El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Iglesia de Sant Jaume

Bajo el mono blanco de tela, Laura lleva su ropa habitual.

Siempre que me acuerdo de ella la visualizo con sus tejanos desgastados, rasgados o rotos, y su camiseta negra.

Hoy la lleva blanca. Deja el mono de trabajo, las gafas y el resto de vestimenta sobre la improvisada mesa que han montado.

Segundos después, saca el teléfono móvil del bolsillo del pantalón.

Parece que está dejando un mensaje de voz.

Yo sigo en la puerta, junto a otros curiosos que miran hacia el interior de la iglesia.

Voy a esperar a que salga o a que mire hacia aquí para hacerle señas a ver si me ve. Seguro que me cuenta qué está pasando ahí dentro. O eso espero.

Laura es una buena amiga de la familia. Nuestra amistad viene de lejos.

Hizo la EGB con mi tía Rosa y todavía mantienen una gran relación que se ha trasladado por ósmosis al resto de la familia.

Cuando eran niñas la madre de Laura trabajaba limpiando casas hasta demasiado tarde.

La yaya Pilar, que entonces llevaba el bar, siempre tenía una mesa reservada para Rosa y Laura.

A la salida del colegio se iban directas al bar y en aquella mesa, que sigue estando en el mismo lugar, hacían los deberes, merendaban y jugaban hasta que la madre de Laura pasaba a recogerla.

También tuvo mucho trato con mi tío Mario y con mi padre.

Con mi tío mantuvo un noviazgo juvenil que acabó cuando ella conoció al que años más tarde sería su marido, un tipo que la llevó durante una década por la calle de la amargura hasta que Laura tuvo el gran acierto de cortar por lo sano.

Ahora mantiene una relación intermitente con Mario.

Nada serio, son amigos con derecho a roce.

«Porque el cuerpo quiere lo que quiere y no tienes que estar encadenado a nadie para pasar un buen rato», le soltó un día a mi tío Mario cuando le preguntó por qué solo lo llamaba dos veces al mes.

Este chismorreo me lo contó Lucía. Ellas dos son amigas.

Laura siempre ha sospechado que en los sótanos de los Mora se cuecen oscuros negocios. Laura es lista, no tiene un pelo de tonta y por eso es de las mejores en su campo. Pero mi abuela se portó muy bien con su madre y con ella durante años y Laura no quiere saber nada.

En cuanto veo que dirige su mirada hacia la calle, yo levanto la mano como cuando estaba en el patio del colegio y quería que me pasaran la pelota.

Laura me ve. En el patio del colegio no me veía ni Dios.

Una sonrisa se dibuja en su cara. Comienza a caminar hacia la calle.

Nada más cruzar el viejo portón de la iglesia, el viento remueve su larga cabellera rubia.

—¡Qué gusto salir de ahí! Necesitaba un poco de aire fresco —dice mientras me da un sincero abrazo seguido de un sonoro beso.

Sus ojos marrones están llenos de alegría.

—Te veo muy bien —opina mientras se arregla el pelo alborotado.

—Yo te veo mejor. Cada día estás más joven.

—Ay, Quim. Cuando pasas de los cincuenta, o te cuidas o empieza el declive. Ya lo verás…

—Tomo nota.

Mentira. No me he cuidado nunca y no voy a empezar a hacerlo ahora. Laura come sano. Desde hace un par de años es vegetariana. Vive por la zona de Diagonal Mar y sus carreras matutinas por la playa no se las quita nadie. Excepto cuando se queda a dormir en casa de Mario.

—¿Qué haces aquí? —pregunta.

Laura no es tonta.

—Estaba desayunando en el Conesa y he visto todo este follón —miento .

Laura me mira un segundo. Duda, pero le acabo de soltar una buena mentira. Totalmente creíble.

—Ya les he dicho que quiten los coches de la calle, pero aquí cada uno va a su bola.

—¿Qué ha pasado ahí dentro? Parece una peli apocalíptica con científicos enfundados en monos blancos.

Un comentario gracioso, mezclado con una pregunta disimulada, a veces da resultado.

—No es nada peligroso —me informa mientras observa a su alrededor—. No hay nada dañino para la salud, los trajes son solo para no contaminar un lugar que hemos encontrado.

