El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

Quim

Abro la puerta de mi edificio y la luz de un sol desaparecido desde hace días me da la bienvenida.

¡Mierda! Un recuerdo fugaz me chiva que mis gafas de sol descansan sobre el cesto de piel que tengo junto a la puerta.

La cartera, el dinero y un sinfín de objetos inútiles que voy dejando cada vez que entro en mi casa también deben estar ahí.

No voy a subir de nuevo, no creo que los necesite.

Espero unos segundos hasta que mis ojos se acostumbran al exceso de luz y salgo a la calle. Miro a un lado y al otro y me alegro del silencio que reina a estas horas de la mañana.

Mi padre también era arqueólogo, como yo, y siempre andaba de viaje.

Mi madre se cansó de la soledad y se largó dejándonos a mi hermana y a mí con la abuela.

En cuanto mi padre se enteró, olvidó sus viajes para estar cerca de nosotros.

Al cabo de unos meses abrió el negocio. Pero cuando fuimos independientes saltó de nuevo de excavación en excavación, sin apenas pasar por la casilla de salida, quizá para recuperar todos aquellos años perdidos.

Por desgracia desapareció en una de sus aventuras hace casi ocho años y no hemos vuelto a saber de él.

Ni para bien ni para mal, aunque todos nos imaginamos lo peor.

Desde entonces yo me ocupo del negocio. Mi hermana no quiso saber nada de antigüedades ni de historia ni de arqueología y optó por casarse y formar una familia.

Es muy feliz viviendo en un pequeño pueblo cerca de aquí con su marido, sus dos hijos, dos perros, un gato, una tortuga, un loro y algún otro bicho que no recuerdo.

Se dejan caer por la ciudad y visitan a la familia un par de veces al mes.

En tan solo un par de horas esta pequeña calle del barrio Gótico de Barcelona se llenará de turistas llegados de todo el mundo para fotografiar la plaza del Rey desde todos los ángulos posibles. Es uno de los lugares más visitados de la parte antigua de la ciudad.

Vivir aquí tiene dos caras: la aglomeración de gente y el exceso de ruido, cosas que no me gustan demasiado, pero, por otra parte, mi tienda es visitada por cientos de curiosos cada día y, siempre, alguno de ellos, pica y compra algo.

Camino unos pocos pasos y entro en el bar de mi tía Rosa.

Cuando digo pocos me refiero a quince como mucho.

La saludo con un leve movimiento de cabeza y me siento en el taburete de siempre, en una esquina de la barra lo más alejado posible del resto de asiduos al pequeño y antiguo bar cuyo mobiliario no ha cambiado desde los años setenta.

—Buenos días, ojeroso.

Mi tía siempre resalta aquellos pequeños defectos que sus clientes muestran. Es como mirarse al espejo de la verdad absoluta. Eso sí, con cariño y sin maldad alguna. O eso dice ella. Aunque no todos piensan lo mismo.

—Ponme un café bien cargadito, anda —me limito a contestar al tiempo que abro un periódico que hay sobre la barra. Ojeo algunas de las noticias del día. La verdad es que no sé ni por qué miro el diario si apenas leo lo que pone.

En pocos minutos la puerta del bar se abre y se cierra para recibir a nuevos clientes y despedir a otros.

Observo, como cada día, que casi todos los que entran son los mismos.

A algunos tan solo los conozco de vista, pero las monótonas costumbres diarias me dan una idea de la personalidad, problemas, defectos y virtudes de cada uno de ellos.

Me gusta observar a la gente, no en modo voyeur , no me malinterpretes, sino más bien con una visión inocente y curiosa que intenta jugar a averiguar quiénes son en realidad.

No soy una persona solitaria, pero sí que me gusta mantener un poco las distancias. Es mi forma de ser. O quizá mis vivencias me han hecho así. No lo tengo muy claro. De lo que no tengo duda alguna es que soy un personaje bastante… cómo decirlo… atípico.

Extraño.

Especial.

Sobre todo, después de una traumática experiencia que sufrí.

Es una larga historia que tiene que ver con una ECM.

Ya sabes, una experiencia cercana a la muerte.

