Capítulo 8
Tienda de Quim
Hace tiempo que dejé a Laura y a Lucía en la cripta.
Todavía no sé nada de ellas y ya es la una y media de la tarde.
Ojalá Lucía se pase a comer. Necesito información.
Y verla también, para qué nos vamos a engañar.
No sé en qué orden, quizá en los dos por igual.
Qué lento pasa el tiempo cuando sabes que lo que deseas está a punto de llegar.
El timbre de la puerta me acelera el corazón. Tengo que cambiarlo de una jodida vez o cualquier día me dará un ataque. Ahí está. Ahí están las dos. Algo traman.
—Holaaaaaaaaa.
Lucía siempre saluda igual. Haga sol o llueva. Esté de buenas o de malas. Siempre tiene una sonrisa para regalar.
—¿Nos invitas a comer? —pregunta Laura.
Las miro. Algo pasa.
Me meto tras el mostrador. Eso siempre me ha dado seguridad, para mí es una barrera entre el resto del mundo y yo. Desde allí domino un poco mejor la situación.
—Claro que os invito. Y si además me hacéis el honor de dejarme comer con vosotras, mejor todavía.
Las dos sonríen, pero tras los ojos de Laura veo cautela. Y tras la mirada de Lucía, ansiedad.
No soy psicólogo, aunque después de tantos años trabajando de cara al público sé distinguir algunos rasgos repetitivos que todo el mundo hace de forma automática y subconsciente.
—¿Nos vamos? —propongo. Levanto las llaves de la tienda y las hago tintinear .
—¿Ya? ¿No cierras a las dos? —pregunta Lucía.
—¿Ves a alguien esperando para entrar?
Bajo la persiana media hora antes de tiempo y nos vamos al bar de mi tía.
Rosa sonríe en cuanto nos ve entrar. Su amiga de la infancia, su sobrino favorito, o sea, yo mismo, y la mujer que querría para mí.
—Menudas tres bellezas han venido a alegrarme el día de hoy —saluda Rosa a la vez que sale de detrás de la barra.
Abraza a Lucía. A mí también, más fuerte, y me planta un sonoro beso en la frente. A Laura la abraza durante más rato. Se quieren de verdad.
—Vuestra mesa está libre —informa mi tía, señalando una antigua mesa de mármol blanco con patas de oscuro hierro fundido, adornadas con detalles que se retuercen como enredaderas. Ha estado allí desde antes de que ella naciera.
—Nuestra mesa —sonríe Laura—. Si algún día cambias el mobiliario quiero llevarme a mi casa esta mesa y sus respectivas sillas.
—Esa mesa lleva ahí desde que el bisabuelo de mi abuelo abrió su cantina en el año 1840. Aquí no se cambia nada.
—Ese sería tu trastarabuelo , ¿no? —o algo así me suena haber leído en algún lado.
—¡Y yo que sé cómo se llama! ¡Pariente lejano y punto!
Pues eso, que no vendo nada. Además, ahora se vuelve a llevar todo esto, que lo he visto yo.
—Rosa señala a su alrededor orgullosa—. Menuda pasta cuesta este tipo de mesas en Internete .
Y no son originales ni de verdad como estas.
Pues anda que no viene gente desde que Jan abrió la cuenta de instagramer y pone sus fotos.
Menuda jauría rara la que se pasa a tomar un café solo para tirar fotos en la barra, en las mesas viejas y junto a los barriles de vino que tienen más años que Matusalén.
Jan es el hijo mayor de mi hermana. Está en plena adolescencia, atontao perdido vamos, y nada más tener su primer móvil creó una cuenta para subir fotos del bar y de rincones del barrio.
Mi tía Rosa, como ya os habréis dado cuenta, no entiende mucho de tecnología, pero como atraen clientes ya le va bien que Jan haga sus fotos.
Espero a que se sienten ellas primero. En el fondo soy un caballero chapado a la antigua. En realidad, he vivido demasiados años en épocas arcaicas y creo que todo se pega.
—Hoy tenemos de primero ensalada verde, gazpacho y arroz a la cubana. De segundo hay salmón a la plancha, bistec y judías verdes salteadas.
Nos miramos. Yo lo tengo claro:
—Gazpacho con muchos picatostes y bistec. ¿Va con patatas? ¿Son caseras o de las congeladas?
—Si te suelto una hostia sí que te dejaré congelado. ¿Desde cuándo he servido yo patatas que no hayan sido peladas con estas manos? —Levanta su dedo índice y me mira amenazante—. La madre que te parió…
Me encanta hacerla rabiar. Y a ella en el fondo también. Cuando está de buenas es muy buena, pero cuando le tocan las narices saca ese genio labrado a base de años de aguantar a un sinfín de amigos de la familia: ladrones, timadores, prestamistas… la flor y nata del barrio, vamos.
—Los segundos van como siempre. Acompañados de patatas caseras —me mira y entrecierra los ojos—. O de mongetes con alioli.
Lucía sonríe.
¿Han vuelto a encender todas las luces de la ciudad?
—Yo gazpacho y judías —pide Laura.
—Yo gazpacho también, es que te queda buenísimo, Rosa.
—Gracias, encanto. —Me mira de nuevo—. A ver si aprendes a decir cosas agradables.
—Y de segundo salmón con patatas —añade Lucía.
Mi tía se aleja hacia la cocina vistiendo su inseparable delantal negro.
Se los hace ella misma. Compra la tela por metros en Los Encantes y se los cose cuando está aburrida.