No contesto. Solo pongo cara de asombro mientras asiento con la cabeza como un mono en una jaula que mira a todos esos otros monos un poco más evolucionados que lo observan.

Los segundos de silencio hacen que ella hable de nuevo.

—Las lluvias dañaron el suelo de una de las capillas, que colapsó y dejó al descubierto una especie de cripta subterránea. Nada grave. El edificio no peligra.

—¡Qué me dices! —exclamo sorprendido. O lo intento.

Es una simple pregunta que, ayudada de un buen alzamiento de cejas, queda bastante natural.

No he estudiado interpretación, pero me he metido en tantos personajes distintos durante mis viajes, que actuar ya es algo natural en mí.

Lo mío me ha costado, no os creáis. Más de una vez me han corrido a hostias, sobre todo al principio de mis andaduras.

Laura mira a la gente pasar. No quiere hablar más de lo que puede. Yo le echo un cable.

—Seguro que es una cripta con restos romanos. Toda esta zona está repleta.

—No es de la época romana. Es mucho más reciente.

—Bueno, sin duda lo averiguarás. Ya que estás aquí pásate por el bar y comemos juntos. Rosa se pondrá contenta de verte.

A esto lo llamo cambio de juego. No quiero que piense que solo me interesa la cripta. Si comemos juntos seguro que averiguaré más datos .

—Estaría bien, pero no sé si voy a tener tiempo. Esto me tiene bastante intrigada.

—Si alguien lo puede resolver eres tú. De eso no hay duda.

—No lo creo. Los restos parecen ser de la época medieval y yo ahí no estoy muy puesta.

Laura se maneja como pez en el agua con los restos de la época romana y anteriores.

—Deberás pedir ayuda —le sugiero.

—Ya lo he hecho. En cuanto he visto el lugar he llamado a una experta para que me eche una mano. Mírala, puntual como siempre.

Mis pupilas se dilatan al ver que la experta no es otra que Lucía. Mi Lucía.

—Por ahí llega tu Lucía —dice Laura con cruel ironía.

Su sonrisa esconde un sinfín de «te lo he dicho mil veces, a qué esperas, eres tonto, se te va a escapar…». Laura no es tonta. Sabe leer entre líneas y sabe, sobre todo, escuchar a la maruja de mi tía Rosa contándole lo pillado que estoy por Lucía.

—¡Quim! ¡Laura!

Pero que bien le quedan esos tejanos negros, por favor.

¿Es su sonrisa que ilumina la calle o acaso han encendido todas las luces de la ciudad?

—Gracias por venir con tanta rapidez —dice Laura a la vez que le da un cálido abrazo.

Se gira y me mira. Creo que llevo rato sin respirar.

—Dame un abrazo, tonto.

Y ahí voy yo, sonriendo como un lerdo mientras noto su calor en mi pecho. Quiero que este abrazo dure más de lo normal, pero Lucía no.

—¿Qué haces aquí?

Lucía tampoco es tonta. Sabe que huelo en el aire los artículos valiosos como un tiburón capta la sangre en el agua a kilómetros de distancia.

—Yo ya me iba. Os dejo trabajar. Menuda pareja hacéis.

Sonrío .

Ellas me miran. Una sabe que mi risa es por los nervios de tener a mi amor platónico al lado. La otra sabe que es porque soy como un buitre rondando a su presa.

Ambas tienen razón.

—¿Comemos después? —me pregunta Lucía.

—Perfecto. Por cierto, esos pantalones te quedan genial.

—¡Gracias! —sonríe de nuevo—. Nos vemos en el bar de Rosa en un rato.

—Estaré en la tienda. Avísame cuando llegues.

—¡Ok! Hasta luego.

Yo me despido con la mano.

Laura me sonríe y se acerca.

—Hasta luego, Quim —me dice a la vez que me da un cálido abrazo—. Que vaya bien la comida —me susurra al oído antes de darme un cómplice beso de despedida.

Me quedo de pie y las veo cruzar juntas el viejo portón hasta perderse en el interior de la iglesia. Lo que daría por estar ahí dentro con ellas para saber qué han descubierto. Espero que después, durante la comida, Lucía me lo cuente todo.