Capítulo 4
Bar de Rosa
Me encanta saborear ese último sorbo de café rebosante de crema. Estoy tan relajado que apenas puedo escuchar ya el eco de las últimas palabras que el librero me acaba de soltar. Esta vez parecía intrigado de verdad. Iré a verlo antes de abrir mi tienda.
Mírala. Ahí está Lucía, puntual como cada mañana.
Y hoy lleva esos tejanos negros que tan bien le quedan.
A ver si hay suerte y entra a por un café.
Me encantaría charlar un rato con ella antes de levantar la persiana.
Y ahí está mi tía Rosa que no me quita el ojo de encima.
Se piensa que no la veo porque estoy mirando hacia la calle, pero su reflejo en el cristal se ve alto y claro porque ella no es una vampira.
Un poco bruja sí que es, la verdad. En el fondo es muy buena mujer.
Siempre me ha querido como a un hijo, quizá porque ella nunca ha tenido los suyos propios y ese instinto maternal lo ha volcado en mi hermana Carla y en mí.
Dice que somos sus sobrinos preferidos, supongo que es porque somos los hijos de su hermano favorito, de su pitufo como ella siempre lo llamaba.
A los hijos de su otro hermano, mi tío Mario, no es que no los quiera, es que apenas ha tenido roce con ellos.
Y ya sabéis lo que dicen: el roce hace el cariño y la distancia el olvido.
Todavía recuerdo cuando María se divorció de mi tío Mario, se quedó con la custodia de mis tres primos y se largó de Barcelona.
Menudo disgusto nos llevamos. A mi tía Rosa nunca le cayó demasiado bien, pero desde aquel día que, en una comida familiar, después de varias copas extras, dijo que si se separaba de mi tío se quedaría con el piso y con su local, la odió a más no poder.
Jamás podré olvidar la cara que aquella ilusa mujer puso cuando mi tía Rosa sacó un garrote enorme y lo estampó en la barra del bar con un golpe tan seco que todavía lo recuerdan algunos clientes de confianza.
Y la pobre barra también. La miró a los ojos, levantó el garrote y le soltó: «Todo este edificio en el que estás es propiedad de mi madre y de nosotros tres, sus hijos.
¡Mientras seas de la familia te puedes quedar en él, pero si no lo eres…
bon vent i barca nova!», que es como decir más o menos: ¡Que te den!
Y después añadió: «Y si piensas dar problemas, que sepas que no llegarás al juicio».
Así es mi tía Rosa. La futura matriarca de la familia Mora que vela por todo lo que su abuela Pepita, mi bisabuela, consiguió con años de duro esfuerzo y trabajo.
Y tenía mucha razón.
La yaya Pepita, que así la llamábamos todos, enviudó cuando su marido Eusebi murió durante la Guerra Civil. Se quedó sola con dos hijos y a cargo del mismo bar en el que estoy ahora. Creo que lo abrió el abuelo de mi tatarabuelo en el mil ochocientos y poco, año más, año menos.
La yaya Pepita tuvo que ingeniárselas como pudo para salir adelante en una época en la que la pobreza y la hambruna eran habituales en el barrio y en gran parte de la ciudad.
Pero ella fue lista. Sabía que había mucha gente con dinero y con ganas de gastarlo lejos de sus acomodados distritos.
Montó un pequeño casino clandestino en el sótano, que se hizo famoso en poco tiempo.
Además, alquilaba por horas las dos habitaciones que le sobraban del piso donde ella misma vivía de alquiler, justo encima del bar, para que las chicas de la noche que solían rondar por el casino pudieran subir para finalizar sus labores comerciales.
El negocio fue viento en popa durante años, tanto que le permitió comprar, a buen precio, primero el bar, más tarde el piso en el que vivía y, con los años y la necesidad económica de otros vecinos, el local de al lado y otro piso más .
A partir de los años sesenta se hizo cargo su hijo mayor, mi abuelo Jordi, que supo sacarle un fructífero jugo al sótano del bar y compró el local que más tarde se quedó mi padre y que ahora me pertenece.
En él montó una tienda de compraventa de todo lo que cayera por allí.
Entre toda la quincalla que se comerciaba en la empresa había una serie de artículos especiales cuyas transacciones tenían lugar en el sótano del local.
