Capítulo 5
Tres desconocidos atraparon a Isla entre ellos y la obligaron a salir. Uno de los hombres la detuvo y comenzó a atarle las manos con una cuerda que sacó de su cintura.
—¡No! —Isla logró liberar las manos—. ¡Déjame ir!
Pero los otros dos la sujetaron con rapidez por los brazos, obligándola a colocar las manos delante.
Las mujeres del patio dejaron de clasificar fruta y verduras o de lavar la ropa. Incluso los hombres abandonaron sus caballos y se unieron a sus captores, reuniéndose a su alrededor, felices de condenar a Isla al Hades.
Con las manos atadas, no podía defenderse cuando alguien le lanzó un trozo de fruta.
La llevaron con rapidez hasta un rincón lejano donde había una plataforma. Reconoció el lugar de cuando vivía allí. Cada vez que el terrateniente quería castigar públicamente a un delincuente, lo llevaban al escenario, lo ataban al poste y lo azotaban… o lo ejecutaban.
—Sube las escaleras —ordenó uno de los hombres que la sujetaban—, o te arrastraré.
Miró la plataforma e intentó escapar, pero la empujaron hacia delante. Tropezó y cayó de rodillas.
—Intenta escapar otra vez y te quitaré la poca dignidad que te queda.
—¿Sabes quién soy? —preguntó al hombre de cabello oscuro que se atrevía a maltratarla.
—Sí.
Escupió en el suelo.
—Lady Isla MacLeod, la hija del propio terrateniente.
Pero tu título no nos importa. Tú eres la razón por la que Laird Ronan se negó a casarse de nuevo o siquiera a engendrar un bastardo.
Y ahora también eres la razón por la que Gregor MacAllister se niega a aceptar su responsabilidad como nuevo terrateniente.
La levantaron de un tirón. Isla no tuvo más remedio que subir lentamente las escaleras de madera.
Cuando se volvió para enfrentarse a la multitud que se agolpaba, una piedra le golpeó el brazo y otra el pecho. Tragó saliva para contener el dolor y alzó la barbilla con desafío.
No les daría la satisfacción de saber cómo se sentía realmente.
En el fondo, sabía que ese momento acabaría llegando.
Puede que el clan MacAllister no fuera el más rico, pero su orgullo y su feroz lealtad eran conocidos en todas las Highlands, lo que los convertía en un aliado muy codiciado. No era extraño que la gente de Gregor deseara su muerte después de todos aquellos años.
Otra piedra le rozó la cara.
Su corazón se aceleró.
¿Dónde estaban Gregor y los capitanes de la guardia?
Seguramente aquella violencia no estaba sancionada por el consejo ni por nadie con autoridad. Buscó entre la multitud con la esperanza de encontrar a alguien que la ayudara.
—De rodillas, ramera.
El hombre de cabello oscuro la obligó a arrodillarse.
—Nuestro señor ha muerto. La justicia nos corresponde a nosotros…
—¡Azótala bien, Angus! —gritaron varias personas al unísono.
—Esta mujer se prometió a un hermano y luego se casó con el otro —continuó Angus, pero sus palabras se vieron ahogadas por nuevos gritos de furia.
—¡Puta! —escupió una mujer.
—¡Espía de MacBride! —gritó un grupo de hombres—. ¡Matadla! ¡Sangre por sangre!
Isla inclinó la cabeza mientras el miedo comenzaba a apoderarse de su control.
¿Por qué había sido tan necia como para abandonar la seguridad del castillo de Dunrobin?
Al menos el conde de MacBride, sus hijos e Iona —la única hija del conde— la trataban como a una más de la familia. No le faltaba de nada… excepto libertad.
Ese pensamiento la obligó a alzar de nuevo la mirada hacia los rostros de quienes estaban tan dispuestos a castigarla.
—Confiesa tus pecados, mujer —dijo Angus—, y tal vez me convenzas de mostrar misericordia.
