El señor de los MacAllister (Guerreros de las Highlands 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Cuando el último guerrero abandonó la iglesia y el eco de sus pasos se apagó lentamente bajo las bóvedas de piedra, Gregor permaneció sentado en el banco del fondo, inclinado hacia delante, con los antebrazos apoyados sobre las rodillas y la mirada fija en el altar como si aquel lugar sagrado, impregnado de rezos y recuerdos, pudiera ofrecerle una respuesta que las palabras del sacerdote no habían logrado darle.

Había escuchado la misa entera con el rostro inmóvil, sin asentir ni oponerse, dejando que los elogios a Ronan flotaran en el aire como incienso ardiente.

Las frases del padre Domhnall hablaban de honor, de fe y de descanso eterno, pero en el interior de Gregor solo había una mezcla de vacío y cansancio, una emoción amarga que no se parecía ni al dolor ni a la paz.

La imagen de Ronan tendido en su ataúd volvió a su mente con una claridad insoportable, y por un instante sintió un peso en el pecho que no sabía si era culpa o simple agotamiento.

La fe exigía confianza, y confiar significaba aceptar límites, someterse a leyes invisibles dictadas por hombres que afirmaban hablar en nombre de Dios.

Gregor había pasado demasiado tiempo lejos de aquellas reglas como para abrazarlas de nuevo sin resistencia.

Prefería depender únicamente de su propia voluntad, porque solo así podría marcharse cuando quisiera, sin sentir que abandonaba algo que le pertenecía.

—Laird Gregor.

La voz del padre Domhnall atravesó el silencio de la iglesia con una suavidad respetuosa.

Gregor levantó lentamente la cabeza.

—No quiero que me llaméis laird.

El sacerdote se detuvo junto al banco.

—¿Por qué no habría de hacerlo? Es tu título legítimo.

Gregor se pasó una mano por el cabello, dejando escapar una exhalación cansada.

—Niall. Ese viejo se ha empeñado en convencer a todos de algo que no me pertenece.

El sacerdote carraspeó ligeramente.

—El capitán Niall habló conmigo.

—Lo imaginaba.

Gregor se inclinó hacia delante otra vez.

—Y me atrevería a decir que también os habló el consejo.

—Así fue.

Gregor alzó la mirada.

—Entonces escuchadme bien. Al consejo le diré exactamente lo mismo que le dije a él: no tengo ningún deseo de asumir ese título.

El sacerdote suspiró.

—tú alma está en peligro, mi señor. Soy consciente de tus pecados: asesinato, blasfemia, fornicación… incluso codicia.

Una sonrisa breve, casi cansada, cruzó el rostro de Gregor.

—Codicia…

Repitió la palabra con una especie de ironía amarga.

—Todos los montañeses son culpables de codicia, padre. Incluso el Papa.

El sacerdote frunció el ceño.

—¿Acusarías al Santo Padre de tal vicio?

Gregor alzó ligeramente los hombros.

—Acusaría a cualquier hombre que respire. Plata, oro, tierras, poder… todos lo desean.

Mientras hablaba, recordó las calles de Constantinopla, los mercaderes gritando precios, el brillo del oro bajo el sol, y sintió por un momento la nostalgia de una vida donde nadie fingía ser mejor de lo que era.

—Cristo nació —dijo el sacerdote.

Gregor lo miró con una sonrisa ladeada.

—No intentéis atraparme con mis propias palabras, padre Domhnall. Decid lo que habéis venido a decir y luego dejadme pensar en mi futuro.

El sacerdote guardó silencio unos segundos.

—El clan te necesita.

—¿Y la Iglesia también?

—La Iglesia siempre necesita a sus fieles.

Gregor metió la mano dentro de su túnica y sacó una pequeña bolsa de cuero que dejó caer sobre el banco entre ambos.

—¿Necesita también la donación anual que mi padre y mi hermano enviaban a Roma?

El sacerdote miró la bolsa.

—No te negaré los fondos que has ganado honestamente. Jamás negaría a un hombre su sustento.

