El señor de los MacAllister (Guerreros de las Highlands 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

—¿Qué quieres decir con que no bajará a cenar?

Gregor levantó la cabeza con brusquedad. Sus cejas se juntaron en un gesto de incredulidad mientras clavaba los ojos en Fiona, intentando decidir si la muchacha había entendido mal o si Isla, deliberadamente, había decidido desafiarlo una vez más.

—¿Transmitiste mi orden palabra por palabra? —preguntó con voz tensa.

—Sí, mi señor —respondió Fiona, bajando la mirada con respeto—. Así lo hice.

Gregor se inclinó hacia delante, apoyando ambas manos sobre la mesa como si necesitara aquel gesto para contener la irritación que empezaba a hervirle en el pecho.

—¿Sin olvidar la parte de bajarla en volandas si es necesario?

—No la olvidé, señor —aseguró ella—. Me aseguré de decirlo.

La mandíbula de Gregor se tensó.

Primero el consejo.

Luego sus capitanes.

Y ahora Isla.

—¿Te estás riendo de mí, Fiona? —preguntó finalmente, muy despacio, con una calma que resultaba más inquietante que cualquier grito.

La muchacha negó con rapidez, visiblemente nerviosa.

—Nunca, laird Gregor.

Hizo una reverencia apresurada, como si temiera haber cruzado una línea invisible.

—Lady Isla ha dado una respuesta firme. Me ha pedido que le lleve una bandeja a su habitación.

Gregor entrecerró los ojos, incapaz de decidir si aquello era insolencia o pura obstinación.

—¿Se ha bañado?

—Sí, mi señor.

—¿Ha elegido uno de los vestidos que le envié?

—Sí.

Gregor soltó el aire por la nariz.

—Entonces está lista para cenar.

Fiona dudó un instante.

—Incluso le he peinado el cabello.

Gregor guardó silencio. Durante un breve momento, la frustración y algo más oscuro cruzaron su mirada.

—Puedes retirarte, Fiona —dijo al fin, con voz seca—. Deja la comida de la señora en mis manos.

La joven hizo una reverencia rápida y se marchó casi corriendo.

Gregor permaneció inmóvil unos segundos más.

Aquella mujer no tenía derecho a desafiarlo.

Mientras sus hombres bebían vino y comían la carne que se servía en su mesa, subió las escaleras con paso firme, cada peldaño resonando bajo sus botas.

Cuando llegó a la puerta de Isla, despidió a los dos guardias con un gesto breve.

—Descansar un rato. Yo vigilaré a lady Isla.

Los hombres se inclinaron agradecidos antes de marcharse por el pasillo.

Gregor esperó hasta que sus pasos desaparecieron. Luego volvió la mirada hacia la puerta.

Su padre había encargado aquella pieza a un famoso saor francés. En la parte superior, tallado con sorprendente delicadeza, descansaba un unicornio sobre un lecho de cardos y hierba. Debajo, grabado en gaélico, inglés y francés, se leía el nombre del clan MacAllister.

A su madre le había encantado aquel regalo de bodas.

Gregor apartó el recuerdo con un gesto brusco, como si le incomodara haber pensado en ello.

Golpeó la puerta.

—Lady Isla. —La llamó respetuoso, decidido a contenerse…por el momento. Pero como respuesta solo consiguió silencio.

Volvió a llamar, esta vez con más fuerza y no tan paciente.

—Lady Isla.

Al otro lado se oyó finalmente su voz.

—¿Quién está en mi puerta?

Gregor apoyó la mano contra la madera.

—Gregor.

Hubo una pausa.

—Vete.

Gregor cerró los ojos un instante y respiró hondo. Deseaba echar la puerta abajo y demostrarle quien mandaba en ese lugar, pero en su lugar respiró profundo y se contuvo.

—Abre la puerta, Isla.

Se oyeron pasos acercándose.

—Me ordenaste que me quedara en esta habitación —respondió ella desde el otro lado, con una calma que escondía claramente su enfado—. Y eso es exactamente lo que pienso hacer.