—¿Qué pecados? —replicó Isla—. ¿Los de una joven confundida?
Angus levantó la mano y le propinó una fuerte bofetada. El golpe le hizo brotar lágrimas en los ojos.
—¿Qué dices ahora?
—La violencia no cambiará nada —respondió Isla con firmeza.
Solo el padre Domhnall y Dios tenían derecho a juzgarla. Quizá también Gregor, ya que era su corazón el que ella había roto.
Pero no ellos.
Un cuchillo pasó rozando la mejilla de Isla.
Lanzado desde un lado de la plataforma, el arma se clavó profundamente en el pecho de Angus.
Isla gritó cuando su captor se tambaleó, con la sangre brotando de la herida.
—El próximo hombre o mujer que levante la mano contra Isla MacLeod también sentirá el filo de mi espada.
Era Gregor.
Con toda su ira… y toda su gloria.
Subió al escenario, más alto y fuerte que los otros dos hombres que la habían sacado fuera.
—¿Así es como tratáis a la hija de un viejo amigo? ¿A una noble?
El miedo apareció en los ojos de los hombres, que cayeron de rodillas, postrándose ante Gregor tal como esperaban que ella hiciera cuando la amenazaron de muerte.
—Perdonadnos, mi señor —suplicó uno—. Solo hacíamos lo que creíamos mejor para vos y para el clan.
Gregor soltó un bufido de desprecio.
—Duncan. Marcus. Bajad a estos hombres. Quizá unas cuantas noches en una maldita celda les abran los ojos.
—Sí, Gregor.
Duncan se reunió con él en la plataforma, seguido de varios guardias.
Entonces Gregor se volvió hacia la multitud atónita.
—Cuento al menos cincuenta entre vosotros.
Su voz resonó con dureza.
—Cincuenta cabezas para decorar las estacas que plantaré a lo largo de la muralla sur de esta fortaleza. Así advertiré a cualquier posible rebelde del precio que pagará por tocar un solo cabello de la cabeza de Lady Isla.
La multitud se dispersó al instante.
Solo quedaron unos pocos guardias abajo… y Gregor e Isla en el escenario.
Sin saber qué hacer, Isla lo miró. Su cabello rubio, que le llegaba hasta los hombros, se agitaba con el viento.
—Gracias.
—No te apresures a darme las gracias.
La tomó en brazos y bajó con ella las escaleras.
—Parece que no puedo dejarte marchar. Aunque nuestro vínculo se ha roto para siempre, no puedo arriesgar tu vida. Hasta que organice tu traslado seguro a la casa de tu padre, permanecerás aquí.
Mientras seguía caminando con ella en brazos, Isla se movió incómoda.
—Déjame en el suelo.
Él ignoró su petición y continuó avanzando.
—¡Gregor MacAllister!
Ni siquiera la miró.
—Laird MacAllister, por favor, déjame en el suelo. Soy capaz de caminar. Y si fueras tan amable de liberarme las manos…
Sus labios se curvaron ligeramente cuando por fin la miró.
—No estás en posición de hacer exigencias, muchacha.
Isla no podía creerlo.
¿Por qué prefería llevarla en brazos en lugar de dejarla caminar? ¿Y por qué no le desataba las manos?
Gregor respondió como si hubiera leído sus pensamientos.
—Si te preguntas por qué he decidido llevarte en brazos, es para que todos vean que te protejo. En cuanto a las manos… las liberaré cuando esté convencido de que permanecerás donde te diga.
Gregor no pasó por alto las miradas de desaprobación de su clan mientras atravesaba el gran salón con rapidez.
Al parecer, no habían perdonado a Isla por lo que le había hecho a él ni a Ronan. Esa vergüenza y humillación nunca se borraban.
Lo sabía muy bien.
Y ahora que ella estaba bajo su custodia, la imaginación de Gregor comenzaba a desbocarse, imaginando cien formas distintas de hacerla sufrir por haberlo herido tan profundamente.
