El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

Librería de don Emilio

Mis ojos no pueden apartarse de los papeles, pergaminos y rollos que tengo ante mí.

Hay tanta información que estoy colapsado.

Creo que llevo así desde que el librero me dijo que creía tener en su poder el diario del templo.

La verdad es que no sé muy bien cómo he llegado hasta la librería ni si me he tomado el último café o si me he despedido de mi tía Rosa.

Los últimos veinte minutos bailan entre una densa y pesada niebla.

Demasiada información para procesar en tan poco tiempo.

Me cuesta creer lo que veo.

Necesito respirar.

Desconectar.

Reiniciar mi mente para empezar de cero.

—Tómatelo con calma, Quim. Solo dime qué crees.

Como si fuera tan fácil, no te jode.

Respiro de nuevo. Ahora me iría bien uno de esos pitillos aliñados que tanto me calman en las noches de insomnio.

—Las fechas cuadran con el tipo de papel usado en su época.

Todas las entradas que he visto, así por encima, están escritas en hebreo.

La forma de escribir va cambiando con los años, digamos que se va modernizando.

La caligrafía, así como su léxico, se mantiene durante un tiempo concreto, lo que quiere decir que solo una persona escribía en esta especie de diario, supongo que hasta su vejez o su muerte.

A medida que hablo en voz alta Emilio asiente.

—Es el manuscrito, Quim. No me cabe la menor duda.

No quiero hacerme ilusiones .

Ojalá estuviera mi padre aquí para ver esto.

—Ojalá estuviera tu padre aquí para ver esto —dice Emilio emocionado.

Yo asiento. Ojalá.

Reviso de nuevo lo que parece ser el primer rollo de cobre. Lo toco con cautela. Con mimo.

—Creo que este es el más antiguo. La primera fecha que aparece escrita es Shevat 3260 .

—Que depende del día podría ir de finales del año 501 a principios del 500 antes de Cristo, según el calendario gregoriano —informa el librero. Ha apuntado en una hoja varias fechas y ha hecho las conversiones pertinentes. El muy ansias ya ha revisado gran parte mientras me esperaba. Estoy seguro.

—Si tú lo dices me lo creo. A partir de Shivan 3880 los rollos de cobre desaparecen y todo pasa a ser escrito sobre papiros.

—Siglo II, redondeando. De momento todo parece cuadrar. —Emilio está más tenso que la cuerda de una guitarra. Mucho más de lo habitual, aun así, sus revoluciones van muy por debajo de las mías.

Tiene razón.

De momento todo concuerda, pero no puede ser tan bonito.

Tan fácil. Aquí, ahora, de repente y sin esfuerzo alguno, aparece como por arte de magia.

Es casi imposible que tenga ante mis ojos lo que mi padre ha buscado durante tantos años.

Lo que yo también he perseguido. No os podéis imaginar la de viajes que he hecho para averiguar dónde estaba el manuscrito del templo.

Y jamás he podido volver con una respuesta.

—Según veo, a partir de Shevat 4080 comenzaron a usar piel de animal.

—Fecha que corresponde al siglo IV.

Conozco a la perfección este tipo de técnica.

Yo mismo la trabajé en un viaje a Estambul, cuando todavía aquella hermosa ciudad era conocida como Constantinopla.

Fabriqué con mis propias manos vitelas como ésta, hechas a partir de la fina piel de los becerros que nacían muertos.

Aunque a veces también usaban la piel de becerros vivos recién nacidos; al igual que hoy en día, todo dependía de la demanda del producto sin importar cómo conseguirlo.

—A partir de Elul 4910 desaparecen las vitelas de piel y los pergaminos. —El librero me muestra su libreta y señala. Según su conversión la fecha corresponde a septiembre del año 1150—. Tras este año tan solo se usan hojas de papel hechas de algodón.

—Cuadra a la perfección con los datos históricos de otros documentos.

Emilio sonríe. Sabe que tiene una mercancía importante sobre el mostrador de su librería. Y os puedo asegurar que por este expositor han pasado obras de cuantioso valor histórico y económico. Pero esta, que tiene mucho de ambas, es además un vivo recuerdo de mi padre. Y de mi niñez.

—La última entrada es Siván del año 5151.

—Que corresponde a junio del año 1391 —aclara Emilio.

—Y aquí acaba la historia. Es la última hoja.

Reúno todo el material, con mucho cuidado, y miro a mi viejo amigo, compañero de fechorías de mi abuelo en sus años mozos. No me quita el ojo de encima.

—¿Qué pone en esa última hoja?

Él ya lo sabe.

Hace tiempo que no leo nada en hebreo y me cuesta un poco centrarme y conseguirlo.

Lo hablo y lo entiendo a la perfección, pero leer del puño y letra de vete a saber tú quién es más complicado.

Las lenguas son una de mis perdiciones. Tengo gran facilidad para asimilarlas, además de la oportunidad de aprenderlas de primera mano.