Empujó la bolsa hacia él.

—¿Lo haríais vos?

El sacerdote dudó antes de tomarla.

—No. Dios ordenó a todo hombre bueno que trabajara.

Al tomar la bolsa, el sacerdote sintió una punzada de vergüenza, como si el dinero pesara más de lo que debería.

Gregor se frotó el rostro.

—Me alegra saber que el Señor tampoco me negará el sustento.

El padre Domhnall lo observó con tristeza.

—Gregor… te conozco desde que eras un niño. Recuerdo al muchacho que se sentaba en estos bancos escuchando con atención, preguntando cuando no entendía algo.

Recordaba también la manera en que aquel niño miraba el altar con una fe limpia que ahora parecía haber desaparecido.

—¿Qué ocurrió con ese muchacho?

Gregor sostuvo su mirada.

—Creció.

El sacerdote suspiró.

—¿Recuerdas la historia del hombre que construyó su casa sobre arena?

Gregor sonrió con ironía mientras se levantaba, despacio, como si cada movimiento estuviera medido para no dejar ver el peso que realmente cargaba.

—No podríais haber elegido mejor ejemplo. Mi casa está construida sobre arena… y tengo intención de regresar allí dentro de una semana.

Sus palabras parecían ligeras, casi burlonas, pero en su interior algo se tensó.

Por un instante, la penumbra de la iglesia desapareció y en su lugar surgió el desierto oriental: un horizonte infinito de oro y fuego, el viento levantando nubes de arena contra las murallas de su fortaleza lejana.

Allí, todo era distinto. Más simple. Más brutal. Sin recuerdos.

—¿Qué quieres decir? —preguntó el sacerdote, frunciendo el ceño.

Gregor volvió a la realidad con un leve parpadeo.

—He elegido a Duncan como próximo terrateniente.

El sacerdote lo observó en silencio, calibrando la decisión.

—Es capaz.

—Lo es.

Hubo una breve pausa. La vela más cercana crepitó, proyectando sombras inestables sobre los muros de piedra.

—Pero su inclinación por las mujeres…

Gregor resopló, desviando la mirada hacia una de las vidrieras.

—Desaparecerá cuando se case con Isla MacLeod.

El sacerdote se quedó inmóvil, como si no hubiese entendido bien lo que acababa de oír.

—¿Qué?

Gregor sostuvo su mirada, firme, sin rastro de duda en el rostro.

—Es un buen partido. Por fin se logrará lo que mi padre deseaba: una alianza entre los MacAllister y los MacLeod.

El nombre de Isla no pasó desapercibido para él.

Al pronunciarlo, algo incómodo se agitó en su interior, una punzada difícil de identificar.

No era solo rabia. Tampoco era únicamente culpa.

Era un recuerdo demasiado vivo, demasiado cercano…

como el eco de una risa junto al mar, o la calidez de una mirada que nunca debió importar.

Apretó la mandíbula.

Aquello ya no tenía importancia.

—¿Hablas de alianzas cuando tu hermano acaba de ser enterrado entre estos muros?

La voz del sacerdote fue más dura esta vez, cargada de reproche. El peso de la iglesia pareció caer sobre ellos: la piedra, el incienso, la muerte reciente aún flotando en el aire.

Gregor no respondió de inmediato. Se limitó a girarse y caminar hacia la puerta, sus pasos resonando con un eco seco sobre el suelo.

—La vida sigue.

Pero al decirlo, algo se quebró, casi imperceptible.

Porque en su mente no había silencio.

La voz de Ronan surgió con una claridad insoportable, riendo como lo hacía cuando eran niños, corriendo entre las colinas, ajenos al deber, al apellido, a la sangre que algún día los separaría.

Gregor apretó los dientes.

—Y Ronan murió precisamente por la razón por la que deseo acelerar esa boda.

No se volvió al decirlo. No quería ver la reacción del sacerdote. No quería ver compasión. Ni juicio.

Solo necesitaba avanzar.