Un sector al que tan solo tenían acceso una escueta lista de gente.
Como ya os habréis dado cuenta a los Mora siempre nos han gustado los sótanos. Menos a mi tía Rosa. Ella se negó desde el primer día a tener un sótano en el que se hicieran trapicheos. «En mi bar todo el mundo es bienvenido, pero nada que sea robado pasa de la entrada».
Casi todos los complots de la zona se planifican en las viejas mesas del bar de mi tía mientras la gente de bien toma algo, pero nada ilegal se atreve a invadir los dominios de la Rosa.
Y eso, por supuesto, lo respetamos. Más nos vale.
En el bar estamos a gusto. Es zona neutral.
El centro neurálgico de familia, amigos y conocidos.
Yo nunca voy a casa de nadie a tomar café, no es necesario porque todos nos vemos en el bar de la Rosa tarde o temprano.
Pero en el sótano de mi tienda es diferente.
Se ha trajinado con todo tipo de artículos de estraperlo facilitados, entre otros, por don Alfonso y don Emilio, el relojero y el librero del barrio que son como de la familia.
Mi abuelo Jordi era íntimo de estos dos piezas.
Empezaron siendo un trío de ladronzuelos en Las Ramblas y acabaron aprendiendo de los mejores el difícil arte de robar sin ser vistos.
A mi abuelo nunca le hizo falta, la verdad, ya que con el bar podía salir adelante, pero llevaba en la sangre lo de disfrutar saltándose las normas.
Acabaron siendo verdaderos ladrones de guante blanco en una época en la que la policía de la dictadura no se andaba con chiquitas.
Nadie conocía sus identidades y hasta hoy siguen siendo desconocidas.
El trío de artistas fue célebre y admirado en los bajos fondos de todo el país.
Y a la vez temido en todos los museos y salas de arte .
Mi abuelo Jordi tenía la cabeza bien amueblada y blanqueó, a través de su negocio, el dinero obtenido con todo lo que robaban por encargo.
Su mujer, mi abuela Pilar, sabía de números más que nadie y se hizo cargo de la parte contable.
Tuvieron tres hijos: mi padre Félix, mi tío Mario y mi tía Rosa.
Con los años, y sin levantar sospechas del fisco, compraron, además de los dos locales que ya había conseguido la yaya Pepita, los tres que quedaban en el inmueble, así como las seis viviendas que están encima de ellos.
Todo el edificio al completo. Desde que tengo memoria, la gente del barrio lo ha llamado el reino de los Mora.
Aunque no es del todo cierto, pero este detalle solo lo sabe la familia.
Don Emilio y don Alfonso tienen en usufructo permanente un local y un piso cada uno porque así lo pactaron con mi abuelo Jordi.
Y porque bien que se lo ganaron. Podrían tener una mansión en Pedralbes con todo lo que robaron, pero, según dicen, aquí se sienten arropados y en familia.
Están solos; sin hijos ni parientes a los que visitar.
Y con muy pocos amigos. Creo que tienen dinero para aburrir, aunque nunca hablamos de eso.
No sé dónde lo deben tener invertido o si se lo han gastado en vicios.
Una vez jubilados, ambos decidieron quedarse en el barrio trabajando en sus pasiones.
No por eso han dejado de mover mercancía de dudosa procedencia a través de sus oficios.
No pueden evitarlo. Lo llevan impreso en su ADN al igual que lo llevaba mi abuelo Jordi.
Siempre he pensado que somos como una historia de 13 Rue del Percebe , pero a lo familiar.
Don Alfonso tiene la relojería en el número siete; don Emilio, la librería en el número nueve; en el once está mi tío Mario con su negocio de compraventa de segunda mano; en el trece está este bar de mi tía Rosa…
— Tieta , ponme otro café bien cargadito, please .
…y en el número quince mi tienda de antigüedades que tanto amaba Félix, mi padre. Y cada uno de nosotros vive en el primer piso que está justo encima de su local. Lo que yo os diga: somos como personajes de una historieta del gran Francisco Ibáñez .
—Despierta, ¡ atontao ! ¿Vas a lanzarte a la piscina algún día o morirás sin intentarlo? —quiere saber mi tía con los codos apoyados en la barra sin dejar de mirarme.
