El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

Librería de don Emilio

La campanilla tintinea para avisar de que alguien ha entrado en el local. El hombre que está tras el mostrador se sobresalta al escucharla y maldice en voz baja por haberse olvidado, una vez más, de cerrar con llave y de colocar el cartel de cerrado.

Levanta la cabeza y observa por encima de las gafas, que tan solo usa para ver de cerca, al intruso que acaba de fastidiar su momento más preciado.

Junto a la puerta espera firme y en silencio un tipo delgado y algo demacrado.

Abraza contra su pecho un bulto envuelto en una tela sucia, añeja y desgastada.

Don Emilio, que siempre funciona a muchas menos revoluciones que el resto de la humanidad, acaricia su barba canosa y descuidada mientras lo observa con detenimiento.

—Buenos días, Aladín —saluda al cabo de lo que parecen dos semanas .

—Ya sabe que me llamo Akram, don Emilio. ¿Por qué tú siempre dise Aladín? —replica el joven con un marcado acento árabe.

—Porque eres como el genio de la lámpara maravillosa: siempre me traes lo que te pido —aclara don Emilio con una sonrisa afable—. Hace semanas que no te hago ninguna comanda. ¿Qué te trae hoy por aquí y a estas horas tan tempranas?

Don Emilio se muere de ganas de ver lo que hay bajo las roñosas telas que el joven Akram sostiene. Pero es perro viejo. Viejo y listo. Listo y con mucha más experiencia que ese joven ladronzuelo al que tan bien conoce.

—Le traigo una cosa qui creo le gustará.

El joven se acerca hasta el mostrador a la vez que don Emilio guarda en un cajón la primera edición que estaba revisando para que Akram pueda dejar sobre el cristal el misterioso bulto.

—¿Qué me quieres vender, joven amigo?

—No sé bien qui es. Pero seguro qui usted sabrá. Es muy antiguo. Di gran valor. Estoy seguro. Y está iscrito en la lengua de sus antepasados—, anuncia con solemnidad, gesticulando, como si estuviera presentando un gran espectáculo.

Emilio se acomoda las gafas para observar de cerca aquel envoltorio.

—Lo he encontrado así. Con todos isos trapos —informa Akram.

«Es algodón. Muy antiguo, de eso no hay duda», piensa don Emilio sin mostrar a su joven proveedor ningún gesto de sorpresa. Si aquel objeto le llegara a interesar, necesita mantener su cara de póker para negociar con ventaja.

Se coloca unos guantes, como siempre que va a tocar algo de suma importancia. Coge un extremo de la tela y lo despliega con cuidado de no romperla. Repite esta acción tres veces más. Segundos después puede ver lo que hay bajo el raído algodón.

Don Emilio observa con detenimiento .

Akram no deja de mirar la cara de su posible comprador. Intenta captar cualquier mínimo gesto que le ayude a calcular el importe final que deberá pedir, multiplicado por dos, o por tres, para sortear los interminables regateos del viejo librero.

Don Emilio toca con respeto lo que tiene ante sus ojos. Intuye algo. Lo huele. Lo primero que ve es un grupo de hojas de papel amarillento, posiblemente fabricadas en algodón, repleta de frases escritas en hebreo.

«Aladín tenía razón, es la lengua de mis antepasados».

Puede distinguir que en la cabecera de la primera página aparece garabateada una fecha. Respira con calma a fin de mantener su semblante lo más neutro posible. Su instinto le grita que tiene una buena mano y no quiere pagar por ella lo que realmente vale.

—¿Dónde lo has… encontrado? —inquiere curioso.

— Estiaba in la basura —miente Akram, bajo la atenta mirada de don Emilio que, por supuesto, no cree ni una sola palabra.

Tras las hojas de papel aparecen otras de diferente material.

Don Emilio deja a su derecha las primeras para observar ese nuevo tipo de pliegos que, sin ninguna duda, están fabricadas con una piel muy fina de animal.

Ese componente lo transporta hasta un recuerdo lejano de un viaje que hizo a Israel.

En uno de los muchos museos que visitó en el país pudo observar y estudiar vitelas como las que tiene ahora mismo ante él, sobre el mostrador de su pequeña tienda.

Estas, al igual que las que estudió en los museos de Jericó y Jerusalén, también están escritas en hebreo.

Puede distinguir diversos apuntes con fechas anteriores al siglo doce. Un sutil atisbo de sorpresa escapa de su control. Akram, atento, lo percibe y suma un par de cientos a su cuenta mental.

