El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

Iglesia de Sant Jaume

Laura y Lucía se colocan los monos de trabajo con habilidad. Traspasan la gran tela blanca que la policía ha colocado como parapeto a fin de controlar el acceso y evitar las miradas de los curiosos hacia la cripta recién descubierta.

En el interior de la capilla hay cuatro potentes focos dispuestos uno en cada esquina. En el centro se pueden observar dos agujeros separados por unos pocos centímetros. Cada uno de ellos tiene poco más de un metro de diámetro. Son como dos ojos enormes y oscuros.

Lucía observa con asombro la zona. Dos escaleras se pierden de vista y la invitan a bajar hacia la cripta. Puede ver un fulgor de luz en el fondo.

—Hemos asegurado la zona. No te preocupes. Ya hemos comprobado que no haya peligro de derrumbe —informa Laura, adivinando sus pensamientos.

—¿Por qué hay dos escaleras? —curiosea Lucía.

—Mira, ven.

Ambas se acercan al borde del orificio que está a la izquierda. En cuanto Lucía observa el interior lo entiende.

—Cada uno lleva a una sala distinta de la cripta.

—Así es —confirma Laura—. Hay un muro entre ellos. Supongo que es un muro de carga, por eso ha aguantado. Bajaremos primero al más grande —añade.

Se colocan el casco con las luces y comprueban que todo funciona a la perfección.

La primera en bajar es Laura, que ya conoce el lugar. Sabe que lo que Lucía va a ver la va a impresionar. Está segura .

Nada más tocar el suelo, ambas notan la diferencia de temperatura. Huele a humedad. Hace frío.

Lucía estudia cada centímetro del lugar sin dar un paso.

Está en una sala rectangular de paredes negras como la noche.

Se acerca a uno de los dos muros más largos y posa la mano con cuidado para palpar la superficie.

Es lisa y pulida. Fría al tacto. En algunas zonas hay caracteres grabados en la piedra.

Perfectamente esculpidos. Pulcros y de gran calidad.

Bajo estos hay unos púlpitos de piedra. Parecen labrados de un único bloque.

Hay seis, tres en cada una de las paredes más largas.

Todos igual de altos, de poco más de un metro, pero de diferente anchura.

El que Lucía tiene justo delante es igual de ancho que la pantalla de su móvil.

Toda la piedra que forma ese púlpito está cincelada a la misma anchura.

—¿Qué has averiguado hasta ahora? —quiere saber Lucía antes de empezar a sacar conclusiones.

—Poca cosa. Esta zona en la que estamos mide cuatro metros con sesenta centímetros de largo y justo la mitad de ancho.

Tras ese muro —señala hacia el otro extremo de la sala donde hay una pared con una pequeña abertura en su parte central que hace de puerta—, hay una especie de vestíbulo.

Todo estaba completamente vacío, salvo esta especie de peanas de piedra.

—Son púlpitos. Sin duda. Están hechos a la medida de lo que mostraban —interrumpe Lucía para aclarar.

—Pues detrás de cada uno de estos pulpitos hay un texto cincelado en la roca.

—Supongo que este texto describe lo que cada uno de ellos sostenía.

—Como en un museo… —indica Laura.

—Podríamos decirlo así. —Lucía mira de cerca el texto. Su dedo se mueve sobre los caracteres como si los estuviera leyendo en braille. De repente, se detiene en uno de ellos y comienza a dar suaves golpecitos en la pared mientras su cabeza intenta recordar.

—¿Qué has visto? —pregunta la agente de policía .

—Son grabados hebreos, casi seguro. Yo no sé traducirlo todo, pero sí que conozco algunas palabras. Aunque hay otras que se me escapan por completo.

Laura piensa en aquellas lejanas clases que dio para aprender hebreo y que, tras varios años de estudio, tuvo que dejar por falta de dinero. Su dedo sigue dando golpecitos sobre la pared.

—¿Entiendes algo de lo que pone? —quiere saber Laura.

—Solo un poco.

Lucía no quiere precipitarse.