Abrió la puerta de la iglesia y salió al exterior. El aire frío lo envolvió de inmediato, arrastrando consigo el olor de la tierra húmeda y la leña quemada. El cielo estaba encapotado, pesado, como si también él guardara algo que aún no estaba dispuesto a soltar.

Durante un instante se detuvo en los escalones, mirando el patio sin verlo realmente.

Había tomado una decisión.

Una decisión correcta.

Una decisión necesaria.

Y, sin embargo, por primera vez desde que había comenzado a mover las piezas, sintió que no estaba construyendo nada…

sino enterrando algo que tal vez no volvería jamás.

El gran salón estaba lleno de ruido, de música y de voces. Los guerreros levantaban copas en honor de Ronan, mezclando lágrimas con carcajadas, porque en las Highlands la muerte se enfrentaba con la misma intensidad que la vida.

Algunos hombres cantaban con los ojos húmedos, como si cada nota fuera una forma torpe de despedirse.

Gregor cruzó el salón sin detenerse.

El olor de la cerveza, de la carne asada y del humo lo envolvió en cuanto cruzó el umbral, denso, cálido, casi pegajoso, como si el propio aire se negara a dejarlo avanzar sin antes hacerlo recordar.

Durante un instante, no estuvo allí, entre hombres que bebían y reían sin, sino en otro tiempo, en otras noches donde todo parecía más sencillo.

Vio a Ronan de pie sobre una mesa, alzando una jarra, gritando una canción obscena mientras los demás lo seguían entre carcajadas. Vio su sonrisa, amplia, despreocupada, el brillo salvaje en sus ojos.

Y sintió, con una claridad insoportable, el vacío que había dejado.

Algo se le apretó en la garganta con una violencia inesperada. No era un nudo pasajero, sino una presión constante, como si el cuerpo se negara a aceptar lo que la mente ya sabía.

No se detuvo. No miró a nadie. No saludó.

Simplemente atravesó la sala como si todo aquello ya no le perteneciera.

Subió al solárium buscando aire, distancia, quizá un lugar donde no tuviera que fingir que todo seguía en su sitio. Allí arriba, el bullicio se volvía lejano, amortiguado por la piedra y la altura, como si perteneciera a otro mundo.

Matteo levantó la vista del manuscrito en cuanto percibió su presencia. Sus ojos oscuros, siempre atentos, recorrieron el rostro de Gregor con rapidez, deteniéndose apenas un instante más de lo necesario en los detalles que delataban lo que él intentaba ocultar.

—Siento tu pérdida.

La voz fue baja, sincera, sin adornos.

Gregor no respondió de inmediato. Se dejó caer en una silla con un movimiento pesado, apoyando los antebrazos sobre las piernas, inclinándose ligeramente hacia delante, como si aquella simple acción le costara más de lo que debería.

—Gracias por asistir al funeral.

Matteo cerró el manuscrito con cuidado, marcando la página con los dedos antes de dejarlo a un lado, como si comprendiera que lo que tenía delante requería toda su atención.

—¿El peso del mundo recae sobre tus hombros? —preguntó con suavidad, sin apartar los ojos de él.

Gregor dejó escapar un suspiro largo, áspero, llevándose una mano al rostro durante un instante antes de dejarla caer.

—Ojalá fuera tan fácil de explicar.

Había cansancio en su voz. Un cansancio antiguo.

Matteo apoyó un codo sobre la mesa, inclinándose ligeramente hacia delante, adoptando esa actitud suya que mezclaba curiosidad y una paciencia casi irritante.

—Entonces compártelo conmigo.

Gregor negó, sin mirarlo.

—No podrías entenderlo.

Matteo arqueó una ceja, y una sombra de sonrisa asomó en sus labios.

—¿Las complicaciones de un clan de las Highlands?

Se reclinó un poco, como si el tema le resultara casi familiar, incluso divertido.

—En Roma tengo trescientos sesenta y dos primos.

Gregor alzó la cabeza, desconcertado, parpadeando como si no hubiera oído bien.

