Capítulo 3
¿Cómo había logrado aquella diabla de ojos azules penetrar en la fortaleza? ¿Y por qué precisamente ahora, cuando su presencia podía causar más estragos que un ejército entero?
Gregor intentó recomponerse, pero la furia que le ardía en el pecho se negaba a obedecer la férrea disciplina que había aprendido durante años de guerra.
Abandonó el gran salón con paso firme, cuidando de no revelar la más mínima grieta en la coraza de indiferencia que había construido a lo largo de los años.
Nadie debía ver lo que se agitaba dentro de él.
Solo cuando alcanzó el solárium del terrateniente, lejos del ruido de voces y del resplandor del fuego del gran salón, se permitió exhalar el gruñido áspero que llevaba demasiado tiempo reteniendo.
Habían sucedido demasiadas cosas en los dos días que llevaba de regreso en las Highlands.
Si hubiese escuchado a sus instintos desde el principio, jamás se habría vuelto cuando oyó el galope de los jinetes acercándose a la playa. Habría embarcado de nuevo en su galera y habría dejado atrás aquellas costas que tanto se empeñaban en reclamarlo.
Pero no lo hizo.
Porque, pese a todo, una parte de él seguía perteneciendo a aquella tierra.
La parte que aún se llenaba de orgullo cada vez que veía ondear el tartán azul y verde con el escudo de los MacAllister. La parte que recordaba la voz de su padre, los campos cubiertos de brezo, el olor del mar golpeando las rocas negras de la costa.
Aquella parte había vencido al mercenario endurecido por la sangre y el polvo de los desiertos.
Y ahora pagaba el precio de esa debilidad.
Preferiría descender al mismo Hades antes que permitir que un MacBride destruyera a su familia.
—¿Es ella la mujer de la que hablaste?
La voz tranquila surgió a su espalda.
Gregor volvió la cabeza con brusquedad y encontró a Matteo apoyado contra el marco de la puerta, observándolo con esa expresión serena que siempre parecía esconder más de lo que revelaba.
El erudito de piel olivácea llevaba cinco años a su servicio.
Lo había contratado en Italia para acompañarlo a Constantinopla como intérprete, y desde entonces el hombre había demostrado ser tan valioso con las palabras como Gregor lo era con la espada.
Hablaba siete idiomas, incluido el gaélico, y poseía una mente tan curiosa como perspicaz.
Gregor lo miró con un gesto agrio.
—Sí —admitió al fin, pasándose los dedos por el cabello oscuro—. Y me gustaría saber qué hacías en el salón. Te pedí que te quedaras aquí revisando los libros de contabilidad.
Matteo inclinó ligeramente la cabeza y esbozó una sonrisa casi melancólica.
—No puedo luchar contra mi propia naturaleza —dijo con suavidad—. Cuando percibo que algo interesante está a punto de suceder, suelo seguir la emoción.
Gregor soltó una risa seca.
—¿Y encontraste lo que buscabas?
El italiano lo estudió un momento antes de responder.
—Descubrí la verdad —replicó finalmente—. Ahora que tienes en tu poder a la mujer que perdiste hace tanto tiempo… me pregunto qué vas a hacer con ella.
Gregor se pasó la mano por el cabello, tratando de sofocar la oleada de pensamientos que aquella simple pregunta había despertado.
—La ahorcaré.
Matteo alzó lentamente las cejas.
—¿Es espía de los MacBride?
La sospecha no era absurda. De hecho, había sido el primer pensamiento que cruzó por la mente de Gregor cuando vio a Isla aparecer en el gran salón.
¿Qué mejor forma de obtener información sobre un enemigo que enviar a la mujer que casi se convirtió en Lady MacAllister?
Pero cuanto más lo pensaba, menos creíble le parecía.
¿Se rebajaría Isla a semejante traición?
¿Por qué habría de aliarse con los MacBride contra su propio clan, los MacLeod?
Hasta donde él recordaba, Isla siempre había tenido una relación afectuosa con su sire. Nada en su carácter sugería que fuese capaz de vender a su propia sangre.
Aquella incógnita solo hacía que su repentina aparición resultara aún más inquietante.
—No la creo capaz de algo así —dijo finalmente.
—Entonces no es la Jezabel que describiste —señaló Matteo con calma.
Gregor frunció el ceño.
—Hablé movido por la ira.
—Hablaste como un hombre que sigue enamorado.
La expresión de Gregor se endureció de inmediato.
—No amo a nadie.
Matteo chasqueó la lengua con una leve sonrisa.
—Eso lo dice un hombre cuya alma casi saltó de su cuerpo en el instante en que vio a su mujer.
