El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 1
1%
El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1)

El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1)

Por Ivan Gilabert

© inepub.com

Capítulo 1

Barcelona

En la actualidad…

Ni los más ancianos del lugar recordaban aguaceros tan intensos como los sufridos en los últimos días.

La lluvia había cubierto durante semanas el nordeste de la península tras haber inundado previamente las comunidades del sur y del levante español.

Después de demasiados días apagados, grises y fríos, Barcelona se despertaba por fin con un atisbo de luz y sin amenazas de más precipitaciones.

Los primeros rayos de un sol anhelado hicieron visibles los daños ocasionados por la tormenta.

La zona antigua de la Ciudad Condal, sobre todo el barrio Gótico, fue de las más castigadas.

Muchas de las techumbres de sus antiguas construcciones no soportaron las interminables cascadas de agua y acabaron por sucumbir.

Entre ellas se hallaba el tejado de la iglesia de Sant Jaume que, a pesar de haber resistido estoicamente hasta el último día, acabó por quebrar, dejando un boquete inmenso por el que se precipitaron excesivas horas de lluvia.

Toda la nave central de la iglesia, así como sus capillas laterales, quedaron inundadas por completo.

Los bomberos consiguieron abrir, después de mucho esfuerzo, el doble portón de hierro forjado que aquella mañana se empecinaba en no dejar entrar a nadie en el interior de su amada iglesia.

Al conseguir acceder por fin, los bomberos se percataron del porqué de tan solemne resistencia: la mayoría de los bancos de madera que servían de asiento a los feligreses se habían amontonado contra la puerta, arrastrados por el torrente de agua, hasta formar una colosal barrera de maderos retorcidos .

—Han tenido mucha suerte —indica Romero, el bombero que lleva la voz cantante, nada más pisar un suelo convertido en un lodazal repleto de restos esparcidos por toda la planta.

La hermana Mercè, encargada de abrir cada mañana el portón de su venerada iglesia, lo mira de reojo para estudiar si aquel comentario es fruto de un estúpido bromista o tan solo un malentendido.

El jefe del grupo de bomberos adivina por el recio semblante lo que piensa la religiosa y al instante añade:

—Lo digo porque esta iglesia tiene un pequeño desnivel en el suelo que deriva hacia la calle.

Quiero decir con esto, que toda el agua que ha entrado por el techo no se ha acumulado en el interior formando una piscina, sino que ha ido saliendo por la puerta principal hacia la calle Ferran —añade a la vez que señala hacia el enorme portón—, que a su vez también tiene una leve inclinación y ha evacuado el agua hacia La Rambla.

La hermana, perteneciente a la asociación religiosa de las Hermanitas del Cordero, observa la nave central de su templo una vez más. Los bancos de madera han flotado y navegado con rumbo fijo hacia la puerta gracias a ese imperceptible desnivel de un suelo remodelado a mediados del siglo XIX.

Al bombero no le falta razón; ha podido ser mucho peor. Ninguno de los relieves ni tapices han sufrido daño alguno gracias a que el agua no se ha acumulado en el interior formando una enorme alberca.

—¡Romero! —grita desde el fondo de la iglesia uno de los bomberos, cuya misión es comprobar los daños y verificar que no haya riesgo de posibles derrumbes—. Ven a ver esto.

Romero camina hacia su compañero seguido de cerca por la hermana, que anda de puntillas y con su hábito gris azulado remangado para no empapar sus bajos. Llegan hasta la gran cúpula que preside el crucero, dejan atrás el coro y entran en la capilla que queda a la derecha del altar mayor .

Antes de entrar, la hermana Mercè comprueba con gusto como el retablo que se halla tras el altar, fabricado en la segunda mitad del siglo catorce y procedente de la catedral de Barcelona, se encuentra en perfecto estado.

En el centro de la capilla espera Sancho, paciente, para explicarles la contrariedad que acaba de descubrir.

—Esto tiene mala pinta —informa el bombero. Su dedo enguantado señala acusador hacia un punto concreto del antiguo suelo—. Las piedras de esta zona están medio sueltas. Mire esta, por ejemplo —demuestra tras meter la mano en el agua y sacar una de las losas que formaban parte del piso.