Sucedió hace ya siete años y medio. Ya te la relataré con más calma en otro momento.

Lo importante que debes saber de aquel suceso es una secuela que me quedó.

O que se despertó dentro de mí.

Todavía no lo he averiguado.

El resultado es que desde aquel suceso en el que casi la palmo, puedo viajar en el tiempo.

Como lo lees.

Con algunas restricciones, eso sí.

Puedo viajar en el tiempo, pero no en el espacio.

En realidad, solo puedo viajar al pasado.

No me quejo por poder ir tan solo al pasado y no al futuro, ojo, que ya sé que es alucinante.

¿Por qué? Ni pajolera idea.

No sabría formular la teoría física o metafísica que explique por qué me sucede esto, ni lo quiero intentar siquiera porque me aburre soberanamente.

Yo soy arqueólogo de profesión. Historiador por placer. Y las leyes del universo se me escapan y, por qué no decirlo, me la traen bastante floja .

Solo sé que debo tener mucho cuidado cada vez que viajo al pasado.

No debo cambiar nada. O intentar cambiar lo menos posible, porque, si te soy sincero, no ha habido un viaje en el que no haya metido la pata.

Y mira que lo intento, pero es como caminar por un campo repleto de hormigas y pretender no pisar ninguna.

Soy consciente de mi responsabilidad. Tengo muy en cuenta lo que me contó un afamado físico una vez, eso de que toda nuestra Historia forma parte de la enmarañada estructura del universo y sus intrínsecas energías de los cojones.

Ya sabes… El equilibrio no se puede romper porque el aleteo de una mariposa se transforma en no sé qué huracán y todos esos cuentos místicos. No tengo ni idea de cuántas chorradas juegan un papel importante en todo esto, la verdad. Solo sé que así son las cosas y que debo tener cuidado.

He intentado no cambiar el pasado de nadie, ni siquiera para ayudar.

Pero a veces no lo puedo evitar, qué quieres que te diga.

Una vez que estás allí, solo, sin que nadie te vigile, al final haces lo que te dicta el corazón y muy pocas veces lo que dice tu sentido común.

Creo que pequeñas modificaciones en remotas aldeas perdidas en el tiempo no tienen por qué influir en el futuro que conozco.

Soy consciente de que siempre hay riesgos e intento tener todo el cuidado del mundo.

Solo espero no cagarla y no atropellar sin querer al que debía ser el tatarabuelo del descubridor de la cura de un supervirus y me cepille a la humanidad por no respetar un ceda el paso.

—Toma, noi . Tu segundo café. Deberías mirarte la tensión, ya sabes que a partir de los cuarenta todo va pabajo y empiezan los achaques.

—Gracias, tieta . Mi tensión está perfecta. Y yo estoy como un roble.

La verdad es que de roble tengo bien poco. En el mundo de los árboles yo sería un arbusto reseco.

—¿Un roble? Cada vez que te pones a contraluz te veo esos huesillos de pollo esmirriao que tienes. Anda, pásate después a comer que hoy tengo gazpacho.

—¿Cómo el de la yaya ?

—Mejor. El mío lleva productos de primera y en abundancia. Consistente. No como el de tu abuela, que lo aguaba tanto que le daba pa cuatro días.

Mi tía a veces es muy graciosa y a pesar de su carácter único no hay día que no me robe una sonrisa.

—Eran otros tiempos… Luego subiré a hacerle una visita. No la veo desde la semana pasada.

—Sácala a pasear un poco que desde que empezaron las lluvias no pone un pie en la calle por miedo a romperse la crisma.

Normal, pobre mujer. Se cayó hace un año y le tuvieron que poner una prótesis de cadera.

Desde entonces camina con mucho cuidado y ha cogido el mal hábito de llevar siempre bastón.

Se ha vuelto más yaya todavía. Cuando cierre la tienda esta tarde me pasaré a verla.

Me encantan las historias que cuenta de cuando era joven.

Yo la escucho con mucha atención porque a esas edades, muchas veces, lo único que buscan es que alguien les haga compañía.

Supongo que por eso siempre dice que soy su nieto favorito.

Me llamo Quim, por cierto. Quim Mora.