—¿Qué dices de lanzarme a la piscina?
—Que si vas a decirle a Lucía algún día lo que tendrías que haberle dicho hace años.
—Ya lo intenté, tieta . Te lo he dicho mil veces.
La verdad es que nunca le he tirado los tejos, pero se lo digo para que me deje en paz. Pero ni por esas. Sí que la invité una vez a pasar un fin de semana en una casa rural, pero no sé si no me escuchó bien o si se hizo la loca, porque se giró y, sin decir nada, se largó de la tienda.
Y el portazo sonó como un signo de interrogación.
—Pues lo intentas de nuevo, so tontorrón. Quedarte ahí embobao cada mañana no va a hacer que caiga rendida a tus pies.
—Somos amigos. De momento, ya me vale. Además, mírala a ella y mírame a mí…
—Ya estamos con los lloriqueos. Mira, tienes razón. Tú eres tonto del culo y ella es una tía como Dios manda. Por eso te dará con la puerta en esa narizota que tienes.
Ahí están de nuevo las opiniones sinceras de mi tía. Sin rodeos, sin vaselina y directas al corazón.
Si no fuera por el físico y por la edad creo que Lucía y yo acabaríamos siendo pareja.
Nos caemos muy bien. Lo de la edad a mí me la pela, la verdad.
Yo acabo de cumplir los cuarenta y ella cumplirá en breve treinta y uno.
Pero la fecha de nacimiento va acompañada, la mayoría de las veces, de un físico que en mi caso va en decadencia.
Sin olvidar que uno nace llevando en su interior los genes familiares.
Y los genes de mi familia no son de portada de revista de moda que digamos.
No me considero un tío feo, pero una guapura, pues qué te voy a decir, tampoco lo soy.
Yo era uno de esos niños que odiaban los espejos.
Ella es preciosa. Así, tal y como suena, sin filtros ni hostias de esas digitales.
Se hace una foto comiendo limones y queda guapa, perfecta.
Yo tengo que controlar la luz del sol, el reflejo lunar y las sombras de los astros para que me quede una triste foto con media sonrisa falsa.
Tardo tanto en buscar una buena posición que, a veces, cuando quiero hacer la foto, se ha apagado la pantalla del móvil.
Mi cuerpo es más bien largo y estrecho, como casi todos los Mora masculinos.
Ya puedo ir al gimnasio veinticinco horas al día que jamás sacaré musculitos.
Ella tiene un cuerpo esbelto y duro como un mármol creado por el mejor escultor italiano.
Yo camino desgarbado por naturaleza y tropezando en cada escalón; ella flota por la calle, sin pretenderlo, como los ángeles.
—Tenéis los mismos gustos. Estáis todo el día metidos entre cosas viejas. Eso debe contar para algo, ¿no?
En eso tiene razón. Esas cosas viejas que dice mi tía son lo que el resto del mundo mundial conoce como antigüedades.
En este campo sí que nos llevamos bien. Ella es muy buena en su profesión.
Trabaja en el Museo de Historia de Barcelona y actualmente dirige varios proyectos repartidos por la ciudad.
—Te estoy esperando desde hace diez minutos.
El librero acaba de entrar en el bar. Parece sofocado y fastidiado. Se dirige a mí.
—Buenos días. Ahora iba a ir a verte. Tómate algo que me acabo de pedir un café.
—Rosa, ese café que sea para llevar —le dice a mi tía. Se seca el sudor de la frente a pesar de que no hace demasiado calor. Su cara tiene el color de un pimiento morrón.
—¿Estás bien?
—Vamos a la librería. Debes ver una cosa.
—¿De qué se trata? —hace mucho tiempo que no veo a don Emilio tan nervioso. Empiezo a preocuparme.
Me mira y me traspasa.
Su mente vuela muy lejos de aquí.
Imagino a cientos de enanos dándole a la manivela que pone en marcha todo el engranaje que aquel viejo amigo, listo como pocos, tiene en su cabeza.
Se acerca un poco más y pone su mano en mi rodilla .
Yo sigo sentado en el mismo taburete desde que he entrado. Tengo el culo dormido. Rosa nos observa desde la distancia. Don Emilio me mira. Respira. Y tras unos segundos que parecen horas me dice:
—Creo que tengo en mi poder el diario del templo.