CAPÍTULO VIII
A la mañana siguiente, el pueblo despertó con el murmullo de las sirenas y el murmullo de una noticia imposible.
Nadie hablaba de otra cosa.
En el viejo cementerio del bosque entre la tierra removida bajo la cruz, habían encontrado varios cadáveres.
Las primeras versiones cambiaban con cada persona que las contaba.
-Dicen que unos cazadores se pelearon.
-No, ha sido un accidente.
-Se oyeron varios disparos.
-Había muchísima sangre.
En pocas horas, la historia no se parecía ni por asomo a la realidad.
La guardia civil acordonó el bosque. Nadie podía acercarse.
Los vecinos observaban desde lejos, incapaces de creer que un lugar abandonado desde hacía décadas se hubiera convertido en el escenario de una tragedia.
Las autoridades, solo confirmaron una cosa.
Había varios fallecidos.
Los nombres no tardaron en correr de boca en boca.
Alba.
Gabriel.
Álvaro.
El padre de Alba y un cazador llegado de Sevilla.
El tío de Gabriel lo encontraron días más tarde en el barranco.
La escopeta del guardabosques… que lo dieron por muerto sin encontrar el cuerpo.
Y Jesús, su hijo que nadie encontraba.
Durante horas, se pensó que había huido.
Algunos aseguraban que era el culpable.
Otros que había perdido al cabeza después de la tragedia y había huido después de enterrar a su padre en el bosque.
El bosque fue registrado una y otra vez.
Sin resultado.
Hasta tres días después.
Un perro comenzó la búsqueda. Comenzó a ladrar junto al borde del barranco, oculto por las zarzas y helechos.
Dos agentes descendieron con cuerdas.
Uno de ellos levantó la vista con el rostro pálido.
Era la ropa del guardabosques.
La ropa junto con su escopeta, permanecía oculta entre las rocas como si hubiera querido desaparecer para siempre.
A su lado, medio enterrado por la tierra y las hojas húmedas, apareció un pequeño sobre negro cerrado con un extraño sello de cera.
Nadie supo explicar cómo había llegado allí. El sobre desapareció antes de ser inventariado.
Y con el sobre, despareció también la posibilidad de conocer la verdad.
El caso quedó archivado meses después.
Para el pueblo fue una noche de locura negra.
Un enfrentamiento.
Un accidente.
Un luto.
Una desgracia imposible de comprender.
Pero nadie hacía la historia completa.
Nadie…
Porque el bosque siempre guarda aquello que los hombres prefieren olvidar.
Y así pasaron los años. A Valdivia el guardabosques, se le hizo una tumba en el cementerio viejo del pueblo. Abandonado ya también, sin cuerpo. Pero nunca apareció el cuerpo de Jesús, al que dieron una orden de búsqueda y captura por pensar que había sido el culpable de los asesinatos.
Y con ese paso de los años, se fue olvidando todo y la gente callaba lo que no quería salir de debajo de la tierra. De esas cosas ocultas y duras que no se supieron nunca.