Aprendí hebreo, por ejemplo, cuando viví en Palestina durante casi diez años.

En la ciudad de Jerusalén en el siglo I, para ser más concretos.

Ya te puedes imaginar con quién. Sí, ya lo sé, es flipante.

Igual algún día te cuento más sobre aquel viaje.

En aquella década también perseguí decenas de pistas sobre este manuscrito que ahora tengo delante y que, por supuesto, jamás encontré.

—¿Lo leo yo? —pregunta el librero, impaciente.

—Ya voy, ansioso. Deja que me concentre :

«Los ladrones han descubierto la cripta y debemos movernos. Hemos acordado partir para trasladar los objetos a lugares nuevos y más seguros».

Mis manos empiezan a sudar al tiempo que acabo de leer.

—Tu padre tenía razón, Quim. Es muy probable que el tesoro siempre estuviera en poder de los judíos y este es el diario en el que se cuenta, día a día, dónde estuvo escondido. Al menos hasta el año 1391.

Emilio me mira con sus ojos grandes y profundos. En su privilegiada cabeza ya ha tejido un mapa mental de gran parte de la historia contada en este manuscrito. Yo, por el contrario, necesito otro café y un Ibuprofeno.

—¿De dónde ha salido? —Quiero saber. Necesito saber dónde ha estado todo este tiempo.

—Lo han encontrado en una cripta bajo la iglesia de Sant Jaume. La de la calle Ferran —informa Emilio—. Al parecer las lluvias de estos días han dañado el suelo y la han dejado a la vista.

—¡No me jodas! —exclamo incrédulo—. Toda la puta vida buscando este manuscrito por medio mundo y resulta que ha estado siempre a cinco minutos de mi casa…

—Parece mentira. Pero así es. Justo aquí mismo. No siempre habrá estado en esa cripta, claro está, pero casi seguro que sí hasta el siglo catorce. Lo sabremos cuando descifre todas y cada una de las entradas.

Emilio asiente.

Sabe que mi padre lo buscó. Sabe que yo no he cesado de hacerlo, en parte por la memoria de mi padre, en parte por mi cabezonería. Pero no sabe nada de mis viajes en el tiempo, eso es algo que solo conozco yo. Nadie lo sabe. Es un tema mío.

Solo mío.

—¿Sant Jaume es la antigua iglesia de la Trinidad? —pregunto, aunque estoy casi seguro de que así es.

—Así es. —Emilio piensa unos segundos y añade—: Y antes de que fuera cedida a las monjas trinitarias que levantaron parte del convento actual fue la sinagoga del Call Menor. Al menos hasta la noche del 5 de agosto de 1391, cuando el barrio judío fue devastado.

—Entonces la fecha de la última entrada del diario es tan solo dos meses antes de la rebelión que tuvo lugar en Barcelona contra los judíos de la ciudad.

—Correcto.

—La sinagoga se quemó tras la revuelta. Lo poco que quedó pasó de mano en mano con los años hasta extinguirse casi por completo, pero, al parecer, la desconocida cripta subterránea sobrevivió —susurro sin darme cuenta.

—Mi contacto no me ha dado detalles del lugar de donde lo han sacado. Deberíamos investigar qué más hay allí.

Emilio tiene razón.

—No sé si han dado parte a las autoridades —me comenta muy serio—. El personaje que me ha traído el manuscrito seguro que no lo ha hecho, pero tarde o temprano alguien se dará cuenta de que allí hay un agujero que lleva hasta un lugar de gran valor histórico.

—¿Crees que el tesoro sigue allí?

—No lo creo. Aladín me lo hubiera dicho o habría robado algunos artículos para venderlos en la tienda de tu tío Mario.

—No entiendo por qué dejaron este manuscrito —indico pensativo.

—La lástima es que no dejaran escrito a dónde iban a trasladar los objetos —apunta el librero.

—Yo tampoco hubiera dejado ninguna pista.

—Cierto. Cualquier indicio habría sido terrible si alguien se topara con la cripta —opina Emilio mientras se acaricia la barba repetidamente, gesto que siempre hace cuando su mente vuela lejos—.

Eso habría alertado a la Iglesia y no cabe duda de que hubieran ido tras ellos como hienas hambrientas.

Ese tesoro se busca con anhelo y sin descanso desde tiempos lejanos.

—Esto me recuerda a los cuentos que me contaba mi padre. Los echo de menos. Y a mi padre también. Cada día.

Papá cuéntame otra vez.

—Y yo, amigo. Y yo. No sabes cuánto .

Mi padre era un arqueólogo de los de antes.

Un Indiana Jones con sombrero incluido, aunque sin látigo.

Repartía su tiempo entre su profesión como profesor suplente de Historia en la Universidad de Barcelona y lo que más le llenaba, sin duda alguna, el trabajo de campo: las excavaciones, los pantalones y los chalecos de color tierra con mil bolsillos, los sombreros de ala ancha, los viajes a lugares perdidos en el tiempo…

También era un gran contador de historias.

