El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Laura sopesa la cuestión durante unos segundos. Se está jugando mucho. Hablar de esto con personal ajeno al cuerpo de policía le puede costar muy caro.

—¿Qué miedo tienes? —pregunto para romper este incómodo silencio—. A ver si te piensas que voy a ir a asaltar la cripta .

Laura me mira y me dice, sin mover los labios, que no es tonta.

Que sabe lo que se cuece en los sótanos de los Mora.

Incluyendo el mío. Que sabe que el único lugar neutral es el bar de su amiga Rosa y por eso es el único local de los Mora al que entra.

Me explica con dos lentos pestañeos que no quiere saber, pero que no le tire de la lengua ni la tome por tonta porque lo pagaré caro.

La de cosas que se pueden decir sin abrir la boca.

Sus oscuros ojos me siguen taladrando.

Se aparta el mechón de pelo rubio que le cae sobre la cara sin dejar de estudiarme.

—Si te veo asomar la cabeza por la calle Ferran te meto en el calabozo hasta que todo esto acabe.

Me lo dice con un simple susurro, pero lo siento penetrar en mi corazón como si este fuera de mantequilla y sus palabras un puñal ardiendo.

—No sé qué piensas de mí, pero jamás haría nada que pusiera en peligro tu carrera —respondo lleno de sinceridad.

Pasan unos segundos de silencio.

El gazpacho ya debe de estar caliente y los picatostes que he metido dentro, demasiado blandos.

—Tienes razón, Quim. Lo siento. Perdóname.

Sé que ninguno de vosotros —se refiere a los Mora, por supuesto—, haríais nada que fuera perjudicial para mí.

Pero es que creo que este caso es muy grande.

Si Lucía y tú estáis en lo cierto sé lo importante que este asunto es para ti y que fue para tu padre. Y no puedo dejar que te entrometas.

—Lo entiendo. No pasa nada. Puedes estar tranquila. Eres mi amiga y eso está por encima de todo y de todos.

Laura me agradece estas palabras poniendo su mano sobre la mía.

—Aunque siempre me puedes contratar como experto en el tema, como haces con Lucía. Así podríamos hacer trabajo de campo juntos sin que te busques problemas.

Eso sería genial para mí. Acceso ilimitado a la cripta.

Laura me mira. Parece que lo está sopesando .

—Habría que hacer demasiado papeleo. Lucía trabaja en el Museo de Historia de la ciudad y eso facilita muchísimo los trámites burocráticos. Deja que lo piense y te digo.

Yo asiento. Al menos lo he intentado. Poder visitar libremente los yacimientos de la ciudad sería un triunfo. La semilla está sembrada. Igual algún día da su fruto.

Dos segundos después me muestra las fotos de la cripta.

Las observo, una a una, con mucho detenimiento.

Un vestíbulo presidido por dos columnas forradas de bronce: el pórtico.

La sala contigua es rectangular con paredes negras pulidas con gran esmero, textos cincelados por expertos maestros y púlpitos de piedra labrados a la perfección: el santuario.

Le sigue otra estancia, esta cuadrada, con una tarima de apenas unos centímetros de altura y un texto que reconozco sin un atisbo de duda: el Sancta Sanctórum.

Lucía me observa.

Me coge de la muñeca y pregunta:

—Ese lugar es una réplica del lugar más sagrado del templo, ¿verdad?

Yo asiento sin darme cuenta.

Estoy absorto y perdido en las fotos y aun así percibo el tacto de su piel caliente sobre la mía.

—El conjunto es una réplica exacta de la zona más sagrada del primer templo edificado por el rey Salomón.

—¡Lo sabía! —Lucía está contenta.

Laura está ensimismada.

—¿Reconoces esos textos? —me pregunta.

—Sí. Están escritos en hebreo bíblico. Es el idioma que se usaba para documentar actos importantes durante la época del rey David.

—¿Sabes leerlo?

La pregunta ha sonado al unísono; la han formulado las dos a la vez. Miro de nuevo las fotos de los seis textos que corresponden a los seis púlpitos de la antesala.

—Cada uno de ellos habla de un objeto diferente. Este de aquí trata sobre el anillo de Salomón .

Dejo la foto sobre la mesa para que la puedan ver. En ella se puede apreciar con claridad la estrella de David.

Lucía sonríe. Seguro que ya lo sabía.

—Esta otra habla sobre un libro que cuenta la historia de los objetos allí guardados. —Yo mismo he tenido ese libro entre mis manos hace apenas unas horas, pero, por supuesto, no les voy a contar nada sobre él—. Esta habla de la Menorah sagrada. Esta otra de la mesa del rey Salomón…

No puedo creer lo que estoy leyendo. Mis pupilas deben estar como si me hubiera fumado una plantación entera de maría.

—Esta trata de una especie de piedra o tabla repleta de inscripciones...

—Tranquilo, Quim. —Laura toca mi mano—. Respira antes de seguir hablando que parece que te va a dar un patatús.

Le hago caso. No soy consciente de que las pruebas certifican que esos objetos han estado, en algún momento de la historia, en la cripta.

En mi ciudad. En mi barrio. A tan solo cinco minutos de mi casa.

El librero no lo dudaba. Yo todavía recelaba, aun habiendo visto el manuscrito.

Pero las fotos de la cripta lo dejan absolutamente claro.

Miro la última.

—Esta habla de unos rollos de plata que contienen la localización del dinero, joyas, plata, oro y otros enseres ocultos.

Mi tía recoge los platos vacíos y deja los segundos.

Nos ve tan concentrados que no dice nada y solo se va.

Ella sabe estar. Ha visto demasiados negocios dibujados en sus servilletas como para saber cuándo no ha de estar presente.

Ojalá todo el mundo tuviera ese don para saber cuándo hablar, cuándo callar y cuándo escuchar; una habilidad al alcance de muy pocos.

—Queda esta foto. Corresponde al texto cincelado en la otra sala, la cuadrada.

Laura me da la imagen.

—Del Sancta Sanctórum —aclara Lucía de nuevo.

No la miro. No quiero .

Es un momento tan especial que hasta me apetecería ducharme, afeitarme y vestirme de gala antes siquiera de mirar la foto que contiene un texto que ya sé lo que cuenta.

—Ya sabes lo que cuenta, ¿verdad?

Lucía me conoce muy bien. Demasiado bien.

Supongo que por eso no quiere nada serio conmigo.

Porque se imagina que hay algo en mi interior que no es del todo transparente.

Así somos los Mora. Lo llevamos en la sangre.

Siempre queremos más y de la forma más fácil posible.

El trapicheo está en nuestros genes, pero, además, en mi caso, hay un secreto más profundo y complicado. Y ella lo huele. Lo presiente.

—Este texto habla, como no, del Arca de la Alianza. El objeto más sagrado para los judíos y que se guardaba en el lugar más sagrado del primer templo del rey Salomón: el Sancta Sanctórum.

Lucía sonríe; ella lo tenía claro. Laura me mira con los ojos muy abiertos. Los tres guardamos silencio porque no hay palabras que puedan narrar lo que sentimos en este instante.

Dejo la foto sobre la mesa, junto a un bistec con patatas caseras que no he tocado ni voy a tocar. Me levanto sin decir nada y me dirijo hacia la salida.

Necesito salir a la calle y respirar.