—Vendrás cuando te llamen, mujer. —señaló, perdiendo a cada segundo que pasaba su templanza.

—¿Como una de tus bestias? —replicó Isla con frialdad, cruzándose de brazos al otro lado de la puerta—. Quizá tendrías más éxito con los sabuesos que yacen debajo de tu mesa.

Gregor dejó escapar una breve risa sin humor.

—Que Dios me ayude, Isla…

—No hay redención para ti, Gregor —respondió ella, y su voz tembló ligeramente, aunque intentó ocultarlo—. ¿Lo recuerdas? No invoques la paciencia del Todopoderoso.

La puerta cedió de golpe cuando Gregor la empujó.

Isla retrocedió un paso, sorprendida, mientras él entraba en la habitación.

Gregor recorrió la estancia con la mirada, como si buscara algo que justificara su desafío.

—¿Qué intentas ocultar? —preguntó con dureza—. No habrá más secretos entre nosotros, Isla.

Ella levantó la cabeza con orgullo. Sus ojos azules brillaban con una mezcla de desafío y dolor.

—Exijo mi libertad —dijo con firmeza—. Envíame a casa.

Gregor soltó una risa amarga.

—Estás en casa. ¿O has olvidado los votos que hiciste en la iglesia?

Se acercó un paso más, obligándola casi a retroceder.

—Prometiste tu corazón y tu cuerpo a Ronan. Y obediencia a este clan.

Isla apretó los puños.

—Solo de nombre.

—Es ese nombre el que te ata a mí.

Su voz descendió hasta convertirse en un murmullo cargado de tensión.

—A esta fortaleza. A estas tierras. Por ley eres una MacAllister. No una MacLeod.

Isla tragó saliva.

—He vivido más tiempo entre los MacBride que entre los MacAllister —dijo, y sus palabras salieron cargadas de una amarga resignación—. He pasado años intentando complacer al conde.

El gruñido que escapó de Gregor fue casi animal.

En un movimiento brusco la empujó contra la pared más cercana. Sus dedos se cerraron alrededor de su barbilla, obligándola a mirarlo.

—¿Eres la puta del MacBride?

Los ojos de Isla se abrieron con indignación.

—Nunca.

—¿Eres espía de los MacBride?

—No —respondió ella con voz firme, aunque su respiración se había acelerado.

—¿Estás prometida con uno de los hijos del conde?

—¿Cómo podría estarlo? —replicó ella, intentando apartar su rostro—. Hasta hoy estaba casada con Ronan.

Gregor soltó su barbilla, pero no se apartó.

—Entonces eres una MacAllister.

La miró con una dureza casi feroz.

—Te prohíbo pronunciar ese nombre en mi presencia. Ninguna mujer prometida a un MacAllister afirmará jamás tener relación alguna con los MacBride.

Isla asintió lentamente, intentando recuperar el control de su respiración.

—¿Qué querías decir con “prometida a un MacAllister”?

Gregor esbozó una sonrisa sin alegría.

—El consejo decidió que debías casarte con uno de nosotros para preservar el honor del clan.

Isla se quedó inmóvil.

—Dejaste a Ronan, Isla —continuó Gregor—, pero no volverás a hacerlo.

Su voz se volvió más fría.

—Esta vez no será un muchacho demasiado bueno para reclamar lo que le pertenece.

Sus ojos se clavaron en los de ella.

—Será un hombre. Y más te vale creer que exigirá sus derechos conyugales.

La voz de Isla salió en un susurro tembloroso.

—Gregor…

—Aunque para ello tenga que hacerlo delante de una habitación llena de criadas que te sujeten.

El grito que escapó de Isla fue involuntario.

Lo empujó con ambas manos.

—¡Fuera!

Gregor permaneció inmóvil un instante.

La rabia de ella se mezclaba con un dolor que él conocía demasiado bien.

—Sí —dijo finalmente con voz grave.

Dio un paso hacia la puerta.

—Aprovecha esta noche para aceptar tu destino, señora.

Antes de salir volvió la cabeza hacia ella.

—Mañana, después de enterrar a mi hermano, retomaremos esta conversación.