Subió las escaleras con ella cómodamente en sus brazos y llegó al dormitorio que había elegido para ella.
La dejó en el suelo.
Isla lo miró con una expresión extraña en el rostro.
—¿te encuentras mal, muchacha?
Solo entonces se le ocurrió pensar en sus sentimientos. En lo desesperada que debía de haberse sentido ante Angus.
Ella negó con la cabeza.
—¿Por qué esta habitación?
Gregor abrió la puerta y ella lo siguió al interior.
—Es la más cómoda de la fortaleza, mi…
—Es la habitación de tu madre. Lo recuerdo.
Se acercó a la chimenea y pasó los dedos por el tapiz que colgaba sobre ella.
—Es el último que hizo tu madre. Es precioso, Gregor.
Se volvió hacia él con una sonrisa triste.
—Captura la exuberancia de las tierras del clan MacAllister. Los campos cubiertos de brezo, la muralla norte de la fortaleza… incluso el lago.
—Sí.
Gregor asintió mientras se apoyaba contra la puerta cerrada, con los brazos cruzados sobre el pecho.
—A mi madre le encantaba este lugar.
—Lo siento, Gregor. No quería remover viejos recuerdos.
Él le dedicó una sonrisa lenta y sarcástica.
—¿No?
Su risa fue breve y amarga.
—tu regreso me hace dudar mucho de eso.
Ella era un recuerdo viviente. Uno capaz de aplastar el espíritu de un hombre más débil.
Pero Gregor ya no estaba indefenso.
Al menos eso se repetía a sí mismo.
Isla guardó silencio y volvió hacia la chimenea.
—No te culpo por sospechar. Mi corazón está realmente destrozado por todo lo que ha pasado… especialmente por la muerte de Ronan.
—¿De verdad?
Gregor frunció el ceño.
¿Por qué iba a importarle si su hermano vivía o moría? ¿Si su clan prosperaba o se hundía?
Ella había huido del clan MacAllister en mitad de la noche, llevándose consigo su corazón… y el de Ronan.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Isla despertándolo de sus pensamientos.
Recuperado de sus recuerdos, Gregor se irguió y comenzó su interrogatorio. No solo porque era necesario saber la verdad por el bien de ella, y de su clan, sino porque su corazón así se lo exigía.
—¿Eres una espía de los MacBride?
Isla lo miró entrecerrando los ojos.
—El conde de MacBride es un hombre inteligente, Gregor. ¿Por qué iba a enviarme a mí cuando tiene cientos de hombres a su disposición?
—Te dije que yo haría las preguntas, muchacha.
—Lo recuerdo.
—Te conviene escuchar.
—¿O qué?
Se apartó de la chimenea y lo observó con fría curiosidad.
—¿Eres una espía? —insistió él, pero ella no estaba dispuesta a dejarse intimidar.
—Dios mío…
Puso los ojos en blanco.
—Sé que mi presencia te ha sorprendido. Imagina cómo me sentí yo al volver aquí para hablar con Ronan y te encontré en su lugar. Si hubiera sabido que estabas aquí, me habría mantenido lejos.
—El sentimiento es mutuo, muchacha. Créeme.
Sus palabras la sacudieron, pero se resistió a dejarse llevar por el dolor. Ya nunca más lo haría.
—No soy una espía, Gregor. Solo una mujer que desea reunirse con su familia.
¿Estaba loca?
Si quería regresar a casa, ¿por qué había cabalgado tan lejos hacia el noroeste? Las tierras de su padre estaban en la dirección opuesta.
—¿Has olvidado dónde vive tu padre? Habría sido un viaje mucho más corto hasta tu casa.
Isla soltó un suspiro de frustración.
—No soy estúpida, Gregor MacAllister. Y tengo un excelente sentido de la orientación. Mi intención era ganarme primero el perdón de Ronan… y quizá incluso obtener la anulación antes de enfrentarme a mi padre.