No es por ahorrarse dinero, es por placer y porque le cuesta encontrar delantales de su talla.
Aunque ella jamás lo va a reconocer. No está gorda. Es una mujerona .
—¿Qué tal la mañana?
Intento romper el hielo sin preguntar directamente sobre nada relacionado con la cripta.
—Extraña.
—Rara.
Ambas contestan a la vez y sonríen.
Algo traman. Lo sé.
—Mira, Quim, necesitamos tu ayuda para esclarecer una gran duda que tenemos —dice Lucía clavando sus ojos verdes en los míos.
Van al grano. Esto es importante.
—Lo que te voy a contar no puede salir de aquí. Se me puede caer el pelo si alguien se entera. ¿Está claro? —advierte Laura muy seria. Sus ojos marrones me avisan de la importancia de su frase.
—Como el agua —respondo.
—No quiero ver que asomas de nuevo la cabeza por la puerta de la iglesia —dice Laura muy seria—. Ni siquiera porque estés haciendo un simple y casual paseo como el de esta mañana
No tiene un pelo de tonta.
Asiento en silencio.
Lucía saca una servilleta de papel de un servilletero que tiene más años que yo. Creo que hace dos décadas que dejaron de fabricar servilletas de ese modelo, pero seguro que mi tía tiene sacos guardados en el sótano.
Lucía comienza a dibujar y Laura mira atenta.
Una línea y otras tres más que hacen un cuadrado. Después dibuja un rectángulo pegado al cuadrado. Más líneas. Una figura que parece otro cuadrado, aunque un poco más estrecho. Dos puntos redondos en un extremo. Una puerta…
Dejo de respirar sin darme cuenta.
Mis ojos repasan el escueto e infantil dibujo una y otra vez. Cuadrado, rectángulo, pequeño rectángulo con dos puntos en su interior.
Lucía añade una flecha en la puerta. Y una palabra: Este .
—Sabes lo qué es, ¿verdad? —Laura es muy lista y sabe calar incluso a los tipos que tantos papeles han interpretado a lo largo de una vida con demasiadas funciones como yo.
—¡Quim! —Lucía me llama.
Me mira muy atenta.
Su pelo moreno, largo y ondulado, le tapa media cara. Ella se lo aparta. Estoy hipnotizado y llevo segundos sin respirar. Sin moverme. Y esta vez no es por ella, como suele suceder.
Mi tía trae la comida. Salvado por la campana.
—No te pienses que te vas a guardar esas respuestas para ti, guapo.
Laura adivina mi pensamiento. Quizá es un poco bruja, además de inteligente. O ambas cosas.
—¿Ves? Yo tenía razón. Míralo. Ni respira —advierte Lucía señalándome—. Solo hay una cosa que hace que este tontorrón pierda la cabeza de esa manera.
Aparte de ti, por supuesto.
—¿Qué es eso? —pregunto mirando a la servilleta. Intento mantener la compostura.
—Ya lo sabes. —Lucía suspira, pero me da un poco de tregua. Me conoce muy bien. Me entiende como nadie. —Es la distribución de la cripta que ha quedado al descubierto tras las lluvias —responde sin más explicaciones.
Estoy seguro de que Lucía ya conoce la respuesta.
Es una experta en Historia y en «Historia».
La primera Historia es la que se cuenta en los libros, la que se enseña en los colegios y en las universidades; la segunda «Historia» es la que pasa de generación en generación y apenas tiene registros escritos bien documentados.
Sabe que ese dibujo pertenece al segundo tipo de «Historia».
Voy a decir lo que quieren oír. Así yo también sabré lo que ellas saben. Ahora mismo lo necesito tanto como respirar.
—Ese dibujo es una réplica exacta del Tabernáculo.
Todos guardamos un par de segundos de silencio.
—¡Toma ya! Si es que soy buena —suelta Lucía al fin.
Ella lo sabía, por supuesto .
—¿Llegas a esa conclusión con solo ver estas cuatro líneas? —pregunta Laura.
—Esto forma parte de mi vida, pero, sobre todo, de la de mi padre. Él dedicó mucho esfuerzo y muchos años de su carrera en busca de pruebas que demostraran que el primer templo y los objetos que en él se ocultaban fueron reales y no simples leyendas.
No les miento.
Por eso estoy tan confundido. Que aquella cripta, una copia exacta del Pórtico, del Santuario y del Sancta Sanctórum, haya guardado en su interior el manuscrito original del templo de Salomón es flipante.
Increíble.
Y tremendamente confuso.
Ahora mismo solo tengo ganas de irme hasta esa cripta, al pasado, a espiar quién o quiénes la crearon; por qué; cuándo guardaron los objetos; en qué momento se los llevaron de ella...
Pero no sé cuándo pudo suceder nada de eso y no puedo vigilar eternamente.
No sé a qué año he de volver para obtener respuestas. Necesito más información.
Continúa el quid pro quo .
—¿Qué habéis encontrado en su interior?
—Deja que las preguntas te las haga yo, por favor.
Laura no quiere soltar prenda, pero yo lo necesito.
—Si no me das datos de lo que habéis visto no voy a poderos decir nada sobre esto. —Coloco de nuevo mi dedo sobre la servilleta—. Podría ser tan solo una burda réplica sin importancia.
Mantengo la mirada para que mi mentira cale hondo.
—Tenemos fotos del interior —informa Lucía ante la sorpresa de Laura—. O se lo contamos todo, o nada. Tú decides.