cara de contadora de historias.

Sus ojos verdes viajan a través de los años para vivir con intensidad lo que cuenta.

—Desde el siglo diez al doce, y gracias a sus conocimientos del árabe y de las ciencias, los judíos se convirtieron en personal imprescindible para la administración de los reinos cristianos.

Su poder provenía de la actividad financiera y mercantil.

No en vano fue la etapa más gloriosa del judaísmo en Europa.

Incluso podían acuñar sus propias monedas de oro gracias a un privilegio otorgado por el rey.

Fueron tan importantes que pasaron a ser patrimonio real y pudieron permanecer en territorios cristianos siempre y cuando pagaran al rey las costas acordadas.

—Entonces el judío pertenecía al rey, por así decirlo .

—Así es. Eran vasallos y esenciales para el crédito, ya que para ellos no era pecado prestar dinero a cambio de comisiones. Aunque no solo eran prestamistas como muchos creen, eran grandes comerciantes, excelentes médicos muy avanzados a su tiempo, científicos, artesanos...

Hace una pausa para respirar.

Parece que está inmersa en aquellos tiempos. Cómo le gusta contar historias.

—A la vez fueron cabezas de turco. Para protestar contra el rey, al pueblo le era mucho más fácil ir contra los judíos, sus protegidos, que atacar al propio monarca.

Con los asaltos a las juderías, además de dañar a la comunidad, eliminaban toda documentación de los créditos otorgados.

Casi todos los asaltos eran más para eliminar papeles que para ir en contra del judaísmo o del rey.

Lucía habla sin dejar de clavar sus ojos en los míos.

La gente pasa a nuestro lado. Algunos nos observan, otros solo la ven a ella.