—Va, cuenta. Sé que has descifrado algo.

Laura sabe estudiar a la gente como nadie. Menos a su exmarido, al que no caló hasta después de varios años de sombrío matrimonio.

—Yo diría que es hebreo antiguo. Recuerdo haber visto algunas de estas letras y palabras en antiguos escritos. Sobre todo, en textos bíblicos. Pero estoy muy desconcertada ahora mismo.

Su dedo continúa golpeando en el mismo punto de la pared con suavidad.

—¿Qué señalas con tanto ímpetu? —pregunta Laura.

—Esto no debería estar aquí y si es lo que creo, te puedo asegurar que este lugar es mucho más importante de lo que nos podamos imaginar.

Lucía vuelve a pasearse por la sala y mira de cerca el resto de los púlpitos, tres a cada lado, con sus respectivos textos.

—¿Qué crees que hubo aquí expuesto?

Laura señala hacia el púlpito más pequeño.

—Por lo poco que puedo leer diría que podrían ser objetos de culto. —Lucía no deja de mirar la pared—. Pero esto de aquí me tiene desconcertada.

Laura sabe que debe tener paciencia con Lucía.

Han trabajado juntas infinidad de veces y sabe llevarla muy bien.

Se hicieron amigas en el bar de Rosa. Una ya era policía y la otra, guía del museo.

Y de aquellas charlas sobre cosas viejas, como Rosa decía, salió una buena amistad.

En cuanto pudo, Laura contó con ella como asesora externa de la Unidad .

—Este texto de aquí —señala Lucía—, habla del anillo del rey Salomón. Y eso no es posible.

Laura observa con detenimiento el lugar señalado por su amiga. Sobre la superficie lisa y negra de la pared puede distinguir una estrella de seis puntas.

—¿Esa es la estrella de David? —pregunta.

—Así es.

—¿Crees que este lugar tiene que ver con los judíos?

Lucía piensa antes de contestar. Necesita volver a mirar toda la sala.

Pasa junto a la escalera por la que ha bajado y camina hasta el lado opuesto.

Esta zona es también estrecha y con muros de piedra negra, excepto en el centro de la pared del fondo.

Allí ni es negra ni tampoco es pulida. Está flanqueada por dos gruesas columnas que brillan cuando reciben la tenue luz de los focos colocados en el interior.

—Hemos averiguado que esas dos columnas están forradas con una fina lámina de cobre —aclara Laura.

—Esto de aquí parece una puerta. —Lucía señala hacia el centro de la pared, que está claramente fabricada con otro material—. Una puerta orientada al Este, flanqueada por dos columnas de cobre que da acceso a un vestíbulo, que, a su vez, da paso a una sala rectangular repleta de objetos.

Laura observa cada paso de Lucía. Caminan con lentitud de nuevo hacia la escalera por donde han bajado.

—¿La otra sala de al lado es cuadrada? —pregunta Lucía.

—¿Cómo lo sabes?

Laura se queda con la boca abierta. Su amiga conoce datos que ella no sabe y eso la pone nerviosa.

—Dime en qué estás pensando, so capulla.

—Sobre este lugar, antes de que se construyera la iglesia de la Trinidad, que más tarde se convirtió en la iglesia de Sant Jaume que hoy conocemos, estaba una de las sinagogas judías que había en Barcelona.

—¿La del Call Menor?

—Así es. Todavía se puede apreciar un pedazo de muro que fue aprovechado para edificar la nueva iglesia.

—¿Crees que la cripta formaba parte de aquella sinagoga ?

Lucía asiente con la cabeza mientras su mente vuela lejos, recordando documentos polvorientos sobre historias antiguas.

—Lo creo, aunque no conozco ningún escrito que haya nombrado este lugar —aclara la historiadora, acostumbrada a hacer cientos de visitas guiadas por el antiguo barrio judío de Barcelona.

—¿Quieres ver la otra sala?

—Ya tardamos.

Ambas suben por la escalera de metal.

Nada más sacar la cabeza de la cripta notan de nuevo el bochornoso calor de la superficie.