Gregor dio un paso hacia él, clavándole una mirada glacial.
—No intentes adivinar lo que siento, viejo amigo. Soy de carne y hueso como cualquier otro hombre. Por supuesto que siento algo por esa muchacha. Pero no confundas ese sentimiento con amor.
Matteo lo observó en silencio unos segundos antes de encogerse de hombros.
—El amor es lo único que existe. Pero ¿quién soy yo para discutir con un guerrero?
Se acercó a la mesa y tomó uno de los libros de cuentas.
—Volveré a lo que mejor sé hacer.
Le dirigió una última mirada.
—Dime una cosa… ¿vas a verla ahora?
Gregor guardó silencio un instante.
—Sí —respondió finalmente—. No puedo mantenerla encerrada sin motivo.
Cuando descendió a las entrañas de la fortaleza, el ambiente húmedo de la mazmorra lo envolvió como una segunda piel. Las paredes rezumaban humedad, y las antorchas clavadas en los soportes de hierro proyectaban sombras vacilantes sobre la piedra.
Los hombres de MacBride ocupaban las dos primeras celdas, maltrechos y silenciosos tras los barrotes.
Isla estaba en la última.
Ante su celda aguardaban Hugh y Bruce.
Hugh inclinó la cabeza cuando Gregor se acercó.
—Afirma ser inocente, mi señor.
Gregor dejó escapar un bufido áspero.
—Por supuesto que lo hace.
Su mirada recorrió el pasillo estrecho de la mazmorra. Luego hizo un gesto seco con la mano.
—Dejarnos.
Los guardias dudaron apenas un instante antes de retirarse. Sus pasos se fueron apagando por el corredor hasta que solo quedó el crepitar de la antorcha y el goteo constante del agua en algún rincón oscuro.
Entonces, desde la penumbra de la última celda, llegó una voz suave… demasiado familiar.
—¿Gregor?
Isla avanzó lentamente hasta los barrotes, como si cada paso le exigiera más valor del que estaba dispuesta a mostrar.
Cuando por fin llegó a ellos, se aferró al hierro con ambas manos.
La luz vacilante de las antorchas cayó sobre su rostro, y Gregor sintió un golpe extraño en el pecho, una sacudida inesperada que le robó el aliento durante un instante.
Cinco años.
Cinco largos años sin verla… y aun así la reconocería entre mil mujeres.
Había imaginado aquel momento más veces de las que estaría dispuesto a admitir.
En sus noches de rabia, cuando el sueño no llegaba, se había preguntado qué diría si volvía a encontrarla, cómo sería verla otra vez frente a él.
Durante mucho tiempo creyó que, llegado el día, las palabras saldrían solas.
Pero ahora que estaba allí, a unos pasos de distancia, el pasado pesaba demasiado entre los dos.
No habría ternura.
Ni disculpas.
Ni rastro de lo que una vez habían sido.
Solo deudas antiguas y heridas que ninguno había olvidado.
—Yo haré las preguntas, Isla MacLeod —dijo finalmente, con una voz fría, desprovista de cualquier emoción que pudiera delatarlo.
Ella levantó el mentón con un gesto orgulloso que él recordaba demasiado bien. Aquel pequeño desafío había sido siempre parte de ella.
—¿Dónde está Ronan? —preguntó—. Quiero una audiencia con mi marido.
La palabra cayó entre ellos como una piedra.
Gregor soltó una risa seca, cargada de amargura.
—¿Marido? —repitió con incredulidad—. Me sorprende oírte reclamar ese derecho cuando ni siquiera cumpliste la mitad de tus deberes matrimoniales.
Su mirada descendió lentamente por su figura, sin apresurarse, sin ocultar el examen.
El tiempo no había sido cruel con Isla.
Si acaso, la había embellecido.
Había perdido la fragilidad de la muchacha que él había conocido y en su lugar había aparecido una mujer más firme, más consciente de sí misma. Las curvas de su cuerpo eran más pronunciadas, su postura más segura… y en sus ojos brillaba una determinación que antes no estaba.
O quizá él nunca se detuvo lo suficiente para verla.
—¿No lo abandonaste en mitad de la noche? —continuó con voz baja—. ¿Antes siquiera de que tu marido tuviera ocasión de descubrir los placeres que prometías?
Los dedos de Isla se tensaron sobre el hierro de los barrotes.
—Eso no es asunto tuyo.
—Oh, sí que lo es —replicó Gregor, y ahora su voz ya no ocultaba la furia—. Porque mientras tú vivías rodeada de los lujos de los MacBride, tu precioso conde se encargaba de asesinar a veinte hombres de mi clan.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas como una condena.