«Parece ser una especie de diario escrito por diferentes personas en distintas épocas», piensa don Emilio .

Coge con sumo cuidado todas las hojas de piel y las coloca sobre el mostrador, a su izquierda, para dejar a la vista el siguiente grupo de escritos. Esta vez son papiros y algunos rollos de cobre, todos ellos atestados de caracteres.

Don Emilio se quita las gafas y las limpia con rapidez antes de volvérselas a colocar.

Akram suma otro par de cientos a su cuenta.

«No puede ser. No es posible», piensa sin percatarse de que por su frente comienza a aparecer un fino velo de sudor.

Clinc, clinc.

Otro par de cientos para Akram.

«Aquí hay escritos que llegan hasta el siglo I», piensa don Emilio, que nota como una gota de sudor baja por su frente y sabe que ha llegado el momento de negociar antes de perder la compostura por completo.

—¿Cuánto quieres por todo esto? —pregunta haciendo un gesto despectivo a todo el material desperdigado sobre el mostrador.

Akram lo mira durante unos segundos. Estudia su cara y su pose. Don Emilio está distinto. Don Emilio está nervioso y entusiasmado con lo que tiene ante él.

«Quiero dos mil», piensa el joven.

—Diez mil euros —suelta al fin Akram, sin inmutarse.

Don Emilio abre los ojos y sonríe con chulería. En una subasta hubiera estado dispuesto a pagar un millón por todo aquel lote.

—Necesito saber su procedencia —exige, dando así comienzo al regateo.

Pasan unos segundos de silencio.

Akram baja la mirada y observa todas aquellas extrañas hojas. Necesita el dinero ya. Le debe mucho al tipo de gente a la que no es bueno deber dinero y si no paga esa misma tarde va a tener serios problemas.

— Si lo hi comprado a un amigo. Triabaja como paleta. Lo ha incontrado en una obra. Si lo juro .

—¿En qué obra? —quiere saber don Emilio, que está recogiendo todo el material para amontonarlo tal y como estaba en un principio.

—Una obra qui istá hasiendo en una iglesia di aquí cerca.

Me ha dicho que el suelo estiaba roto y que dibajo del suelo había una…

¿cómo si lliama ese sótano de las iglesias?

—pregunta el joven, que tan solo lleva en Barcelona cuatro años y todavía no sabe traducir todas las palabras que pasan por su mente.

—¿Los ha encontrado en una cripta bajo el suelo de una iglesia? —pregunta don Emilio. Sus pulsaciones suben de golpe y las nota en la sien.

—¡Sí! ¡ Iso es! Una crripta bajo tierra —confirma el joven.

—¿En qué iglesia? —quiere saber.

— In esa di la calle qui va del Ayuntamiento a Las Riamblas .

«La iglesia de Sant Jaume…».

Ese dato da más peso a la teoría que rebota en su cabeza como una loca pelota de goma.

—Está bien, Aladín…

Akram menea la cabeza. Lo había dejado por imposible hace mucho tiempo. Aladín tampoco está tan mal teniendo en cuenta que en las obras donde trabaja siempre le llaman Mojamé .

—Te doy quinientos —anuncia don Emilio.

—Son muy antiguos y ti gustan. Yio lo sé —replica el joven señalándolo con su dedo índice.

—Son robados y me va a costar mucho venderlos —contraataca don Emilio.

Akram suelta una carcajada sincera y espontánea.

—Don Emilio, casi todo lo que viende en su negosio es riobado —murmura como si la tienda estuviera llena de gente—. No intente engañiarme. Somos amigos, ¿ ricuerda ?

Emilio lo mira con sus profundos ojos negros.

—Setecientos y ni un euro más.

—¡Cuatro mil!

—¡Mil y punto !

—¡Dos mil y li aviso si encuentro algo más!

—Mil quinientos y cerramos el trato antes de que me arrepienta—decide don Emilio tendiendo su enorme y rugosa mano.

«Con eso me vale», piensa el joven Akram.

Cinco segundos después estrecha su mano con la de don Emilio. Y cinco minutos más tarde sale a la calle notando la presión del dinero en el bolsillo de su pantalón. Nada más cerrarse la puerta don Emilio llama por teléfono.

—Buenos días —contesta Quim a pocos metros de allí, sentado en el mismo taburete desde hace un cuarto de hora, apurando su segundo café del día.

—Ven ahora mismo. No te vas a creer lo que acabo de comprar.