Desde donde se encuentran, Lucía jamás hubiera imaginado que bajo sus pies se encontrara aquella cripta subterránea. Su cabeza intenta sacar conclusiones, pero le faltan algunas piezas del puzle escondidas en recónditos lugares de su mente. Solo debe encontrarlas.

Laura comienza a bajar por la segunda escalera. Lucía la sigue. Al llegar abajo el frío ambiente las recibe de nuevo. Lucía lo agradece, a pesar de que tiene la piel de los brazos de gallina.

—Es cuadrada, como tú has dicho.

—Supongo que debe de tener la misma anchura que la otra. Dos metros treinta por cada lado.

—Correcto. Está completamente vacía, excepto por esta especie de tarima de piedra.

Lucía repasa el lugar con atención.

Está vacío, tal y como dice su amiga. Solo hay esa especie de plataforma de piedra de unos pocos centímetros de altura.

—¿Cuánto mide?

Laura mira su libreta:

—Ciento treinta y siete centímetros de largo, por sesenta y nueve de ancho, por diez de alto —contesta—. Y, como puedes ver, también tiene su particular texto cincelado.

—Tenemos tres paredes negras y pulidas, menos el muro que da a la otra sala, que en el centro vuelve a ser de un color diferente.

—¿Otra puerta ?

—Sin duda.

—Pues no veo ninguna cerradura.

—Porque son puertas de seguridad de la época a prueba de ladrones curiosos.

Lucía se acerca y toca con la mano la supuesta puerta que comunica con la sala en la que han estado antes.

Se da la vuelta y desde allí intenta leer el texto escrito sobre la tarima. Apenas reconoce un par de símbolos por aquí, algunas palabras por allá, pero lo suficiente como para notar un sudor frío y repentino en todo su cuerpo. Su cara cambia y muestra un gesto de asombro. O quizá de miedo.

—¿Lucía?

No contesta. No ha oído a su amiga.

La historiadora avanza unos pasos. Mira. Lee. O al menos lo intenta.

Retrocede de nuevo hasta pegar su espalda al muro opuesto.

También está frío a pesar de ser distinto.

Comprueba como la tarima está ubicada justo en el centro.

Algunas piezas del puzle comienzan a unirse.

Viejos recuerdos de libros, cursos, charlas, fábulas y algunos documentales aletargados en su mente ayudan a ello.

Laura fija la mirada en su amiga. Sabe que cuando su cabeza está en plena efervescencia no debe molestarla.

Lucía cierra los ojos y comienza a recitar:

—Recinto cuadrado. Tres paredes pulidas. Una cuarta que es una puerta oculta que da a la sala contigua. Rectangular. Al fondo, un vestíbulo con otra puerta flanqueada por dos columnas de bronce que miran hacia el Este.

Pasan los segundos y el silencio se apodera de la cripta. Un lejano goteo, olvidado en alguna parte, recuerda las copiosas lluvias de días anteriores. El frío sigue presente, pero no es molesto, al menos de momento.

Laura sigue callada. Deja que su amiga trabaje a su ritmo, sin distracciones.

La historiadora vuelve a hablar .

—La puerta principal es la que está flanqueada por las dos columnas forradas en bronce. A través de ella se accede al vestíbulo.

Laura comienza a apuntar en su libreta.

—Tras el vestíbulo nos encontramos con la antesala rectangular.

—Donde hemos estado antes —puntualiza Laura.

—Así es. Lugar donde en algún momento se encontraron objetos muy importantes, tanto como para ser ocultados en una cripta como esta.

—Dices que a través de la antesala hay otra puerta que nos trae hasta aquí —indica Laura a la vez que hace un plano en su libreta y en su mente.

—Hasta aquí… —repite Lucía sin apartar la vista de la tarima que tiene ante sus ojos—. Hasta el lugar más sagrado de toda la cripta. El más importante. Un espacio al que solo podía acceder una persona. Un lugar cuyo nombre se encuentra grabado en esa pared: Sancta Sanctórum.