—¿Trescientos sesenta y dos?

—Mi padre tuvo cuatro esposas y dieciocho hijos.

Durante un instante, la tensión se resquebrajó. No desapareció, pero cedió lo suficiente.

Gregor dejó escapar una risa breve, seca, llevándose una mano a la nuca.

—Solo de pensarlo me duelen los huevos.

Matteo sonrió, complacido por haber arrancado esa reacción.

—La comida, el vino… y mucho sexo.

Gregor resopló, negando con la cabeza, aunque la sombra de la risa aún le tensaba la comisura de los labios.

—¿Todos los hombres de tu tierra son así?

—Dame permiso para relacionarme con tus sirvientas y lo descubriré.

—No.

La respuesta fue inmediata, casi instintiva.

Gregor se recostó en la silla, cruzando los brazos, y por un momento su mirada se perdió, como si estuviera viendo otra cosa.

Pensó en las muchachas del castillo: sus rutinas, sus risas discretas, la calma frágil que aún quedaba entre esos muros… y en cómo Matteo, con su descaro y su falta de límites, lo convertiría todo en un caos.

Negó una vez más, más para sí que para él.

—Zarpamos pronto.

Matteo lo observó con atención renovada. Aquella frase no era casual. Era una huida.

—¿Por qué te vas?

Gregor giró ligeramente la cabeza hacia el exterior. El cielo comenzaba a oscurecerse, y el viento arrastraba consigo el olor húmedo de la tierra.

—Porque mi vida está allí.

Porque allí nadie lo miraba como el hijo que había abandonado su clan. Porque allí no había tumbas con nombres que pesaban. Porque allí podía ser otro hombre… o al menos fingir que lo era.

Matteo negó lentamente, dando un paso hacia él.

—Eres tú quien se priva de la alegría.

Gregor frunció el ceño, volviendo a mirarlo, irritado.

—¿Qué quieres decir?

Matteo se detuvo frente a él, lo suficientemente cerca como para obligarlo a sostenerle la mirada.

—La mujer.

Gregor cerró los ojos un instante, y en ese breve gesto hubo más cansancio que enfado.

—Isla…

El nombre salió más bajo de lo que pretendía.

—Lady Isla —corrigió Matteo con calma—, la mujer que te pertenece.

Gregor abrió los ojos y cruzó los brazos con más fuerza, como si necesitara una barrera física.

—No digas tonterías.

Pero su voz ya no tenía la misma firmeza.

Matteo negó despacio.

—Tu padre lo sabía. Tu hermano también.

No hablaba por intuición. Había leído, había observado, había entendido lo que Gregor llevaba años evitando enfrentar.

—Según la ley, Gregor… tú eres su marido.

El tiempo pareció detenerse.

Gregor no se movió. No habló.

La frase cayó en su interior con un peso insoportable, atravesando capas de negación, de distancia, de decisiones tomadas para no tener que mirar atrás.

Siempre había sabido que el matrimonio formaba parte de su destino. No le inquietaba. Era una pieza más del juego.

Pero que esa pieza tuviera el rostro de Isla MacLeod…

Eso lo cambiaba todo.

Un torbellino de recuerdos lo golpeó sin piedad: Isla corriendo junto al lago, el cabello azotado por el viento; su risa, clara, libre, rompiendo cualquier intento de seriedad; la forma en que su piel se estremecía bajo sus manos la última vez que la había tenido cerca.

Y luego, la otra verdad.

La que nunca había querido admitir.

Nunca la había olvidado.

Ni en el calor abrasador del desierto.

Ni entre cuerpos desconocidos.

Ni en las noches en las que se convencía de que todo aquello pertenecía al pasado.

Gregor tragó saliva, sintiendo de nuevo esa presión en la garganta, más fuerte esta vez.

Porque ahora ya no era solo un recuerdo.

Era una realidad que lo alcanzaba.

Y por primera vez desde que había decidido marcharse… comprendió que quizá no había huido lo suficiente.