—¿Anulación?
Gregor cruzó la habitación a zancadas, furioso.
—Ronan no habría aceptado algo así. Los MacAllister son un clan orgulloso, Isla.
—Las anulaciones son bastante comunes. —repuso ella, obstinada.
—No para los MacAllister.
—No lo entiendo.
Gregor la observó como si nunca la hubiera visto antes.
—Una anulación sugiere fracaso. —Soltó él, convencido de que sus escuetas palabras dejaban bien claro lo que pensaba de el tema, él, y cualquier montañés de las Highlands que tuviera un poco de orgullo.
—Sería mi fracaso, no el de Ronan.
—Hablas como una mujer que no entiende de qué está hecho un hombre… qué lo impulsa.
Isla parpadeó.
—Sí lo entiendo. Tú lo llamas orgullo y honor. Yo lo llamo terquedad.
Gregor cerró los puños varias veces, tratando de aliviar la presión que crecía en su pecho.
Aquella diabla acababa de insultarlo abiertamente.
—¿Terquedad? —repitió mientras se acercaba aún más a ella—. Has destruido la vida de Ronan.
—Sí, contribuí a su desgracia… pero tú también.
Casi frente a frente, Gregor la observó sin perder detalle de la chispa de ira en sus ojos insondables ni del suave aroma de su cabello.
Isla MacLeod podía representar todo lo que él quería olvidar.
Pero seguía siendo la mujer más hermosa que había visto jamás.
Y aquello solo hacía que su rabia creciera aún más.
Porque había sido suya.
—Ten cuidado con lo que dices, muchacha. Yo no tuve nada que ver con tú engaño. Si acaso, soy el más desafortunado de todos. Te prometiste a mí… y luego, a mis espaldas, aceptaste la propuesta de matrimonio de mi hermano.
—Éramos jóvenes.
—Eras una mujerzuela, Isla.
Le tomó las manos y ella se estremeció.
¿Por qué?
Según su experiencia, las mujeres que reaccionaban así solían haber sufrido abusos.
¿Alguien le había hecho daño?
Sea como fuere, Gregor retiró la cuerda y liberó sus manos.
—Eras mía.
Isla dio un paso atrás y se frotó las muñecas.
—No pertenezco a ningún hombre.
—Todas las mujeres de la tierra pertenecen a un hombre, muchacha. Ya sea su padre, su marido, su hermano o su tío.
Muy despacio, Isla alzó la cabeza y lo miró a los ojos.
—¿Qué quieres de mí, Gregor?
Gregor le tomó la barbilla con los dedos y le giró el rostro de un lado a otro.
—Aún no lo sé, muchacha.
La soltó.
—Pero hasta que lo sepa… te quedarás aquí.
Satisfecho de haber dejado clara su decisión, se volvió hacia la puerta.
—¿Gregor?
La voz de Isla lo alcanzó cuando ya estaba saliendo. No se detuvo hasta encontrarse en el pasillo, con la puerta cerrada a su espalda.
Maldijo a Dios por traerla de vuelta a su vida.
En el poco tiempo que llevaba de regreso en las Highlands, todo lo que había ocurrido le daba razones para marcharse. Solo tenía que cabalgar hasta la playa, donde su barco lo esperaba para llevarlo a casa.
Veinte de sus mejores guerreros lo acompañaban. Hombres que le habían jurado lealtad en Constantinopla.
Hombres en quienes confiaba más que en nadie.
Gregor cerró los ojos e imaginó que estaba de nuevo en el desierto, cabalgando uno de sus sementales a través de interminables dunas de arena, sin nada en la mente salvo velocidad y libertad.
Aquel mundo ahora parecía una fantasía lejana.
—Maldito sea este lugar.
Se alejó furioso, decidido a emborracharse hasta perder el conocimiento.