—¡Madre del amor hermoso! —exclama la hermana Mercè sin poder esconder su temor—. ¿Por qué este lugar está inundado?

Los bomberos intercambian un par de frases a la vez que echan un vistazo a toda la zona inundada en la que ahora se encuentran.

—Al contrario que en la planta principal, en esta habitación que estamos la inclinación del suelo es distinta y el agua se ha estancado hasta formar este charco de agua —apunta Sancho con la piedra goteando en la mano.

El semblante de la hermana Mercè es el mismo que el de un perro pequinés a punto de morder.

—Esta habitación, como usted dice, es la capilla del Santísimo Sacramento —informa a la vez que señala con un dedo firme al lugar indicado—. Tenga mucho cuidado al trabajar aquí, ya que el suelo es original de la primera edificación.

Sancho se aleja unos pasos, cabizbajo y en silencio.

—¿Cuánto van a tardar en vaciar este lugar? —pregunta la hermana en un susurro, con la boca tan apretada que pone en serio peligro el esmalte de sus dientes—. ¿Por qué no han traído ya las mangueras, los cubos o los dichosos cacharros que sea que utilicen para extraer el agua?

El jefe de bomberos la mira con semblante serio. Respira un par de veces tal y como le enseñan en sus clases de meditación y añade :

—Acabamos de llegar. Primero estudiamos el lugar y, después, con toda la información obtenida, actuamos.

—Muy bien —asiente la religiosa a la vez que se recoge un poco más el hábito—. ¿Necesita saber algo más? —inquiere altiva sin esconder sus ganas de que empiecen ya a laborar.

—No, señora.

—¡Pues manos a la obra! —suelta sin más. Ordenado esto, da media vuelta y comienza a caminar hacia la salida—. Esta iglesia no puede estar cerrada todo el día como ustedes comprenderán —añade sin mirarlos.

—¿Avisamos al Ayuntamiento para que vengan a reparar estas piedras de… la zona esa? —pregunta Sancho casi en un susurro. Todavía sostiene en su mano la losa que ha sacado del suelo.

La hermana Mercè se detiene al instante. Respira de nuevo varias veces, con los ojos cerrados, hasta que se ve con la paciencia suficiente para darse la vuelta y contestar con toda la amabilidad que es capaz de reunir:

—No se preocupe. Hay una empresa que siempre nos ayuda con las reparaciones. Ustedes saquen el agua de… la capilla del Santísimo Sacramento. Nosotras nos encargaremos de las reformas.

Sin más, da media vuelta y prosigue hacia la salida.

El bombero suspira mientras observa como la hermana avanza de puntillas y sortea los trozos rotos de bancos de madera, dando graciosos saltitos para evitar pisar los pocos charcos que quedan en la nave central.

—Esta estampa me recuerda a un meme de esos que vi una vez por Internet —susurra Sancho entre risas silenciosas.

—En fin… —suspira el jefe—. Vamos al lío antes de que vuelva la hermana.

—¿Qué hago con esta piedra? —pregunta Sancho sin saber si colocarla en su lugar o no.

—Mejor déjala ahí encima —aconseja señalando hacia un pequeño altar que hay al fondo de la capilla—. Que se den cuenta de que está suelta para que la puedan reparar. Colócala con cuidado y procura no manchar ni romper nada o doña nervios te comerá vivo.

Una vez finalizado el reconocimiento de la zona, ambos salen de la capilla y echan a caminar por el pasillo central, que ya está flanqueado por unos pocos bancos que han colocado en su lugar correcto el resto de los bomberos con ayuda de algunos feligreses atentos y madrugadores.

Mientras tanto, sin que nadie se percate de ello, en el charco formado en la capilla comienza a formarse un pequeño remolino justo sobre el hueco que ha dejado la piedra extraída por Sancho. En apenas unos minutos toda el agua acumulada se vacía y deja a la vista un pequeño y oscuro agujero.