Durante un momento ninguno habló.
Entonces Isla extendió la mano entre los barrotes.
El gesto fue instintivo, casi inconsciente, como si buscara algo que solo él pudiera darle.
Gregor reaccionó al instante.
Retrocedió un paso.
—No me toques —dijo con brusquedad—. Esos dedos solo traen desgracia.
Isla lo miró con una mezcla de incredulidad y dolor.
—Nunca se han pronunciado palabras más crueles.
—Cúlpate a ti misma.
El orgullo que sostenía su postura vaciló apenas un instante.
—Merezco tu burla, Gregor —susurró finalmente—. No pretendo lo contrario. Pero estoy dispuesta a responder a cualquier pregunta que quieras hacerme.
Se detuvo un momento, como si buscara la forma correcta de continuar.
—Solo que…
Gregor soltó una risa breve y sin humor.
—¿Solo qué, muchacha? ¿Esperabas que te recibiera con los brazos abiertos después de todo lo ocurrido?
La observó en silencio, con el rostro endurecido.
—No significas nada para mí —añadió—. Ni para mí ni para el clan MacAllister.
Isla negó con la cabeza con una convicción tranquila que lo irritó más que cualquier protesta.
—No te creo.
Gregor dio un paso hacia la celda hasta quedar frente a los barrotes.
La luz de la antorcha dibujó sombras duras sobre su rostro.
—¿Y qué haría falta para convencerte?
Isla volvió a extender la mano.
Esta vez lo hizo despacio, con una determinación silenciosa.
—Déjame tocarte.
Sus dedos quedaron suspendidos a escasos centímetros de su rostro, temblando apenas.
Durante un segundo, Gregor recordó demasiado bien la sensación de aquella piel contra la suya, la forma en que aquellas manos habían recorrido su cuerpo en otro tiempo, cuando todavía creía que el mundo era un lugar distinto.
El recuerdo fue tan vívido que le revolvió la sangre.
La rabia regresó de inmediato, como un golpe seco.
Antes de que pudiera detenerse, alargó la mano y atrapó su muñeca con brusquedad.
—Adelante —murmuró—. Tócame donde quieras. Ya no soy el hombre que conociste.
Ella intentó liberarse.
—Me estás haciendo daño, Gregor.
—El dolor te hace más fuerte.
La soltó.
—Más vale que lo recuerdes.
Y cuando volvió a hablar, su voz era tan fría como el acero.
—Ahora dime por qué has vuelto.
—Quiero ver a Ronan —pidió ella—. Ahora.
Gregor arrancó la llave de su cinturón y abrió la puerta de la celda.
—Entonces ven conmigo.
La agarró del brazo.
—Pero no digas una palabra más, o volverás a esta celda antes de poder respirar.
La condujo por las escaleras, atravesó el patio interior y se detuvo ante la iglesia.
Una vez hay se detuvo un segundo, como si algo lo detuviera a entrar, pero pronto dejó todo rastro de duda atrás y abrió la pesada puerta de madera.
El santuario estaba iluminado por la luz temblorosa de decenas de velas.
En el centro de la nave, rodeado de candelabros de plata y coronas de brezo, reposaba el cuerpo de Ronan MacAllister.
Isla avanzó lentamente.
Cuando lo vio, un grito desgarrador escapó de su garganta.
—¿Cómo…? —sollozó, cayendo de rodillas junto al cadáver—. ¿Cuándo murió, Gregor?
—Ayer.
—Si hubiera sabido que el conde MacBride estaba…
Gregor se acercó.
—¿Qué? —espetó—. ¿Qué habrías hecho? —Sus labios se curvaron en una sonrisa amarga—. ¿Salvarlo?
Luego añadió con frialdad:
—En parte es culpa tuya que esté muerto.
Isla se levantó tambaleándose.
—¿Cómo te atreves a decir eso? No he visto a ese hombre desde la noche que me fui.
Respiró con dificultad.
—Es cierto que nunca lo amé… pero lo respetaba lo suficiente como para marcharme antes de romperle el corazón.
Gregor la observó con una mezcla de furia y algo mucho más peligroso.
—Llora por el marido al que tan convenientemente reclamas.
Se volvió hacia la puerta, pero antes de que llegara a ella algo lo detuvo.
—Gregor…
—¿Sí? —preguntó sin volverse, al no querer continuar ante ella.
—¿Cuándo vas a llorar la muerte del hermano que olvidaste?
Gregor sabía perfectamente la respuesta y no dudó en contestar.
—Cuando el Hades se congele, mujer.