Un trovador moderno que adaptaba los hechos históricos a entretenidos cuentos de aventuras.

Cuanto mayor me hacía, más detalles verídicos incluía, más guerras, más muertes y más crueldades.

En definitiva, con los años dejaban de ser cuentos infantiles para convertirse en historias reales, sin filtros.

—Recuerdo su fábula favorita, la de los nueve valientes caballeros que llegaron a Tierra Santa para proteger a los peregrinos.

Emilio asiente. Un halo de tristeza se refleja en su cara. Parece estar recordando a mi padre mientras contaba esta historia.

—El mito de los nueve caballeros templarios que en realidad no protegieron a nadie —añade el librero.

—Eso lo supe con los años —aclaro recordando las distintas versiones del cuento—. El rey Balduino II de Jerusalén les cedió un terreno para que se asentaran. Unas tierras que estaban sobre los restos del antiguo templo de Salomón.

—Allí excavaron durante nueve años hasta que dieron con algo único —explica el librero—. Unos dicen que pudo ser una copia del manuscrito como la nuestra. Otros opinan que hallaron uno de los objetos del templo.

—He leído de todo, hasta que encontraron el Santo Grial.

—Una cosa es cierta —me dice con semblante serio, señalando al manuscrito—, esto nos dice que el tesoro existió.

Quiero ser lo más neutral posible, aunque mi corazón me indique lo contrario. No quiero perseguir humo de nuevo .

—En cuanto estudie todo el documento haré una lista completa. Qué tesoros se salvaron y dónde han estado todos estos siglos —informa el librero.

—Dónde estuvieron hasta el siglo catorce —aclaro tan pensar unos segundos—. Ahora vete a saber tú dónde están…

Emilio asiente.

Estira su espalda que cruje como un mueble viejo rogando su jubilación. Coge en brazos el paquete de tela que contiene el manuscrito y sale de detrás del mostrador.

—Voy a guardar nuestro pequeño gran tesoro en la caja del sótano. Ahora tengo cosas que hacer, pero después me pondré a trabajar en él.

En la caja del sótano ha entrado muy poca mercancía. Solo lo verdaderamente importante se guarda allí.

—Quim, debes ir a esa cripta y averiguar todo lo que puedas. ¿Qué hubo? ¿Qué queda? ¿Por qué dejaron esto?

Emilio da varios golpecitos al paquete que abraza.

—Lo sé. Voy ahora mismo. Hablamos después.

Emilio cierra con llave la puerta de su librería en cuanto salgo y esta vez sí que cuelga el cartel de cerrado.

Mi reloj dice que ya son las diez y media de la mañana. Debería haber abierto mi tienda hace media hora. Miro hacia ella. Está justo en la esquina a unos veinte metros de distancia. No veo a ningún cliente esperando.

Sin perder más tiempo comienzo a caminar hacia la Baixada de la Llibreteria.

Ya empieza a haber más gente por la calle y el eco de las voces retumba entre las centenarias paredes del barrio.

El olor a café y a pastas recién horneadas inundan esta estrecha calle que me lleva hasta la plaza de Sant Jaume.

Cruzo la plaza, abarrotada de grupos con pancartas que protestan ante el Ayuntamiento defendiendo no sé qué ideales, hasta llegar a la calle Ferran.

Aflojo el paso sin llegar a detenerme.

A lo lejos veo demasiado movimiento de gente.

Unos treinta metros antes de llegar a la iglesia, dos coches de los Mossos d’Esquadra cortan el paso al resto de vehículos. Tras ellos, hay un camión de bomberos .

Sigo caminando. Disimulo. La puerta de la iglesia está abierta y me asomo con interés y cautela, como cualquier mirón que se precie.

En su interior puedo ver a varios policías y a un par de bomberos que charlan entre ellos.

Al fondo de la iglesia, a la derecha del pasillo central, veo parte de una cortina blanca.

Es demasiado tarde. Ya la han descubierto.

Dos personas aparecen tras la tela blanca.

Llevan cascos con luces, mascarillas y gafas protectoras que hacen juego con un mono blanco que no deja nada a la vista.

Se detienen ante una pequeña mesa y comienzan a desvestirse.

En cuanto se bajan la capucha y se quitan las máscaras protectoras mi pulso se acelera. Conozco a esa mujer.

Lo bueno es que Laura es una vieja amiga, podré hablar con ella y casi seguro que obtengo detalles de lo que ha visto allí abajo. Lo malo es que es de la Unidad Central de Patrimonio Histórico de los Mossos, lo que quiere decir que saben la importancia de lo que tienen entre manos.

Este lugar va a estar vigilado día y noche.

Debo hablar con ella para conocer hasta dónde saben. Después ya decidiré qué hacer.